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Sacheri, Galeano, Benedetti, Caparrós y Fontanarrosa: Así describieron a Maradona en la literatura

Idolatría, repulsión, fascinación, odio, pasión. Los sentimientos que despertó Diego Maradona a lo largo de su carrera son múltiples y varias plumas del continente se han encargado en dejarlas selladas en el papel. En The Clinic recopilamos algunos fragmentos de cinco escritores sudamericanos sobre la figura mítica del astro argentino.

“DIOS SUCIO” – EDUARDO GALEANO

Pese a la admiración que sentían mutuamente Eduardo Galeano y Diego Maradona, ellos nunca se conocieron en vida. En su obra literaria, el uruguayo incluyó ocho relatos sobre el 10 en su libro “El fútbol a sol y sombra” (1995). También hizo referencias al barrilete cósmico en “Bocas del tiempo” (2004), “Los hijos de los días” (2011) y “Cerrado por fútbol” (2017).

En este último, denomina al astro argentino como “Dios sucio, el más humano de los dioses”. Revisa a continuación un fragmento:

“Probablemente, más por ese gol pecador que por el virtuoso (en referencia al partido contra Inglaterra en 1986), él se convirtió en una especie de Dios sucio, el más humano de los dioses, eso explica la veneración universal que él conquistó más que ningún otro jugador. Un Dios sucio, que se nos parece: mujeriego, parlanchín, borrachín, tragón, irresponsable, mentiroso, fanfarrón. Pero los dioses, por muy humanos que sean, no se jubilan, y a la hora del adiós a las canchas, Maradona no pudo volver a la anónima multitud de la que provenía. La exitoína es una droga muchísimo más devastadora que la cocaína, aunque no la delatan los análisis de sangre”

“10.6 SEGUNDOS” – ROBERTO FONTANARROSA

“Qué me importa lo que Diego hizo con su vida, me importa lo que hizo con la mía”. Esta frase es comúnmente atribuida al escritor y dibujante argentino Roberto Fontanarrosa, aunque lo cierto ni él fue capaz de reconocer que efectivamente la dijo y hoy se apila en una larga lista de incomprobables sobre el 10.

Lo que sí es cierto es que Maradona ocupó un lugar privilegiado en su obra. Aparece en su libro “No te vayas campeón” (2007) cuando el Pelusa se convirtió en el juvenil más cotizado del fútbol argentino tras su alucinante debut con la camiseta de Argentinos Juniors.

No obstante, uno de los relatos más recordados es “10.6 segundos” sobre el gol que le encajó a los ingleses en el Mundial de 1986, donde Maradona ve toda su vida pasar en un instante antes de empujar el balón en el arco que custodiaba Peter Shilton.

Antes de tocar por última vez el balón con su pie izquierdo, a las trece horas, doce minutos y treinta segundos del mediodía mexicano, el jugador argentino ve que ha dejado atrás a Peter Shilton; ve que Jorge Valdano arrastra la marca de Terry Fenwick; ve que Peter Raid, Peter Beardsley y Glenn Hoddle han quedado en el camino; ve a Terry Butcher que se arroja a sus pies con los botines de punta; ve a Jorge Burruchaga que frena su carrera con resignación; ve a Héctor Enrique, todavía clavado en la mitad del campo, que cierra el puño de la mano derecha; ve a su entrenador que salta del banquillo como expulsado por un resorte y al otro entrenador, el rival, que baja la mirada para no ver el final del avance; ve a un hombre pelirrojo con una pipa humeante en la primera bandeja de las gradas; ve la línea de cal de la portería contraria y recuerda el rostro del empleado que, durante el entretiempo, la repasó con un rodillo; ve nítidamente a su hermano el Turco que, con siete años, le echa en cara un error que cometió en Wembley en un jugada parecida, ve los labios sucios de dulce de leche de su hermano cuando dice:

«La próxima vez no le pegues cruzado, boludito, mejor amagále al arquero y seguí por la derecha».

