Adelanto del libro de Mauricio Purto: En defensa de la marihuana

Mauricio Purto fue el primer doctor en recetar cannabis como droga medicinal en Chile y en aparecer públicamente defendiendo su uso medicinal. “Este libro trata de mis experiencias con la marihuana y con pacientes a los que se la he prescrito. De hecho, tras un período de análisis llegué a recetarla con conciencia. Y fui el primer médico que lo hizo en Chile. Espero que estas líneas les lleguen como una forma de conocimiento y les sirvan en su propia evolución, en su propio camino. No para creer o no creer. Quizás para dudar. O para saber…”. Mauricio Purto es montañista, médico de la Universidad Católica, documentalista y escritor. Es el primer iberoamericano en escalar las cumbres más altas de todos los continentes, y líder de una de las dos expediciones chilenas que subieron por primera vez el Everest en 1992.

La llamada

El teléfono me sobresaltó en plena madrugada. Al otro lado de la línea, mi vecina Tuti Hamilton insistía en hablarle a alguien cuya mente no lograba despertar. Me incorporé del envoltorio de plumón, sacudí el sopor y logré descifrar su verborrea… Me hablaba de su mamá… ¡Su mamá estaba detenida!

Mi vecina y amiga me contaba que habían sorprendido a la señora Luchita con varias plantas de marihuana en su casa de San Damián. Eran plantas que cuidaba su fiel jardinero Chincolito, y era un secreto que compartía hacía un tiempo conmigo, cuando le validé como médico el uso de cannabis para tratar una artritis con dolor crónico y deformidad en sus manos, cosa que Luchita agradeció. Entonces le había explicado que esto ya no era raro en países como Estados Unidos, donde se validaba su uso medicinal. Y que con o sin validación de un determinado gobierno de turno, esta planta había tenido un uso medicinal desde hacía miles de años. Ella lo sabía.

Le receté una infusión y, si quería fumar, que fumara.

«Me siento regio con los pititos. Sin dolor, feliz. Y duermo mejor», me confesó.

«Fantástico», le dije, «la mejor prueba es que te sientes mejor. Que en ti funciona. Eso es lo más importante».

En aquella ocasión, Luchita se despidió feliz y me abrazó con cariño y con una sonrisa cómplice. Ahora se la habían llevado presa.

Luchita, María Luisa Velasco, era la esposa del senador democratacristiano Juan Hamilton y estaba entrando en sus ochenta años. Era un blanco mediático fácil… Pero, más allá de su investidura, ¿cómo molestar a una anciana y decirle qué hacer o no hacer con su vida, a su edad y en su esfera privada?

No, el Estado protector tenía que decidir lo que era bueno, y lo que no, para ella; eso, aunque en el ámbito de lo privado, el consumo de marihuana u otro psicotrópico es un derecho individual. Pero tener plantas de marihuana no.

Taru, mi mujer, se dio una vuelta en la cama y me preguntó dormida:

—¿Todo bien?

—Todo bien… —respondí.

Me quedé desvelado, meditabundo. De alguna manera sabía que esta era una llamada para dar el salto. Pero al pensarlo me inhibía. Una parte de mí dudaba, mientras a otra le encantaba la idea. Era un vaivén de sentimientos, de emociones, como el que sentía antes de dar el examen de medicina interna.

Ella estaba en todo su derecho de buscar alivio. Y no era una persona interdicta. «Tiene derecho a decidir. A consumir marihuana terapéutica o recreacionalmente. Pero no puede plantar. ¿Cómo solucionar esta ley perversa?», pensé.

Yo le receté marihuana. Yo se la receté. Y como en Chile no se puede comprar, ni plantar, se la regalé yo, o cayó del cielo a las manos del fiel Chincolito.

Subí a mi buhardilla, escalando a tientas la escalera alaskeña de madera. Prendí mi linterna frontal y revisé mi pequeña biblioteca. Ahí estaba. El manual de la FDA, en su página 383: Dronabinol, Marinol…:

 

MARINOL (Dronabinol)

Cápsulas

 

Descripción: El dronabinol es un cannabinoide, un aceite resinoso amarillo claro que es pegajoso a temperatura ambiente y se endurece en refrigeración…

Usos: Estimulante del apetito. Antiemético (antivómito). Analgésico.

Indicaciones: Anorexia asociada al SIDA o al cáncer. Náuseas asociadas a quimioterapia. Dolor crónico.

 

Esta era la evidencia que debía mostrar a un juez que debe, más que la ley, hacer valer el derecho, que en este caso se basa en evidencia científica y no política.

Mientras llevaba el libro bajo el brazo de vuelta a nuestra amplia cama, ya estaba decidido. José y Emma dormían plácidamente, perpendiculares a su mamá, a la que tenían destapada. Los cubrí sutilmente e hice mis pasos de vuelta hacia la buhardilla. Ya no podría dormir.

Cerré los ojos y empecé con mis ejercicios de respiración, vipassana, para vaciar mi mente antes de entrar al campo de batalla. Sentía que debía entrar al programa y, tal como los personajes de la película Matrix, enfrentar al señor Smith.

No tenía ningún miedo a ser etiquetado como un loco. Después de «arriesgar mi vida» en las montañas más altas del planeta, eso ya estaba validado.

El tema eran mis colegas y mis auspiciadores de los programas de televisión de Deporte y salud y de Cumbres del mundo que se exhibían en ese entonces en Televisión Nacional de Chile. Fue en ese momento, en medio de aquellas cavilaciones, que llegó a mí una frase de mi compañero de montaña Ítalo Valle: «La verdad te hará libre», que es de San Juan, y que él invoca a menudo. La verdad, a toda costa. Y en este caso surgía a partir del llamado de una paciente, de un alma en pena, y de su familia. De una mujer anciana que estaba detenida…

Vi clarear y escuché a los gallos anunciando el amanecer en este piedemonte. Y observé el sol naciente detrás del vecino cerro de Ramón.

Tomé un vaso de agua, una ducha helada, otro vaso de agua. El café negro estaba preparándose en la antigua cafetera de la familia, llenando el hogar. Taru llegó en bata y apagó el brebaje que hervía con una melodía de burbujas.

—¿Adónde vas de doctor, Saryan?

—A ver a una paciente, a la mamá de la Tuti, a la Luchita. Está presa por tener plantas de cáñamo en su chacra.

—No te lo puedo creer… ¡Qué lata!

—Sí, nada que ver que molesten a una señora porque fuma yerba. Estos huevones deberían ir a Nepal y ver a las viejas lindas lavando y trenzándose los cabellos largos mientras fuman sendos cigarros de cáñamo.

—Sí po, Shiva Prassad, el regalo de Shiva, la yerba… No entienden nada.

—Bueno, al menos se la receté yo, esa es la jugada. Yo soy médico, de la Pontificia Universidad Católica de Chile, con distinción máxima, el mayor puntaje del Servicio Nacional de Salud de mi generación… Y la ley me faculta a recetar cualquier cosa, incluso más fuertes, como la morfina, la metadona, la ketamina, inas, inas e inas… —me envalentoné mientras disfrutaba del café.

Tenía la película clara y conversando con Taru pude canalizar muy bien el argumento.

—Suerte, Saryan.

—Gracias, Taru linda.

Un beso y un adiós.

Comentarios