Por La Diego Saavedra, socióloga travesti.

El 14 de febrero fue atacada a palos Carolina Torres, una mujer lesbiana. Estoy esperando las cartas al director de los machos conservadores que se espantan cuando una mujer utiliza garabatos en su rutina de humor. Pero son los mismos garabatos, que muchas veces traspasan lo verbal para manifestarse en golpizas y violaciones correctivas, los que mujeres y desviados recibimos en las calles y que, al parecer, no indignan ni inspiran tanto a estos personajes como para escribir una columna. Porque se espantan cuando hacemos uso del mismo vocabulario con el que ellos nos insultan. Porque ese vocabulario es válido siempre y cuando esté al servicio de la denigración de nuestros cuerpos e identidades. Porque al parecer, la violencia es válida solo para algunos.

A los pocos días de lo ocurrido, nos encontramos con un video que evidencia el momento exacto en que el alcalde de Puerto Varas, Ramón Bahamondes, trata de usurparle un beso en la boca a la cantante Camila Gallardo. Su reacción de incomodidad no se deja disimular en un escenario que no mostró rechazo inmediato al observar tal escena. Por su parte, amigas me cuentan cómo varias veces se han visto envueltas en situaciones de acoso y violencia machista, ante lo cual su respuesta es de fragilidad, de miedo e incluso culpa, en un contexto que no les garantiza el apoyo necesario, en un contexto que incluso puede llegar a mofarse de lo sucedido. Así lo hizo Miguel Ángel Carrasco, el sujeto que perteneció en algún momento a Carabineros de Chile y que celebró lo sucedido a Carolina. Quizás con cuántas lesbianas e identidades no hegemónicas hizo lo mismo cuando usaba ese uniforme verde, con el que muchas veces se toman la licencia para corregir a lumazos la desviación. Porque no todas las corporalidades despiertan el afán de justicia y protección. Porque estas instituciones represivas están para salvaguardar a los ciudadanos de bien. No a los hediondos, no a los feos, no a los que destiñen el paisaje progresista y aspiracional de este territorio nacional.

Sin ir más lejos, recuerdo cómo una vez tuve la brillante idea de acudir a carabineros cuando un personaje de la calle me insultó porque no quise aceptar su invitación de “chuparle el pico”, mientras me lo pedía con un palo en la mano. Si total me gustaba, ¿por qué me hacía la difícil?

Por su puesto que carabineros pidió que yo me fuera del lugar, porque al parecer era territorio ganado por este machito. Y es así cómo nos van corriendo para dejarles el espacio libre a su violencia correctiva, a sus erecciones descontroladas, a sus gritos inoportunos, a su masculinidad quebrantada, adoptando la excusa de que ellos aún no aprenden, que hay que tenerles paciencia porque los cambios son lentos. De esta manera vamos cayendo en la cultura
de la espera, porque la sociedad no está preparada para el aborto libre, no está preparada para que los raros adopten, no está preparada para que dos mujeres caminen de la mano por la calle, entre tantas otras cosas que se escapan de su ordenamiento convencional, indiferente y mezquino, instalando además toda responsabilidad en las mujeres. Porque siempre la culpa es de las mujeres, desde las violaciones, la crianza de los hijos, porque si el crio sale porfiado la pregunta es “¿dónde está la mamá?” Hasta para explicar la ruptura de bandas musicales, como
The Beatles, o de series televisivas como el Chavo del Ocho. Por supuesto que se separaron por culpa de Yoko Ono y Doña Florinda, respectivamente.

Entonces resulta que más encima tenemos que hacer pedagogía para ilustrar a la población masculina, como si ellos no pudieran educarse por sí mismos. Considerando además que esto no se trata de “entender” para que nos dejen de golpear, de “entender” para que nos dejen de matar. Nos tienen que bancar porque sí no más, sin esperar tanta teorización. Porque a nosotras nos metieron la heteronorma sin vaselina, y no nos preguntaron si la “entendíamos”
o qué opinábamos al respecto. Por el contrario, suelen acudir a fórmulas bastante agresivas.

