Columna de Marcela Ríos - Plebiscito y participación electoral: ¿Iniciando una recomposición?

Agencia Uno

Columna de Marcela Ríos – Plebiscito y participación electoral: ¿Iniciando una recomposición?

Los 7.562.173 votos emitidos, 500 mil más que en la última elección y el mejor resultado en una década, son una buena noticia que supera la barrera del 50% instalada desde el 2012 con la introducción del voto voluntario, y pueden indicar un aumento de participación en el ciclo electoral que concluye en 2020.

Los resultados electorales del 25 de octubre constituyen un claro mensaje de cambio, ratificando lo que muchos estudios venían mostrando: una abrumadora mayoría de chilenos y chilenas apoya la idea de redactar una nueva Constitución y que ésta sea redactada por un órgano nuevo, especialmente electo para ese fin: 78% y 79% de apoyo para ambas opciones despeja todas las dudas sobre el fondo de lo que se plebiscitaba. 

Sin embargo, el domingo también estaba en juego la participación en una coyuntura totalmente distinta a la que habían enfrentado todas las elecciones anteriores, desde el retorno a la democracia. El plebiscito se realizó, no sólo con altos niveles de movilización callejera que se mantienen desde la revuelta social iniciada hace un año, sino, además, enfrentando una pandemia que ha tenido severas consecuencias sanitarias y socioeconómicas, que obligó a posponer su fecha inicial e implementar cambios el día de la elección. 

Esto sumado a que la COVID-19 ha tenido un claro impacto en la participación electoral a nivel mundial. Con diferencias entre países dependiendo de la afectación producto de la pandemia y los mecanismos de votación existentes, la participación electoral ha tenido una tendencia a la baja durante el 2020. 

La caída en participación electoral es un fenómeno de larga data, que se inicia a fines de la década de los noventa. Desde el PNUD, lo hemos venido estudiando desde hace años. En 2017, publicamos un diagnóstico sobre la participación electoral, en el que constatábamos que su caída se alejaba de tendencias regionales y mundiales, constituyendo un síntoma de preocupación para la democracia representativa. 

Si a nivel mundial el promedio de participación ronda el 60% y en América Latina llega al 70%, en Chile se mantenía por debajo del 50%. El ejercicio del voto estaba además cruzado, por marcadas desigualdades dependiendo de los territorios, los niveles de escolaridad e ingresos, el sexo y la edad. 

Una tipología de involucramiento público entre 2008 y 2018 incluida en Diez años de auditoria a la democracia”, consideraba cuatro categorías dependiendo de niveles de identificación con la política y participación: involucrados, fragmentados, espectadores y desafectados. Más de un tercio de las personas estaba en el grupo de desafectados, no se identificaba con partidos políticos, ni con posiciones político-ideológicas de izquierda a derecha y no participaba de acciones colectivas de ningún tipo; grupo clave para entender el abstencionismo más persistente.  

La baja participación se había transformado en una característica estructural del funcionamiento de la democracia en Chile. Los factores explicativos son múltiples; algunos que sólo se modifican en el largo plazo y otros que son susceptibles a condiciones coyunturales.

“Si a nivel mundial el promedio de participación ronda el 60% y en América Latina llega al 70%, en Chile se mantenía por debajo del 50%. El ejercicio del voto estaba además cruzado, por marcadas desigualdades dependiendo de los territorios, los niveles de escolaridad e ingresos, el sexo y la edad”.

Entre los de corto plazo, están la importancia percibida de cada elección y los niveles de incertidumbre de los resultados: mientras más reñida más interés de participar. Entre los primeros, la crisis de representación, la desconfianza en las instituciones y un debilitamiento del sentido de eficacia política y de la diferencia que podría hacer el voto, así como una debilidad sistémica en calidad y cobertura en la formación ciudadana. Existen además factores de diseño institucional que se han ido abordando (inscripción automática) y otros que siguen constituyendo barreras de entrada para muchos ciudadanos: tiempos de cierre del padrón que impiden votar si no estás inscrito donde te encuentres el día de la elección, inexistencia de mecanismos de voto anticipado y/o a distancia para quienes tienen problemas de movilidad, adultos mayores, personas hospitalizadas, enfermas, o privadas de libertad, así como el costo del transporte.  

Los 7.562.173 votos emitidos, 500 mil más que en la última elección y el mejor resultado en una década, son una buena noticia que supera la barrera del 50% instalada desde el 2012 con la introducción del voto voluntario, y pueden indicar un aumento de participación en el ciclo electoral que concluye en 2020. Más aún si se considera una disminución en las brechas de participación entre comunas más ricas y las más pobres, entre las regiones del norte y del sur acortando así desigualdades. 

Cuando estén disponibles datos adicionales podremos evaluar si las mujeres siguen votando más que los hombres, teniendo un rol decisivo en definir el inicio de este proceso constituyente que implicará contar con una inédita y esperada paridad, y si el aumento de participación fue impulsado por la participación de jóvenes cuyos niveles de participación no habían superado el 40% en elecciones pasadas.

Hacia adelante, aumentar la participación electoral es un desafío clave para la democracia en Chile. Un indicador más que una causa del buen funcionamiento de sistemas de representación. El desafío va más allá del plebiscito y del proceso constituyente, pero éstos pueden servir de catalizadores para generar nuevas dinámicas de involucramiento público.

“Cuando estén disponibles datos adicionales podremos evaluar si las mujeres siguen votando más que los hombres, teniendo un rol decisivo en definir el inicio de este proceso constituyente que implicará contar con una inédita y esperada paridad”.

Una participación incidente, inclusiva, durante todo el proceso puede contribuir a atraer a aquellos ciudadanos y ciudadanas que siguen aún desafectados o como espectadores del proceso político. Esto requiere medidas concretas, el compromiso y esfuerzos de las instituciones, los actores políticos y la sociedad en su conjunto. 

*Marcela Ríos es cientista política, PNUD.

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