La Dominique me pasó a buscar una tarde cualquiera para ir al parque de Ciudad Satélite de Maipú. Siempre jugábamos con más niños, pero ese febrero quedábamos solo nosotras en Santiago, veraneando al ritmo de la regadera del pasto que nos mojaba los shores heredados de nuestras primas o vecinas mayores.

Ese día, entremedio del manguereo, la Domi me dice «oye, cacha pah llá». Me di vuelta y había una pareja de pololos dándose besos de grandes, besos con lengua; ella encima de él, acostados y meneándose con ropa. Miré a la Domi que ya había agarrado puesto en una banca y de piernas cruzadas sin disimular su calidad de espectadora, decía que la escena le daba una cosquillita en el chorongo ( así se le decía a la vulva en nuestras casas). Y como yo hacía todo lo que hacía la Domi – porque la Domi era vivaracha y me mostraba el mundo-, me senté a su lado y crucé las piernas con fuerza hasta sentir la misma cosquilla. Estábamos en pleno gobierno de Frei (esta información, quizás, no les dice nada; pero me gusta hacer una referencia política institucional a modo de dato duro: fue en plena crisis asiática que descubrimos el placer y el orgasmo).

Al rato nos dio hambre y fuimos a tomar once a mi casa. Mi tía nos esperaba con chacareros y bebidas. En la mesa también estaba la pareja de mi tía, mi prima, mi hermana y, de fondo, la tele prendida como un familiar invisible encargado de hablar torpezas y rellenar silencios. En eso la Domi – con el contorno de la boca llena de ketchup y mayonesa –  le contó a mi tía que jugamos a “las cosquillas” en el parque. «Ah mira tú, y eso que a la Paola le desesperan esas custiones». «No tía», dijo la Domi, «si eran cosquillas en el chorongo» explicó mientras hacía en la boca una salsa golf. «¡Sí!», agregué, «cachai que nos sentamos a ver a unos pololos que se movían pa´delante y p’atrás y nos empezó a dar cosquillas en el poto y mientras más apretábamos las piernas, más cosquillas nos daba!», expliqué en profundidad. «Y los pololos se movían rapidito pero no se les veía la cara porque ella estaba encima de él y el pelo los tapaba como un velo», añadió la Domi. «Y me dieron ganas de tocarme el chorongo cuando veía eso», seguí yo. «Y había más pololos dándose besos con lengua acostados pero estos eran los que más se movían», dijo la Domi. «Y con la Domi nos dieron ganas de darnos besos de grandes», seguí yo. «Aaaah no se valeee, ¡yo también quiero!» terminó por decir mi hermana.

Mi prima adolescente miró a mi tía, mi tío miró la tele sin decir nada y mi tía, con los ojos bien abiertos, en vez de respondernos, le dijo a su pareja media sorda que con la «esta» del día de los enamorados el parque se llenaba de degenerados. «¿Se llenó de ganado?» preguntó mi tío. «No, hueón sordo», le respondió mi tía, «de D E G E N E R A D O S». Mi tío asintió, nos miró, levantó una ceja y, en seguida, le pidió a mi tía agua de la tetera.

Creo que ese ha sido mi 14 de febrero más cachondo. Los 14/F de la adolescencia consistieron en ir a pasear al mall a tomar un helado de máquina o gastar cinco mil pesos en un peluche que dijera I love you. A los 21 tuve una cita romántica que debería haber terminado en cachita pero justo ese día no tenía ganas. A los 24 junto a mi pololo nos burlamos de las otras parejas que celebraban, porque no estoy ná pa andar celebrando el consumismo, viste que se ama a la pareja todos los días, no cuando el comercio me lo exija, misma respuesta que doy para el día de la madre, aunque al final igual termino regalando cositas, con la mamita una no se caga. A los 26 volví a jugar al día de los enamorados porque le mandé un whatsapp al tipo que me gustaba para que nos tomáramos una cosita: asumí que él interpretaría mi interés amoroso pero dijo que tenía una fiesta ese día y no me invitó. No importa, lo importante es tener buena salud.

Actualmente celebro el día del amor saliendo con mis amigas, no tiene por qué celebrarse solo el amor de pareja ¿cierto? Y el día del amor propio ¿cuándo se enseña? ¿Cuándo se celebra? Además – y en esta no me dejen sola – ya me acostumbré a las relaciones amorosas sin nombre, estas relaciones libres donde todo el tiempo tengo que confirmar que seguimos juntos, así que, qué voy a andar celebrando tonteras héterocapitalistas.

Supongo que hay tanto bombardeo de San Valentín en el aire que termino reinterpretando esta fecha o burlándome de la norma en vez de invisibilizarla. Así que si tuviera que elegir un 14/F, me quedo con el de los enamorados noventeros del parque. Creo que son los verdaderos amantes de las cosas simples: una cachita con ropa en la calle y estaríamos listos.