Actor de Matar a Pinochet: “Uno sabe en la cabeza que esto es una ficción, pero el cuerpo no lo entiende así”

Ante el estreno de la cinta, inspirada en el libro Los Fusileros, de Juan Cristóbal Peña, Gastón Salgado revela cómo fue darle vida al frentista Juan Moreno -capturado y torturado frente a su familia- y con quien llegó a tener mucha cercanía durante el rodaje.

Antes de grabar la película Matar a Pinochet, el actor Gastón Salgado se reunió en varias ocasiones con Juan Moreno Ávila, alias “Sacha”. Un joven de La Pincoya, que pasó a la historia como el primer capturado tras el fallido atentado del FPMR a la comitiva de Augusto Pinochet en la cuesta Las Achupallas, en el Cajón del Maipo en 1986.

“Me sirvió mucho estar con él, conectarme con su experiencia real”, cuenta Salgado, al narrar su experiencia en éste, el primer filme de Juan Ignacio Sabatini, inspirado en el superventas “Los Fusileros”, del periodista Juan Cristóbal Peña, que recrea la preparación y ejecución del fracasado intento de asesinato del dictador . 

Los encuentros fueron cuatro. Todos en la casa de Salgado en Providencia, hasta donde Moreno llegaba, tras largos viajes desde la región del Biobío, donde ahora vive. Durante el rodaje, mantuvieron una relación constante, aún más cuando tocó registrar una escena clave del film y de la vida de Moreno: cuando el joven es detenido y torturado delante de su familia. Salgado le preguntó lo que sintió y cómo se podía seguir después de esa vivencia. “Mi vida cambió para siempre”, le respondió Moreno.

Tras la grabación, la vida de Gastón también cambió. Dice que su cuerpo, aunque haya sido una ficción, resintió el castigo. Que se tuvo que ir dos semanas de vacaciones al sur para desconectarse. “Terminé muy mal. Uno sabe en la cabeza que esto es una ficción, pero el cuerpo no lo entiende así. En la escena, hubo otro elemento muy potente: Alejandro Goic  -quien fue torturado en dictadura- estaba interpretando al torturador”.

¿Por qué te afectó tanto?

-Me tuvieron colgado como tres horas, porque yo le dije al Juan (Moreno), que la idea era hacerlo lo más cercano a la realidad. Pedí que me colgaran. Terminé muy devastado, muy mal (…) y claro, después de estar colgado, en pelota, ensangrentado entero, fue muy terrible. Imagínate, él estaba con su mujer y su hijo.


¿La escena del atentado también debió ser potente?

-Fue difícil. La más compleja de grabar. En el Cajón del Maipo, estuvimos como una semana y son complicadas, porque hay mucha gente y hay que cortar la calle, hacer la comitiva, volar un auto, aplicar efectos especiales, pero fue entretenido, fue bien bonito. En la película, se ficciona un momento en particular y altera lo que pasó en realidad con Pinochet. 

¿Crees que el país está preparado para verlo?

-Claro, esto ocurre como un acto simbólico, casi psicomágico. Imagínate cuánta gente deseó verlo muerto, ajusticiarlo. En el fondo, la película tiene elementos que rompen con el realismo. Para mí, fue muy potente hacer eso. Estaba muy emocionado. Sentía toda esa carga del pueblo de Chile. Yo me cargo con lo que significa hacer una escena, imagina matar a Pinochet. Claro, es una escena ficcionada, pero creo que el país sí está preparado para ver eso.

En el Plebiscito se hablaba mucho de que acabar con la constitución de Pinochet significaba terminar con su legado ¿Hay algo de eso?

-Es un paso que se haya aprobado este cambio. Lo importante de esta película es que al igual que con el Plebiscito, se asesina el fantasma de Pinochet en un acto simbólico. Creo que es muy potente que la gente vea esta escena como a un nivel más catártico y, quizás, terminar con ese maldito y funesto legado que no nos permite avanzar.

¿Parece entonces un momento oportuno para el estreno de la película?

-El cine es arte, pero igual es comercial y hay que aprovechar las instancias. Hay que aprovechar la contingencia y que la gente vea esa efervescencia del momento y de proyectarse en una época que es pasada, pero que se hace muy presente. El FPMR nació como una manera de luchar contra la aniquilación de la dictadura. Juan (Moreno) me decía: “ellos nos atacaban con metralletas y nosotros nos defendíamos con piedras”. Esa fue su motivación para entrar al Frente: poder defenderse y pelear. 

