Cuentan de un joven militante del MAPU que a mediados de los años ’70, en el momento más feroz de la dictadura chilena tuvo el valor de asumir labores de dirección de su partido en la clandestinidad. Se llamaba Carlos Ortúzar, y quienes fueron cercanos a él recuerdan su capacidad de escuchar en tiempos donde era más frecuente hablar (aunque tuviera que ser en voz baja), de dudar cuando era más fácil no hacerlo y de tratar de entender un sentido común que estaba cambiando a una velocidad que a la izquierda le tardó años comprender. Carlos murió en un accidente en 1978 y su memoria se ha ido difuminando con el tiempo, pero su forma de entender la política marcó a quienes compartieron con él.

Todos quienes lo conocieron, coinciden en que Carlos Ortúzar entendía que la construcción social de la política estaba antes que los discursos, las alianzas y las negociaciones, que al final del día la política se trata de construir en conjunto con el pueblo (y no solo “para” él) una voluntad de transformación de la realidad para hacer de la vida en sociedad un lugar mejor. Pero para poder transformar la realidad hay primero que entenderla y no caer en la fácil tentación de creer que la realidad es lo que uno quiere que sea.

¿Cómo entiende hoy la izquierda la realidad?

Después de los movimientos sociales que remecieron al Chile de comienzos de la década que ya se despide hubo quienes preconizaron que el modelo se derrumbaba. Años después, la Nueva Mayoría desde el gobierno trató de implementar tímidos cambios en algunos aspectos de ese modelo que seguía allí, pero lo hizo despreciando a quienes habían forjado su visión de mundo, sus temores y esperanzas, en paralelo a la maduración y consolidación de la profunda revolución neoliberal chilena. Y después, cuando la derecha nuevamente con Sebastián Piñera a la cabeza lograba un categórico triunfo en la última elección presidencial, desde la misma izquierda surgieron voces que afirmaron que quienes habían votado por Piñera no sabían lo que hacían, acuñando el despectivo concepto de “facho pobre” para explicar la derrota.

Sin embargo, a ya casi dos años del triunfo presidencial de la derecha, lo que parece realmente pobre es la explicación que desde los sectores progresistas se da a su triunfo, y sobre todo, la propuesta alternativa que estamos presentando a Chile quienes no somos parte de este gobierno, más allá de las disputas políticas del día a día y el canto de sirena que es el aplauso fácil por redes sociales.

¿No será que debemos cambiar de estrategia?

Para el Frente Amplio que irrumpió con fuerza en la última elección, ya no basta con la novedad ni la idea de la juventud virtuosa. Debemos (y hablo desde dentro y comprometido con el proyecto frenteamplista) ir mucho más profundo y comprender la realidad material tal cual es, para desde allí interpretarla y luchar por transformarla. Para eso hace falta ser más como Carlos Ortúzar, y darnos el tiempo para mirar, escuchar, tener métodos de análisis, y dudar.

No es que no estemos haciendo nada al respecto. Por ejemplo cuando Gael Yeomans camina los barrios de San Miguel y San Ramón dialogando con jubilados sobre la reforma previsional, Miguel Crispi recorre los hospitales de la zona sur de Santiago para conversar directamente con quienes allí se atienden sobre la reforma a la salud, Camila Vallejo visita diferentes ciudades explicando y convocando a apoyar el proyecto de reducción de jornada laboral a 40 horas semanales, Jorge Sharp construye el nuevo plano regulador de Valparaíso con la activa participación de los vecinos o Luz Bermúdez (dirigenta sindical de la salud de Magallanes) acude a las juntas de vecinos de Punta Arenas organizando cabildos por el movimiento NO + AFP, se siente una política distinta de la del clientelismo a la que la transición nos tenía acostumbrados. Esa de ganar elecciones internas a cualquier costo, regalar tortas, premios para bingos, pagar cuentas u ofrecer cualquier tipo de prebenda a cambio de una pretendida lealtad. También cuando se constituyen comunales del Frente Amplio a lo largo de Chile que se vinculan a las luchas sociales de sus territorios sin suplantarlas, o cuando nuestro nuevo partido Convergencia Social supera las barreras identitarias de los grupos que le dan origen y se organiza como fuerza unitaria en todas las regiones del país la política adquiere más sentido. No somos los únicos que lo hacemos por cierto, pero hay muchos a quienes pareciera que el poder por el poder les importa más que la pregunta de para qué tenerlo.

Pero tenemos que ir más lejos.

Los conservadores de todo signo político siempre acusarán a quienes queremos impulsar transformaciones estructurales de utópicos. Ante ellos tenemos la obligación de defender la utopía como una energía que nos mueve pero con los pies bien puestos en la realidad que queremos cambiar, defender la ideología como la sistematización de una forma coherente de pensamiento que nos guía en la acción pero que no tiene sentido sin esta última, luchar por la desmercantilización de las esferas de la vida que creemos debieran ser derechos por el solo hecho de ser personas, y vincularse existencialmente al sentido común de una sociedad que cambia vertiginosamente.

Carlos Órtuzar, antes de morir a sus jóvenes 28 años, insistía que los trabajos de dirección no pueden disociarse del trabajo de base. Es allí dónde debemos volver. Pero no solo a las bases de nuestros mismos partidos a hablarnos entre quienes ya estamos convencidos, sino a la base de la sociedad, allí donde la realidad se vive desprovista de sobreideologismos que distorsionan.

Y eso requiere tiempo, paciencia, estudio serio y trabajo. Mucho trabajo.

Allá vamos.