Columna de Aïcha Liviana Messina: ¡Puta!

“A fuerza de repetirse, las manifestaciones políticas tienen, dentro de sus varios efectos, el de modificar nuestra relación con las palabras y por ende abrirnos a nuevos campos de la experiencia. Esto ocurrió con la palabra “gay” por ejemplo. ¿Algo similar puede pasar con la palabra “puta”?”. Escribe la académica de la U. Diego Portales, Aïcha Liviana Messina.

A fuerza de repetirse, las manifestaciones políticas tienen, dentro de sus varios efectos, el de modificar nuestra relación con las palabras y por ende abrirnos a nuevos campos de la experiencia. Esto ocurrió con la palabra “gay” por ejemplo. De tanto repetirse en todas partes del mundo, las Gay Pride han modificado la recepción de la palabra gay. Cuando escuchamos la palabra “gay” (en algunos lugares, o más bien sectores, por lo menos) ya no pensamos en hombres afeminados, que se presentan como mujeres o putas, estas chicas alegres que se tomarían el sexo de modo liviano. El reconocimiento social (aún precario por supuesto) que consiguió el movimiento LGBT hace que la palabra “gay” haya amplificado el campo del deseo y de lo posible, que “gay” no refiera meramente a sexo desenfrenado, que se escuche su participación de la (extraña) gramática del amor. A lo largo de los años, hemos pasado de escuchar dentro de una misma palabra lo femenino (o lo afeminado), lo masculino, lo transgénero. Hemos expandido el campo de experiencia del amor. Nos hemos entonces abierto a nuevas experiencias de lo común. Y con la lucha, la exhibición repetida, hemos pasado de la oscuridad de ser gay a su luminosidad. Asimismo, poder escuchar las palabras de manera distinta puede ser realmente regenerador, puede dar lugar a una emanación de luz que no viene de Dios sino de la política misma.

¿Algo similar puede pasar con la palabra “puta”?

Si lo pensamos, las recientes leyes que permiten fiscalizar el piropo, dejan indemne cierto uso violento y misógino del lenguaje. Podemos ser multados por piropear a una mujer (por ser mujer), pero no aún por insultar a una mujer (por ser mujer). ¿Será que el piropo da cuenta de una relación unilateral entre hombres y mujeres, cuando en cambio uno siempre puede reapropiarse del significado de un insulto, como por ejemplo de la palabra “puta” y hacer de este último un motivo de orgullo? ¿Se puede decir “soy puta” sin violentarse a sí misma?

Por mucho tiempo, “gay” y “puta” han tenido una raíz común: la raíz femenina, y con esto, la feminidad alegre, liviana. Gay era el lado puta de la mujer. Gay era el hombre mujer, el hombre puta.

Hoy día, en los pocos países donde existe el matrimonio igualitario, las personas gays pueden casarse, ser partícipes de una suerte de economía colectiva, pagar impuestos en común, pueden tener hijos y prometerles herencias. Pueden entonces inscribirse en una historia social, común.

No es menor. En algunos (pocos) lugares, los gays ya no son putas, seres sueltos en los bordes de las carreteras, expuestos a lo desconocido, y eventualmente a la violencia. “Puta”, en cambio, no designa una comunidad marginada, ni una sexualidad no admitida, sino justamente los bordes, un límite. A diferencia de los gays, las putas siempre han sido admitidas (aunque no necesariamente legitimadas), porque fueron requeridas. En el centro de Santiago, los cafés con piernas son oscuros y visibles a la vez. Tienen vidrios oscuros, pero esta oscuridad es la que se presenta, es la que hace señas. Ven por aquí, dice el vidrio negro. Las putas no están lejos. Están ahí mismo, donde funciona plenamente la economía. En el centro: donde están los bancos, los grandes estudios de abogados, los tribunales (incluido el de familia) y también el mercado central y las tiendas (más) baratas.

¿Puta es entonces la dimensión visible de la oscuridad? ¿Es el motor de la economía? ¿Es el límite en el que siempre estamos y que entonces, de alguna manera, nos constituye?

Si es así, ¿qué pasaría si esta palabra fuera escuchada de otra manera, dentro de un marco donde deja de ser un insulto?

