Aviso: Si usted querido lector, no ha visto el final de la aclamada serie a la que el título hace mención y tiene interés en verlo sin que nadie se lo estropee, sepa que a este columnista le importa un reverendo pepino.

Parece ser que para que en el reino haya paz —se trate de uno fantástico o real— siempre tiene que ser quemado el símbolo del poder. Pasó en la mentada serie gringa donde un dragón quemó el trono de hierro, asimismo como ocurrió hace 46 años en nuestro terruño donde unos Hawker Hunter derritieron The Coin.

Y es que las similitudes del fantástico mundo creado por el regordete George R. R. Martin con la realidad de nuestro terruño son para mi —un ser de luz iluminado y que ilumina— bastante obvias. Primero que todo la reina Daenerys, esa ricura seductora que con su palabrería insulsa hechiza al pueblo llenándoles la cabeza de esa absurda y nefasta idea de justicia y equidad (como si eso fuese posible), y que una vez que llega al poder pierde todo sentido de realidad. No se me ocurre una mejor metáfora del zurderío.

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Para quienes no vieron la serie trataré de explicárselas brevemente. Ambientada en un mundo medieval —es decir, la gente vive igual que de Plaza Italia hacia abajo— las familias nobles se disputan el trono de los siete reinos (regiones), evidentemente aquí hay una analogía a los partidos políticos, ya que las familias se unen en contra de otras y después se traicionan tal como el gobierno de Tatán a los pupilos de Fuad Chaín.

No hay un protagonista único en el culebrón este, pero sí varios personajes que llaman la atención. Por ejemplo está Cercei, una reina que es malvada, despiadada, desalmada, corrupta y que comanda a la familia Lannister. Una mujer que trata de “patipelados” a todo el mundo, excepto a su hermano mellizo con quien sostiene una relación incestuosa —ese solo dato debería bastarle al lector para adivinar de que se trata de una mujer de derecha—, en efecto hablo de una Jacqueline Van Rysselberga con corona. Tanto o más relevante es Tyrion Lannister, el hermano de Cercei, un enano bueno para hablar y tomar vino, por lo tanto debe ser el comunista de la familia.
El niño bonito de la historia es un guacho —o así le habríamos dicho hace veinte años de no haber sido promulgada la ley de filiación— al que las mujeres modernas de hoy le gritan “guachón”, sin pudor alguno; su gracia es Jon Snow, algo así como Juan Soto pero con ADN europeo. Se convierte en líder de un grupo que nadie quiere —los guardianes del norte— y también suma a sus fuerzas a “los salvajes” gente empeñosa pero no muy ilustrada. No produce mucho pero todo el mundo, por alguna extraña razón, le compra todas sus pomadas, es decir un JAK cualquiera.

Hay otros personajes menores, como un pelado eunuco llamado Varys y que se las arregla durante las ocho temporadas para convertirse en el consejero de todos los reyes que llegan al trono, o sea es un DC de tomo y lomo. En el capítulo final y luego de terminada la guerra, las personas más importantes —lógico— se juntan para decidir quién será el nuevo rey. Sam Tarly, un gordito ñoño e idealista se pone en pie y propone el derecho a voto. Naturalmente todos se ríen en su cara y el Alberto Mayol con retención de líquido se sienta con cara de puchero. Lo siento lectores progres, pero es lo que pasa con el FA en los círculos de poder. Y es que esa lesera de los derechos para el proletariado es como un sabio una vez por ahí “Los derechos humanos son una invención, muy sabia, de los marxistas”.

¿Y el elegido? Resultó ser un joven sin muchos pergaminos ni demasiadas acciones, pero que supo leer el pasado, presente y futuro de la sociedad. Un hombre al que una “Junta” le hizo todo el trabajo mientras el permanecía sentado en su silla, oteando el horizonte.

Y es que al final lo importante sobrinos no es hacer cambios para mejorar la vida de todo el reino, basta con que se haga de esta sociedad un mejor lugar para los de arriba y al final final todo sigue igual. Hasta el día de hoy ¿Sí o no?

El Fin (está cerca).