De las pantallas al cara a cara: Cinco reencuentros que sus protagonistas no olvidarán

Durante meses, la pandemia mantuvo y aún mantiene a muchos separados de sus familias, parejas y amigos. Lo que antes era tan simple como compartir un almuerzo, salir de paseo o simplemente caminar juntos se volvió algo imposible de realizar por las cuarentenas y las necesarias medidas sanitarias. The Clinic reunió cinco historias de seres queridos que se reencontraron, sin olvidar que aún hay que seguir cuidándose.

EL REPARTIDOR INCÓGNITO

La abuela de Emilio vive en Concepción y él, en Santiago. La ve sagradamente dos veces al año: en vacaciones de invierno y verano. La última vez, fue en febrero. Era uno de esos días en que se quedaba en su casa y ella lo regaloneaba preparándole las comidas que él quisiera. Pero este año no pudo volver a verla a mitad de año como era costumbre, por las medidas sanitarias.

“Somos muy muy cercanos, entonces hablábamos sólo por teléfono y era triste estar distanciados. Llegó a un punto, en el que me dio mucha pena, porque pensaba que quizás ya no la iba a volver a ver nunca más”, relata. Así pasaron nueve meses, hasta que se le ocurrió una novedosa idea para sorprender a su abuela.

El 8 de noviembre, con los viajes interregionales nuevamente permitidos,  viajó a Concepción y la fue a ver fingiendo ser un repartidor que le llevaba unos chocolates de regalo de parte de su nieto Emilio, por su cumpleaños número 78. 

“Somos muy muy cercanos, entonces hablábamos sólo por teléfono y era triste estar distanciados. Llegó a un punto, en el que me dio mucha pena, porque pensaba que quizás ya no la iba a volver a ver nunca más”, relata Emilio sobre la relación con su abuela.

Al principio, no lo reconoció, pues él andaba con mascarilla y protector facial, hasta que la abuela lo miró con desconfianza y le dijo: “oye, tú te pareces a mi nieto”. Acto seguido, él se bajó la mascarilla unos segundos y la emoción fue instantánea. 

“Ahora la he estado yendo a ver con precaución, siempre en el patio y respetando la distancia física. Lo que me urge en este momento es cuándo podré volver a abrazarla”, cuenta.

Video de la sorpresa que le dio Emilio a su abuela. Crédito: Archivo personal

EN LAS BUENAS Y EN LAS MALAS

Javiera y su pololo, Cristian, llevan pololeando casi cuatro años. A pesar de que viven a cinco minutos en auto, cuando partió la pandemia acordaron no verse por un tiempo, ya que ambos viven con adultos mayores: ella con su abuelo de 93 años y él con su abuela de 76. La última vez que se juntaron fue el 11 de marzo. Ese día, fueron a comer waffles al Parque Forestal en Santiago, sin saber que no se volverían a ver en seis meses.

Pasaron los días, semanas y meses entre llamadas de Facetime hasta septiembre. “Nos tomamos muy en serio lo de cuidarnos del coronavirus. Hasta que un día, me llamó y me contó que su abuela estaba grave y que la debían llevar a urgencias”, cuenta Javiera. 

Javiera se preocupó, sabía que ambos eran muy cercanos, así que decidió romper el compromiso e ir a verlo el 19 de septiembre. Como se había cuidado de no contagiarse, sabía que podía acudir sin arriesgar a nadie. 

“Nos tomamos muy en serio lo de cuidarnos del coronavirus. Hasta que un día, me llamó y me contó que su abuela estaba grave y que la debían llevar a urgencias”, cuenta Javiera sobre el contexto en el que se reencontró con su pololo Cristian, luego de seis meses sin verse.

