Era el atardecer del pasado 11 de enero cuando se supo del fallecimiento del periodista Alberto “Gato” Gamboa a los 97 años. Obviamente, la noticia comenzó a circular en algunas radios y sobre todo en las redes sociales. Nostálgicos lectores, colegas y hasta ex vecinso le dedicaban sentidas palabras en Facebook, Twitter e Instagram. Sin embargo, hubo un posteo justamente en esta última red social que llamó la atención. En la cuenta de la popular Fuente de Soda Las Lanzas (@LasLanzasNunoa) se podía leer: “Nuestro cariño y recuerdo inmenso para el gran Alberto ‘Gato’ Gamboa, parroquiano y compañero de nuestro querido Negro Jorquera. Tomen asiento, que mi Don Manuel les abrirá la primera botella.Salud!”. El texto era acompañado por una foto en la que aparecía Gamboa junto al también periodista Carlos Jorquera, otro parroquiano de Las Lanzas y fallecido el año pasado. Además, se hacía alusión a Manuel Vidal padre, histórico propietario del local que también partió en 2018. En resumen, a través de Instagram este local despedía a uno de sus parroquianos más insignes y lo homenajeaba junto a otros que se le habían adelantado. Es que a los muertos no los lloran solamente sus familiares y amigos. Sus bares y restaurantes, sus boliches; también. Y mucho. “Es que los boliches tienen su alma en la gente, que son quienes les dan sentido y trascendencia. Así, sus historias son nuestras historias”, cuenta Manuel Vidal hijo.

Taburetes vacíos

A pesar de cierto grado de renovación de clientela que el local ha experimentado durante el último lustro, los parroquianos de la barra del Lomit’s de Providencia suelen ser los clientes más longevos de los que asisten a este local. Tienen fama de pesados, mañosos y gritones; pero también de buenos amigos. De hecho, cuando alguno de sus asistentes más habituales -de esos que van todos los días  e incluso más de una vez- se pierde, cunde la preocupación y comienzan los llamados y averiguaciones. Sucedió hace años con Bernardo, un parroquiano de casi dos metros y frondoso bigote que solía pasar todas las tardes a mojar su mostacho con un par de schops. Siempre en el mismo taburete, hasta que un día no apareció más. Se hicieron las averiguaciones pertinentes y efectivamente había muerto. Y con mala suerte, porque le dio un ataque a bordo de un taxi por lo que su cuerpo fue a parar al Servicio Médico Legal, que justo estaba en paro. Cuento corto: el funeral de Bernardo -y su correspondiente quitapenas- debió esperar varias semanas. Tiempo después sonaron las alarmas porque el periodista Patricio Vargas, que trabajaba en el Consejo Nacional de Televisión y que pasaba religiosamente por el Lomit’s cada tarde andaba perdido. Se temió lo peor. Sin embargo, rápidamente se supo que se encontraba de viaje visitando a sus hijos en Europa. Lamentablemente, a poco volver de ese viaje murió víctima de un infarto en su departamento de Avenida Providencia. A pocos pasos de su querido Lomit’s y del Liguria, sitio que también frecuentaba. De hecho, a su velatorio en la también vecina Iglesia de la Divina Providencia, no fueron pocos los parroquianos y funcionarios de ambos locales que pasaron -pasamos- a decir adios.

