Enrique González, Javiera Vera y su hija Belén.

Cuando las clases en pandemia no funcionan: Tres familias que optaron por dejar el sistema educacional clásico

Una de las crisis que profundizó la pandemia fue la de la educación escolar. Los datos revelan a un sistema que ha tenido que adaptarse con dificultad a las clases a distancia; y en donde se ha excluido a algunos niños, niñas y jóvenes en el proceso. En este contexto, hay familias para las cuales la escuela tradicional parece anacrónica, incluso optativa, y han decidido dejar de apostar por ella para la educación de sus hijos. Buscan nuevas alternativas que respondan mejor a sus inquietudes y necesidades. The Clinic conversó con tres casos.

Distintas cifras han mostrado el panorama actual del sistema educacional. Según el Mineduc, hay 40.000 niños, niñas y adolescentes que no se matricularon este año en algún establecimiento reconocido por el Estado. Por su parte, la educación parvularia alcanzó el punto más alto de deserciones de la última década. Y según un estudio de Educación 2020 lanzado a finales del año pasado, uno de cada cuatro estudiantes decía no haber aprendido nada en pandemia. Frente a este escenario, hay quienes han decidido buscar alternativas a la escuela regular para la educación de sus hijos; y dejar de intentar que el sistema actual satisfaga sus necesidades educativas.

Jorge Ibáñez, subdirector de política educativa de Educación 2020, explica este fenómeno: “Hay un problema de fondo y que tiene que ver con cómo el sistema educativo no está respondiendo a las necesidades de los y las estudiantes. Lo que se necesita es promover políticas que incentiven la innovación educativa, en donde los y las estudiantes tengan un rol protagónico en sus procesos de aprendizaje y que ponga el foco en el desarrollo de debilidades y actitudes”.

Desde el punto de vista de Liliana Cortés, directora ejecutiva de la Fundación Súmate, el problema no pasa por el funcionamiento de los colegios, sino por el enfoque que predomina en el sistema educativo: “Estábamos muy ciegos a la relación socioemocional y muy enfocados en la concentración excesiva en contenido y no en experiencias atractivas educativas. Entonces si la escuela era fiel a eso y de un día para otro te mandan para la casa a hacer clases online no tienes nada montado y entonces se produce la crisis que se ha generado todo el año pasado y éste”.

En el otro colegio estaba como en la playa”

“Nunca, nunca, nunca tuvo clases”, dice con voz cansada Pamela Becerra (49) sobre su hijo Lucas (14), quien durante el año pasado no vio ni escuchó a ningún profesor. “Una vez me dijeron: es que éste es un colegio vulnerable y aquí no todos los niños tienen internet. Y yo les dije: pucha, ¿y porque es vulnerable mi hijo no estudia?”, comenta. “Esa vez te juro que lloré del enojo, ahí tú veís que aquí con plata aprendís; sin plata no aprendís”.

Cuando cursaba primero básico, Lucas -el hijo del medio de los tres que tiene Pamela- fue diagnosticado con discapacidad intelectual leve, y hace dos años ese diagnóstico cambió a moderado. Durante los últimos tres realizó su enseñanza escolar en el colegio particular subvencionado Lautraru de Padre Hurtado, que desde el inicio de la pandemia centró su enseñanza a través de guías que su madre iba a buscar junto con la canasta de alimentos. “Unas guías que, en serio, valían hongo. A mi hijo yo le estoy enseñando las sumas, ahora le tiré con reservas y casi fue un caos, a él se le complicó la vida, y la profesora mandaba guías con la tabla del 6, del 7 y del 8. Quedé para atrás cuando la vi”, dice.

Este año, sin embargo, parecía que las cosas iban a cambiar en el establecimiento. Las clases iban a comenzar de forma presencial a finales de febrero y para ese entonces las cifras de casos de contagios diarios se mantenían estables a nivel nacional. Pero Pamela no quiso exponer a Lucas a contraer el virus. “Yo le dije a la tía: yo el año pasado tuve a un hijo (el hermano menor de Lucas) con PIMS (Síndrome inflamatorio multisistémico, se manifiesta en niños luego de haberse contagiado con coronavirus), ¿y usted me está diciendo que tengo que mandar a Lucas a un lugar que no sé cómo está el distanciamiento? Al Lucas me costó un mundo tenerlo, tuve una pérdida antes. Él es mi arcoíris especial, y yo prefiero a mi hijo ignorante, pero conmigo”, comenta.

