A veces hay que ser críticos del espíritu crítico. Es el caso de la discusión que hemos tenido durante las últimas dos semanas respecto del currículum de tercero y cuarto medio. Que por una vez la discusión sobre educación se centre en contenidos puede ser refrescante. Sin embargo, precisamente la presunción de espíritu crítico ha tendido a ahogar sus posibilidades.

Durante los primeros días, en efecto, la discusión se caracterizó por una abultada lista de malentendidos, juicios desinformados, generalidades bienintencionadas y dificultad para leer más allá de titulares (aunque a los autores de éstos les cabe no poca responsabilidad). Que estaban intentando eliminar historia, que ya lo intentaron con filosofía, que quieren formar borregos o funcionarios. Una declaración bien representativa de este espíritu pretendía, a pesar de moverse en el nivel de tales dichos, “resistir el ataque contra la historia, la memoria y el pensamiento crítico y emancipatorio”.

El argumento obviamente adopta variadas formas: para algunos el culpable era el imperialismo de la ciencia natural o de la economía, para otros estaríamos ante una típica práctica dictatorial de controlar la enseñanza de la historia. El problema es que estas críticas no guardaban mucha relación con lo que de hecho se propone en el cambio curricular. Literatura e inglés, matemáticas y filosofía, educación ciudadana y ciencias para la ciudadanía, ése es el núcleo común obligatorio. Puede disputarse la proporción de este núcleo común, que podría ser mayor; puede disputarse también detalles de lo que se incluye en el mismo. Pero es un marco atípico para formar borregos, y las humanidades están ahí dignamente representadas.

¿De dónde viene, entonces, la letanía que al comienzo escuchábamos? En una proporción no menor, las quejas provienen del lente victimista mediante el que las humanidades se miran a sí mismas. Así, cuando un tiempo atrás se discutió sobre la presencia de la filosofía entre estos cursos obligatorios, la controversia fue presentada como si de la subsistencia misma de la disciplina se tratara. En discusión estaba, en realidad, que ella se extendiera –como acabó ocurriendo– también a la educación técnico-profesional. No todo el mundo nos está persiguiendo; y si los humanistas no nos liberamos del omnipresente victimismo, no sé qué tanta distancia crítica se gana por recibir esta formación.

Sobran, desde luego, las razones para preocuparse por el futuro de las humanidades. Pero cuando la preocupación se transforma en lente único, impide ver los problemas concretos que se tiene por delante. Entre los múltiples efectos de este victimismo, se encuentra la incapacidad para abordar los problemas en la forma concreta que adoptan.

Después de todo, las afirmaciones generales sobre el valor de la historia no tienen mucho que hacer aquí. Si fuesen muestra del espíritu crítico que se atribuye a las humanidades, estas declaraciones causarían alguna resistencia (y solo han encontrado aplauso). Para encontrar resistencia hay que señalar, más bien, lo que uno dejaría fuera.

En efecto, bien cabe decir que la puerta de entrada para las discusiones curriculares no es la cuestión de qué consideramos valioso, sino la pregunta respecto de qué cosas valiosas dejaría uno fuera. Si historia le disputara el lugar a filosofía o a educación ciudadana, no solo estaríamos viendo una discusión más interesante y realista. En realidad, recién ahí veríamos emerger el espíritu crítico. Ahí tendría que efectivamente desplegarse la capacidad crítica de los historiadores para mostrarnos cuántos de nuestros desvaríos pasan por el desarraigo, para convencernos de que también la educación ciudadana se vería beneficiada al integrarse a la formación histórica. No sé si en esa cancha los historiadores ganarían, pero sí creo que merecerían ganar. Entretanto, tal vez debamos ser más escépticos de que el espíritu crítico sea una meta tan central de la educación. Como alguna vez escribió C. S. Lewis, hoy ésta ya no consiste en podar selvas, sino en irrigar desiertos.

Manfred Svensson
Académico Universidad de los Andes e investigador del Instituto de Estudios de la Sociedad