Eduardo sostiene una foto de Estefanía, sus grandes ojos negros en un marco del mismo color. Suspira. Dice: “Con ella pololeo todos los días. No me gusta esta foto, no sale linda como era mi Negra, pero es lo que tengo. Ella era todo para mí, todo mi mundo, toda mi vida. Yo acá me siento todas las mañanas con un café y la espero. La miro, la miro y ya la veo aparecer. Sé que es imposible, pero igual la espero aquí todos los días”.

USTED ES UN PRÍNCIPE

Con la Negra nos conocimos en un hogar de rehabilitación de drogas en La Pintana el 2011. Yo había salido de Colina, cumplí la última condena de mi vida por robo y no quería delinquir más. Empecé a fumar droga, pero me puse a trabajar en la construcción de una casa muy bacán en Valparaíso. Los fines de semana me iba al hogar de rehabilitación en Santiago y ahí la conocí. Estefanía también había llegado por la droga: su padrastro la echaba de la casa en que vivía en la población El Castillo, en La Pintana. Antes de llegar ahí había pasado por muchas cosas: fue criada con su abuelita, porque su mamá también vivió en la calle y sus tías la echaron de la casa cuando la abuelita falleció. Empezó a drogarse como a los 17 años. Yo la conocí de 19 en el hogar. Allá siempre fue maltratada, era el patito feo, le pegaban. Y pasaba castigada: su castigo era lavar los platos. Como yo estaba en la cocina, la ayudaba y la pasábamos juntos. Ella me acompañaba a la feria, a la carnicería, a todas partes. En el camino me decía: “¿Un cigarrito?” Yo le compraba un cigarro. Así empezó a tomarse de mi brazo y aferrarse a mí porque yo la trataba bien. Siempre me preguntaba qué iba a hacer cuando me fuera del hogar. Yo le decía que quería tener mi casita y una mujer que estuviera conmigo y me fuera fiel, no me importaba nada más. Un día en la cocina me dijo: “¿Sabe qué? Yo quiero darle un beso”.

-Oye, cabra chica, qué te está pasando- , le dije yo. (Ambos tienen una diferencia de 20 años de edad)

-Bueno, es que usted me gusta, lo encuentro tan lindo. Yo siempre soñé que iba a tener un marido de ojos azules, un príncipe. Y usted es un príncipe – me dijo ella.

Y me dio el beso. Desde ese día no me soltó más. Empezamos a ser pareja y le dije: “De hoy en adelante, nadie más te pone una mano encima. De ahora en adelante, me tenís a mí. ¿Estamos?” Estamos.

Yo me fui a vivir a La Reina, porque empecé a trabajar en la remodelación de una casa allá. Ella se quedó en otro hogar de rehabilitación de un pastor, pero me iba a ver. Un día le dije que me fuera a cocinar algo rico. Cuando llegó, le pregunté qué me iba a preparar. “Puré”, me dijo. “¿Y con qué me va a hacer el puré, mi amorcito? ¿Con carnecita?”. Ella me miró y me dijo: “Es que no sé cocinar. Pero le puedo hacer puré con huevos duros”. Me dio pena y me dio risa. La quedé mirando, la abracé y le dije: “Por qué le da vergüenza, yo le enseño a cocinar. Qué le parece si usted hace el puré, yo hago la carne y hacemos la ensaladita de tomates”. Y fue feliz. Fue nuestra primera comida juntos.

Yo había comprado un pack de celulares y ella me llamaba cuando estaba en el hogar o en la casa de la mamá. Pero allí el padrastro le pegaba. Para la navidad de 2011 me llamó llorando: “Viejito, mira cómo me pega éste”. Y el viejo le quitó el teléfono y me dijo: “¿Así es que vos soy el Eduardo? Escucha cómo le pego”. Sonaban los charchazos por el teléfono. “Ya nos vamos a conocer no más”, le dije. Entonces yo le dije a la Negra: “Véngase para acá mi amorcito, yo hablo con mi jefe”. Pasamos la navidad juntos. Ahí estuvimos por primera vez como pareja.

Mi jefe me dijo que la trajera no más. Todos en la construcción la querían. Todos le llevaban un regalito, un paquete de galletas, le tenían buena. El dueño de la casa, un millonario, la quería mucho. Siempre decía: “Se nota la mano de una mujer en esta casa”. ¡Y era yo el que hacía aseo! Si la Negra no hacía nada. Pero yo lo hacía por ella: quería cuidarla. Era espontánea, alegre, producía algo especial, aunque cuando le daba la locura era espesa, eso sí.