Nacer en la rabia

Considerado uno de los mejores actores de su generación, Gastón Salgado ha tenido una carrera ascendente en teatro, televisión y cine, su formato favorito. En Matar a Pinochet -que el próximo jueves 12 tendrá su avant premiere- es uno de los actores principales, junto a Daniela Ramírez y Cristian Carvajal, quienes interpretan a los comandantes Tamara y Ramiro.

En uno de los diálogos de la cinta, la comandante Tamara, quien estudió en el exclusivo colegio The Grange, le dice a Ramiro que mientras ellos escogieron la rabia al entrar al FPMR, Juan Moreno nació en la rabia, aludiendo a su origen y su historia en La Pincoya. 

Salgado confiesa que esa frase lo interpela a un nivel personal. Él creció en la población Juan Planas de San Joaquín, estudió en el Liceo Industrial de San Miguel Agustín Edwards Ross, y trabajó en un Homecenter para financiar su carrera de actuación en el instituto Arcos, donde hoy es profesor. Encontrar la conexión con su personaje -dice- no fue complicado.

“Todos los que nacimos en una población, de cierta manera, estamos resentidos porque no tuvimos oportunidad o nos dieron muy pocas. Todos los que hemos salido de ahí tenemos que luchar, agachar el moño y ser resilientes porque te humillan, te discriminan. A mí cuantas veces me discriminaron, pero eso te hace más fuerte. Por eso, me gusta interpretar a estos personajes, porque siento que toda esa rabia la canalizo en algo artístico”.

¿La discriminación viene porque el cine, en general, se hace desde un sector social?

-Ese análisis lo vengo haciendo hace mucho rato. Es algo real y yo lo experimenté desde que salí de la escuela, desde que entré a tratar de conectarme con el mundo del teatro y del arte que es super elitista. Por eso, todas las películas que se hacen hablan de lo mismo siempre. Son las historias de ellos, no son historias cercanas a la gente. Por eso, la gente no va al cine, porque no se siente reconocida con esas historias. En el Plebiscito, quedó claro que el gran porcentaje de Chile es pueblo. Los otros son un pelo de la cola encerrados en ese micro mundo, detrás de la montaña. 

Antes de la pandemia, participaste en tres obras de teatro. Sin embargo, has dicho, en varias ocasiones, que no te gusta mucho el teatro por lo docto que es ¿Sigues pensando así?

-A mí me gusta el teatro, creo que el actor tiene que hacer teatro. Ahí está la base de la actuación, uno surge desde el rito y todo lo que conlleva actuar. Pero claro, está ese grupo selecto de personas que pertenecen a las esferas más importantes del teatro, donde todo está encasillado, donde te tienes que vestir de una manera y tienes que ser cool. Porque si no eres cool no entras. Por eso me gusta más el cine, lo encuentro más transversal, más democrático. Da lo mismo de donde vienes, si eres rico o pobre, se valora a la persona por su capacidad actoral. Ahora, me siento mucho más ligado al cine. Me gustaría dirigir, seguir actuando, pero más desde lo cinematográfico que teatral.

También has dicho que quieres ganar un Oscar…

Sí po, siempre, pero eso es simbólico igual. Más que ganar un Óscar me gustaría hacer películas fuera. A mí, no me conocen afuera. Me llevan autores chilenos o coproducciones, pero no me vienen a buscar. Pero creo que me falta poco.

El estallido de Gastón

Gastón Salgado vive a pocas cuadras de la Plaza Italia. Ha vivido en primera persona las manifestaciones sociales. El 18 de octubre del año pasado, mientras estudiaba a uno de sus personajes, no aguantó las ganas y salió a protestar con la gente. 

“Cuando quedó la cagada, justo estaba haciendo a Michimalonco en la serie Inés del alma mía que se estrenó en España y se estrenará acá en Chile el próximo año. Michimalonco fue el primer mapuche que quemó Santiago y yo estaba viendo una película referente para el personaje. Empecé a escuchar lo que ocurría y me dije cómo voy a estar acá, si estoy haciendo a Michimalonco. Así que salí, agarré una mochila, una botella de agua y me fui a la calle”. 

¿Y fuiste Michimalonco?

-Tiré un par de piedras, pero después no aguanté las lacrimógenas. De ahí, fui un par de semanas más, pero no podía seguir. Se hizo insostenible y pensé que mejor Michimalonco se iba a quedar en la casa. Pero lo que pasó me conmovió. Cuando hice esa serie, llegué cargado con esa energía de ver a la gente protestar, de ver a la gente organizarse por un objetivo en común. 

