Francisco Vargas Huaiquimilla: "La ternura es una revolución"

Francisco Vargas Huaiquimilla: “La ternura es una revolución”

Hace diez años que Francisco Vargas Huaiquimilla, conocido en el mundo del arte y la literatura como Kütral, se encuentra desarrollando una propuesta que ―de cierto modo― es inaugural en su tipo. Kütral en mapuzungun significa «fuego». Es justamente este ardor el que gatilla su producción de manera transversal, ardor que le permite transitar con ligereza entre la escritura, la reflexión crítica y las artes visuales. Protagonista de estos tránsitos es casi siempre el cuerpo, el territorio en donde confluyen y también se enfrentan las contradicciones de la identidad. Problematizando diferentes aristas de sí mismo, como el ser marica y mapuche (desde antes de que este tipo de temáticas tuviesen la visibilidad que han adquirido en la sociedad chilena actual), Kütral rompe polémicamente con las ideas hegemónicas sobre la masculinidad y sobre el ser indígena. Oriundo de Calbuco y criado en San Juan de la Costa, la garra sureña de Kütral se expande por el mundo de las letras latinoamericanas transformándose en una de las propuestas más llamativas de la escena contemporánea.

Retrato por Emilia Rothen
Registro artístico de Fernando Lavoz @flavoz

El 2009 comenzaste tu proyecto artístico-literario cuando estabas tomando un año sabático después de terminar el colegio, ¿cómo recuerdas este período?

-Fue un año bastante particular, ya que 2009 era mi segundo año «perdido» luego de estudiar turismo en un liceo técnico y de realizar mi práctica profesional. Todo esto me tenía en una encrucijada. Desde muy niño escribía, participé en varios concursos literarios. Pero fue después de un grave accidente que dejó a mi tía en un coma cuando yo tenía aproximadamente 11 años que decidí registrar mi sentir a través de la escritura. Luego entré en una crisis existencial: la precariedad de vivir en una pobla en Osorno me hizo decidir que mi vida estaría construida a través de la belleza pero también por la dureza de cuestionarme el mundo entero, ejercitar la memoria a través del arte en el formato que fuese y en aquellos tiempos la escritura era lo que tenía más a mano. En 2010 entré a la universidad a estudiar sicología y desde ahí comencé a asistir a talleres literarios dentro de la universidad, como también en Balmaceda Arte Joven en la ciudad de Puerto Montt. Con el tiempo asistí a talleres literarios de grandes escritores mapuche del sur como Roxana Miranda Rupailaf, me vinculé al medio literario local, leo y conozco a sus poetas como Bernardo Colipan, Adriana Paredes Pinda, Cristian Antillanca, entre tantos otros. Me dediqué a vivir la intensidad que podía entregar la poesía en esos espacios de una pequeña ciudad en la zona antiguamente llamada Chaurakawin, ahora llamada Osorno.

Tu primer poemario, Factory, ha recibido mucha atención tanto de la comunidad literaria como de la investigación académica. ¿Cómo llegaste a tu primer contrato de publicación? ¿Qué depara el futuro para este libro?

-Escribí Factory como parte de una investigación que venía desarrollando sobre mis obsesiones: el cuerpo, la moda, la identidad y las cárceles. Buscaba hacer convivir las estéticas pop, modelos clásicas de los 90 como Naomi Campbell, pero también las heridas de fluir y resistir en las corrientes del capitalismo. Escribí este libro durante tres años, mientras además trabajaba en la cárcel de Alto Bonito en Puerto Montt para poder descubrir los lenguajes del cuerpo sometido al encierro y las huelgas de hambre, derivando así conexiones con las luchas del cuerpo mapuche vigilado y asediado por el poder. Al terminarlo lo propongo como libro objeto para ser publicado en la Editorial Helecho De en Puerto Montt. Siempre me interesó el proceso cooperativo, por lo que quise publicarlo en Argentina a través de la cooperativa Ají Ediciones y también se publicó en España por la editorial FEA Feminista utilizando ese mismo sistema. Este año se volverá a publicar en Costa Rica. Además, cuenta con un cortometraje realizado por Camila Carrasco y Elizabeth Albornoz y próximamente tendrá una re-edición en Chile. Veremos qué más le depara a este engendro que se expande, que espero afecte a cada vez más personas con sus hablas del hambre.

¿Cómo fue tu acercamiento al mundo del arte performance? ¿De qué manera crees que el cuerpo afecta la manera en la que hacemos arte?

-Llegué a la performance como un desborde de la palabra escrita. Soy adepto de la idea de que escribimos con todo el cuerpo. Comencé trabajando performance, ya que me parecía que era un espacio de incomodidad y exigencia para el cuerpo. Me refiero a producir un movimiento repetitivo como una insistencia que lleva al cuerpo a mantenerse en toda su potencia, a veces consiguiendo entrar en un trance o en el éxtasis. También se trata de la porfía necesaria para traer de vuelta a los cuerpos que no están.

