Mi cuerpo: una relación complicada

El bullying por ser gordo, la promesa de la felicidad de la mano de la delgadez y cómo el cuerpo determina los comportamientos sociales de un individuo, es lo que reflejan estos tres testimonios narrados por un comediante, una periodista y una cocinera sobre la difícil relación con el cuerpo; sus cuerpos.

Dalal Halabi (36), periodista: “Querer tu cuerpo no se trata de decirte todos los días que te amas, porque eso no es real”

Hasta grande me dio siempre mucha vergüenza ser gorda, pese a que crecí con el plus de que nunca me discriminaron por serlo. Desde siempre, la gente compensaba el que yo tuviera sobrepeso diciéndome que tenía bonita cara o lindos ojos. Era como si pasara colada para ellos, pero yo no me sentía siendo parte de ellos, porque desde chica tuve conciencia sobre cómo era mi cuerpo en relación al resto. Siempre fui gordita, no tengo recuerdos de haber sido flaca cuando era chica. Y siempre fue un tema para mí mi sobrepeso, también lo era para mi familia, sobre todo porque mi mamá es -y sigue siendo- muy flaca, muy estupenda. Me rodeaba de gente que era flaca.

Era muy jodido todo. Por ser gorda, hasta muy grande me daba mucha vergüenza saludar a la gente, tener que hablarles o simplemente entrar a la casa de alguien que no conocía. Por lo mismo, pasé años, tratando de no hablar nunca con nadie solo porque me daba vergüenza ser gorda, cosa que otros interpretaban como una pesadez, pero no era eso, era que mi cuerpo me daba mucha vergüenza y no quería que lo miraran. Y mientras todas esas cosas pasaban en mi círculo social, me probaba a mí misma en otras acciones donde me enfrentaba a un público que me observaba; hice patinaje artístico tres años, gimnasia artística, teatro y también me paré en festivales de canto. Gorda y con mucha vergüenza, siempre terminaba arriba de un escenario. Que me vieran también era una manera de probar al resto.

Hasta los 18 años, batallé con mil dietas, muchas pastillas y otras cosas más. A esa edad logré bajar de peso. Y no, tampoco estaba feliz. No me sentía cómoda conmigo, con mi personalidad y todo seguía dándome vergüenza. Ahí fue que empecé a darme cuenta de que el problema no era que yo estuviera gorda, era otra cosa: la presión que yo misma me ponía por sentirme bonita y que cuando lo logré no me sentí tan bien como pensé que ocurriría. Sí era muy entretenido comprarme ropa y que me entrara, porque yo cuando chica iba a un probador y los pantalones no se subían y no había forma de que me subieran. Que la ropa no me entrara, me deprimía mucho. Hasta hoy guardo fotos con buzo muy ancho porque era lo único que me entraba y me sentía muy fea cuando lo usaba.

Las cosas han cambiado con las nuevas generaciones . Que niñas y niños puedan entender lo que yo no entendí cuando era chica me pone contenta, porque yo también crecí criticando otros cuerpos y creo que nadie puede renegar de eso, porque nadie nació deconstruido y uno repitió patrones de sus padres y de sus pares. ¿Quién no habló mal de alguien por tener espinillas, por ser más flaco o gordo, más alto o bajo? Todos hacemos un mea culpa sobre eso y yo, ya más vieja, también hago ese mea culpa. Hace unos años incluso cambió mi manera de hablar sobre los cuerpos, pese a que a veces me he tropezado con mis palabras y con cómo me refiero a la gente.

“Hasta los 18 años, batallé con mil dietas, muchas pastillas y otras cosas más. A esa edad logré bajar de peso. Y no, tampoco estaba feliz. No me sentía cómoda conmigo, con mi personalidad y todo seguía dándome vergüenza. Ahí fue que empecé a darme cuenta de que el problema no era que yo estuviera gorda, era otra cosa: la presión que yo misma me ponía por sentirme bonita y que cuando lo logré no me sentí tan bien como pensé que ocurriría”.

Recién cuando salí del colegio, cuando subí 30 kilos y volví a bajar 30 kilos, entendí que mi cuerpo vive un proceso de gorda a flaca y viceversa. Empecé a conocer mi verdadera personalidad. Ahí recién me dejaron de dar vergüenza muchas cosas, aunque me seguí enfrentando a los estereotipos. Nunca voy a olvidar a una profesora que tuve en un ramo de televisión que me dijo que era imposible que yo pudiera salir en las noticias o en la tele alguna vez por mi tipo de pelo y por mi cuerpo. A mí eso se me quedó grabado. Por supuesto después nunca quise trabajar estando frente a cámaras, porque me daba vergüenza. El tema de los estereotipos es un mundo y yo creía que eran ciertos, porque yo veía que Cecilia Bolocco daba las noticias, entonces ¿cómo yo iba a salir dando las noticias? Claramente no podía hacerlo. Pero ahora pienso: ¿y por qué no?

