La tragedia de los Cortés Vega: Los hermanos que quedaron tetrapléjicos después de tirarse un piquero en la playa de Aes Gener en Ventanas

La historia de esta familia podría parecer un terrible déjà vu. En febrero de 2005, su hijo mayor resultó con tetraplejia luego de lanzarse al mar desde un muelle de la empresa termoeléctrica. Diez años después, el hijo menor sufriría el mismo accidente, fracturándose las mismas vértebras y en el mismo lugar: el concurrido sector “Aguas calientes”, bautizado así por las elevadas temperaturas del mar, provocadas por la faena industrial. Pese al revés judicial que sufrieron en su primer intento por responsabilizar a Aes Gener, los Cortés Vega están empeñados en que se conozca el caso de sus hijos. “No queremos que a nadie más le pase esto”, dicen. A continuación, la historia de una familia que lamenta, como ninguna otra, uno de los tantos costos de vivir en una zona de sacrificio.

Isaac Cortés Vega

— Yo no sé si a estas cuestiones uno las llama — dice Isaac, 29 años, funcionario municipal de Puchuncaví, tetrapléjico desde el año 2005.

Sentado junto a él, Jaime Cortés, su padre, disiente: “No sé si decir que uno ‘las llama’, pero sí se perciben”. Tras pensarlo unos segundos, el resto de la familia concuerda.

La tarde del 23 de febrero de 2005, Isaac Cortés Vega, de entonces 15 años, salió de su casa para buscar a su madre al trabajo, sin la intención de entrar al mar. “Pero mis amigos me insistieron tanto, que fui igual”, recuerda.

Bajó el cerro desde su casa en la villa Miramar hasta el balneario de Ventanas, localidad vecina de Quintero. Con sus amigos llegó al sector industrial conocido como “Aguas calientes” o “Las termas”, debido a la agradable temperatura del mar que genera el proceso de enfriamiento de la planta termoeléctrica de Aes Gener. Allí, en uno de los molos de cemento de propiedad de la empresa, se lanzó un piquero que dañó severamente dos de sus vértebras cervicales. Era la última semana del verano.

Molo de cemento desde donde se lanzaron Isaac y Tomás.

En un comienzo, la familia demandó civilmente a la empresa para obtener una indemnización. A través de su abogado, Aes Gener argumentó que por su edad Isaac era perfectamente “capaz de delito o cuasidelito civil”, y que por lo tanto debía ser él o su familia quien soportase los perjuicios, “pues ha sido él mismo quien se los ha inflingido”. Finalmente, el 14° Juzgado Civil de Santiago rechazó la demanda sin condenar en costas a la familia, estimando que esta “tenía motivo plausible para litigar”.

Los años pasaron y la familia debió adaptarse. En sesiones de rehabilitación, Isaac aprendió a vivir con cierta autonomía. Jaime realizó ampliaciones al hogar y volvió a sus faenas como soldador para las empresas del cordón industrial de la comuna. Claudia, la madre, optó sólo a trabajos que le permitieran estar más cerca de su hijo mayor.

El tercer hijo del clan, Tomás, se convirtió en las manos y piernas de su hermano mayor. “Pasaban juntos. Lo ayudaba a vestirse, lo asistía en el baño, incluso aprendió a manejar para poder pasear en la camioneta con Isaac”, recuerda Claudia.

Por eso, dice Claudia, reaccionó con rabia cuando su teléfono sonó en la mañana del 18 de febrero de 2015. Con diez años de diferencia, Tomás se había lanzado el mismo piquero, desde el mismo muelle, y había comprometido las mismas vértebras que su hermano mayor.

Cuando lo vio en la posta de Ventana, lo primero que atinó a decirle fue: “¿Qué hueá hiciste? Te lo dije miles de veces”.

Inmovilizado sobre la camilla, mientras sentía cómo de a poco perdía la sensibilidad de sus extremidades, Tomás le respondió:
—Mamá, perdóname.

