Por Pepa Valenzuela

En verano fui unos días a la playa con una amiga. Lo que me más me gusta hacer en la playa es leer. Así es que me llevé un buen libro, me eché en una sillita de playa y me entregué a ese afán. Al poco rato se posó una abeja sobre las páginas. No venía a molestar, a dar vueltas ni a intimidar con su vuelo amenazante para clavarme su aguijón. No. La abeja venía a leer. Ahí se quedó muy quieta, sobre mi libro durante varios minutos. Pude ver sus patas diminutas con pelitos. Los detalles delicados de sus alas. Y escuché su zumbido, un ruido leve de hélice. Me acordé de esta escena de la abeja lectora al leer Zumbido, la traducción de Enrique Winter, Rodrigo Olavarría y Verónica Zondek, de poemas y cartas de Emily Dickinson (Editorial Universidad de Valparaíso). Por el título y porque además en el libro, hay muchas abejas. Cerros, sol y madera. Aire, nieve, cedros, agua y ranas. Y varias abejas que zumban por estas páginas buscándole un sentido a la existencia.

No sé mucho de poesía, pero algo sé de esos zumbidos: los de una abeja navegando por los laberintos de la mente y el corazón, explorando esos fondos. Ahí, quién no ha estado, quién no ha sido abeja sumergida en esos misterios. La poesía de Dickinson, pletórica de naturaleza, donde la memoria es como un pozo y no se sabe bien cuál es el sentido de los árboles, es también un testimonio de una escritora que se cuestiona nuestras conexiones internas, el lazo que une a la mente con el corazón.

“El corazón y la mente juntos forman un solo continente”.

“El Espíritu es la oreja consciente”.

“No hay que ser una habitación – para estar embrujada / el Cerebro – tiene pasillos que superan / todo lugar material”, escribe la autora.

En sus textos hay amor. Y mayúsculas también, énfasis de un tiempo donde se sentía y se escribía con otra intensidad, acaso la de un insecto poderoso. Están las preguntas por Dios. El sufrimiento (“Sufrir es humano, no decoroso”) y estos circuitos que nos conforman. Y la escritura, transformada en una hermosura intrincada y profunda, la poesía como una llave para abrir pasadizos secretos dentro de nosotros mismos.

“La Tierra es corta y la angustia rotunda”.

“Le dijo la Muerte a la Pasión / dame una hectárea de las tuyas”, dice Dickinson.

Y una se queda ahí, escuchando el sonido de sus afirmaciones, el eco del zumbido. No es fácil ser mujer y escribir. No es fácil ser mujer y escribir poesía. Antes, aún menos. A Emily Dickinson no le dieron el espacio que merecía en su tiempo. Fue menospreciada y sus poemas, mirados en menos. Pero ella escribió igual. Porque no se puede evitar lo que se ama. Porque una abeja no puede pretender ser una mosca. Ella misma lo dice: “Ser una flor es una responsabilidad profunda”. Ser una abeja y registrar tu propio zumbido, también.

Título: Zumbido
Autor: Emily Dickinson
Traducción: Enrique Winter, Rodrigo Olavarría y Verónica Zondek
Año de publicación: 2019
Páginas: 242
Editorial: Universidad de Valparaíso

Este artículo fue publicado originalmente en Culturizarte, un blog chileno especializado en cultura. Si quieres ver contenidos culturales, visita www.culturizarte.cl.

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