Querer tu cuerpo no se trata de decirte todos los días que te amas, porque eso no es real. Nadie se ama todos los días. Y menos las mujeres porque además vivimos procesos hormonales. Pero sí hay que aflojar con el automaltrato. En eso las redes han ayudado mucho. Quizá yo no podía salir en la tele, pero podía abrir mi canal de Youtube o puedo ahora mostrar mi cara en Instagram. Eso es muy positivo, pese a todo lo negativo que puedan tener las redes sociales, además de tener la posibilidad de abrir debates en torno a estos temas.

Con las publicaciones de Daniela Castro en Instagram se me removió todo. Yo estaba en esos días en que no me sentía tan bien y la manera de abordar el tema me removió y me hizo cuestionarme de nuevo muchas cosas. ¿Por qué alguien con tanta vitrina no se informa mejor? Por cosas como esas es que me parece bien que la gente que tiene muchos seguidores hable del tema y que lo haga positivamente, porque ahí te das cuenta que en los comentarios es impresionante la cantidad de gente que pasa por lo mismo, vive lo mismo y se siente peor que tú por ser gordo.

Dalal Halabi (36), periodista.

A estas alturas de la vida y del mundo no nos deberíamos sentir mal por cómo somos. Este es nuestro cuerpo, así somos. Y de la misma manera me parece que se debería hablar de una forma correcta con respecto a la salud y a la comida, para que la comida deje de criminalizarse. Una de las últimas cosas que me daba mucha vergüenza por ser gorda era comer en público. ¿Cómo me voy a comer un McDonald’s si soy gorda?. Es loco, porque ahora en mi Instagram cocino, muestro recetas y hablo de comida. Y me ha servido. No solo para hablar, sino también para que a estas altura me importe una raja que alguien piense que no debería comerme una hamburguesa por ser gorda.

*Dalal es periodista, cocinera, bloguera gastronómica y también parte del podcast El chacarero sentimental (Spotify).

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Marcial Parraguez (27), activista gordo: “Las primeras ofensas por ser gordo vinieron de mi familia”

Siempre fui el gordo, gordito, regordete, michelín, regalón de la cocina o tantos otros sobrenombres. Fueron esos mismos apodos, que hoy califico como violentos, los que durante mi desarrollo me hicieron odiarme. Muy pocos de ellos fueron los que me incentivaron a cambiar o a repensarme como un cuerpo problemático. No fue hasta que comencé a escuchar las ofensas que me di cuenta de que era mal visto ser gordo. En ese contexto, me recuerdo de niño queriendo jugar, queriendo tener amigos y queriendo pasarlo bien con ellos. Pero a cambio, era enjuiciado por mi peso, cuestionado por mi salud y luego por mi validez como persona. 

Las primeras ofensas por ser gordo vinieron de mi familia, siempre comprimido en una supuesta preocupación por mi salud. Desde ahí también se me prohibió el contacto con otros niños, no tenía permiso para salir a juntarme con más gente, y solo podía ir y volver de la escuela. A raíz de eso, uno de los problemas más grandes a los que me enfrenté siendo un niño gordo es al estereotipo de la gordura, aunque descubrí también que hay un estereotipo todavía más complejo y es el de la delgadez. Nuestras historias gordas siempre existen en relación al ser flaco, de hecho tenemos en extremo naturalizada la delgadez. ¿Por qué ese es el camino que tiene que tomar mi cuerpo por obligación y en rectitud? Es una aspiración un tanto problemática y se anhela incluso hasta la enfermedad. 

Los cuerpos gordos somos a quienes nos atraviesa una objetivación crítica, un enjuiciamiento. Sin embargo, esto es algo que le pasa a todos los cuerpos, lo que hace que sea una experiencia diferente es que tenemos backgrounds que aportan o no a la manera en la que nos toman estos estereotipos. No es lo mismo lo que vive un gordo blanco en Las Condes a lo que vive una madre soltera gorda a cargo de un hogar con cinco hijos que también son gordos. 

Marcial Parraguez (27), activista gordo.

Durante mi desarrollo, me trataron como enfermo, ya que esta asociación cultural que se le hace a los gordos es que estamos enfermos, que somos cuerpos rotos, malos, que no son útiles para el sistema. Se nos trata de cambiar con ayuda de lo que desde el activismo se le llama dispositivos de normalización, como las intervenciones quirúrgicas con la idea de acercarse al estereotipo flaco.  La delgadez pasó a ser una exigencia moral, mientras la gordura se continúa viendo como un tema moral, y es algo político. 