Gracias a Netflix, El Reemplazante volvió a estar vigente. Dos de sus actores hicieron un video, antes del plebiscito, que conectó harto con la gente ¿Qué te pareció?

-Cuando ocurrió el estallido, igual hicieron un video. Lo encuentro súper positivo. A propósito de esta revuelta y de la llegada de El Reemplazante a Netflix, toda la gente que no la vio la pudo ver. Son personajes super icónicos. La Flavia y el Michael representan mucho a la juventud, a los cabros de pobla que nacen sin oportunidad. 

¿La gente se preguntaba qué hubiese votado tu personaje, el Claudio?

-Apruebo po. Obvio, es super consciente. El Claudio era un narco, pero que tenía una ética. Él era un sobreviviente. Ese personaje fue lo primero que hice y era muy cercano a mi realidad. Yo no soy un narco, pero sí crecí en mi población y todos conocemos a un Claudio en el barrio. Desde ahí, nació mi búsqueda con los personajes, de tratar de humanizarlos, de mostrar otra arista. Imagínate el Claudio, el Michael o la Flavia lo que generan. Uno no es consciente de lo que hace, pero ese personaje mostró otra arista de la marginalidad. Es un arquetipo de ser humano que, hasta ese minuto, había sido mostrado, en las teleseries, como un payaso, como una caricatura poco real del flaite.

De ahí en adelante tus personajes suelen representar la marginalidad ¿Te acomoda eso?

-Es que tiene que ver con el perfil. Parece que tengo cara de cuma. Al principio, pensaba que me gustaría que me dieran otras oportunidades, pero eso se relaciona un  poco a lo limitado de las temáticas de la industria. Me llamaron tres veces para ser paco, dos veces para ser mapuche… después de El Reemplazante, me llamaban para puro ser narco, porque creían que era narco de verdad.

El poder del colectivo

El viernes 6 de noviembre, un proyecto audiovisual en el que Salgado será protagonista marcó un precedente para el cine. “Uber Driver” se convirtió en la primera película nacional, que reunió más de $100 millones, gracias a aportes personales de sus seguidores. Ahora toca hacer la cinta una realidad. 

Además de ese proyecto, Salgado, con la ayuda de una educadora, creó un laboratorio de actuación en cámara que hoy se realiza vía remota y que tiene 45 alumnos. 

¿De qué se trata esa iniciativa?

-Es una escuela de actuación para cine, con ramos vía zoom. Gracias a estos talleres he  sobrevivido. Llevo dos, ahora en enero, vamos a hacer otro. Aparte de eso, tengo una productora con Jorge Riquelme y de alguna manera ahí canalizo mi necesidad creativa. Ante de meterme en un proyecto, vemos qué quiero hacer, qué personaje me gustaría encarnar. Yo le digo al Jorge: “tengo ganas de hacer un abogado”, “no quiero hacer un paco”.  Ahí, se va armando. Creo que es lo que tiene que ser un actor, para no depender de otros. 

¿Me dices que te financias con esto? ¿Uno pensaría que con tantos proyectos ya eres rico?

-Uno tiene la concepción del actor rico, porque la mayoría de los actores, no todos, son de clases acomodadas. El arte es un privilegio. Pero con estos laboratorios, he encontrado una forma de mantenerme, en medio de la precariedad artística. Es lo que un artista tiene que hacer: encontrar algo paralelo.

¿Eso quedó plasmado con lo que pasó con Uber Driver?

-Eso es precisamente lo que creo que tiene que pasar. La gente tiene que contar sus historias y no esperar a que la gente rica o que los productores ricos hagan sus películas. De lo contrario, van a seguir contando las mismas historias. Me parece que es súper potente que también la gente tome consciencia de su poder, del poder del colectivo. Chile tiene mucho poder. Su gente es muy poderosa, pero no individualmente, sino colectivamente. 

Participaste en Tengo Miedo Torero, que además de tener una temática similar a Matar a Pinochet, también tuvo su presentación en formato on-line  ¿Qué te parece romper el ritual de sala?

-Lo encuentro interesante, porque finalmente es lo que nos queda. Es entretenido porque es un panorama, es rico verlo en la casa. Además, las películas en sala duran poco en cartelera y nadie va a verlas, pero acá se está generando una industria y movimiento. Invita a que se hagan más películas. Es súper positivo para el cine chileno. Además la tele está obsoleta. Ya nadie ve tele, yo no tengo ni antena. Veo Netflix y Amazon o Cuevana en el computador. 

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