Chilenos todos

La jornada electoral vista desde la calle y también desde el televisor.

Hubo menos votos y más siestas. Hubo especiales de prensa sin nada especial, hubo mucho Julio César Rodríguez, bastante Iván Núñez, el ceño teatralmente preocupado de Tonka, hubo votantes con ojeras, vecinos sin peinetas, la señora que combinó la tenida y un Presidente que votó con una sonrisa petrificada. Hubo chalecos, nubes, empanadas en la esquina. Hubo votantes con sueño y con un montón de sueños. 

-¿Y usted qué sueña?- indagamos a un ciudadano.

-Tener más plata.

Y a otro:

-¿Por quién vota?

-Por Parada- tajante.

-¿Cómo es Parada?

-Parece que se dejó barba.

Hubo cuatro votos enormes y ochenta formas de doblarlos. Hubo filas, reporteros preguntando por las filas, soldados dormidos sobre el fusil. El vecino recibía perplejo los votos en cuyo interior había cien candidaturas. Cien ansiosos, cien tipos sin tantas novedades y a los que el votante jamás había visto.

-La misma mierda- murmuró un escéptico. 

-Tenga fe.

-Págame las deudas entonces.

La llamada misma mierda, por ende, jamás pudo ser sintetizada. Queremos cambios, sí, pero con más capacidad de síntesis. Por eso allí, frente al voto, el vecino pedía más ideas y menos apellidos. 

-Yo cacho a Murillo- gritó uno, aliviado.

-¡Vote por él!

-Es que no me tinca.

Hubo cuatro votos enormes y ochenta formas de doblarlos. Hubo filas, reporteros preguntando por las filas, soldados dormidos sobre el fusil. El vecino recibía perplejo los votos en cuyo interior había cien candidaturas.

Y empezaba la lucha entre un Bic y cien personas, cien destinos distintos para la nación. Una raya fuera de sitio, el voto estampado en un tal Garrido, por tincada, y la nación se puede descarrilar: ¿Qué pensará Garrido? ¿Y si Garrido es loco? ¿Y si Garrido usa mocasines? ¿Y si Garrido escucha folclor ideológico? Y, en fin, todo se torna confuso. Y a veces el vecino que vota simplemente es un chileno de cerebro sencillo, miembro activo de la clase media con angustia, que pasa el momento con las manos en los bolsillos, esperando su turno, esperando ser demócrata, irse a su casa, ver fútbol, y esperar ilusionado que un día las cosas mejoren.

Hubo por allí, entonces, un vecino que se estresó y le hizo una seña al vocal. 

-¿Qué pasa?- preguntó el vocal, con anteojos oscuros como una estrella.

-Ayuda, hermano. Hay cien huevones en mi voto.

-Elija cualquier huevón y lo dobla.

DE TODO Y DE NADA

Hubo urnas sin cortinas, dejando al desnudo la ideología. Hubo noteros que preguntan únicamente lo mismo:

-Señora, disculpe, estamos en vivo… ¿por qué votó a esta hora?

Hubo, en televisión, una nota simpática realizada en la feria. En otro canal hubo una entrevista a un vulnerable y el periodista Gonzalo Ramírez dijo, como siempre, con furia impostada:

-ESTO NO PUEDE SEGUIR ASÍ.

A Pancho Saavedra casi le saltan las lágrimas y a Rodrigo Sepúlveda en dos oportunidades se le quebró la voz. Pepe Auth se paseó por los medios diciendo que, de algún modo, él hace rato ya tenía todo claro. Y Mónica Rincón parecía vivir el día más feliz de su periodismo. Hubo un Rafael Cavada vestido como ejecutivo de cuentas. Y enviaron a Polo Ramírez a la calle a buscar alguna conspiración.

A veces el vecino que vota simplemente es un chileno de cerebro sencillo, miembro activo de la clase media con angustia, que pasa el momento con las manos en los bolsillos, esperando su turno, esperando ser demócrata, irse a su casa, ver fútbol, y esperar ilusionado que un día las cosas mejoren.

Dicen que la frase que, mediáticamente, impactó en el mundo fue:

-Piñera es un concha de su madre.

Dicen que en otros lugares se preguntaron por esa señora rubia, cuyo apellido parece un sarcasmo. Jiles. Son todos Jiles. Y dicen que su marido, adherido a su costilla, ya acató la derrota. 

Para otros, eso sí, la mejor frase la emitió un vecino que iba con el diario bajo el brazo:

-Yo sólo quiero que el Estado sea más buena onda.

Hubo dos señores animados que se disfrazaron de dinosaurios. Hubo varios dinosaurios que se disfrazaron de analistas en televisión. Hubo una señora con ínfulas castristas que al votar intuyó una estafa y gritó:

-¡Hay una raya en mi voto!

Dos agentes la calmaron frente a las cámaras. Ella se sacudió indomable. Quedó detenida. 

Hubo también un señor que lució un short ajustado y una camiseta que decía: GRANDE PINOCHET

Lo redujeron. 

-¡Mi General vive!- siguió.

Lo sacaron en andas, él iba retorcido. 

Hubo independientes anónimos que se hicieron un nombre. Hubo gente tradicional que vio declinar su nombre. Hubo un aplauso ciudadano para Daniel Stingo, el nuevo mesías, el flaco con punto de vista. Hubo tantos cálculos, tantos porcentajes, gráficas con colores, y partían los conductores, con ese tono excitado que usan en las elecciones, diciendo: 

-Perdió Chile Vamos.

-Perdió la izquierda fome.

-Ganaron los distintos.   

Hubo independientes anónimos que se hicieron un nombre. Hubo gente tradicional que vio declinar su nombre. Hubo un aplauso ciudadano para Daniel Stingo, el nuevo mesías, el flaco con punto de vista.

Y a Mónica Rincón los ojos le iban a explotar. Y a Iván Núñez parecía que si subía la voz le subían el sueldo. E Iván Valenzuela conservó la perfecta dosis de amarillismo estratégico. Pero el vecino que ya estaba instalado en su cama, que ya puso el voto en una candidatura de la cual no tiene antecedentes, estaba agobiado. La democracia, a estas alturas, lo tenía desinflado.

Pero todavía, en la cara, le brilla la fe. El votante pasó un día lleno de sueño, pero con los sueños intactos. Pasó la prueba del voto. Pasó la prueba de los especiales de prensa. Y ahora aquí está: tendido en la cama y esperando un mundo mejor.

Comentarios
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