Por cierto, las putas, las prostitutas, las (los y les) trabajadoras del sexo, las (los y les) trabajadores entonces, están inmersas en un contexto económico que revelan. Primero, las putas trabajan. Reciben dinero por un trabajo realizado. No siempre se les permite boletear, pero sin duda aquí estamos ante una forma económica de intercambio. Te doy esto, me das esto. La puta es una comerciante, entonces (en la situación ideal en la que su trabajo no es forzado y que no está en manos de mafias). Pero, al menos en algunos aspectos, la puta es también una reveladora de la economía, de su irreductibilidad. En la película Ten de Kiarostami, donde una mujer divorciada va recogiendo pasajeros (familiares o desconocidos) en su auto, esta misma mujer, la conductora del auto, pregunta a una mujer prostituta por su relación sentimental con el sexo. A modo de respuesta, la mujer prostituta le pregunta si acaso el collar que tiene no fue un regalo de su marido, y si acaso dentro del matrimonio no existe esta dimensión económica: te doy, me das, producimos. Le pregunta entonces si los sentimientos no son ellos mismos partícipes de una economía, e incluso producidos por ella.

Planteado así, lo que ocurre en un matrimonio, donde supuestamente rige el amor romántico, no sería –o no sería tan– distinto de lo que ocurre en la prostitución: la puta haría lo mismo –¿lo mismo o algo apenas distinto?– que se realiza también dentro del pacto matrimonial. Después de todo, aun donde la prostitución no es legal, la prostitución es un pacto tácito, una forma de contrato que establece los términos del encuentro, y donde no debería pasar nada extraño, ajeno a lo que estipula el contrato. Además, es cierto que si bien el matrimonio se funda en la idea romántica del amor, en sentimientos, sí funciona de manera económica. No solo “te doy” y “me das”, sino “somos uno de los pilares fundamentales de la economía social”. Producimos vida, reproducimos (o no) privilegios, transmitimos apellidos, nos manejamos para pagar menos impuestos, hacemos posibles genealogías, castas o dinastías, hasta sitcoms sobre la sexualidad intrafamiliar y la enorme ganancia que suscitan.

Pero esta es una verdad parcial. Quedarnos ahí nos conduce directamente, si no al cinismo, por lo menos a la más honda tristeza. El amor es un producto social y no un (¿mero?) sentimiento transcendente, a-histórico. Se da seguramente dentro de un marco económico que a su vez alimenta. Sin embargo, amarse es también una promesa, un riesgo hecho no solo de intercambio (económico, medible) sino también de con-vivencia, de exceso. El intercambio, la producción económica, son una cara del amor, ¡que es un monstruo con muchas caras! De hecho, en Ten, la mujer prostituta nunca es vista, solo es escuchada. Es una voz. Dice algo verdadero, pero no agota tampoco la verdad de la relación matrimonial o del amor (que sin duda no está confinado al matrimonio, el cual no siempre requiere amor). En Ten hay mucha/os pasajera/os, de distintas edades, muchas historias y puntos de vista distintos. Hay encuentros, diálogos inesperados, pero no hay verdades finales. Por cierto, el oficio relacionado a la prositución es parte de la economía social y revela que la sociedad entera funciona de manera económica, pero esta no es la única verdad ni de la sociedad, ni del amor… ¿ni tampoco de la puta, entonces?

Pensemos en el hombre que al ver a su mujer vestida como a él no le gusta, le dice “¡puta!” y muchas veces la mata. No olvidemos que hay una relación de consecuencia entre el insulto y el crimen, entre la palabra y la muerte. Ocurre que, si un hombre mata a una mujer, su mujer, o trata de matarla, o amenaza con matarla, y un o una jueza le pregunta por su gesto, este mismo hombre sin problemas puede contestar: “¡pero si andaba vestida como una puta!”. Su crimen fue justificado. Peor: su crimen no fue un crimen. La mujer no puede ser una puta, no ha de ser una puta. Entonces, en este desliz tan simple entre la palabra y la muerte, ¿qué viene a significar la palabra puta?

Lo interesante (y terrorífico) es que puta aquí viene a nombrar lo que en la mujer no se reduce a una cosa. Puta aquí es la libertad de la mujer, es el hecho de que la mujer no pertenece estrictamente al hombre, fuese ella su chica o señora, y él su chico o marido. Puta es, dentro de la relación, la inapropiabilidad. Es la salida al mundo por parte de la mujer, su existencia fuera de las paredes, su participación en la visibilidad –entonces su producir el mundo, y sobre todo su hacer del mundo un mundo libre, un mundo que excede las ligaduras. De alguna manera, la palabra “puta” contiene la lógica del feminicidio (y explica por qué el feminicidio se distingue del homicidio). Mientras un homicidio puede tener lugar en la calle, a la luz del día, un femicidio ocurre al interior de una casa. El femicidio no busca la eliminación de un ser (para esto habría que reconocerlo en cuanto ser) sino la eliminación de su libertad y de la libertad en el mundo. El femicidio busca la eliminación de lo que constituye un ser en cuanto ser. Por esto es tan ciego: no se hace a la luz del día, a la luz del Otro, de otros. No es visto como crimen, como cuando Caín mata Abel.

