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Opinión

26 de diciembre de 2019

Destruir la certeza, por Jani Dueñas

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Por Jani Dueñas

Recopilado por Valentina Collao

Si me preguntaran por la sensación que más he tenido estos últimos dos meses, tendría que decir que es la incertidumbre. Esta pregunta que tenemos todos: ¿Qué cresta va a pasar? ¿Cuándo se va a terminar todo esto? ¿Aguantaremos dos años más así? 

Una de las cosas que en mi caso ha unido la crisis personal con la colectiva es esta idea de perder el control que hoy tenemos todos. Fui educada en una familia muy tradicional, que a pesar de ser bien de izquierda era bastante conservadora en sus formas, tal vez por eso el deber ser es tan fuerte en mí. Yo planifico, soy de estructuras, necesito entender el porqué de todas las cosas, eso me vuelve muy rígida a veces. Desde antes yo estaba haciendo esa limpieza, sacando los patrones conductuales que me hacían sufrir en mis relaciones, en mi pega, en lo que pasó en el Festival de Viña por ejemplo; un golpe fuerte que tuve que saber procesar. Entonces cuando pasa esto, la única certeza que tuve fue que había que abrazar la incertidumbre.

No hay más, no se puede hacer más. 

¿Pero, qué tendría de malo eso? Si lo pensamos bien, el presente siempre es caos. Cuando una recuerda hay orden, o cuando una piensa en el futuro, hay planes, proyectos. Pero si te instalas en el centro del presente, el orden no existe. Es caos permanente y es ese el lugar que estamos viviendo hoy.

Sé que es un espacio difícil de habitar. Estar conscientes en el presente, no saber qué es lo que va a pasar, tratar de no angustiarse con eso. No saber y sin embargo tener la certeza de que vamos a poder cruzar esos puentes cuando estemos frente a ellos.

Es que esto que estamos viviendo es un proceso duro y es lento, eso ya lo sabemos todos. Hay días en que como muchos, me cuesta ver una luz de esperanza, pero creo que si algo estamos aprendiendo en este camino es que la vida es lucha, es resistencia y también sufrimiento. Verlo así me parece no sólo realista, sino hermoso. Aferrarse a la belleza del cambio puede ser lo único que nos salve de la angustia permanente.

También registrar lo aprendido. La segunda o tercera semana luego del “estallido”  fui a conversar con las alumnas del Liceo 7, estaban en toma luego de que la directora dejara entrar a carabineros a su colegio y balearon a dos de ellas. En la conversación me dijeron algo que me impresionó: esto no es nuevo, estuvieron en toma los últimos años pidiendo educación de calidad y las que ya habían egresado y estaban en la universidad, seguían en toma, por esta y más razones. En el fondo, sabían perfectamente la vida que habían elegido, ya habían tomado una decisión y esa es vivir la vida desde el activismo. No solo alzar la voz por las cosas que encuentran injustas, también ser capaces de empatizar con el dolor ajeno y desde ese lugar entender que luchar es una manera de vivir.

Por otro lado, si tuviera que elegir un lugar para vivir esto que está pasando, es el feminismo. Es ahí donde siento que puedo combatir, luchar, sentir y pensar. Eso me ha devuelto la esperanza. Y de verdad creo que las mujeres vamos a salvar a este país. 

En cuanto a mi proceso personal, yo creo que lo que pasó en Viña, a pesar de que influyeron una diversidad de factores, tiene mucho que ver con un gran error que yo cometí; pensar que le estaba hablando a gente que pensaba como yo, a los que van a verme al bar, a mi burbuja. Y ellos no estaban ahí

Lógicamente me empecé a cuestionar todo: si realmente quería seguir siendo comediante, si era buena, si tenía sentido mi trabajo. Empecé a mirar para atrás pensando en qué momento me convertí en este payaso cuando lo que yo realmente quería hacer era conversar, trabajar con las emociones. Me cuestioné mucho el porqué terminé ahí, cuál fue ese camino que me llevó hasta esa noche funesta, cuan sorda estuve el año pasado después de lo de Netflix y ese éxito desmesurado, toda esa atención mediática que no pedí pero que me sedujo, como a cualquiera.

Yo creo que ahí me perdí un poco y luego de la caída tuve que replantearme todo. Desde mis ideas sobre el éxito y el fracaso, y qué significan esos conceptos en mi trabajo, en esta sociedad, en este país.