 

VIDA INDUSTRIAL

El primer domingo de marzo, a pesar del sol radiante que cae sobre la bahía, el balneario de Ventanas luce casi vacío. Aún faltan algunas horas para el mediodía, y los únicos bañistas que se divisan son los surfistas que montan olas entre los enormes tubos de succión de agua marina de la empresa Aes Gener. El mismo sector de aguas cálidas donde, con diez años de diferencia, se accidentaron los hermanos Vega Cortés.

Los lugareños lo llaman “el surf industrial”.

Aunque pasaron gran parte de su infancia en Ventanas, Claudia Vega y Jaime Cortés sólo se instalaron como pareja en 1992, mismo año en que se comenzaron a adoptar medidas para combatir la contaminación producida por el complejo industrial Ventanas.

—Cuando éramos chiporritos, con Jaime íbamos a jugar al vertedero de la Enami y encontrábamos de todo: guantes, desechos industriales—, describe Claudia.

El plan no surtió un efecto visible. Al año siguiente, 1993, el decreto supremo n°346 del ministerio de Agricultura declaró a las comunas de Puchuncaví y Quintero como zona saturada de contaminación por anhídrico sulfuroso y material particulado. Lejos de decrecer, el parque industrial sólo se ha agrandado con los años, llegando a ocupar casi la totalidad de los diez kilómetros de costa que separan a Ventanas de su vecina Quintero, donde se han producido 527 episodios de varamiento de carbón desde el año 2009 hasta la fecha.

Jaime Cortés Silva

Fue allí donde Jaime encontró sus primeros trabajos. Como jornalero y luego como asistente de soldador, prácticamente no hay planta industrial en la que Jaime no haya trabajado, incluyendo la fundición de cobre de Codelco Ventanas y la construcción de la Unidad n° 3 de Aes Gener, justo frente al lugar donde sus hijos se accidentaron.

—Había semanas que no tenía pega, pero igual quedaba sudando verde por días—, cuenta, bastante en serio.

Isaac, a su lado, agrega que por su trabajo en la municipalidad suele visitar a campesinos que se quejan de que sus ovejas tienen una película amarilla sobre los ojos, o que al faenarlos, la carne salía amarga y de color verdoso.
En contraste a la actividad económica del lugar, el Censo realizado en 2017 arrojó una realidad demoledora: tres de cada 10 personas de la comuna de Puchuncaví no tiene acceso a servicios básicos, una cifra que casi triplica el promedio de la comuna de Valparaíso (11,5%) y supera con creces el nivel nacional (14,4%).

Claudia Vega Morales

Para Claudia, la relación entre las empresas del cordón industrial y los habitantes de Ventanas podría describirse -en más de un sentido- como una dependencia tóxica. “La gente que no protesta es porque se siente acorralada, ya que aquí está su fuente laboral”, explica.

—Tengo un montón de compañeros de colegio que cuando chicos marchaban contra los derrames de petróleo y carbón, pero que de grandes entraron a trabajar a Codelco. Lo mismo con Aes Gener—, aporta Isaac.

Tras el accidente de Isaac en 2005, Jaime comenzó a adaptar su hogar. Amplió los pasillos, creó nuevas habitaciones y espacios más grandes, además de los muebles y las mesas. La habilidad manual que adquirió naturalmente debido a su oficio como soldador, dice, le ayudó para edificar un hogar acondicionado para que su hijo pudiera desplazarse cómodamente.

Pese a estos arreglos, ninguno de los miembros de su familia estaba preparado para lo que vendría después.

La noche del 17 de febrero, Tomás le pidió permiso a su mamá para bajar temprano a surfear a la playa. “Le repetí que se cuidara, que no hiciera tonteras”, recuerda Claudia, como repitiéndose a sí misma un mantra.
—No es que uno llame las cosas. Pero a veces las siente—, le recuerda Jaime.

“POR FAVOR, YO SÉ LO QUE VIENE”

Al comienzo, rememora Isaac, no sintió nada. Ni dolor, ni tampoco ese recorrido eléctrico por su cuerpo que sus compañeros de rehabilitación llegarían a describirle. Sólo el agua tibia rodeando su cuerpo y la certeza de que pronto vendría el aire.

