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Entrevista Canalla

15 de abril de 2022

Amaya Forch, actriz y cantante: «Mi abuela dice que desciendo de Carlomagno»

Empezó a participar en el programa "Aquí se Baila", pero no alcanzó a debutar. Una lesión la dejó afuera. Pero no se derrumbó. Acaba de cumplir 50 años y está con una mente distinta. Está más libre, más activa, más fuerte. Y ahora se prepara para un recital de boleros con el Tío Valentín. Aquí habla de sus huesos, de los cincuenta, de la tele y de sexo.

Por

El 5 de abril, en el Día Mundial de la Conciencia, Amaya Forch fue audazmente inconsciente: ensayaba en los brazos de José, el bailarín, para estrenar una coreografía en el programa «Aquí se Baila» de Canal 13 y entonces dio un salto por el aire, un giro plástico, una rueda con riesgos, y sus 160 centímetros de estatura, sus 50 años recién cumplidos y llevados con vida sana y elongaciones, aterrizaron en el suelo. Amaya se esguinzó el pie. Amaya quedó coja. Amaya dejó de bailar.  

-Estaba feliz…- murmura.

-¿Y ahora?

-Me da pena. 

Justo el día de ayer, jueves 14 de abril, se debió transmitir en pantalla su eliminación del programa. Amaya no alcanzó a debutar. Había deslumbrado en otros ensayos, cobijada en el pectoral de su bailarín, un macizo carismático que le daba confianza. Parece que Amaya y José, al conocerse, se miraron a los ojos y allí, al instante, vieron el brote de la danza, el chip de la pirueta, y decidieron que iban a triunfar: Amaya y José prometieron volar por el aire. “Me había relajado”, añade. “Había empezado a sentir mi cuerpo”, agrega, holística. Y su cuerpo sucumbió. Amaya rebotó contra el concreto. Su pie se hinchó y todo cambió, como ya le había sucedido en otras ocasiones.

Había deslumbrado en otros ensayos, cobijada en el pectoral de su bailarín, un macizo carismático que le daba confianza. Parece que Amaya y José, al conocerse, se miraron a los ojos y allí, al instante, vieron el brote de la danza, el chip de la pirueta, y decidieron que iban a triunfar: Amaya y José prometieron volar por el aire. “Me había relajado”, añade. “Había empezado a sentir mi cuerpo”, agrega, holística. Y su cuerpo sucumbió.

Por eso ahora recuerda, en un flashback melodramático, un arsenal de lesiones del pasado:

-Yo tengo dos hernias lumbares- dice.

-Uf- solidarizamos.

-Yo tengo, además, el coxis quebrado.

-¿Qué implica un coxis quebrado?

-Dolor pos. Se me ha quebrado dos veces el coxis.

-¿Usted tiene un coxis frágil?

-Un coxis como cualquiera.

-¿Considera que sus huesos, en líneas generales, no dan confianza?

-No sé…

-¿Al tomar asiento siente una punzada?

-Dolor. Y, bueno, en otro programa de baile me había quebrado dos costillas.

Se suman, además, una hernia cervical, la rotura de dos vértebras, y toda clase de esguinces. Es una flaca de 58 kilos dotada de coraje y huesos delicados. Una cantante divorciada, según especifica, que ama el arte. Una entonada que canta boleros, que el 23 de abril, a las 21 horas, en el Teatro Nescafé de las Artes, dará un show masivo junto a Valentín Trujillo, el Tío Inmortal, el merecido candidato al Premio Nacional de la Música. Por fortuna las cuerdas vocales de Amaya no tienen huesos, son membranas imposibles de sufrir un esguince: su voz está en óptimas condiciones

-Creo que mi voz es un don- confiesa. 

-Sí, claro- le señala la prensa- usted vive afinada.

Y ella ríe. 

-Y dígame- pregunta la prensa- ¿cuáles son sus características esenciales?. 

Y Amaya dice esto:

-La sensibilidad.