En tal contexto, la puta no es la cosa: es la cosa en sí, lo inapropiable, cuando para el hombre femicida, la mujer debería ser una simple cosa. La puta es la insistencia de lo desconocido, de lo inapropiable ahí mismo donde se pretende cosificar a la mujer. La puta que el hombre femicida busca eliminar cuando la trata de puta no es entonces lo estrictamente económico, sino justamente lo que excede toda relación de apropiabilidad, de dominación. Entendida en cuanto cosa en sí, la puta sería un horizonte de mejoramiento para la humanidad (su promesa de libertad), si es que se pudiera ser realmente kantiano, es decir, aceptar estos límites y hacer de ellos horizontes abiertos que propulsan la existencia hacia lo incógnito.

La puta es el motor de la economía, pero es también la existencia suelta, libre (idealmente, pues del mismo modo en que hay un hombre para matar a una mujer, una puta, hay una mafia que gestiona a las prostitutas y las mata). La puta puede ser mundana, puede ser aquella que va de un lugar a otro sin detenerse, aquella que se da, pero sin darse. Aquella que da solo su cuerpo. ¿Pero qué es dar solo su cuerpo? ¿Existe tal escisión entre alma y cuerpo? ¿No será aquí un prejuicio judeo-cristiano el que reduce la puta a la lujuria, a los placeres del cuerpo (si es que algo tal existiera)?

Volvamos al hecho de que la prostitución es un trabajo. Ser trabajador del sexo es ofrecer un servicio. Por cierto es un servicio que tiene una connotación dentro de la matriz judeo-cristiana de nuestra sociedad. El sexo y el cuerpo del trabajador del sexo son ellos mismos producidos por esta sociedad. No somos entonces meros cuerpos como no somos tampoco meros individuos atados a un alma. El trabajador del sexo trabaja con su cuerpo, con su alma, y con la propia cultura que lo ha producido. La misma ilegalidad de la prostitución es un hecho histórico, del mismo modo que su legalización modifica la historia. Asimismo, si bien ser puta no puede consistir en una mera separación entre alma y cuerpo, en el cuerpo de una puta está inscrita una larga historia. De esta manera, afirmando “soy puta” ¿podríamos llegar a escribir un pliegue aún no escrito de nuestra historia? ¿Pueden las putas hacer historia?

La prostituta de la película Ten de Kiarostami tiene sin duda algo triste. Ella afirma que todo remite a una misma economía, que lo que relaciona el cliente a la prostituta es lo mismo que relaciona a dos personas en una pareja o en un matrimonio. Sin embargo, tras decir esto, la prostituta se baja del auto para subirse a otro auto. Desaparece en la noche. No deja huella a la luz del día, en la historia común. No parece inscribirse en ninguna historia, diurna o nocturna. Mientras el amor es una historia, tal vez la esencia misma de la historia (pues la promesa que es el amor nos expone a todos los cambios, los temblores, los riesgos, nos exige y permite sufrir por uno y sufrir por otro –nos abre entonces a la dimensión colectiva de la historia), lo propio del contrato con un trabajador del sexo (siempre que esté mínimamente protegido en su derecho), es que sabemos cuándo se inicia y cuándo termina. El amor romántico es la relación a lo indeterminado del tiempo. El mero intercambio o servicio sexual busca su finalización.

¿Esto condena la puta a lo meramente económico, a lo finalizable, a una relación con el fin destituida de finitud, de incógnita, de temblor?

Recientemente, escuché a cuatro mujeres maravillosas decir “soy puta”. Era invierno. Sus labios estaban pintados, sus ojos súper dibujados, y su ropa en vez de vestirlas, las desvestían. Estas mujeres eran maravillosas porque para tener la posibilidad de ser debían exhibir su ser. Para poder mantenerse con vida debían producirse como se dice en Chile (pintarse, lucir, resplandecer). Explicaban que por ser transexuales, y por ende no tener un lugar asegurado en la sociedad, no tenían otras soluciones económicas aparte de la prostitución. Puta es entonces también la historia de quien está oculto o incluso borrado en la historia. Aquí sin duda la puta no es lo meramente económico. Es la invención de formas que hacen posible la sobrevivencia. Es la vida en cuanto exceso, creación y lucha. Ahí decir “soy puta” es decir “estoy viva, sé lucirme”. No soy lo oscuro vuelto visible, la normalización de lo prohibido, la inscripción en un árbol genealógico. Soy más bien la humanidad vuelta luciérnaga para asegurarme un camino, a falta de poder inscribirme en una historia.

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