Conocí el activismo desde muy chico. Con 16 años me sumergí en el activismo digital y fui conociendo más personas. A los 17, con amigos que conocí por Internet formamos un colectivo de diversidad sexual, que luego mutó a uno de disidencia sexual. Todes amábamos nuestros cuerpos diversos, nuestras tallas diferentes. Conocí autores que me interpelaban, que me invitaban a cuestionar el deseo, el gusto, el cuerpo y el espacio. Gracias al feminismo conocí el activismo gordo, lo que pasaba fuera del pueblo donde crecí siendo apuntado con el dedo. Hoy entiendo que el cuerpo que habito no obedece a patrones rígidos y estrictos, me muevo subiendo y bajando de peso. Hoy me miro y miro a los demás gordos como personas valiosas, válidas, merecedoras de respeto y afecto. Hoy busco en mí y en los demás desafiar, cuestionar y criticar las ideas que tenemos preconcebidas de la gordura. 

La ciudad, por ejemplo, se sigue construyendo en base al estereotipo de la delgadez. Los espacios están diseñados para personas flacas, la arquitectura se piensa para los cuerpos que importan. Por estos temas es que desde 2019 nos juntamos con otras activistas gordas a hacer un podcast que se llama “Grandiosas”, donde conversamos y problematizamos la actualidad desde una perspectiva gorda. También tenemos el colectivo la “Junta Gorda”, que es otro espacio de conversación más amplio donde todos compartimos experiencias. Ambos espacios necesarios tanto para nosotros, como para la generación de comunidad que sobre todo en estos momentos de pandemia son más necesarios que nunca. 

Pese a todo, siento que mi visión sobre estos cambios generacionales siguen siendo pesimistas. Si bien hoy contamos con un cuoteo representativo mínimo en los medios, en muchos de estos casos, seguimos existiendo en base al prejuicio. Por otro lado, a medida que crecí y me di cuenta que no era hombre y tampoco mujer, sino que habitaba un no-binarismo y una fluidez que también me fui enfrentando a otro tipo de reproches generacionales. Ya no solo mi cuerpo era el que estaba expuesto a la opinión de terceros.

“Durante mi desarrollo, me trataron como enfermo, ya que esta asociación cultural que se le hace a los gordos es que estamos enfermos, que somos cuerpos rotos, malos, que no son útiles para el sistema. Se nos trata de cambiar con ayuda de lo que desde el activismo se le llama dispositivos de normalización, como las intervenciones quirúrgicas con la idea de acercarse al estereotipo flaco.  La delgadez pasó a ser una exigencia moral, mientras la gordura se continúa viendo como un tema moral, y es algo político”.

Hoy pareciera que hay una rama en particular del body positive que te exige amarte todo el tiempo, y ser feliz todo el tiempo y estar contento con tu cuerpo todo el tiempo; pero esta rama de felicidad obligatoria no es todo el movimiento, y también hay referentes -como Antonia Larraín, modelo XL, o Andrea Ocampo- que humanizan estos movimientos y nos invitan a cuestionarnos todo, a no creerles a las frases hechas y aceptar la pena y la tristeza, a entender que no podemos estar queriéndonos todo el tiempo, que está muy bien si lo haces, pero si no te pasa está todo bien y abraza tus emociones y aprende a conocerte para estar mejor.

Por último, creo que es importante también entender que el body positive, por ejemplo, no es la única manera ni perspectiva crítica que existe para entender la gordura, para aceptarla o para vivirla libre de prejuicios. El activismo gordo o de la diversidad corporal, es otra manera de abrazar los cuerpos diversos. 

*Marcial es comediante, parte del podcast Grandiosas (Spotify) e impulsor del activismo gordo en Chile.

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Constanza Achurra (43): “El mejor mensaje que una puede darles a sus hijas en relación a sus cuerpos es no opinar de ellos” 

Soy de una generación donde había mucha más norma en relación a cómo había que verse. Hoy también hay normas, pero dentro del “cómo es bueno verse” hay una paleta que es infinitamente más amplia. Cuando yo tenía 13, 15 o 16 en los 90, si se usaba el pelo liso era liso. No había opción de otro pelo, porque lo que no era liso era un pelo feo. 

A mí me encanta mi pelo, me gusta tenerlo ondulado o chascón. Pero en esa época era distinto, porque siempre escuché que tener mucho pelo era feo, que tenía mucho frizz era malo y yo, además de tener esas dos cosas, era pechugona. Siempre recibí la señal de que como yo era, era malo.