—Pero cuando quise emerger del agua, como en un piquero normal, me di cuenta que mis brazos no respondían, que sólo se movían con la corriente—, recuerda hoy.
Luego de ser rescatado del agua por sus amigos, Isaac fue llevado en una ambulancia de la Aes Gener hasta la posta de Ventana. Allí, Claudia oyó el primer diagnóstico del médico de turno: “Es un trauma medular grave”.

El adolescente fue trasladado a Quintero para practicarle los rayos X, pero la máquina estaba descompuesta. Horas después, en Viña del Mar, le confirmaron que el impacto había dañado seriamente las vértebras 5 y 6 –las mismas que 10 años después se lastimaría Tomás- y solicitaron su traslado al Hospital Van Buren de Valparaíso, donde debía ser preparado para una operación.

Según recuerda la familia, un error dentro del recinto viñamarino retrasó en varias horas el traslado de Isaac a Valparaíso. “Pasó que se perdió nuestra orden para la ambulancia. Yo reclamaba, porque mi hijo cada vez sentía más dolor”, recuerda Jaime.

Cuando llegaron a Valparaíso, la médula estaba tan inflamada que no era recomendable intervenirla. Los médicos decidieron esperar, e Isaac finalmente fue operado el 25 de febrero, dos días después de su accidente.

—Con el tiempo aprendimos que, cada minuto ganado, puede mejorar la sobrevida de este tipo de lesiones—, menciona Jaime.

Con Tomás, la situación fue escalofriantemente similar. Tras ser evaluado en Ventanas, fue llevado hasta Quintero donde debían practicarle los mismos rayos X que a su hermano. Claudia intentó desesperadamente ganar el tiempo que el mayor de sus hijos no había tenido.

—Lo único que les pedía a los doctores era que lo llevaran directo a Valparaíso. Les rogué: “Por favor, yo sé lo que viene”—, rememora.

En la primera demanda civil que la familia entabló en contra de Aes Gener, la empresa termoeléctrica argumentó que se estaba frente a un caso en que debía ser Isaac o su familia quien soportase los perjuicios. Además, aseguró estar en plena regla dentro de las exigencias propias de su concesión sobre el terreno de playa, playa y fondo de mar, otorgadas por sucesivos decretos del ministerio de Defensa Nacional.

Para la familia, dicha la visión era irrisoria: los escasos carteles que advertían que la zona “no era apta para el baño” no bastaban para que no se produjeran otros accidentes. La prueba, mencionan, fue lo ocurrido con Tomás años después. Además de la presencia de residuos tóxicos, la familia denunció la existencia de fierros sobresalientes en el agua y la falta de revestimiento de los ductos industriales. “En suma”, reza la demanda, “una serie continua y permanente de hechos que no sólo contaminan, sino que pueden provocar lesiones gravísimas en terceros”.

Consultada por The Clinic para este reportaje, la empresa señaló “lamentar profundamente los accidentes ocurridos a los hermanos Isaac y Tomás Cortes”, pero que dichos hechos “se produjeron en playas que son bienes nacionales de uso público” y que la playa del accidente “no está habilitada ni es apta para el baño, situación que está en conocimiento de quienes concurren al lugar a través de instrucciones de la autoridad marítima, señalética, carteles, entre otros medios”.

La empresa agregó que los ductos de toma y descarga de agua marina fueron “construidos de acuerdo con las autorizaciones contenidas en las concesiones que le han sido otorgadas por la autoridad marítima” y que, como una de los demandas aún permanece en litigio, no se referirán más al tema.

ENTENDER LO QUE ESTÁ PASANDO

Isaac lleva cerca de 20 minutos hablando cuando, a su espalda, aparece sigilosamente Tomás. Con el pelo tomado y rostro serio, dirige su silla de ruedas hasta el umbral de la puerta.

—¿Va a salir? Pero que salude a los chiquillos antes, po’—, dice Jaime, cuando ve que Claudia se levanta de su asiento para abrirle la puerta.

Tomás mira rápidamente hacia la mesa del comedor y se pierde hacia la calle.

