Columna de Susana Muñoz: La lección de Jaime: El 18, el duelo, la fiesta

Columna de Susana Muñoz: La lección de Jaime: El 18, el duelo, la fiesta

¿Cómo vivir estas fiestas sin él? Eso se preguntaba su familia. Se puede posponer el dolor emocional por la pérdida, pero no desaparece. Así, una bonita manera de celebrar ésta y otras fechas significativas puede ser reunirse en torno al legado de quien ya no está y honrar su memoria a través de esos detalles que lo hacían ser quien era.

María Elena me hizo recordar a Jaime.

Sólo en los inicios de mi vida profesional comprendí lo que significaba para tantos chilenos la celebración de Fiestas Patrias; y esos recuerdos que venían de Lota en el 2001 me sirvieron ahora para acompañar a María Elena y su familia en este primer Dieciocho sin su padre, José Miguel, quien falleció por Covid-19 hace dos meses.  

Durante nuestra última sesión apareció en el relato el dolor por la fecha que se acercaba. Habían decidido no celebrar esta vez porque los ánimos no estaban para festejos. Me contó entre lágrimas que el año pasado José Miguel se vistió para la ocasión y dio inicio a la fiesta familiar bailando un pie de cueca con su esposa.

En la historia de Lota había sucedido algo similar. Jaime había muerto en mayo de 2001 y ese septiembre sería difícil sin él.  Había llegado a la vida de Pauly cuando ella tenía 4 años y se emparejó con su madre, Margarita. A pesar de la precariedad económica en que vivían, a Jaime le encantaban las celebraciones. Era un gozador. Pauly recuerda que él disfrutaba intensamente el presente y tenía su propia filosofía: “Para qué esperar el porvenir, si nunca llega. Siempre está por venir…”, decía. Era comerciante ambulante y con las ganancias del día ayudaba a Margarita como podía, “pero sobre todo, nos entregaba tanta alegría…”, cuenta Pauly. Se las arreglaba para que el Dieciocho y la Navidad fueran siempre una fiesta. 

Al Taller de Duelo ese invierno en Concepción asistieron Pauly y Margarita. Era un grupo de ocho personas que habían vivido la pérdida de un ser querido en los últimos meses. Allí nos contaron que la festividad favorita de Jaime era el Dieciocho. Compraba el cotillón de moda y se instalaba en un puesto en las ramadas. Mientras lo acompañaba, Pauly esperaba atenta al señor de los algodones de azúcar. Siempre fue su debilidad, y Jaime lo sabía. A veces el hombre pasaba temprano, pero no se había vendido mucho y no se podía comprar. Había que esperar a que mejoraran las ventas al atardecer, cuando se llenaba de gente. 

¿Cómo vivir esas fiestas sin él? Ésa era la pregunta que todos en el Taller se hacían. En cada familia se había instalado un vacío que no sabían cómo afrontar. Pasan los años, y sigue pasando lo mismo. Mientras las calles, el comercio y los medios de comunicación se inundan de los colores patrios e imágenes de alegría y celebración, mientras sale el sol y florecen los árboles en primavera, en más hogares de los que imaginamos se vive la tristeza por el que ya no está… Es lo que me decía María Elena hace unos días. Ella y su familia no se sentían preparados para vivir las fechas que se avecinaban. Y esta vez no es sólo el asado y los bailes alusivos a las Fiestas, sino también la pandemia.

Ese invierno en Lota, Pauly y Margarita contaron al grupo lo que a Jaime le gustaba hacer en casa para celebrar en familia. Montaban “el rincón criollo”, donde se exhibían como piezas de arte los manjares preparados para la ocasión. Sobre un mantel que no era el de uso diario y entre decoraciones dieciocheras, se podían ver las empanadas, el pebre, los alfajores, el mote con huesillos, los pajaritos… Y el ponche, que a Jaime le encantaba.

Ante fechas significativas como éstas, lo más natural para muchos es suprimir las celebraciones. Y aunque resulta comprensible y muy tentador tomar esa decisión anticipándose al dolor que les espera, inspirada en el recuerdo de Jaime y su familia me propuse acompañar a María Elena y orientarla en la posibilidad de vivir este Dieciocho de manera diferente.  

Pasadas las fiestas, hoy María Elena agradece lo que conversamos y me cuenta que se juntaron con sus hermanas a leer el escrito que les envié para reflexionar sobre cómo hacerlo esta vez. Reconoce que mientras intentaban organizarlo lloraron juntas “y eso nos sirvió para desahogarnos y sentirnos más preparadas para lo que venía…” El 18 finalmente se reunió toda la familia, y con especial contención a su madre hicieron un homenaje a su padre. Se reunieron en torno a la figura de José Miguel -su foto acompañada por unas flores del jardín, dibujos de los nietos y la infaltable copa de vino- y recordaron como le gustaba celebrar las Fiestas Patrias. “Fue muy lindo… Él era muy alegre… Nos reímos recordando sus travesuras… También lloramos”.

En otro rincón de Chile, Pauly transmitía los rituales familiares a su hijo Diego, mientras preparaban junto a Margarita las empanadas y empolvados, recordando anécdotas de la tía, de los abuelos, “y de todos los que ya no están, que siempre rondan en estas fechas con sus tradiciones…” Esperando probar esas delicias, a casi veinte años de su partida, Alonso escuchó las historias que contaron de Jaime, su padre, que falleció cuando él tenía tres años.

A Jaime le gustaba elevar volantines. El lugar preferido era el morro de la playa Los Planchones. Pauly recuerda que era un verdadero campeón, que los hacía volar como nadie. El arte estaba en la confección. Partían por recoger las ramas con que harían las varillas. No servía cualquiera; tenían que ser livianas y flexibles, ésa era la clave. Era muy cuidadoso en los cortes y el uso del pegamento. “Se jactaba de ser el mejor volantinero, y yo lo miraba extasiada, porque sí, era el mejor. ¡No había otros como sus volantines!” 

La opción de intentar huir de los recuerdos y de las actividades propias de las Fiestas Patrias es profundamente humana, pero el próximo año habrá que enfrentarse a la misma decisión. El dilema seguirá siendo el mismo: ¿Cómo organizar este Dieciocho sin él o ella? 

Se puede posponer el dolor emocional por la pérdida, pero no desaparece. Así, una bonita manera de celebrar ésta y otras fechas significativas puede ser reunirse en torno al legado de quien ya no está y honrar su memoria a través de esos detalles que lo hacían ser quien era.  

Para mí, el fin de estas fiestas es también conectar con la pérdida: desde hace siete años, el 20 de septiembre transcurre desempolvando recuerdos, escuchando “Ronda para un niño chileno llamado Matías” escrita por Isabel Parra en el exilio, y que hoy se transforma en una bella forma de recordar a nuestro amigo y abrazar los momentos compartidos. 

*Susana Muñoz Politzer es psicooncóloga paliativista y trabaja en el Hospital Sótero del Río.

Comentarios
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