Tuve trastornos alimenticios durante harto tiempo y muy severos. Siempre estuve con tratamiento, pero es algo que me costó hartos años superarlo.  No tengo tan claro cuándo fue, pero hubo un momento en mi vida, que debe haber sido en la preadolescencia, en que aprendí de factores externos que mi cuerpo no era lo suficientemente bueno. No fue por mi familia ni mi entorno cercano, sino por la publicidad, las revistas y los estímulos más mediáticos. Todo eso se transformó en un espiral. Para mí los trastornos alimenticios eran una especie de círculo vicioso donde nunca estaba conforme conmigo misma. Es triste, porque ahora me pasa que miro fotos de hace unos años y me doy cuenta de que no había nada de malo en mí. El que me hacía, pienso ahora, era un daño muy gratuito.

“He aprendido que hay que ser súper responsables con lo que se dice en redes sociales y que hacer juicios de una misma de manera pública es tan peligroso como hacer juicios de otros. Y creo que ese es un tema súper importante de entenderlo cuando uno tiene mucha resonancia en las redes sociales. Sobre todo con estos temas”.

Influyó, tal vez, que estuve en un colegio católico con las normas sociales de los 90, donde había mucha menos diversidad de la que hay hoy día. Yo siempre he sido muy pechugona y de chica escuché que tener las pechugas grandes era poco elegante, era feo y era ordinario. En un colegio católico eso, así como tener más curvas, era castigado de manera muy sutil. Nadie te lo decía, pero era lo que uno escuchaba. De alguna manera, yo pensaba que era vulgar y que mi cuerpo  no era lo suficientemente elegante porque se salía de la norma. Lo que hay ahí es un tema generacional muy grande. 

Este sentir trasciende generaciones: hay gente mucho más grande que yo que nunca se ha sentido cómoda con su cuerpo. Yo lo digo pensando en mi mamá, que es una mujer hermosa y que yo sé que nunca ha estado feliz con cómo se ve, porque en la generación de ella el tema de los cánones era incluso más duro; esta cosa súper hegemónica de que había una manera de ser bonita y de calzar en lo correcto o en ser suficiente. 

En relación a eso, con los años he aprendido que uno tiene que rodearse de gente, de estímulos, de personas y espacios que te hagan sentir bien. También he aprendido que hay que ser súper responsables con lo que se dice en redes sociales y que hacer juicios de una misma de manera pública es tan peligroso como hacer juicios de otros. Y creo que ese es un tema súper importante de entenderlo cuando uno tiene mucha resonancia en las redes sociales. Sobre todo con estos temas.

Constanza Achurra (43).

Las etiquetas en la alimentación, que es lo mío, no me acomodan, porque siento que de alguna manera una etiqueta es un prejuicio. Al que le haga bien el body positive, qué bueno y qué bueno que exista esta contraparte, pero en mi caso creo en un mensaje mucho más profundo que tiene que ver no con que amo mi celulitis, amo mi pechuga gigante y mi brazo gordo, porque las cosas no funcionan así. Las cosas son procesos lentos. Yo llevo 40 y tantos años en este proceso, porque es algo lento, muy personal y a veces muy doloroso, no se puede pretender que con un concepto nuevo una va a alinearse de manera inmediata.

Lo bonito de estos tiempos es que hay diversidad y que eso a todas nos ha servido para amigarnos con nuestros cuerpos. Es bonito que aprendamos a remirar y a darnos cuenta de que el canon de belleza impuesto eternamente es eso: un canon de belleza impuesto. Yo siempre digo, cuando hago charlas o talleres, que nosotros aplicamos esos cánones atroces con nosotras mismas. Y somos totalmente lapidarias con nosotras, pero no con el resto.

¿Cómo trabajo estos temas con mis hijas? No les comento nada sobre sus cuerpos, que es algo que a la gente de mi generación sí nos hicieron. Yo escuché más de alguna vez mamás y abuelas haciendo juicios que, además, los hacían con el mayor amor del mundo y porque era parte de la crianza. Pero de alguna manera una se sintió obligada a depilarse en algún momento, uno se sintió obligada a cosas que hoy ya no son obligación. Yo no opino ni del peso, ni de la talla, ni del color, ni de los pelos de los cuerpos de mis hijas. Si ellas me preguntan, yo podré responderles de manera absolutamente amorosa, pero si no me preguntan yo no tengo por qué opinar. Me parece que una, como mamá, el mejor mensaje que una puede darles a sus hijas en relación a sus cuerpos, es no opinar de ellos. En mi caso, ellas son libres de hacer lo que las hace sentir cómodas.

*Constanza es diseñadora, cocinera y autora de, entre otros libros, “Cocina sana y feliz” (Editorial Grijalbo).

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