Antonia Atria Fuentes y Nicole Salas Salazar, Frente Feminista RM, Revolución Democrática.

El 8 de marzo del 2019 se vislumbra como una jornada histórica de huelga general y protesta feminista en todo el mundo. Y teniendo en consideración el contexto chileno, las masivas movilizaciones del año 2018 y la obligación del Gobierno a pronunciarse sobre una convocatoria que ya se ha instalado en el debate público, anticipamos que este año no será como cualquier otro, ya que esta vez tenemos la oportunidad de convertir el 8M en un día de disputa política, que nos permita interpelar directamente la vida cotidiana y el sentir emancipador de todas las mujeres, al mismo tiempo que permita proyectar la consolidación de un movimiento amplio y diverso.

Lo anterior cobra relevancia entendiendo que hoy, nos encontramos bajo un clima donde se hace evidente el antagonismo entre quienes entendemos el feminismo como un movimiento transformador, intrínsecamente político y quienes, por otro lado, buscan negar su contenido revolucionario.

Así, esta tensión se materializa entre el movimiento feminista, que está levantando la huelga, y una especie de “(no) feminismo buena onda”, que entre flores y chocolates intenta esconder los problemas de fondo y la lucha política que ésta significa. Un ejemplo de lo anterior son los dichos de la ministra Isabel Plá, quien, en un intento de anular un movimiento que se avizora amenazador para los intereses de su sector, plantea que “sería muy lamentable que las demandas más sentidas para las chilenas se convirtieran en una bandera de lucha politizada”, ignorando que más allá de su visión acotada de “los temas de la mujer”, el feminismo y las demandas que este movimiento ha reivindicado durante años, se constituyen, insoslayablemente como político toda vez que busca transformar el modelo subyacente, que es la causa de la opresión y la precarización.

En otras palabras, resulta evidente que el feminismo hoy efectivamente se ubica en oposición explícita al conservadurismo del gobierno del Presidente Piñera y de una derecha que se ha caracterizado por defender mediáticamente una “agenda mujer”, totalmente insuficiente a las necesidades reales de las mujeres y niñas en nuestro país, pues dichas medidas no se hacen cargo de un modelo que no valoriza el aporte de las mujeres a la economía a través del trabajo doméstico y de cuidado; que no les permite decidir sobre su maternidad y su cuerpo (pero que las objetiviza al calor del interés del capital y del patriarcado); que las educa con sesgos sexistas que posteriormente determinan sus proyectos de vida mayoritariamente empobrecidos; que se les niega el derecho a vivir libre de violencias y sin miedo, etc. Así, se demuestra que este supuesto “feminismo” que se intenta posicionar a través de los medios, no es es feminismo propiamente tal, ya que se queda anclado en temas superficiales, en los síntomas de la enfermedad, pero no se cuestiona lo que hay debajo de ellas, sino que impulsa constantemente arreglos cosméticos que solo reproducen injusticia.

El feminismo no es neutralizador, ya que entiende que hay un problema estructural de fondo, y que es eso lo que debemos solucionar. Y ese problema de fondo no toca sólo una lista canónica de “temas” de mujer, sino que es el hilo común de todas las explotaciones que afectan principalmente a las mujeres. Porque cuando hablamos de pensiones, debemos hablar de que las mujeres reciben en promedio 34% menos de jubilación; cuando hablamos de salud, debemos hablar de la inexistencia de un seguro único de salud que no discrimine a las mujeres; cuando hablamos de educación, debemos hablar de la feminización de carreras de cuidado como enfermería y educación parvularia que ocurre por la mercantilización de ésta; cuando hablamos de migración, debemos hablar de las vulnerabilidades añadidas por el hecho de ser mujer. Y esto no es azaroso. Éstas son las regularidades que dan cuenta de que el problema que diagnostica el feminismo es estructural, y no se remediará con soluciones parche, sino con profundas transformaciones que nos permitan superar el orden neoliberal.

Lo que se juega entonces el 8 de marzo es la defensa ciudadana y popular de un proyecto político feminista, aquel que a través de la huelga y la protesta como herramientas legítimas de reivindicación social, logra posicionar su fuerza y acción política como expresión mayoritaria de descontento ante las violencias y opresiones. Pero, todo esto no es la culminación de un proceso, sino que será un impulso histórico para que podamos profundizar y avanzar hacia una sociedad más justa. Por eso y más, la huelga feminista va y nos necesita a todas.