La despedida

Cuando el Bar Liguria abrió su primer local en 1990 en Providencia, muy cerca de Tobalaba, buena parte de su clientela -al menos diurna- eran hombres mayores que vivían por al barrio, la mayoría jubilados, y que casi como en un viaje en el tiempo de pronto se habían encontrado con un bar que en algo se asemejaba a los que habían frecuentado durante años en otros puntos más céntricos de la ciudad. Bares como el Black&White o el Sportsman, que no llegaron a conocer la vuelta a la democracia. Uno de esos clientes era Humberto Quezada, un tipo que ya jubildado vivía en las cercanías del bar y acudía diariamente a un supermercado vecino a hacer las compras para el almuerzo. Pero antes de volver a casa, siempre hacía una pausa en el bar. Todos los días, durante muchos años. Por lo mismo tiempo después, cuando ya se le había perdido la pista, un día llamó por teléfono al Liguria. “Eran las dos de la tarde, el local estaba lleno por la hora de almuerzo y Don Hermógenes habló conimgo, luego con mi hermano Juan Pablo y después con Abraham (un garzón que trabaja ahí hasta la actualidad)”, cuenta Marcelo Cicali, agregando que “llamaba para despedirse desde el hospital, porque se estaba muriendo. Nos quería dar las gracias por la amistad de esos años, las conversaciones, los chistes, las historias y los vinos. ¡Yo lloraba al teléfono y con el bar lleno! Y de hecho, Don Hermógenes murió un par de días después de ese llamado”. Y aunque la lista de muertos del Bar Liguria es larga, hubo una muerte que hizo llorar a muchos de sus habitués, pero a ambos lados de la barra. Sí, porque el año pasado murió Alfredo Díaz, histórico garzón del bar que hace años había tomado nuevos rumbos. Fue una muerte repentina que de inmediato puso en alerta a antiguos parroquianos, compañeros de trabajo y jefes de Alfredo. Se armó el correspondiente grupo de Watsap para comentar la noticia y recordar antiguas anécdotas. Y en su funeral, en un cementerio de Maipú, habían ex compañeros de trabajo del Liguria pero también ex clientes. Despidiéndose de un amigo, casi un familiar.

Suma y sigue

Pero las historias de los boliches que lloran a sus muertos está por todos lados, no son hechos aislados. Claro, los casos más famosos son los que quedan en la retina de la gente. Como la de Jorge Teillier y el Bar Unión, que quedó magistralmente inmortalizada en esa foto de Alvaro Hoppe y que en ese bar lucen orgullosos en una de sus paredes. Está la historia también del dramaturgo Jorge Díaz y el Tavelli del Drugstore, a cuyo garzones incluso les dedicó una de sus últimas obras, los que obviamente lo lloraron -y mucho- cuando murió en el 2007. O le que pasó al día siguiente de la muerte de Sergio Livingstone, en septiembre de 2012, cuando en el obituario de El Mercurio apareció publicada una esquela firmada por los garzones del Tip y Tap. Es decir, “Sapito” era un cliente de fuste. Pero hay relatos más anónimos, como el de un parroquiano del Ciro’s de calle Bandera, de nombre Francisco, que era agente de aduanas y que durante años pasó varias veces al día por este céntrico bar a tomar una cañita de cola de mono. “Con el tiempo empezamos a ver que se le iba la onda y de pronto no vino más”, cuenta Cristián Bouzo, socio del bar, agregando que “como nos preocupamos lo ubicamos por teléfono y cuando pudimos hablar con él sólo nos dijo ‘ya no puedo ir para allá, chao’, y poco tiempo después de esa corta conversación supimos que había fallecido”. Otro caso recordado es el del abogado Raúl Riesco, quien durante décadas almorzó diariamente en el tradicional restaurante de pastas caseras Da Renzo, de calle Guardia Vieja. Por su puesto, a Riesco hasta el día de hoy lo extrañan.

La misma historia pero al revés

El 30 de diciembre de 2011 se cerró -por segunda vez y para siempre- el restaurante El Parrón de Providencia. Eterno punto de encuentro de políticos, periodistas, deportistas y amantes de la noche en general. Dicen que esa última noche no tuvo nada de especial salvo los abrazos del personal al momento de bajar la cortina a eso de la medianoche. Sin embargo, la despedida -esta vez hacia el local y no hacia un cliente fallecido- se comenzó a hacer desde mediados del 2011, cuando se anunció que el restaurante se acababa porque sería demolido para luego construir un edificio. Desde ese momento, fueron cientos los comensales que pasaron a tomar o comer algo a este añoso recinto y aprovecharon de despedirse del personal, de los compañeros de barra y -por qué no- también del edificio. Uno que no alcanzó a despedirse de El Parrón fue Raúl Ruiz, que murió en París en agosto del 2011 y que en vida fue -además del más importante cineasta de nuestra historia- probablemente el más famoso parroquiano del bar de El Parrón. Aunque claro, la competencia por ese primer lugar está muy dura. Como sea, Ruiz y El Parrón se fueron con pocos meses de diferencia, casi como si uno no pudiese vivir sin el otro. Tal como pasa tantas veces en esos matrimonios de muchos años. Es que los vínculos que se arman entre boliches y parroquianos son muy fertes. A tanto llegan, que incluso hemos sabido de gente que tiene ya armado su velorio en su bar predilecto, hasta con invitados elegidos. Bueno, cada uno con sus ritos.