Ve el rostro de su hermano con la luz de la cocina donde ocurrió la escena, ve la picardía con que lo miraba; ve, detrás del arco, un cartel que dice Seiko en letras blancas sobre fondo rojo; ve las uñas pintadas de verde de su primera novia, el día que la conoció, y ve a esa misma chica, ya mujer, amamantando a una niña; ve una pelota desinflada y se ve a él mismo, con nueve años, que intenta dominarla; ve a su madre y a su padre que arrastran, con esfuerzo, un enorme bidón de kerosén por una calle de tierra en la que ha llovido; ve una taquilla, en un vestuario de La Paternal, que lleva su nombre y su apellido en letras flamantes, ve su orgullo adolescente al leer por primera vez su nombre y su apellido en la taquilla; ve un estadio, sus tablones de madera, y ve también que un día el estadio entero, y no solo la taquilla, llevará su nombre.

El jugador argentino ha controlado el aire de sus pulmones durante nueve segundos, y ahora está a punto de soltar todo el aire de un soplido.

Al revés que todos los rivales y compañeros que ha dejado atrás, él puede respirar con su pierna izquierda, y también puede intuir el futuro mientras avanza con el balón en los pies.

Ve, antes de tiempo, que Shilton se arrojará a la derecha; ve la intención segadora de Terry Butcher a sus espaldas, se ve a él mismo, muchos años más tarde, con un nieto en los brazos, visitando la entrada del Estadio Azteca donde se levanta una estatua de bronce sin nombre: solo un jugador joven con el pecho inflado, un balón en los pies y una fecha grabada en la base: 22 de junio de 1986; ve una rave en Londres donde dos chicos de quince años escapan de una multitud que se burla; ve un departamento en penumbras donde solo hay una mesa, dos amigos y un espejo sobre la mesa; ve a una muchacha en una playa del trópico que se deja besar por un chico que lleva puesta una camiseta argentina; ve un enjambre de periodistas y fotógrafos a la salida de todos los aeropuertos, de todas las terminales, de todos los estadios y de todos los centros comerciales del mundo; ve a un niño embobado con un videojuego en la ciudad de Leicester, mientras su hermano vigila por la ventana que no aparezca el padre; ve el cadáver de un hombre viejo que ha muerto en Ginebra ocho días antes de ese mediodía, un hombre que también ha visto todas las cosas del mundo en un único instante.

Ve Fiorito de día; ve Nápoles de tarde; ve Barcelona de noche.

Ve el estadio de Boca a reventar y él está en el medio del campo pero no lleva un balón en los pies, sino un micrófono en la mano; ve a un anciano en el aeropuerto de Cartago, que espera a su hijo en el último vuelo desde México, para abrazarlo y consolarlo; ve un tobillo inflamado; ve a una enfermera de la Cruz Roja, regordeta y sonriente; ve todos los goles que ha hecho y los que hará; ve todos los goles que ha gritado y los que gritará en su vida entera; se ve, con cincuenta y tres años, mirando desde el palco la final del mundo en el estadio Maracaná; ve el día que verá a su madre por última vez; ve la noche en que verá por última vez a su padre; ve crecer a todos los hijos de sus hijos; ve los dolores de parto de una mujer que está a punto de parir un niño zurdo en Rosario, un año y dos días más tarde de ese mediodía mexicano; ve un espacio mínimo, imposible, entre el poste derecho y el botín de Terry Butcher.

Cierra los ojos. Se deja caer hacia adelante, con el cuerpo inclinado, y se hace silencio en todo el mundo.

El jugador sabe que ha dado cuarenta y cuatro pasos y doce toques, todos con la zurda. Sabe que la jugada durará diez segundos y seis décimas. Entonces piensa que ya es hora de explicarle a todos quién es él, quién ha sido y quién será hasta el final de los tiempos.