A poco más de cuatro años de su accidente, todos coinciden en que el hermano del medio ha vivido un proceso de introspección. “Se ha encerrado en su burbuja”, explica Jaime.

Para cuando sucedió el accidente de su hermano mayor, Tomás tenía seis años, la misma edad que Luciano -hermano menor del clan- al momento del segundo hecho que afectó a su familia. Ahora, es él quien se preocupa de ayudar a ambos.

—Luciano tuvo que aprender a manejar por si algún día tiene que salir de urgencia con Isaac o Tomás y yo no estoy. También le estoy enseñando a ocupar herramientas pesadas. O sea, tuvo que madurar antes de tiempo, lo que igual es penca— comenta Jaime, mientras el menor del clan Cortés Vega, aludido en la conversación, juega a envolver con papel de regalo una broma para un amigo.

En realidad, Luciano es el segundo más novel de la familia. Perdió ese título cuando su papá recogió de la calle a “Mota”, un perro de pelaje rizado y color blanco que estuvo a punto de ser atropellado en la autopista, pero que se salvó y encontró un lugar en esta familia hace dos años.

El que mejor lo acogió fue Tomás. Isaac asegura que desde que desde que llegó el perro a la casa, su hermano “es otra persona”, que se ha mostrado especialmente preocupado por el cuidado de la mascota.

Para Jaime y Claudia, ninguna terapia funcionó tan bien en Tomás como la llegada del “Mota”. En un inicio, recuerdan, lo mandaron a un siquiatra que le recetó pastillas, se negó. Tampoco quiso recibir a una fonoaudióloga que lo fue a ver hasta su casa para ayudarlo con su voz, ya que dañó sus cuerdas vocales producto del accidente.

—Por eso le digo “El Padrino”—, dice Jaime, lo que provoca una leve sonrisa en la cara de Isaac.

—Hay que echarse tallas de repente—, replica el mayor de los hermanos, —Es parte de esto—.

Cuando cumplió parte de su tratamiento en la Teletón, Isaac recuerda que la mayoría de sus compañeros bromeaban con su discapacidad. “Lo más típico era en la noche, cuando nos íbamos a acostar y el instructor se le olvidaba apagar la luz de la pieza. ‘Ya po, ¿quién se levanta a apagar la luz?’, nos preguntábamos”.

“Pero todo está en el tono”, responde Jaime, quien le recuerda que un carabinero mandó “a caminar” a Isaac, en tono despectivo, luego de que este ocupara la calle y no la vereda para andar en su bicicleta acondicionada. “Si hasta me quisieron sacar un parte”, agrega Isaac.

El padre de la familia también aboga por mayor empatía por parte de la sociedad. En su memoria guarda ejemplos de “intolerancia e ignorancia”, como cuando fue con Isaac a una feria navideña en Valparaíso y una mujer le recriminó haber ido con su hijo en silla de ruedas, ya que estorbaba el paso de la gente.

Episodios como este han provocado que la familia Cortés Vega se esfuerce aún más por concientizar a su entorno. Su cruzada, en este momento, es que se prohíba el acceso a la playa que colinda con el cordón industrial de Ventanas, cuyos concesionarios se limitan a cumplir una normativa que no impide en lo más mínimo el acceso para niños, surfistas y pescadores. Sin ir más lejos, durante la temporada estival 2018-2019, la Capitanía de Puerto de Quintero registró seis accidentes en la zona, de los cuales tres se produjeron en “Aguas Calientes”.

Isaac, en tanto, espera retomar sus estudios de administración pública. Y sobre todo ayudar a Tomás en su proceso: “No he podido hablar con él a calzón quitado. No he querido presionarlo, empujarlo a que hable. No me parece justo, pienso que cada cual ve sus procesos”.

—Al final— dice —él sabe que cuando necesite hablar, yo voy a estar aquí. Fue lo primero que le dije después de su accidente: no hay nadie mejor que yo para saber qué cosas estás pensando—.

Galería de imágenes de la playa cercana a la planta de AES Gener

   

 

Comentarios
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