Amantes, susurros, seducción, convenio, conflicto, abuso, histeria, quiebres, traición, la intimidad y sus juegos, retórica y discurso, cine y literatura, boleros y tangos, reproches varios, juicios, la ira y el llanto, quizás algún atardecer, amenazas, promesas, repugnancias, apodos ridículos (como Chanchi) espacio propio y ajeno, posesividad y celopatías, ronquidos nocturnos, terapias, crema de limpieza facial, dramaturgia shakespereana…

Amar en tiempos tan brutalmente transparenciales o de una sociedad democratizante hasta el paroxismo, es al menos perturbador del deseo. Momentos críticos de una modernidad que lo quiere develar todo, por lo que la intimidad de los amantes suele ser burdamente exhibida como show mediático y/o sometida a la dictadura de lo público.

Como que la fascinante complicidad de los amantes, actualizada permanentemente por el discurso de amor o el que proviene de la razón novelesca (lo que incluye el cine, ciertamente), hubiera perdido su calidad de verdad o de verosimilitud, y sucumbiera en la falta de sorpresa de lo dado por sabido, o, tal vez, en la soberbia del no misterio, o quizás se haya podrido todo en los protocolos de sicologismos varios. O, por último, sepultado en una subjetividad que ya no tiene escenario legitimable, ni siquiera el del arte.

Resumiendo: Sus tramas y redes, y la voluntad de espectáculo, han descompuesto trágicamente el tópico amoroso al banalizar sus códigos, al menos eso parece hoy día. A los amantes, entonces, sólo les queda, como lo más genuino, eso que siempre los ha diferenciado del resto de la humanidad, la negación narcisista de la muerte.

El arte, por su lado, expuso impúdicamente a los amantes, aunque le dio sus mejores imágenes, lo clasificó, lo volvió clásico y también trágico, luego, romántico-existencial, pero no lo salvó del tedioso exhibicionismo porno-posmoderno. La maraña bataclánica de los artistas rebajó la calidad de su performance. La política, por su parte, nunca estuvo para protegerlos, ellos siempre fueron peligrosos porque son auténticos tributarios de la autonomía y de la libertad, y el poder sólo reconoce abusadores y abusados, en su dicotómica y bipolar funcionalidad.

Lo concreto es que los amantes tienen mala fama, no sólo por su autorreferencialidad que los caracteriza, o por el patológico convenio que los hace olvidar el mundo exterior, sino, y sobre todo, por jugar impúdicamente a la felicidad, la que termina siendo una agresión contra el mundo del trabajo y la responsabilidad. Aunque no podemos negar que la histeria de amor nos autoafirma como sujetos y como especie.

Por eso debemos reconocer a Al Capone que hizo una gran contribución al tema con la matanza de San Valentín, no sólo como anecdótica para la ficción, sino porque el amor de pareja siempre ha tenido un correlato criminal, además de las exigencias y necesidades del comercio detallista, como el día de la madre o Halloween, u otras fechas del calendario publicitario.

Como lo conocemos ahora, el amor de los amantes no tiene mucho tiempo. Me tinca que empezó por ahí por el humanismo de la Edad Media, aunque tuvo algún preámbulo en el mundo grecorromano con el pervertido platonismo, preludio del humanismo renacentista, su heredero, con una filiación poético-literaria clave, permeando la modernidad toda. Y de ahí el arte de amar o sus técnicas (aunque más bien habría que hablar de políticas del amor) y sus epifenómenos.

En algún momento los amantes se independizaron del dato antropológico originario, ese del botín de guerra o de la negociación en tiempos de la horda primitiva. Helena o Penélope aparecen como víctimas naturales de la cultura patriarcal y hetero en que les tocó comparecer.

No podemos negar que a nivel simbólico el amor de pareja, sólo es importante en periodos duros, es decir, en épocas de guerra o en situaciones catastróficas. Recuerdo ese poema lacrimoso de Jacques Prévert, creo, Bárbara, en que hay un testigo del amor de unos amantes (un poeta o hablante lírico), que se emociona ante el beso de despedida de una pareja y les agradece emotivamente el hecho de amarse, como un gesto vital de resistencia a la guerra catastrófica (el contexto era la segunda guerra). Por eso, me imagino, que amar en tiempos de dictadura era mucho más significativo que ahora, en que no hay gesto heroico ni riesgo, ni causa común que compartir, todo es voluntarismo individual.

Así como están las cosas nada bueno puede salir del amor de pareja. Lo más increíble es que todavía funciona la cancioncilla o el poemita de amor, yo mismo acabo de escribir uno para entregárselo a la banda de unos amigos míos que debieran ponerle música y darle una estructura de bolero. Sólo una buena melodía es capaz de lubricar el discurso de amor, para poder soportarlo en la vida cotidiana.