Con el inicio de las cuarentenas y para evitar a toda costa que el año escolar de su hijo fuera como el pasado, Pamela tomó una decisión. “Yo dije: no les voy a dar la subvención de mi hijo, voy a sacarlo. No les voy a dejar las lucas, están lucrando con mi hijo y siento que ellos vulneran sus derechos. Tan sólo las guías ya son una vulneración”, dice.

Pamela, entonces, decidió enfocar la educación de Lucas en un centro de enseñanza Kumon, donde se desarrolla el método educativo inventado por el profesor japonés del mismo nombre. “Yo lo que necesito es que mi hijo aprenda a leer y a escribir. Aunque a él no le gusta porque se hacen tareas todos los días… Pero claro po, si en el otro colegio estaba como en la playa”, ríe.

Pamela dejó de trabajar hace cinco años para dedicarse al cuidado de sus hijos. Para ello, económicamente la ayuda el papá de los niños, quien no vive en la casa. Cuenta que la pandemia les afectó el presupuesto. Para pagar la mensualidad del centro en que estudia Lucas, que bordea los $124.000, ella confía en el retiro del tercer 10%: explica que el primero estuvo dedicado íntegramente a costear una psicopedagoga para su hijo durante el verano. A pesar de los problemas económicos que le trajo la pandemia, está segura en sus prioridades: “Estoy más gorda y los niños igual porque estamos comiendo puro arroz y fideos, pero yo necesito que mi hijo aprenda a leer, yo necesito que mi hijo se eduque”.

“La forma de enseñar es distinta”

“Desde el 2019 que era una idea, porque encontrábamos que la colegiatura estaba demasiado cara para nosotros”, comenta Javiera Vera (44) sobre la decisión radical que tomó junto a su marido, Enrique González (45), a comienzos de este año: sacar a su hija Belén (12) del colegio Pumahue, en Chicureo, y centrar sus estudios desde una modalidad en casa y de forma completamente online. “La pandemia llegó a darme el puntapié inicial para tomar la decisión”, dice la madre.

Enrique González, Javiera Vera y su hija Belén.
Enrique González, Javiera Vera y su hija Belén.

Entre las razones que los influyeron, los factores económicos fueron fundamentales. El matrimonio era dueño del jardín infantil La Siembra, que contaba con alrededor de treinta niños inscritos y que quebró durante el 2020. Eso los dejó en una situación de deudas, dos cambios de casa durante ese año y altos costos emocionales.

Sumado a esto, Javiera y Enrique comenzaron a mirar con suspicacia el funcionamiento del colegio. “Me di cuenta de que no hubo una adecuación curricular, entonces eran 7 horas de estar ahí en el mismo contenido, sin avanzar, y es súper complejo, porque aparte los treinta o cuarenta niños están súper ansiosos y quieren hablar, hablar, hablar, están incluso más compulsivos, se les nota súper mal; yo, como profe, noto los problemas emocionales que están teniendo algunos. Entonces encontraba que no estaba bien”, señala Javiera.

Ante esta situación más los costos -que incluían la matrícula, cercana a $400.000; la mensualidad de $300.000; y los libros de texto que pedía el colegio, cuyo valor bordeaba los $300.000, y sin ninguna ayuda de parte del colegio-, la decisión se volvió urgente. Sin embargo, concentrar la educación de su hija en casa no fue la primera alternativa que consideraron. “Pensamos en cambiarla al colegio público, y de hecho, la postulamos por tómbola, pero tampoco quedó. Entonces yo ya empecé a pensar: ¿Qué hago para que no se quede sin estudios?”, dice Javiera.

“Es bien extraño, porque la sacamos del colegio porque era online y la metimos a un colegio online”, comenta Javiera, riendo, antes de agregar: “Pero claro, la forma que tienen de explicar y de enseñar es distinta”. En esta nueva modalidad, la jornada de Belén es de 9 a 11 de la mañana, lo que le da tiempo para hacer cosas que le gustan, como leer y dibujar. Tanto Enrique como Javiera coinciden en que se nota la experiencia de los profesores para enseñar de forma remota, con clases de no más de diez alumnos y basadas en la conversación. “Siento que le está sirviendo mucho más para la vida que lo que tenía antes”, comenta la madre, aliviada.