“ME VAN A TENER QUE DISCULPAR” – EDUARDO SACHERI

El escritor argentino Eduardo Sacheri, conocido autor de la novela “El secreto de sus ojos” que inspiró la película de Juan José Campanella, comenzó su carrera literaria a principios de la década del ’90. Varios de sus primeros cuentos eran relatos futboleros que recogía el periodista Alejandro Apo para su programa “Todo con afecto” de Radio Continental.

Uno de esos cuentos es “Me van a tener que disculpar”, que retrata las confesiones de un hablante lírico que es incapaz de juzgar a Maradona. Revisa a continuación unos fragmentos:

“Digamos que uno va por ahí intentando no apartarse demasiado del camino debido, tratando de que los amores y los odios no le trastoquen irremediablemente la lógica. Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo (…) el tipo del que hablo no es un benefactor de la humanidad, ni un santo varón, ni un valiente guerrero que ha consolidado la integridad de mi patria. No, nada de eso. El tipo tiene una actividad mucho menos importante, mucho menos trascendente, mucho más profana”.

“Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al resto de los seres humanos. Y ojo que no sólo no es un pobre muchacho saturado de virtudes. Tiene muchos defectos. Tiene tal vez tantos defectos como quien escribe estas líneas, o como el que más. Para el caso es lo mismo. Pese a todo, señores, sigo sintiéndome incapaz de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante él, y lo dispensa”.  

“Yo le debo esos dos goles a Inglaterra. Y el único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en paz con sus cosas. Porque ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó por acumular un montón de presentes vulgares encima de ese presente perfecto, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo para toda la vida. Yo conservo el deber de la memoria”.

“FUIMOS MARADONA” – MARTÍN CAPARRÓS

El periodista Martín Caparrós es otro de los autores que le ha dedicado varias líneas a la figura de Diego Maradona. Sin embargo, una de las más recordadas hace referencia a esa polémica conferencia de prensa del año 2009, donde el 10 instó a sus críticos a “que la chupen y la sigan chupando”.

Se trata de “Fuimos Maradona”, un ensayo crítico sobre su rol como DT de la albiceleste de cara al Mundial de Sudáfrica 2010. Revisa algunos fragmentos del texto publicados originalmente en el diario Crítica:

“El mundo está lleno de personas que nunca oyeron hablar de la Argentina pero sí de Maradona; el mundo está lleno de otras personas que sólo oyeron hablar de la Argentina porque oyeron hablar de Maradona. En el mundo –para todos los que no son vecinos o europeos con parientes o tercermundistas más o menos cultos–, la Argentina somos él. Digo: para miles de millones de personas somos él. Es un destino. Supongo que podría ser mejor. Y podría ser, también, mucho peor. Era un modelo complicado: peleador, simpático, quejoso, drogón, desaforado, ingenioso, creído, ilimitado, machista, popular, oportunista, cálido, cursi, inteligente. Fue difícil adaptarse a la idea de que los argentinos éramos eso, pero hicimos todo lo que pudimos”, decía, y entonces era cierto”.

Durante muchos años fuimos él porque éramos rehenes de su belleza. Lo que hacía Maradona en una cancha de fútbol era tan desmedido, tan inesperado, tan extraordinario que era normal que lo que hiciera afuera lo fuera también -y que lo aceptáramos o celebráramos como pequeñas partes de un gran todo. Fue un artista notable -alguien que hace distinto lo que muchos hacen parecido- y ya hace más de un siglo que nuestras sociedades aceptan que los artistas tienen ciertos privilegios o, por lo menos, que sus actos no deben ser medidos con la vara general: si crean hechos o gestos que exceden los límites de lo pensado, ¿por qué tendrían que mantener sus vidas dentro de esos límites? Maradona se acostumbró a ese criterio, y lo sigue empleando. El problema es que ya hace muchos años que Maradona dejó de ser un artista”.

