Columna de Pablo Ortúzar: Octubre no pasa agosto

Foto: Agencia Uno

Columna de Pablo Ortúzar: Octubre no pasa agosto

En la crisis sanitaria nos encontramos con un nivel increíble de discapacidad para aclarar qué está pasando y cuál es la estrategia a seguir. Un mal que es mucho más dañino que los errores de política pública, pues tales errores han ocurrido en todo el mundo frente a un escenario sin precedentes, pero la incapacidad para comunicar con eficacia a la población lo que está pasando y lo que deben hacer vuelve igual de inútil casi cualquier estrategia. Ahora, el caso de la pandemia es especial y demanda un esfuerzo que no se agota en el puro gobierno.

Es probable que cuando en el futuro se escriba sobre este periodo de la historia de Chile, uno de los grandes temas sea la discapacidad comunicativa de los gobiernos encabezados por Sebastián Piñera. Esta discapacidad parte por el Presidente mismo, que ha luchado contra ella mediante cursos y programas, pero sin grandes resultados. Es como “El discurso del Rey”, pero con un final triste. Pero este mal no se explica sólo por un rasgo del mandatario: mucha gente en la derecha piensa que el mundo es obvio y que, por lo tanto, explicar es perder el tiempo (y el que no entiende es tonto o está de mala fe). Y, también, que gobernar es como gerentear: el subordinado debe obedecer no más. 

Impulsado por esta mirada, en dos grandes momentos decisivos de sus mandatos, el Presidente ha fallado profunda y, al parecer, involuntariamente. El primero fue en julio del 2011 cuando, en medio de las mayores protestas estudiantiles desde el retorno a la democracia, dijo que la educación era “un bien de consumo”. El segundo ocurrió el 20 de octubre de 2019, cuando luego del ataque contra las estaciones del metro la noche del 18, Piñera apareció rodeado de militares afirmando que el país estaba “en guerra contra un enemigo poderoso” que nunca identificó, y que la mayor parte de la población pensó que era la protesta social que se arrastraba desde comienzos de ese mes. El efecto fue de pánico, al punto que el general Javier Iturriaga tuvo que aclarar el día 21 que “no estaba en guerra con nadie”. 

Y ahora llegamos a la crisis sanitaria producida por el nuevo coronavirus, en la cual, aunque no hay un hito puntual como en las dos coyunturas anteriores, nos encontramos con un nivel increíble de discapacidad para aclarar qué está pasando y cuál es la estrategia a seguir. Un mal que es mucho más dañino que los errores de política pública, pues tales errores han ocurrido en todo el mundo frente a un escenario sin precedentes, pero la incapacidad para comunicar con eficacia a la población lo que está pasando y lo que deben hacer vuelve igual de inútil casi cualquier estrategia. Si a algo le debería dar prioridad absoluta hoy nuestra administración es a buscar, por todos los medios posibles, aclarar hasta las peras y las manzanas qué están haciendo, cómo y por qué. Debe despertar de su sueño gerentil: ya el ministro Briones ha mostrado lo que se consigue al lograrlo. 

Si a algo le debería dar prioridad absoluta hoy nuestra administración es a buscar, por todos los medios posibles, aclarar hasta las peras y las manzanas qué están haciendo, cómo y por qué. Debe despertar de su sueño gerentil: ya el ministro Briones ha mostrado lo que se consigue al lograrlo.

Ahora, el caso de la pandemia es especial y demanda un esfuerzo que no se agota en el puro gobierno. En tiempos normales, los políticos profesionales son responsables no sólo de lo que dicen, sino también de cómo se entiende eso que dicen. Que los medios de comunicación saquen de contexto esos dichos y el enemigo político explote al máximo esa debilidad es, en teoría, parte del proceso democrático. En momentos de crisis nacional, en cambio, la pelea facciosa hunde rápidamente el barco donde estamos todos. En una situación así, tal como señalara en su columna “A la deriva” el sociólogo Juan Pablo Luna, a todos nos debería interesar que le vaya bien al gobierno, más allá de nuestra posición política.  

