A quienes nos interesa la política y las políticas públicas (un grupo muy reducido, según nos mostraron los resultados de la encuesta CEP ayer), tuvimos un festín con el tan esperado cambio de gabinete y la medición del Centro de Estudios Públicos. Ninguna de las anteriores mueve un centímetro la agenda de reformas, pero nos permite agregar datos a los permanentes análisis del curso de esta administración.

La encuesta CEP viene a confirmar el diagnóstico que justifica el cambio de gabinete: la tendencia de apoyo al gobierno viene en picada y no es posible seguir ignorándolo. La estrategia “que mejore solo o se olvide” aplicada en los casos recientes de los hijos del Presidente, o el no pago de las contribuciones de Caburga parece no estar resultando. Incluso la muletilla “es culpa del gobierno anterior” va perdiendo efectividad con el correr del tiempo.

La CEP también nos avisa, cada vez con más fuerza, que Lavín es -20 años después todavía – un buen candidato a sucesor, una idea que ya va cuajando transversalmente. Y en cuanto a la oposición, muy poco: todo parece indicar que tendremos una procesión de la ex Nueva Mayoría a Ginebra para a tratar de convencer a la ex Presidenta de seguir asumiendo los costos de la ausencia de recambio.

Todos los elementos confabulados, además con un contexto económico complejo y una agenda de reformas que avanza con demasiada lentitud, obligan al gobierno a reconocer implícitamente la crisis y hacer uso del “comodín” político que tienen los Presidentes: un cambio de gabinete.

En general, los cambios de gabinete si no responden a “accidentes”- como fue el caso de Mauricio Rojas o Helia Molina en su momento-, son una oportunidad de refrescar las percepciones sobre el gobierno, de combatir el desgaste con algunas caras nuevas (o no tan nuevas en este caso) y de reagrupar las fuerzas políticas internas para limar tensiones. Salvo el cambio realizado por Michelle Bachelet en su segundo año –que reemplazó al equipo político completo-, tienden a ser cambios cosméticos o sólo de nombres, pero que sin embargo otorgan un muy breve respiro que –bien usado- puede corregir algunas tendencias, en este caso la de rechazo a la gestión del gobierno.

Sobre el cambio, hay varios elementos de análisis: i) la conformación de un equipo de incondicionales al Presidente; ii) los nombres; y iii) el diagnóstico de la propia gestión.

En primer lugar, llama la atención la lealtad mutua que el Presidente tiene con un grupo de personas que no sólo lo acompañaron en su primer gobierno, sino con quienes –en algunos casos- ha compartido en la esfera privada (familiar, empresarial, social) desde mucho antes. En ningún caso es algo que podamos valorar per se como positivo o negativo, y sin duda marca una diferencia con su antecesora que, llegado el momento, sacrificó uno a uno a sus delfines. Por el lado positivo, tendremos un equipo que juega de memoria, donde los nuevos ministros tienen experiencia y no vienen a aprender, y donde la camaradería abunda. La otra cara de la moneda es el hermetismo y cierta endogamia que nos muestra lo cerrada de nuestra elite, pero sobre todo que el Presidente ha decidido reforzar el diseño del gabinete como un equipo de “subalternos” bajo un único liderazgo. La fórmula, muy efectiva en el sector privado, parece mezquina para una “empresa” del tamaño del Estado, sin liderazgos ni iniciativa en las carteras: lo que se gana en coordinación se pierde en capacidad de ejecución, de comunicación, de impacto y sobre todo velocidad, que es lo que urge si realmente se quiere empujar la agenda del gobierno a pocos meses que se desate la campaña municipal.

Respecto de los nombres, llegan algunas personas experimentadas y se optó por no correr riesgos por ese lado. En otros casos, se confirma que el Presidente confía en los talentos más que en la experiencia sectorial. En cuanto a los que se van, queda la impresión de que se pasó la cuenta por algunas “chambonadas”, que podríamos definir como errores comunicacionales o de forma (superficiales si se quiere), pero con impacto en las encuestas y eso es imperdonable en esta administración.

Finalmente, el diagnóstico que subyace al cambio es la única vara útil para medir su efectividad. Si aventuramos una hipótesis a partir de la baja de apoyo del gobierno, tendríamos que centrarnos en: i) lento avance de las reformas; ii) polarización del debate; y iii) crisis económica. Entonces, el desafío del Presidente era identificar la causalidad –diagnóstico- y atacarla. Acá las señales son confusas, o el cambio insuficiente. El equipo encargado de gestionar los acuerdos y de articular el mensaje – equipo político- se mantiene intacto, en parte por la lealtad ya comentada, pero en parte también porque el diagnóstico oficialista responsabiliza a la oposición por el lento avance de las reformas y la polarización –“obstruccionistas” y “antipatriotas”-. Independiente de si el diagnóstico del gobierno es acertado o no, este cambio entonces no apunta a las razones de la pérdida de apoyo, sino que sólo busca una pausa para seguir haciendo lo mismo (y probablemente entonces, cosechando los mismos resultados).

En resumen, el cambio de gabinete cumple la función estética de refrescar y reagrupar fuerzas, como casi siempre ocurre, pero deja dudas respecto de un cambio de estrategia o algún grado de autocrítica. En todo caso, habrá una pausa y algo de aire, y será tarea del gobierno aprovecharlo para cambiar una tendencia de desapego creciente. Si se pierde esta oportunidad, es probable que haya poco que contar al cierre de estos cuatro años.