Guillermo Pérez Ciudad
Investigador IES

Todos quienes vivimos alguna vez en regiones distintas a la metropolitana hemos escuchado quejas relativas al centralismo. Desde que éramos niños nos dijeron que Santiago era una especie de hoyo negro que absorbía las oportunidades, los recursos y la mejor gente. Y no deja de ser cierto. Al final del día, la desigualdad territorial de nuestro país es un hecho, y resulta llamativo que –más allá de los discursos de lado y lado– no haya la voluntad política para enfrentar el problema.

Sin embargo, los discursos que rodean el tema territorial distan de ser suficientes. En regiones parece haberse creado una cultura de la queja frente a un Santiago todopoderoso. Se trata de una aproximación legítima en un principio, pero que al poco andar termina girando en banda, pues no permite comprender mejor el fenómeno, ni tampoco propone soluciones.

Al utilizar el lamento regional como un argumento para justificar proyectos de distinta naturaleza –desde el reimpulso ferroviario a la elección de gobernadores regionales–, se pierden de vista las particularidades de cada uno. Y al igual que como ocurre con todas las retóricas que dividen el mundo entre buenos y malos, la del maltrato capitalino termina por acallar cualquier reflexión que la problematice.

Asimismo, la cultura del lamento regional se sustenta en la convicción de que la descentralización es un fin y no un medio para generar desarrollo. De esta manera, la relación entre centralismo y desarrollo regional se percibe como si fuera totalmente antagónica y excluyente. Pero no lo es. Por un lado, es plausible que ciertas formas de centralización puedan fomentar el desarrollo regional (ciertamente, no las que tenemos ahora); por otro, no hay que caer en la ingenuidad de creer que la descentralización por sí sola –y sin importar mucho cómo se desarrolle– elimina las desigualdades territoriales.

Lo anterior provoca que gran parte de las tensiones de los procesos descentralizadores se evadan, poniendo en riesgo sus posibles virtudes. Así ocurre hoy, por ejemplo, con la elección de gobernadores y el traspaso de competencias a las regiones. A un año y medio de la elección, pocos ven que los normalizados actos de corrupción local, la falta de capacidad institucional, o la inexistencia de mecanismos de resolución de conflictos entre la nueva autoridad electa y el poder central, entre otros asuntos, pueden hacer sucumbir el proceso en poco tiempo.

Todo esto persiste, en parte, porque la cultura del lamento regionalista es grito y plata para las élites locales. Me explico. El asunto en regiones sigue igual no solo porque la capital absorba todo, sino también porque a quienes ostentan el poder político no les conviene modificar el statu quo. Fortalecer el capital humano, generar más polos de desarrollo, mejorar el fomento productivo significa necesariamente aumentar la competencia dentro de ciertos círculos demasiado acostumbrados a repartirse los cargos entre ellos. En otras palabras, las élites locales replican exactamente el mismo mecanismo que ellos le achacan a Santiago: la torta se divide entre los de siempre, y cuando llega gente nueva es percibida como una amenaza.

Para graficar lo anterior, basta ver a los operadores políticos locales que pasan su vida laboral pululando entre distintas reparticiones del Estado. Si no trabajan en alguna seremía o gobernación, se dedican a hacer asesorías y coaching a alcaldes cercanos, o a constituir sociedades que prestan distintos tipos de servicios a municipios afines.

Las faltas a la probidad que genera este extendido amiguismo provocan que cualquier propuesta de nuevas instancias de control sea vista con extremo recelo. Dicho de otro modo, la lucha contra el centralismo es divertida hasta que las élites se dan cuenta que la transparencia es un elemento esencial para una descentralización responsable.

Por lo mismo, el llanto regionalista puede ser una herramienta funcional para mantener las cosas tal como están. Para quienes mandan, es muy conveniente tener de comodín un discurso en contra de un “enemigo” que nunca puede ser derrotado, pues siempre habrá asimetrías con la capital que permitan sostener esa retórica. Para ver cambios reales, el primer paso es secarse las lágrimas.