Esto no significa, por supuesto, que haya que guardarse las críticas fundadas. No es una suspensión del debate democrático ni una clausura del sistema de la opinión pública. Pero sí exige reemplazar la lógica del escándalo por una aproximación pedagógica a la comunicación, además de evitar y combatir los marcos de interpretación estériles, que desinforman y sólo sirven para replicar un antagonismo abstracto en cualquier situación concreta, como cuando la gente de izquierda aplaudía el Ilyushin y los de derecha el “Supertanker”, en vez de alegrarse de que hubieran dos aviones de esas dimensiones combatiendo el fuego. 

La pedagogía y la generosidad comunicativas se ven dificultadas por una serie de razones. La principal es que muchos desastres ambientales y crisis sanitarias son de una complejidad tal, que una persona normal no tendrá las herramientas para entenderla más o menos bien, o se demorará mucho en hacerlo. Luego, usamos un atajo político, porque simplifica la realidad y nos entrega cierta sensación de control y de comprensión (normalmente falsa). Al reducir toda la realidad a un marco de oposición política nos sentimos a caballo en la situación, aunque sea tan poco inteligente como, perdidos en el bosque, concluir que caminar en una dirección en busca de ayuda es de izquierda, mientras que hacerlo en la dirección opuesta es de derecha. 

Al reducir toda la realidad a un marco de oposición política nos sentimos a caballo en la situación, aunque sea tan poco inteligente como, perdidos en el bosque, concluir que caminar en una dirección en busca de ayuda es de izquierda, mientras que hacerlo en la dirección opuesta es de derecha.

Una segunda razón, que interactúa con la primera, es que en el ambiente de desconfianza radical que alcanzó su punto de mayor agudeza en octubre del año pasado, acompañado de un peligroso proceso de polarización de las élites, nuestro capital de confianza social compartida está en mínimos históricos. Esto crea fenómenos tan complicados como que alguna gente piense que obedecer las recomendaciones sanitarias es “ayudar” al gobierno, o que se prefiera cualquier teoría conspirativa al rango de explicaciones con asidero científico que se encuentren disponibles. El sujeto polarizado sólo confía en sí mismo, deja de ver sus propios límites, y asume que todo lo que no entiende o no le conviene aceptar es una trampa, un artilugio del enemigo. Todo lo que escapa su comprensión, así, le parece políticamente sospechoso. Los hechos, las metodologías y la evidencia pasan a un segundo plano: la apertura a la verdad se disuelve en la razón litigante, y desaparece toda humildad epistemológica. 

El sujeto polarizado sólo confía en sí mismo, deja de ver sus propios límites, y asume que todo lo que no entiende o no le conviene aceptar es una trampa, un artilugio del enemigo. Todo lo que escapa su comprensión, así, le parece políticamente sospechoso. Los hechos, las metodologías y la evidencia pasan a un segundo plano: la apertura a la verdad se disuelve en la razón litigante, y desaparece toda humildad epistemológica.

Finalmente, tenemos un sistema de la opinión pública colonizado por la lógica de las redes sociales, donde los medios tradicionales han perdido cada vez más su capacidad de mediación entre los hechos brutos y el público, y han terminado por resignarse simplemente a reproducir los escandalillos cotidianos del mundo virtual, sin corregir sus marcos de interpretación maniqueos y orientados al mero impacto. El rol central del periodismo, en otras palabras, está desapareciendo en medio del ardor de las redes. El mejor ejemplo es el debate respecto al conteo de muertos, donde la opinión pública se polarizó entre las opciones “el gobierno esconde muertos / la izquierda miente” sin siquiera manejar conceptos ni información básica sobre los distintos criterios de conteo de muertos en el mundo, su justificación y su utilidad. Un debate que es azuzado por medios y periodistas que en vez de explicar estas distinciones y fijar un marco inteligente de discusión, simplemente asumen o reproducen el marco absurdo impuesto por las redes sociales. 

