Parque Bustamante, 4 de la tarde. El cielo está despejado, los árboles se mueven con la brisa, varias personas escriben en la terraza de la Biblioteca del parque que da hacia una pileta. Adentro del agua, una pareja. Ella se zambulle varias veces, se tapa la nariz con la mano. Él tiende ropa sobre las bancas bajo el sol. Un poquito más allá tienen su carpa. En el árbol que está afuera, pusieron un colgante de madera que dice “Recuerdo de Villarrica”.

Eduardo y Estefanía viven en el parque Bustamante desde hace tres años y para ellos, éste es su hogar.

“Quedamos en situación de calle por abuso de drogas. Antes arrendábamos una pieza en hoteles, pero nos echaron de varios porque mi socia se ponía violenta, así es que optamos por venirnos para acá. Al principio dormíamos en el cerro Santa Lucía, pero teníamos que salir temprano porque nos mojaban, regaban”, cuenta Eduardo, sentado dentro de su carpa mientras su compañera se viste, se pone un jockey y sale con un cepillo de dientes y un vaso plástico hacia el exterior: va al baño de la biblioteca. Se los prestan, con la condición de que dejen todo limpio. Su vecino de la carpa del lado, un hombre alto y delgado le convida unas uvas a Eduardo. Lleva el traje de cuidador del parque: hace pocos días vinieron de la municipalidad a sacar las carpas. Él les pidió trabajo. Se lo dieron. Ahora, trabaja y vive aquí, al ladito de Eduardo y Estefanía.

No son los únicos. Al lado de la cancha de patinaje, un par de carpas más. Cerca de Plaza Italia, otras seis. Personas en situación de calle que ahora se han instalado con carpas en los parques de la ciudad. “Las plazas y parques siempre fueron ocupados, lo que pasa es que las carpas los han visibilizado”, dice Francisco Román, director de la fundación Gente de la Calle quien calcula que hoy en Chile hay más de 20 mil personas en esta situación cuyo promedio de edad es de 44 años. “Se quedan ahí porque se hacen parte de los lugares. Algunos vecinos reclaman, pero otros los cuidan, les conversan, les dan afecto, entonces para ellos son entornos protectores”, explica. Yolanda Vivanco, de la subdirección de Servicios Sociales de la municipalidad de Santiago añade: “Antes no se veían tanto en parques ni plazas, pero las ONG los han ido empoderando al ir a entregarles recursos a estos lugares”. “Se les hace más fácil aquí”, explica Jorge Araos, guardia de la Biblioteca. “Aquí ocupan los baños, yo les digo que si los dejan limpiecitos no van a tener atados. Tratan de no hacer problemas, de portarse bien porque acá vienen a dejarles comida y en el parque hay de todo: agua y baño”.

La mayoría de ellos, el 74%, tiene trabajo. “Hay diversidad de género, nacionalidad y de razones para estar en la calle. No es una población de vagos o la caricatura del viejo del saco. Es gente que llega a la calle por distintos motivos y muchos que están en edad productiva y desarrollan una actividad con la que generan ingresos que les permiten sobrevivir”, dice Francisco.

Óscar, por ejemplo, vende libros, cachureos, arregla cosas, cerca del parque. “Me gusta trabajar, no me gusta que me den. Cuando vienen los del Hogar de Cristo a ofrecer té, se los agradezco, pero tengo mis moneditas para comer. Ese tecito le puede servir a otra persona”, dice. Óscar lleva un año durmiendo en el parque en una carpa. Antes estaba en calle Seminario donde ya era parte del vecindario, vendía libros y ayudaba a estacionar autos. Eso hasta que pusieron una pastelería y el dueño instaló maceteros donde él dormía. Así fue cómo llegó hasta acá. En el día, Rubén limpia vidrios de los autos y en la tarde, patina en la cancha aledaña a su carpa en Bustamante con Bilbao. “Llegué hace cuatro años al parque. Me gusta la calle. Antes estudiaba, trabajaba, vivía con mis papás, pero mi papá le pegaba a mi mamá, hasta que un día me dio la weá, pesqué mi bolso y chao. Aquí no molesto a nadie ni nadie me molesta”.

Te dan y te quitan

Fue hace un poco más de un mes. Rubén dormía dentro de su carpa cuando lo despertaron a patadas. Después vinieron unos mordiscos en los brazos. Luego, un par de puñaladas. Eran neonazis. Se defendió como pudo. Pateó de vuelta. Pegó puñetazos. Sobrevivió. “No es fácil vivir así”, explica. Sentado dentro de su carpa, Eduardo asiente. Con Estefanía tienen una hijita de un año que vive con su abuela. Hace unos meses había logrado comprarle unas cajas de pañales para llevarle de regalo. Eduardo se fue a trabajar estacionando autos por las calles cercanas, pero cuando volvió, su carpa ya no estaba. Tampoco sus frazadas ni las cajas con pañales para su hija. “Nos quitan todo. Los pacos se dan el gusto de hacernos tira las cosas. Cuando vienen, nos rodean, nos esposan, nos maltratan. La señora Matthei (alcaldesa de Providencia) es mala onda. Igual siempre volvemos a armarnos”, cuenta él. Óscar dice que los inspectores municipales de Providencia le han quitado cuatro veces su carpa. La última vez, también dice que se llevaron su silla de ruedas: tiene un problema en una pierna y le cuesta caminar. “Vienen como unos rottweiler, te quitan las cosas hasta que te vayas. Son cosas materiales, se recuperan. Lo que ellos no van a recuperar es la dignidad como personas”, dice.