El día del reencuentro fue un cocktail de sentimientos. Hubo nervios, ansiedad, alegría, preocupación, todo a la vez. Ella lo vio salir por la puerta de su casa y le impactó lo largo que estaba su pelo, tras meses de encierro. A él le dio risa su expresión, la abrazó y le dijo: “Por fin estás aquí conmigo”. Ese abrazo los hizo llorar a ambos, por la emoción del momento y también por lo que estaba viviendo la abuela de Cristian. 

“No había asimilado lo mucho que lo extrañaba hasta que nos abrazamos. Luego, él me comentó que no sabe cómo expresar claramente todo lo que sintió en ese reencuentro. Lo único que puede explicar es que en ese momento se sintió seguro y en confianza, ya que sabía que conmigo podía desahogarse sin problema. Y así lo hizo”, cuenta Javiera.

Javiera y Cristian. Foto: Archivo personal

COMPAÑERAS PESE A LA DISTANCIA

El 25 diciembre de 2019, Lenka se fue de intercambio a estudiar durante un semestre a España. El comienzo y auge de la pandemia la pilló allá, lejos de su familia y en un país desconocido. Luego de un tiempo quiso devolverse, pero la cancelación de vuelos y el cierre de las fronteras se lo impedían. 

Extrañaba a sus abuelos y tíos, pero sobre todo anhelaba ver de nuevo a su mamá. Echaba de menos todo lo que hacían juntas: tomar el té, conversar y ver la serie Gilmore Girls, echadas en el sillón tapadas con una manta. La separación era difícil, pero mientras duró, hablaron todos los días por Whatsapp, para compartir lo que había hecho durante el día.

“Nos sentíamos bien al saber la una de la otra, pero obviamente la tecnología nunca igualará lo que se siente con un abrazo de tu mamá, hacerle cariñito o que te pregunte a la cara cómo estás y cómo te sientes. Ese era un vacío que sabíamos que no se podía llenar”, dice.

Finalmente, el 1 de agosto, pudo volver a Chile. Durante las 14 horas de viaje desde Madrid a Rancagua, ciudad donde vive su mamá, no dejó de pensar en su reencuentro. “Estaba ansiosa y pensé todo el camino que por fin iba a llegar a mi casa y ver a mi familia luego de tanto tiempo. Sentía que quizás no los iba a reconocer, porque cosas tan simples como su olor, su cara, su piel se te van olvidando con el tiempo”, cuenta.

“Nos sentíamos bien al saber la una de la otra, pero obviamente la tecnología nunca igualará lo que se siente con un abrazo de tu mamá, hacerle cariñito o que te pregunte a la cara cómo estás y cómo te sientes. Ese era un vacío que sabíamos que no se podía llenar”, dice Lenka al respecto de la comunicación remota que mantuvo con su madre durante ocho meses de separación.

A pesar de que nadie la pudo ir a buscar al aeropuerto, por las medidas sanitarias, se sentía muy ansiosa de saber que volvía a su hogar. Cuando llegó a la puerta de su casa, su mamá y su perrita la salieron a recibir y luego de mucho dudar sobre si era o no lo correcto, ambas se dieron un abrazo rápido, pero inolvidable. 

La mamá de Lenka la acompañó al aeropuerto el día en que viajó a España. Foto: Archivo personal

EL TIEMPO NO PASA EN VANO

La última vez que Antonieta vio a su prima fue el sábado 29 de febrero. Es tradición en su familia paterna que, siempre antes de comenzar la rutina de trabajo en marzo, se reúnan a fines de febrero sus tías, abuelos, papás, su hermano y ella para pasar todo un día juntos. 

Pero la reunión de este año, debía ser más especial todavía. Esta vez, participaría un nuevo miembro de la familia: su prima de once meses, Emma, hija de sus tías, una pareja homoparental. Recuerda que la felicidad abundaba. “Fue una niña demasiado esperada para la familia, tan querida y especial”, cuenta.