Las tres herramientas que tenemos para salir de esta triple trampa son la humildad, la valentía y la solidaridad. Necesitamos humildad para asumir que enfrentamos un problema sumamente complejo, cuya solución demanda la coordinación de varios sistemas sociales con códigos diferentes, y que ninguno de ellos tiene la razón última, sino que están obligados al diálogo contra reloj, del cual jamás emergerá una solución perfecta. También para notar nuestras propias limitaciones cognitivas: debemos partir de la base de que nuestro conocimiento sobre los asuntos involucrados en la pandemia y su combate es sumamente limitado. El primer paso para hacerse inteligente es atisbar los límites del propio entendimiento. Esto incluye al gobierno, que tiene que salir, también él, de la mentalidad de trinchera en que lo dejó la dinámica de octubre. Y atreverse a reconocer errores y enmendarlos, pidiendo especialmente ayuda para comunicar bien.

Debemos partir de la base de que nuestro conocimiento sobre los asuntos involucrados en la pandemia y su combate es sumamente limitado. El primer paso para hacerse inteligente es atisbar los límites del propio entendimiento. Esto incluye al gobierno, que tiene que salir, también él, de la mentalidad de trinchera en que lo dejó la dinámica de octubre. Y atreverse a reconocer errores y enmendarlos, pidiendo especialmente ayuda para comunicar bien.

También necesitamos valor: no es fácil enfrentarse a hordas rabiosas de gente convencida de entenderlo todo. Lo más seguro pareciera ser buscar refugio en alguno de los bandos extremos, pero eso implica aceptar que gane la brutalidad. George Orwell dijo una vez que si la libertad significaba algo, era poder decir aquello que el resto no quería escuchar. Hay que defender esa libertad. La verdad, que suele decepcionar a los gritones, generalmente se abre camino cuando logra abrirle un flanco, aunque sea pequeño, al ruido y la furia. Los medios de comunicación, con sus pocos recursos, con las revistas cerrando y la publicidad migrando a las redes virtuales, están especialmente llamados a dar una batalla heroica por comunicar con responsabilidad y desactivar la tontera en vez de agachar el moño y alimentarla. 

La solidaridad, por último, es casi un producto de los dos elementos anteriores: debemos asumir que todos queremos lo mejor para el país. Y tratar de conversar nuestras diferencias con eso en mente, explicitando nuestras razones y tratando de hacer entender al otro en qué diferimos y en qué no, dejando siempre un espacio para que retractar o corregir una opinión no constituya un suicidio. El tremendismo es contrario, obviamente, a esto. Si todo se plantea en términos extremos, cada uno se ve obligado a casarse con su opinión, por absurda que sea, hasta la muerte. Y ahí no podemos ayudarnos entre nosotros. Sólo combatir. El debate demencial sobre si el renunciado ministro Mañalich es un ángel o un demonio ilustra este punto. También lo hacen los titulares rimbombantes tipo “Comenzamos de nuevo” con los que algunos se ufanan de su propia supuesta brillantez. Necesitamos otro tono. Uno de ciudadanos que quieren ayudarse mutuamente. Uno que refleje que en nuestra profunda fragilidad humana nos identificamos y nos amamos. Uno que deje muy en claro que, por mucho que estemos en desacuerdo, ninguno de nosotros le desea a nadie la muerte, y mucho menos una solitaria, lejos de su familia, entre trabajadores de la salud extenuados, máquinas resonantes y frías luces de neón. Si, en cambio, seguimos todos atrapados en la lógica y en la mentalidad de octubre, no pasaremos, como país, agosto. 

Necesitamos otro tono. Uno de ciudadanos que quieren ayudarse mutuamente. Uno que refleje que en nuestra profunda fragilidad humana nos identificamos y nos amamos. Uno que deje muy en claro que, por mucho que estemos en desacuerdo, ninguno de nosotros le desea a nadie la muerte, y mucho menos una solitaria, lejos de su familia, entre trabajadores de la salud extenuados, máquinas resonantes y frías luces de neón.

*Pablo Ortúzar es antropólogo e investigador del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES).

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