En el municipio de Providencia no quisieron hablar del tema. Todos estaban ocupados, dijeron, por la cuenta pública. El municipio de Estación Central tomó medidas más drásticas: el 2 de abril decidieron pasar multas hasta de 5 UTM (241 mil pesos) a quienes pongan carpas en espacios públicos, aunque con la gente que vive en la calle, sea una medida difícil de llevar a cabo. “La forma de las municipalidades para enfrentar el tema es muy extraña”, dice Francisco Román de la fundación Gente de la Calle. “Por un lado los departamentos sociales les dan apoyo, alternativas y hasta carpas, pero el área de seguridad de los mismos municipios se las quitan. Algunos carabineros se acercan y son amigos, otros los expulsan. Las personas ya no saben con qué cara de la moneda se van a encontrar”. Desde la municipalidad de Santiago, Yolanda Vivanco explica un poco esta dualidad. “Nosotros visitamos los principales puntos y ofrecemos apoyo, servicios médicos, tenemos una ambulancia para ellos, un centro de intervención para que aprendan a vivir en casa. Pero los vecinos también reclaman porque instalan carpas, ensucian el entorno, lavan ropa o se bañan en fuentes públicas. No es lo mismo una persona que un grupo que a veces causa problemas. Además hay una ordenanza que prohíbe acampar en plazas, parques y jardines. Entonces ahí seguridad interviene y los saca. Pero tampoco tenemos personal o recursos suficientes para fiscalizar, así es que la gente sale por un rato y vuelve a instalarse”.

“Respecto de las personas en situación de calle que ocupan espacios públicos, Carabineros actúa conforme denuncias realizadas por la Municipalidad o por vecinos. Se realizan operativos en conjunto para prestar seguridad a personal municipal quienes son los encargados de efectuar la limpieza de estos espacios a través de servicios sociales y de salud, ven las intervenciones que se hacen para derivar a estas personas a albergues y que no queden en la calle ni vuelvan a instalarse nuevamente. Carabineros solo actúa ante denuncias específicas ante incivilidad que pueda ser observada”, dice el mayor Gonzalo Urbina de Carabineros.

Cuatro de la tarde en el parque Balmaceda de Providencia. Juan Pérez está sentado sobre una vieja silla de oficina con rueditas al lado de su carpa. Llegó aquí hace un año con su señora después de que cerraran el perímetro donde vivían antes, en Salvador con Rancagua. “Yo cuido la carpa y mi señora trabaja en los semáforos pidiendo plata. Hacemos las necesidades en bolsas y las botamos, higiénicamente sí, en doble bolsa”, dice. Hace poco recibió una visita municipal del área social. “Me dijo que me iba a conseguir una vivienda, pero que nosotros teníamos que poner el sitio. ¡De adónde vamos a conseguir un sitio pos! ¡De adónde! ¿Por qué no instala la weá aquí nomás entonces?, le dije yo”. Juan se estira sobre su silla riéndose. Ante su vista, se extienden enormes, los árboles del parque.

Salir del parque

Miguel vive en plena Plaza Italia, en la esquina del parque Bustamante con la estación Baquedano. Tiene su carpa y carrito para arreglar bicicletas que se ganó gracias a un proyecto Fosis. De día estaciona autos, arregla bicis, va al baño de un restaurante cercano, un vecino le ayuda a lavar su ropa, le prestan una ducha. Está inscrito en el consultorio de Providencia y además, este año quiere sacar su octavo básico. La plata que junta se la manda a sus dos hijos que viven en Valparaíso. Pero Miguel está enojado. Enojado porque hace poco vio a la alcaldesa de Providencia hablando en la tele sobre la gente que, como él, vivían en las calles de la comuna. “Y miente pos. Los califica a todos como delincuentes o expresidiarios. Cuentan una sola realidad, pero no que acá también hay gente que ha ganado proyectos Fosis y que quiere salir adelante. Yo tengo muchos sueños, no me gusta la calle. El gobierno nos ayuda y la Muni nos amenaza con que si no sacamos las cosas, nos van a quitar todo. O nos ayudan o nos cortan las alas. Como soltero dicen que no puedo aplicar a subsidio”, explica. Miguel está cansado: se duerme a las 4 de la mañana, cuando deja de pasar gente. Se despierta todos los días a las 8 para estacionar autos.

“Nadie opta por estar en la calle. Ahí la gente se muere, el porcentaje es altísimo. Mueren en cualquier momento del año porque no tienen acceso a la salud. Y se mueren 20 años antes que el resto de la población”, explica Román de la fundación.

Manuel vive en el Parque de los Reyes con su esposa y su hijo de ocho años. Llegó ahí después de que un socio estafó a su mamá, de 85 años y le quitara la casa, haciéndola firmar unos papeles a la mala. Un tiempo vivió con su papá, pero lo echaron. “Hasta que un amigo me dijo que el parque había un lugar súper piola donde había harta gente. Nos quedamos aquí porque quedas independiente, no hay tanta gente que te esté observando, no tienes los departamentos cerca, no te ves y no te pueden criticar. Cuando te adaptas viene lo bonito: conoces a la gente, todos nos ayudamos”.

De día Manuel trabaja. Se levanta todos los días a las 6 de la mañana. Hace pololos de gasfitería, barniza muebles, arregla cañerías y cerámicas. Lo que más le preocupa es su hijo que va a un colegio cercano, pero no se acostumbra a vivir en una carpa en el parque. “Yo le digo: “Papito, aguante que nos vamos a ir luego”, cuenta. Ese es el plan: irse a fines de abril a una pieza que ya vió. Se la dejaron en 60 lucas. Él la quiere pintar y arreglar, ojalá llegar antes de que comience mayo y el frío, mayo y las lluvias. Le faltan 30 mil pesos para pagar el mes de garantía. 30 lucas y nada más. Manuel mira el reloj. Tiene una reunión de trabajo, un pituto que le salió. Un poquito más para el fondo. Se pone de pie y desaparece caminando por el parque.