Pero luego, es en nosotras en quienes recae la idea de que la violencia no es la solución o que la violencia genera más violencia. Sin embargo, una amiga de 70 años me confesaba que los golpes reiterados de su marido terminaron cuando ella le respondió de la misma forma en que él la trataba.

Al respecto, la escritora y directora de cine, Virginie Despentes, alega que se domestica a las niñas para que nunca dañen a los hombres, inculcándoles la cuestión mental de que ellos son más fuertes, de que la violencia no es su territorio, de que la integridad física de un hombre es más importante que la de una mujer, de que la violación es un crimen horrible del que no deberían reponerse jamás. Es así cómo relata su experiencia de violación en que ni si quiera se le pasó por la cabeza la posibilidad de utilizar la navaja que traía con ella. Y es justamente esa reacción la que separa a una mujer cisgénero de una travesti, porque mientras ellas son condicionadas a no responder ante la violencia, a nosotras las travestis no nos criaron para ser señoritas. Entonces si viene alguien a violentarnos, es más probable que respondamos o que, por último, mostremos algo más de resistencia, como la reacción que he tenido cuando me he visto en situaciones que buscan amedrentarme y en las que ni se me ha cruzado la idea de llorar o mostrar una imagen vulnerable. Porque mientras para una mujer sigue teniendo peso el que la traten de puta, a mí como identidad travesti no se me mueve ni un pelo si recae ese imaginario en mi persona, debido a que no tiene la misma carga simbólica que arrastra para ellas y que podemos ver cada vez que entrevistan en televisión a Anita Alvarado, la geisha, quien se pone a llorar cuando habla de su pasado prostituido. Me pregunto si los que fueron sus clientes habitan la misma culpa y malestar luego de haber pagado por sus servicios.

Es así como a Despentes, en su Teoría King Kong, le parece sorprendente que luego del avance tecnológico “no exista todavía un solo objeto que podamos meternos en el coño cuando salimos a dar una vuelta y que cortaría en pedazos la polla del primer idiota que quisiera entrar sin permiso”, porque el día en que los hombres tengan miedo de salir castrados luego de intentar violentar a una chica, seguro que de repente aprenderían a controlar mejor sus pasiones masculinas, y sus impulsos correctivos agregaría. Pero lo paradójico de todo esto es que después las mujeres son las feminazis, cuando aún no conozco ningún caso en que se haya matado a un hombre por el mero hecho de ser heterosexual. Mientras en la discusión de fondo se sigue debatiendo si le deberían dar otra oportunidad al alcalde de Puerto Varas, porque como señoritas hay que ser compasivas, misericordiosas y pacientes en un contexto que las sigue maltratando. Porque después del acceso que han tenido a la palabra, a los medios de comunicación, a los puestos de poder, se quejan que ahora no pueden ni hablar, que se les censura y que ellos también tienen derecho de ir a marchar este 8M, cuando lo único que se les está pidiendo es respeto por las voces que históricamente han sido
silenciadas. Por lo mismo, yo no vengo hablar por las lesbianas ni por las mujeres cisgénero, debido a que ellas tienen sus propias voces y representantes y esto no se trata de robar espacios, sino de compartirlos entre identidades que hemos sido constantemente pisoteadas e invisibilizadas. Porque luego son ellos los que saltan con el “ni uno menos” o “nadie menos”, bajo la idea absurda de que este combate es igualitario. Porque el discurso pacificador siempre recae en las mismas corporalidades: mujeres, negros, indios, niños, pobres, locos, inmigrantes,
disidencia sexual; mientras el lugar social del hombre heterosexual, respaldado por diferentes instituciones, sigue haciendo de las suyas. Quizás, es momento de dejar de criar a señoritas y comenzar a criar a zorras.