Ahora el señor Maradona es un trabajador mediocre al que le salen las cosas más o menos mal, una nota hecha de información errónea y temblores sintácticos, una foto movida subexpuesta, un bife que llega a la mesa hecho una suela. Digo: un señor que en un año no ha conseguido armar un equipo que juegue a algo -que por eso le pagan. Un señor que supo poner incómodos a todos los demás con sus gestos y actos y que, desde que tomó este trabajo, vaciló y falló como muy pocos. Un señor que consiguió que ya nadie le crea: que dice que está pensando renunciar y a los dos días pregunta de dónde sacaron que está pensando renunciar. O, mucho peor, un señor que consiguió que ya no le crean ni sus subordinados: que busca a un jugador, le dice que es el mejor de todos y que lo va a tener siempre en su equipo y a las dos semanas lo desdeña. O sea, un señor que no sabe lo que hace: que busca a alguien y días después se da cuenta de que se había equivocado. Un señor que lleva un año sin poder ir a su lugar más aficionado -la cancha de Boca- por miedo a que miles de personas lo puteen: hablemos de fracasos”.

Es duro ya no ser Maradona. Nos pasa a todos: ya no somos porque él ya no es. Si es duro para todos, me imagino lo difícil que debe ser para un tal Diego. Pero él, el señor Diego Armando Maradona, a quien esto le pasa en grado sumo, tanto más que a cualquiera de nosotros, eligió pensar que a él no le pasa sino que que hay unos hijos de puta que dicen que le pasa: los periodistas, muy en particular, y millones de argentinos más en general. La culpa es del relato, dice. Cuando era un artista no necesitaba explicarnos que lo que hacía era lo que era, porque se veía; ahora trata de explicarnos que lo que hace no es lo que es, pero se ve. Lo vemos: vemos el espanto futbolístico de su equipo. No precisamos que nadie nos lo cuente ni lo pensamos porque nos lo cuenten; lo vemos, como lo veíamos -si no éramos tontos entonces, no lo somos ahora. Pero el señor Diego dice que es puro cuento y por eso mandó a los que lo cuentan y a los demás que lo critican -a todos nosotros- a chupársela o, incluso, mamársela. Yo creo, señor Diego, que si usted lo dice sabe por qué lo dice, y sólo quiero pedirle que se haga cargo de sus palabras. Nos pidió -nos ordenó- que se la chupáramos; aquí estamos, dispuestos a tomar sus órdenes como deseos o algo así. Sólo queda que usted fije día y hora, un lugar más o menos discreto -dentro de lo que cabe-, y varios millones nos pondremos en cola para ejercer, de uno en fondo, esa succión que usted comanda. Quizá nos lleve días o semanas: valdrá la pena complacerlo. Será nuestro último homenaje, por los buenos viejos tiempos. Después, si sobrevive usted a tanto respeto -ya no creo que podamos considerarlo amor-, olvídenos, váyase por favor adonde pueda y permítanos recordarlo como era cuando era Maradona”.

“HOY TU TIEMPO ES REAL” – MARIO BENEDETTI

El uruguayo Mario Benedetti era fanático del ping pong. Sin embargo, en un rincón de su corazón, también había espacio para el fútbol. El autor de “La Tregua” era un reconocido hincha de Nacional de Montevideo y a lo largo de su carrera escribió varios cuentos memorables sobre fútbol, como “Puntero izquierdo” y “El césped”.

También expresó su admiración por Diego Maradona, especialmente por el gol con la mano que le hizo a los ingleses en el Mundial del ’86. En su momento, dijo que aquella hazaña era “la única prueba fiable de la existencia de Dios”. Y en 2008 le dedicó un breve poema titulado “Hoy tu tiempo es real”.

Hoy tu tiempo es real, nadie lo inventa

Y aunque otros olviden tus festejos

Las noches sin amos quedaron lejos

Y lejos el pesar que desalienta.

Tu edad de otras edades se alimenta

No importa lo que digan los espejos

Tus ojos todavía no están viejos

Y miran, sin mirar, más de la cuenta.

Tu esperanza ya sabe su tamaño

Y por eso no habrá quien la destruya

Ya no te sentirás solo ni extraño.

Vida tuya tendrás y muerte tuya

Ha pasado otro año, y otro año

es has ganado a tus sombras, aleluya.

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