En ese entonces, Emma era una bebé pequeña que poco reconocía a los demás y que estaba en su coche o en brazos todo el día. Durante la pandemia, Antonieta tenía muchas ganas de seguir viéndola y presenciar su crecimiento en persona. A pesar de que se comunicaba frecuentemente con sus madres por grupos de Whatsapp y videollamadas, le parecía insuficiente verla sólo desde el celular.

El sábado 14 de noviembre por fin pudo volver a verla, cuando la pequeña ya tenía un año y ocho meses. Las tías de Antonieta la visitaron en su casa con todas las precauciones y pudo comprobar que la bebé que dejó de ver en febrero, ahora era una niña pequeña, capaz de caminar sola, jugar, decir palabras y reconocer animales. Se sintió emocionada y feliz de verla tan grande.

“Como adultos no dimensionamos el tiempo. Para nosotros pasa rápido, y no vemos nuestros cambios y avances. Al contrario que con los niños. En casi nueve meses, pude ver cómo el tiempo no pasó en vano. Me perdí de momentos valiosos y avances en el crecimiento de mi prima que jamás volverán”, reflexiona.

Antonieta y su pequeña prima Emma. Foto: Archivo personal

“Como adultos no dimensionamos el tiempo. Para nosotros pasa rápido, y no vemos nuestros cambios y avances. Al contrario que con los niños. En casi nueve meses, pude ver cómo el tiempo no pasó en vano. Me perdí de momentos valiosos y avances en el crecimiento de mi prima que jamás volverán”, reflexiona Antonieta sobre el tiempo que pasó sin ver a su pequeña prima Emma.

LA PROPUESTA

En marzo de 2017, Sara y Rodolfo se pusieron a pololear a distancia, luego de varios años de amistad por internet. Ella vive en Santiago por sus estudios y él, en Puerto Cisnes por su trabajo. Los más de 1.500 kilómetros que los separan no solían ser un gran problema para ellos, porque encontraban la forma de verse al menos unas cuatro veces al año. Pero este 2020 los puso a prueba. Por las restricciones sanitarias, estuvieron separados durante ocho meses.

Se habían visto por última vez en marzo, cuando cumplieron tres años de relación. Luego de eso, se comunicaron como siempre lo hacían: por Whatsapp, Instagram y llamadas. A pesar de lo mucho que se extrañaban, siempre encontraban alivio en las palabras del otro. “La distancia quita el factor del cariño físico, entonces aprendimos a conocernos mucho como amigos y a tener conversaciones profundas, más allá de lo que uno podría conversar normalmente con alguien. Así se forjó una relación súper especial y de una confianza muy linda”, relata Sara.

El pasado 10 de noviembre, volvieron a juntarse en Santiago. Sara recuerda que ese día, estaba parada en la puerta de su edificio en San Miguel esperando a Rodolfo. Cuando él llegó, se bajó del transfer y ambos se abrazaron un buen rato, emocionados. Era raro volver a estar juntos, luego de tantos meses interactuando sólo por teléfono, así que las risas nerviosas fueron frecuentes durante el reencuentro.

Pero la historia no termina ahí. La larga separación, como a muchos, les dio tiempo para pensar y tomar decisiones. Cuatro días después de su reencuentro, viajaron a Viña del Mar a pasear. Mientras caminaban por la orilla de la playa, Rodolfo le pidió a Sara que cerrara sus ojos, ella lo hizo y al volver a abrirlos, él estaba de rodillas y le preguntó si quería casarse con él. Ella dijo que sí. Desde entonces, buscan lugares para el matrimonio, que está fijado inicialmente, si la pandemia no dice otra cosa, para Semana Santa de 2021.

“La distancia quita el factor del cariño físico, entonces aprendimos a conocernos mucho como amigos y a tener conversaciones profundas, más allá de lo que uno podría conversar normalmente con alguien. Así se forjó una relación súper especial y de una confianza muy linda”, relata Sara sobre su relación con su prometido Rodolfo.

La mano de Sara. Crédito: Archivo Personal
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