En mi rutina en Viña asumí que todos pensaban como yo y creí que el público esa noche era de izquierda, feminista, irónico y que iban a entender todo mi sarcasmo. Me equivoqué como quien va a comprar cilantro y trae perejil. Un error de principiantes. Era un público muy distinto y ahora sé que mi trabajo también es aprender a dialogar con él. 

Es que estar rodeada de gente que solo piensa como tú también es un privilegio, y más que eso incluso, un peligro. Vivir en una burbuja tarde o temprano se convierte en una trampa para osos; te mantiene en un lugar de ceguera que te impide ver a otros y va a terminar sacándote una pierna algún día.

Las semanas que antecedieron el 18 de octubre me costó ver lo que estaba pasando, lo he reconocido públicamente; no logré entender la desobediencia civil como una manera de protesta, no estaba viendo el panorama completo. Con los días, y viendo cómo evolucionó todo, me di cuenta de que muchas de las cosas que yo pensaba también se derrumbaban

Dentro de esa sensación de estar muy perdida los primeros días, también me sentí un poco culpable, sin saber cómo abordar mi vida pública, si es que eso es algo que existe. ¿Cómo vamos a hablar de esto que está pasando y cómo vamos a vivirlo y comunicarlo desde un lugar que sabemos también es parte de esa gran mentira? Reconocer el privilegio no basta, hay que usarlo y ponerlo al servicio de un bien mayor, esa es la única manera de que sirva de algo.

Creo que lo más lindo de esta revolución es sentir que estamos juntos por primera vez, juntos de otra manera. Lo que más he escuchado en conversaciones en los últimos dos meses es esa sensación generalizada de estar uniéndonos en la insatisfacción que sentíamos, que no había algo malo solamente en mí o en ti, “no era depresión, era capitalismo”. Ahora sabemos que no estábamos tan solos como pensábamos. 

En mi caso, no era solo capitalismo, claro está. Este ha sido un año duro que partió con un quiebre gigante, un trauma que se instaló y que me destruyó la confianza. Reconstruir esa confianza en mí misma ha sido un trabajo duro y que me he tomado muy en serio.

Una de las cosas que he aprendido es que es bueno destruir el ego, entender de dónde viene, aplacarlo y no creer nada de lo que te diga. Yo creo que eso fue algo que nos golpeó rápidamente a varios. Esa certeza de que no hay nada que podamos ofrecer o vender de nosotros mismos en este momento, nada que podamos hacer a título personal, para nuestro beneficio, solo podemos sumarnos a esta batalla desde un lugar donde podamos aportar lo más posible.

Hoy me cuestiono mucho mi material, de qué quiero hablar, a quién le voy a hablar. Me ha costado reconciliarme con el stand up como formato porque siento que a veces peca de sentirse superior, hay algo de “yo te voy a contar el mundo como yo lo veo, escúchame una hora hablar de esto”. Es un arte solitario, egótico por definición. Entonces hoy estoy tratando de hacer lo que me gusta pero llevándolo a un diálogo con otras colegas, aunque se convierta en otra cosa. Hoy me siento mucho más cómoda conversando y abriendo el escenario a que otros participen.

Si algo queremos, no es tanto saber cuándo se va a terminar esta crisis, lo que deseamos de verdad es ver cambios reales, que haya justicia, que seamos más cercanos, que tengamos acceso a las mismas cosas, que haya más generosidad, que dejemos de mirarnos el ombligo un rato. Sé que hay mucha gente a la que le va a costar, sé que hay muchos que se están resistiendo, pero nada va a cambiar en la medida en que sigamos gobernados por gente que no es capaz de ver que ellos también son parte del problema. 

Tal vez hay muchos que tendríamos que poner un espejo ahí, pensar que si realmente queremos que esto se renueve, que se vayan los dinosaurios, que todo cambie, puede que estemos incluidos en eso. Quizás hay que pensar en ceder el lugar, abrir el espacio para que respire, para que otras personas tengan el reconocimiento y la atención que se merecen. Ser capaces de ver la desigualdad y la injusticia ahí, en tu propio medio, en tu casa, en tu trabajo, en tu propio escenario y darse cuenta, de que si lo que hay que hacer es salir de tu comodidad para dejar ese espacio a alguien más, tal vez haya que hacerlo. Si nos tenemos que ir todos para que entren otros, nos vamos. Este Chile va a ser nuevo lo queramos o no. Solo tienes que saber dónde quieres estar cuando eso pase.

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