De La Reina nos fuimos a vivir a La Pintana. Después nos fuimos a otro hogar de rehabilitación y ahí ella se embarazó. Arrendamos una pieza y tuvimos a N, nuestro primer hijo, el 29 de diciembre de 2012. Lo alcanzamos a tener hasta los seis meses. Pero los papás de la Negra esperaron a que yo no estuviera en el hogar y nos lo quitaron. Habíamos recaído en la droga, en eso no puedo mentir. Pero le teníamos de todo a N. La Negra siempre amó a sus hijos. Y lloraba. “¡Me quitaron al niño!”, decía. Sufrió mucho la Negra con eso.

PERDIDOS EN LA CALLE

Con lo de N nos dio depresión fuerte a los dos. Nos drogábamos juntos, hacíamos cosas malas, pero siempre juntos, ella nunca se arrancó. No nos dejaban ver al niño. Íbamos a la casa de un pastor y le dejábamos pañales con él, porque la familia no quería recibirnos nada. Estuvimos perdidos mucho tiempo. Vivimos 17 meses en un hotel en Franklin. Pagábamos 8 mil pesos diarios. Era como la casa siniestra: dabas un paso y sonaban todas las tablas. En el día vendíamos parche curitas, trabajábamos. Pero la Negra se puso jugosa: cuando no había droga, salía a golpear paredes, a hacer escándalos. Empezó a cortarse los brazos, a gritar, me desarmaba la cama y tiraba todo al pasillo. Un día ya no nos dejaron entrar más al hotel. Un día se me desnudó acá en el parque. Anduvo desde las 6 de la mañana a las 9 desnuda. Llegó a Plaza Italia, los carabineros se reían y yo con una frazada detrás para taparla, pero ella no se dejaba. La Negra tenía metal en su cabeza: cuando era bebé estuvo en coma porque se cayó de un segundo piso. Yo pienso que eso a veces le hacía cortocircuitos. Pero yo la amaba como era.

Cuando nos echaron del hotel, quedamos en la calle. Así llegamos al Santa Lucía. Una vez pasamos una lluvia durmiendo adentro de una caja de refrigerador, de esas de cartón: los ratones chocaban contra la caja. Yo tenía un chaquetón de cuero y la envolvía en esa chaqueta. La Negra dormía y dormía y yo con una cuchilla en la mano, protegiéndola, sin dormir en toda la noche para que no le pasara nada. Yo dormía de día y ella salía a vender parche curitas. Después llegamos al Parque Bustamante. Allí ella empezó a ir a bailar en el Bella. Bailaba en las calles para hacerse amigos. No macheteaba, lo hacía porque le gustaba. Cuando quería consumir pasta, cambiaba de lugar: en el Bella no la dejaban drogarse. Cuando quería hacerlo iba a la calle Carabineros de Chile. O nos drogábamos los dos: nos encerrábamos en la carpa, con bebida, paquetes de cigarro, cosas para comer.

El 2017 quedó embarazada y se fue. Dijo que iba a tener la bebé y se fue a vivir con la hermana. Pero siempre me llamaba llorando, que me echaba de menos. A los cinco meses de embarazo estuvo hospitalizada un mes porque estaba a punto de perder la guagua. Le iban a hacer una cesárea, pero como no tenían los equipos la mandaron a la clínica Indisa. Me llamó para contarme. Llegué a la clínica y me estaban esperando. Entré al parto. “Nunca te voy a dejar, Negra”, le decía. “Yo tampoco”, me dijo ella.

La niña cayó al hospital al mes porque tenía un pulmoncito que no se le había formado. La Negra empezó a fumar hierba y apareció la mamá en el hospital con una orden del juzgado para llevarse a la niña. Eso a la Negra la mató, la mató. Ella quería criar a su hija. Me exigía que cambiara. Y yo traté de cambiar, pero me dejé estar. Un día llegué y la encontré aquí dentro de la carpa, acostada. La enderecé y se había volado. “¿Negra, te volaste? ¿Fumaste? ¿Te lanzaste? Estai dura”, le dije. “No, vengo a estar contigo, pero mañana hablamos”, me dijo. Ahí se lanzó y no volvió a ser la misma. Se me puso crónica. Cubría su pena bailando en el Bella. En el día iba al Bella y en la noche se volaba. Tenía una doble vida. Se puso hiperquinética, mentirosa. La Negra no era mala, era rebelde, porque en su vida la paquearon, la trataron mal, nadie nunca la escuchó. Pero nunca dejó de llegar. Siempre volvía a las 12 de la noche. Siempre.

