Hoy, producto de la normalización del uso del celular y del consiguiente auge de la comunicación digital global vemos y tenemos conductas que hace 10 años eran impensables. Hay un autismo generacional masivo. Reconózcase como parte de este fenómeno al revisar la siguiente disecación de estos nuevos comportamientos.

1.- El comediante Jorge Alís dijo en el Festival de Viña que con lo masificado del uso del Whatsapp los hombres ahora orinan sentados (para no pasar un segundo sin seguir los chats de los diferentes grupos que integran y manipular el celular con las manos desocupadas). ¿Forma parte de su modus operandi ese temerario hábito (su aparato –y con “aparato” me refiero a su celular– podría terminar en un abrir y cerrar de ojos flotando water abajo).

2.- El mismo Whatsapp resulta un excelente medio de prueba al momento de aperarse con víveres. Esto es, para demostrar que tenemos razón cuando la pareja le encargó a uno algo y después sale con que nunca lo pidió o viceversa. Si se le ocurriera a “la patrona” desdecirse y dejarlo a uno como volado están los mensajes, hasta con hora de recepción. Y si insinuara que uno borró un texto comprometedor para no admitir la culpa, aparecería el rastro de aquello (“Mack ha eliminado un mensaje”), de modo que si Ud. está en lo cierto tiene todas las de ganar en este litigio de verdulería. ¿Ha usado este recurso tecnológico? ¿Nadie le saca de la cabeza a su mujer que Ud. andaba paveando, utilizando el mismo expediente?

3.- A ver las interacciones en Twitter a la hora de las teleseries vespertinas o las nocturnas de la TV abierta se ha descubierto que son tanto hombres como mujeres los que siguen ese tipo de producciones. Se ha vuelto una costumbre, por otro lado, sintonizarlas con ojo crítico y con gran sentido del humor, compartiendo impresiones, subiendo memes, evaluando cometidos actorales y compitiendo por quién detecta más errores de continuidad o hasta en el vestuario de los extras. A que usted pertenece a ese puñado de espontáneos “telenovelavidentes”. Conteste con confianza. De aquí no sale.

4.- Ésta es una de mis aplicaciones favoritas. Si de pronto ve a alguien en actitud sospechosa, apuntando con su celular a un parlante del supermercado o de alguna tienda de un mall, no se alarme: solamente se trata de un Shazamadicto. No tiene rehabilitación, pero es inofensivo. Shazam informa a su usuario el título e intérprete de una canción que esté sonando. ¿A Ud. ya lo picó el bicho que inocula la fiebre de la melomanía obsesivo-compulsiva?

5.- Cazanoticias integral. Con la preponderancia que han tomado las redes sociales en tan poco tiempo y sobre todo con lo internalizado que tenemos la interactividad virtual como parte de los actuales procesos de socialización y legitimación cultural otro aspecto importante de destacar es lo alerta que andamos todos ante el menor estímulo que nos convierta en un cronista express. Ya no basta con avisar en Twitter “ojo, que están pifiando a Piñera en el concierto de McCartney”. De inmediato te piden el video. Y bien tomado si la idea es que se viralice. Nada de pulso tirirón ni mal audio. Estamos entre sapos profesionales. Los motivos que ameritan subir una imagen a las redes sociales son infinitos. Puede ser un caso que merezca ser denunciado, como una agresión contra una mascota o la pareja, el atropello flagrante de un derecho (ascensor del estacionamiento del Costanera Center con un cartel que advierte que son para uso exclusivo de personas con dificultades de movimiento, como ancianos, embarazadas o discapacitados y, sin embargo, una mujer en silla de ruedas sin poder acercarse a la puerta porque antes que ella esperan el ascensor muchos jóvenes sanos, egoístas y flojos). Hasta puede ser un tipo al que se le asoma generosamente la raya del trasero al caminar. Ahora, con un celular en la mano, todos somos medios de comunicación y los criterios editoriales son mucho más flexibles que los medios tradicionales, lo que vuelve más atractivos a este inagotable ejército de reporteros express.

6.- Jubilación soñada. Otra impensada puerta que ha abierto la espectacular eclosión de las redes sociales es la posibilidad de que, sobre todo si alguna vez fuimos famosos, nadie nos olvide. Pongamos el caso de un cantautor que llegó a ser muy exitoso, pero del que nadie se acordaba hasta que empezó a tuitear una estupidez tras otra. Jugada maestra: la mitad del país tuitero criticará su estupidez y la otra mitad considerará que sus intervenciones son tan criteriosas y oportunas como geniales, aunque consistan en difundir fake news. Todos hablarán de él y él habrá concitado la atención que tanto extrañaba. El pájaro del ego canta hasta morir. Cualquier semejanza con la realidad es mera coincidencia.