Sin embargo, ya no la llamo arte performance, sino que la conceptualizo más bien como «ejercicios de memoria». Haciendo estos ejercicios de memoria, me encuentro con la necesidad de producir obras que se proyecten cada vez más en el tiempo. Como en el proyecto La edad de los árboles (Pudú Ediciones, 2017), que fue una especie de novela corta y autoficción experimental, basada en una investigación sobre los procesos de las forestales en los territorios de Wallmapu, libro el cual es un guion donde se van realizando diversas acciones de arte corporal. La primera de estas acciones fue Plantación, la cual consistió en tatuarme heridas de perdigones como las de una fotografía que encontré online donde se veía a un peñi atacado por la policía. Luego sigo con Cosecha, una instalación y performance donde el proceso de preparación física duró un año para poder resistir el esfuerzo necesario para la propuesta artística y también para generar un cuerpo adecuado para la autodefensa, que fuese capaz de componer movimientos y desplazamientos durante cinco días completos dentro del espacio de la galería. Además, este proyecto me permitió trabajar con artistas que admiro como Camila Huenchumil, Loreto Carrasco Buschmann, Kiyén Clavería Aguas y muchos otros cuerpos amigos y amores que hicieron ese ejercicio posible. Este año comienzo un nuevo ejercicio de memoria a un homenaje a Margarita Ancacoy Huircán llamado Arte&Aseo, donde me adentro en los hogares de quienes me lo permitan, para relacionar la historia de trabajo en labores de hogar y aseo de mi madre y muchas mujeres mapuche y de otros pueblos que han tenido que enfrentarse a estos trabajos muchas veces bajo condiciones de precariedad. Pensar en como la labor del artista puede generar un cruce de experiencias precarias. Me he comprometido con esta obra de por vida, a realizar este ejercicio de memoria hasta que muera.

Nunca has ocultado tu faceta erótica dentro de tu arte. ¿Cuál es la fantasía incumplida de Kütral?

-La verdad es que son pocas las fantasías en las que puedo pensar las que no he podido cumplir… [Risas] Ya que el campo de la sexualidad es amplio y lleno de belleza. Me gustaría pensar en los procesos del porno, sus estructuras dominantes, quizás mi gran fantasía sería cuestionar los métodos de la pornografía y realizar películas o producir nudes de alto contenido de belleza y política en este mundo donde las imágenes son un tráfico saturado. Me calienta cierta estética que produce algo incomprensible a primera vista y que el cuerpo reaccione. Quizás mi erotismo también pase por probar conmigo mismo y con mis flujos y sustancias, que es sentir placer siendo yo mismo y todas mis posibilidades. También acompañar la sexualidad de responsabilidad sexo-afectiva y ternura. Quizás al vernos expuestos a un territorio tan violento y una vida donde se observa la violencia a cada instante, la ternura es una revolución.

En tu trabajo ―tanto artístico como literario― confluyen el castellano, inglés y mapuzungun. Sin embargo, pareciera ser que una fracción importante de la sociedad chilena es mucho más proclive de acoger el inglés como lenguaje extranjero, pero que desconoce o incluso rechaza el idioma hablado por los mapuche. ¿A qué crees que se debe esta violencia estructural del habla?

Estas violencias radican en un proceso neoliberal muy poderoso y destructivo, el cual en mi experiencia hace ver cómo me inculcaron alguna vez en el colegio que el inglés era importante porque era «el idioma de los negocios», sumando además que las clases de chesüngun en mi colegio no siguieron existiendo. Sin embargo, la politización previa de sus profesores y de los familiares de los alumnos de la localidad permanece: desde reconocernos mapuche en un colegio en medio del campo, conocer parte de nuestros ritos y también mi relación con la naturaleza y cómo desde niño pude ver el mundo. Al llegar a la ciudad aprendo inglés fluido, y cuando escucho la palabra «Wallmapu», identifico primero «Wall» ―la palabra para pared en inglés― y luego «mapu». Me doy cuenta que existe una muralla que no podía atravesar y que me dejaba a la deriva para regresar al mapuzungun. Desde ahí voy pensando durante años a qué se debe esto y desde un tiempo nace el proyecto MALLMAPU. Una serie de burdas falsificaciones de marcas reconocidas del deporte y de la moda de lujo que nos hablan de explotación de otros cuerpos subalternos en continentes distintos, las cuales reinterpreto cruzando el inglés con aquella lengua que algunos tildan de «perdida» que es el mapuzungun. Esta operación genera un híbrido lingüístico que interpela al público y lo atrae como lo hace la publicidad; un ejemplo es la marca «Nike» que transformo a «Ñuke», donde el cuerpo pasa a ser protagonista ya que cada marca procesada en esta obra artística luego me la tatúo en el cuerpo.

¿Cuáles son tus próximos proyectos?

-Un nuevo libro sobre las fiestas, la danza y las drogas, una performance en el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago. Lo más próximo es la exposición artística Lawentuchefe, que inaugurará durante octubre en el museo de Química y Farmacia Profesor César Leyton a pasos de Plaza Italia. Esta muestra ―que formará parte del Foro de las Artes de la Universidad de Chile― se cuestiona sobre el lawen, o medicina de hierbas mapuche, como punto de partida para las propuestas de un grupo de artistas mapuches contemporáneos incluyendo a Ricardo Curaqueo Curiche, a Gonzalo Castro Colimil y a ti gastón. Por mi parte, quiero aportar desde el cuerpo con mi proyecto MALLMAPU como una manera de crear desde la herida, en un largo camino de encuentro y sanación con mi cultura desarraigada. Analizando los procesos de lo que llamamos «enfermedad», cómo nos afecta en lo social y en lo específico de cada órgano de nuestro ser. Me interesa poder abarcar el cómo ciertos procesos industriales crean cuerpo y generan ciertos cruces desde donde poder pensar las complejidades de lo que comprendemos como enfermedad. En simultáneo, quiero conocer más del lawen o las medicinas que podrían interactuar con la enfermedad para hacernos convivir de manera orgánica con el entorno, produciendo formas de resistencia y creatividad a través de este mismo espacio cultural mapuche.

Revisa el video de la entrevista aquí:

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