Por Marcelo Mellado

El habla de los cara de hombre

Lo peor es hacer las cosas bien, porque esa voluntad o deseo suele ser parte de un enunciado correctivo de alguien que está disputando el poder, ya sea a nivel doméstico o a nivel público. Peor que hacer las cosas bien es hacer las cosas en serio. Yo tuve un amigo que dejó de serlo cuando me dijo eso, en medio de un proyecto de trabajo de campo (agrícola), porque implicaba rechazar todo lo anterior y también porque quería asumir una actitud de winner emprendedor. Hacer las cosas bien o en serio son obsesiones de “los cara de hombre” y/o de viejas culiadas, que a nivel funcional es casi lo mismo. Lo que ahí prima es el sentido común de derecha (muy bien imitado por la cultura de izquierda hoy en día). Y la vida pública está llena de esas basuras humanas que nos enmierdan la existencia, erigiéndose en modelo de acción.

En esta misma línea de frases hechas, hay otra que suelen usar “los cara de hombre” que se dedican profesionalmente a la política y que le rinden tributo a esa doxa, “necesitamos nuevos liderazgos”. Métanse a los líderes por la raja, malditos hijos de la grandilocuencia. Se necesita gente decente (ni corrupta ni abusadora) o sujetos razonables que hagan gestiones funcionales precisas y punto, relacionadas con deseos colectivos y objetivos republicanos, lo demás es apelar a los padre Poblete para santificar el abuso. La metáfora cristiana de las ovejitas en busca de pastor que los rectifique se traslada peligrosamente a la política.

El líder es una función del discurso y sirve para procesos acotados. Es como cuando uno necesita un maestro que te coloque una ventana o te arregle el califont, ese compadre es tu líder por uno o dos días (si es por más tiempo, cagaste). Y que conste que estas reflexiones son tributarias de la crítica feminista con relación al modo gorilón que prima en la política y en la cultura.

Narrativa crítica

Escribo lo que escribo desde la perspectiva de Pueblos Abandonados (en adelante PPAA), un colectivo de escritores que se planteó como objetivo la destrucción retórica de Chile, es decir, someter al aparato crítico de la escritura los ideologemas (neo)liberales que lo han constituido, desde que se instaló esa manera de hablar, a mediados de los setenta, coincidiendo con la instalación del gobierno facho de los milicos. Es el aporte que uno como operador de la palabra escrita hace a la democracia chilensis, porque una de las funciones de este trabajo es dar cuenta de la situación del lenguaje en un periodo histórico específico, digo yo. Y ojalá liberarnos de las fórmulas patológicas del habla común, plagada de tics que empequeñecen la vida.

Comento lo de PPAA, porque esta estrategia, que se articula en el 2007 0 2008, casi al mismo tiempo, en el sur austral y en LLolleo (en esta última ciudad o barrio sanantonino se verificó el primer encuentro de PPAA, luego hubo algo en Valpo), reivindica la producción territorial de escritura. De ahí en adelante, con los colegas escritores del colectivo, de Arica a Magallanes (y también con algunos de otras localidades de América Latina), hemos construido un archivo contundente de producción de obra que además de descomponer el Chile facho, promueve diversas formas de habitar este largor territorial, aunque suene un poquito sobredimensionado o alternativo.

Resguardo de archivo

Recuerdo esto de PPAA porque hace unos días me enteré por redes sociales de la inauguración de la nueva biblioteca de San Antonio y me acordé del poetiso Caldera, un patético operador culturoso y politicastro que hace muchos años inventó una organización ciudadana de apoyo a la biblioteca pública para conseguir pega ahí, municipio mediante; ahora está a cargo, me contaron, de un programa de promoción de la lectura. A estas alturas uno ya mira con cariño a estos culiados promovidos socialmente por el paradigma municipal de cultura.

Recuerdo los trabajos de diagnóstico y diseño, tanto de centro cultural, como de biblioteca, en un proyecto integrado que sirvió de insumo a lo que hoy se asume como logro de un puto alcalde. Los municipios se han erigido como instituciones antiarchivo y/o antipatrimonio, porque están construidas como espacios cerrados de poder que responden a instancias superiores de abyección centralista. Al menos así lo hemos comprobado con nuestra experiencia autónoma.

Yo sé que muchos de nuestros trabajos han sido escamoteados o destruidos, ya sea por desprecio o por omisión estructural. San Antonio ocupa un lugar clave en el campo literario chileno, no solo por eso que llaman El Litoral de Los Poetas y ser cabecera de la provincia, sino, sobre todo, por lo que hizo el Taller Buceo Táctico (y PPAA).

La comunidad y los estudiantes de nuestros colegios tienen ahí un motivo de lectura. Incluso podrían invitarnos. A mí me pueden pagar la locomoción, solo eso. Quizás todavía quede alguno de nuestros libros, porque todos ellos hablan del territorio y tienen muchas referencias locales, incluso el mismo poetiso Caldera tiene su lugar, tanto a nivel del texto, como a nivel burocrático.

El próximo mes se reedita una novela mía, Informe Tapia, por Random House, que tiene su origen en la biblioteca pública municipal de San Antonio. No es por autorreferencia, pero es que es una buena oportunidad para relacionar narrativa y comunidad, en el marco de nuestro trabajo de estética y política. Incluso podemos invitar a al mismísimo Roberto Madariaga para ponerle color con el libro que escribí basándome en su testimonio como taxista y servidor público del barrio. Cuenten conmigo para producir nuevos lectores. Porque yo amo a San Antonio y a su gente, y siempre la llevo en el corazón.