En esta nueva modalidad, además, los costos se redujeron significativamente. No sólo porque no piden libros escolares, sino porque la matrícula y la mensualidad cuestan $30.000 y $55.000, respetivamente. “Con dos meses del colegio anterior yo ahora pago todo el año … Y me sobra plata. Es mucho mejor la inversión”, comenta Enrique. Y agrega: “El problema es que todos los colegios se encontraron con esta tremenda transformación digital y todavía están tratando de adaptarse y cobrando lo mismo”.

Pese a que hasta ahora están conformes con su decisión, la inquietud que los aqueja es el futuro de la vida social de su hija, quien aún extraña a sus amistades. “Todos me dicen lo mismo: ¿y qué pasa con su sociabilización?. Pero la idea es que ella tenga la posibilidad de tener otras actividades, otros talleres. Nosotros sabíamos que es algo de lo que tenemos que hacernos cargo, porque el colegio no se lo iba a dar”, finaliza Javiera.

“Yo nunca había sido profesora”

Luego de cambiarse de casa desde La Florida a Los Andes -cansada de la sensación de inseguridad y para estar más cerca del trabajo de su marido-, Pamela Mora (43, madre de cuatro hijos) necesitaba encontrar un colegio para dos de los más pequeños. Agustín, de 7, y Leonor, de 5, no pudieron seguir estudiando en el Colegio Latino Cordillera: el establecimiento, cuenta la madre, negó la posibilidad de que se matricularan si no podían ir las primeras semanas de forma presencial.

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Pamela buscó otras opciones, que tampoco dieron resultado. “Me asustó la idea, pensé: ¿Qué voy a hacer? Hasta que decidí finalmente educarlos en la casa”, cuenta.

Cuando tomaron la decisión, a Agustín le apenó no volver a tener contacto con sus compañeros, ni siquiera a través de un pantalla. “Lo conversamos, le dijimos qué pasaba, por qué tenía que ser el cambio, qué venía ahora, yo siempre le expliqué, le dije que íbamos a seguir estudiando, que íbamos a estudiar en la casa los dos”, dice Pamela.

Ahora Agustín tiene clases dos veces a la semana por un portal de internet que funciona con una profesora en vivo frente a otros quince niños, aunque con Pamela tiene un plan de estudios que siguen de lunes a viernes, junto a su hermana. “Igual que si estuvieran en el colegio, yo les tengo un horario que puede ser en la mañana o en la tarde, pero siempre es todos los días un poquito y las clases son súper cortitas, precisas, bien lúdicas, con hartas imágenes y juegos, por ejemplo, para ciencia usamos hartos videos de Youtube de animales”, comenta.

Sin embargo, Pamela reconoce que adoptar este tipo de educación fue un desafío para ella: “Yo nunca había sido profesora y de un día para otro que tus hijos no vayan más al colegio es difícil. Es complicado porque tú no tienes el método”.

Pese a que el aprendizaje de sus hijos ha funcionado de forma óptima hasta ahora, como tantos otros estudiantes que rinden exámenes libres no pueden acceder a ayudas estatales, lo cual, según Pamela, dificulta el proceso. “No reciben libros ni ningún tipo de apoyo, entonces eso falta, ahí cojean harto”, dice.

La mirada experta

Frente a las opciones que pueden tomar fuerza frente la escuela tradicional, Jorge Ibáñez, de Educación 2020, interpela al rol del gobierno: “Nosotros creemos que no debiese ser necesario que los estudiantes tengan que optar por otras alternativas. Hay una responsabilidad del Estado de poder tener distintos proyectos educativos lo suficientemente diversos para atender las distintas necesidades de los y las estudiantes”.

Por su parte, Liliana Cortés, de la fundación Súmate, hace hincapié en la importancia vital de la escuela para el desarrollo del país: “La escuela es un espacio de construcción de ciudadanía y de sociedad, y para eso nos tenemos que encontrar, tenemos que convivir en un mismo entorno, yo creo que si queremos un Chile más justo, más solidario y equitativo, la escuela es un buen lugar donde podemos modelar eso”.

El Ministerio de Educación fue contactado para este reportaje, pero no dieron una respuesta a las consultas.

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