Ese día que no llegó más (jueves 2 de mayo) me dijo en la tarde: “Viejito, voy a comprarme la última y te voy a esperar en la carpa”. Pero nunca más volvió. Pasó que la invitaron a drogarse el jueves. Yo siempre le decía: si te invitan droga, a los giles diles que sí, te fumas la droga y te arrancas. Muchas veces llegó acá corriendo y yo salía a pegarles palos a los giles. Pero creo que ese día no alcanzó a arrancar. Creo que fumó, se quiso arrancar, y este huevón la pescó del cuello y la mató. Estoy seguro de que fue así. Yo el jueves la escuché aquí en el parque. Sentí su voz. Escuché su grito. “¡Viejito!”. La salimos a buscar con mi vecino y no estaba. Tiene que haber sido como a las 11 de la noche del jueves. Cuando en la noche no llegó, yo dije: “Algo le pasó a mi Negra porque mi Negra nunca deja de llegar”. El viernes la esperé, la esperé y no llegó. El sábado fui a hacer la denuncia por presunta desgracia en el metro Baquedano y los pacos se rieron de mí. “Si es volá, debe estar encerrada con un huevón volándose”, me dijeron. “Paco desgraciado, estai hablando de mi mujer”. Llamé a mi cuñada. Le dije que no estaba tranquilo porque ella nunca dejaba de llegar. Pasó el sábado, el domingo y en la madrugada del domingo al lunes, escuché en la radio Biobío lo de la maleta. Altiro supuse que era mi Negra. Mi corazón me llevaba para allá, pero yo no había querido pasar por allí. Como a la una me llamó llorando mi cuñada. “Va la PDI a la casa de mi mamá a darle malas noticias”. Me levanté, fui a Seminario y me fui a presentar a la PDI. Les dije que era la pareja de la mujer que había muerto. Me hicieron pasar a una oficina. Me trataron bien. Ya habían tomado preso al que la mató.

Fui al velorio y al funeral también. Estuvo toda mi familia, mis hermanos, mi familia, mis hijos mayores. Todos me saludaron, me trataron bien. Ahí pude ver a mis hijos con la Negra, N y P. No los había visto desde que nos los quitaron. N tiene casi seis años. Quedó loco. Todo el mundo le decía: “¡Mira, tu papá!” Yo le dije: “Hola, ¿Cómo te llamas tú? ¿Me dejas tomarte en brazos?”. Dejó que lo tomara, puso su cabeza en mi hombro tal y como cuando era bebé. Ahí N conoció a sus tías, a sus hermanos. Mis hijos van a crecer y a lo mejor ni siquiera van a tener un recuerdo de su mamá ¿Quién era la Negra, quién era la Estefanía?

No lloré en el funeral. No podía llorar, quebrarme. Hasta ahora no puedo. Me drogo, me drogo no más, pero ya ni la droga me vuela. Le digo a la foto: “Soi fome, me juraste amor y me dejaste botado, Negra”. Llevo contados los días desde que se fue. Acá la gente le hizo un altar. Yo puse un lienzo acá: “Hasta siempre mi Negra”. La gente venía a ponerle flores. Tuve que lidiar con muchas cosas. Llegaban amigos de ella, se ponían al frente de la carpa. Yo salía y les preguntaba: “¿Por qué me miran así? ¿Ustedes creen que yo pude hacerle algo así a la Negra?” Una niña me dijo que sí. Nunca habría hecho algo así. Yo a la Negra la amaba. Viví con ella ocho años.

A veces me dan ataques de odio. Voy y les pego a los giles pa’ allá de Portugal. Reviento los rucos y le pego al que veo. Este huevón que la mató además está libre. No lo he pillado. Pero si yo le pego un par de puñaladas, me van a poner no sé cuántos años. Tengo más cosas en las que pensar que maldecir mi vida por él. No entiendo por qué lo soltaron. Pero esa es la justicia.

Mi día a día sin mi Negra es de mucha tristeza y soledad. Yo la salgo a buscar, la espero en las mañanas. Estoy solo. No me dejan ver a mis hijos. Lo más penca es sentarse aquí afuera a esperar que llegue. Si quiero dejar la droga, la dejo. Si quiero no consumo. Pero lo que me falta es mi Negra. Y nada me la va a devolver.