-Describa su interior, por favor- investiga el reportero.

-Soy profunda. Soy gozadora. Me gusta el humor absurdo. Jajaja…

-¿Usted es normal?

-No sé… ¿soy normal?- y, sin querer, pone cara de perturbada.

-De ninguna manera- le dice con franqueza el reportero.

-¿No soy normal?

-Creo que usted, para serle sincero, es anormal.

-¡Pero…!

-No se asuste. Es normal ser anormal. La felicito. No es una persona habitual.

-… ee… gracias…

-¿O acaso quiere ser normal?  

-¡No! 

Es una flaca de 58 kilos dotada de coraje y huesos delicados. Una cantante divorciada, según especifica, que ama el arte. Una entonada que canta boleros, que el 23 de abril, a las 21 horas, en el Teatro Nescafé de las Artes, dará un show masivo junto a Valentín Trujillo, el Tío Inmortal.

Amaya vivió hasta los ocho años en Alemania y pasó su adolescencia pronunciando con dificultad el español. Amaya, además, fue liberal, poética, hippie, artística. Amaya amenizaba los almuerzos familiares con el fantástico show de “Las Hermanas Forch”: junto a su hermana cantaba folclor sensible, canciones francesas y alemanas. Y luego Amaya, dice, en un rapto de ancestrología, lo siguiente:

-Parece que soy descendiente de Atahualpa

El asombro en el reportero es notorio. Es lo mismo, piensa, que revelar un parentesco con Jesús. Implica ser consanguínea de una de las figuras más emblemáticas de la historia. 

-¿Está segura? 

-Eso me dice mi abuela. Y, bueno, también me dice otra cosa…

-¿Qué?

-Mi abuela dice que desciendo de Carlomagno.

-¿El Emperador de la Cristiandad?

-Claro.

-¿En su árbol genealógico están Atahualpa y Carlomagno?

-Así es- dice ella…

Y ríe locamente.

Amaya, durante su juventud, vivió en Inglaterra. Allí cantaba boleros en un boliche punk llamado The Turtle Church, rodeada de rapados con laca en la cresta. Un punk tocaba la guitarra con desconsuelo e ira, y otros punkies la escuchaban absortos. Y, paradojalmente, Amaya lanza esta frase: 

-Todos quedaban locos.

En Chile grabó unas teleseries, se hizo conocida, cantó en espectáculos masivos, en la Teletón y se casó con una estrella de las noticias, un rubio con dos acentos, una celebridad con dos ojos celestes, un tótem en el mundo de la información. Y la solían fotografiar con su mano enlazada en la de Amaro, la pareja vistosa, era la unión de los escenarios y las noticias; era la estética con contenido, la fantasía y el realismo. De manera que Amaya es, por supuesto, la mamá de dos hijos de apellido Gómez-Pablos. Pero aquí hace una aclaración:

-No soy la «Ex De». A las mujeres les dicen que son la «Ex De» y a los hombres no les dicen el «Ex De». Es injusto.

Amaya, durante su juventud, vivió en Inglaterra. Allí cantaba boleros en un boliche punk llamado The Turtle Church, rodeada de rapados con laca en la cresta. Un punk tocaba la guitarra con desconsuelo e ira, y otros punkies la escuchaban absortos. «Todos quedaban locos», dice.

Es, en fin, a secas Amaya Forch Barry, divorciada sin compromisos, artista completa, actriz-cantante-bailarina, criada en un hogar lleno de barítonos, bailarina en estado de reposo. La mujer lesionada que acaba de cumplir una edad muy simbólica.

-¿Qué edad tiene?

-Eee… cincu… cincuenta…- admite con dificultad-, uy, me cuesta decirlo.

Forch 50

-Es que es muy distinto tener 49 a tener 50 años- señala.

-¿Cuál es la diferencia?

-No sé, pero es algo bien distinto. Hasta la edad, 50, una lo dice de forma distinta.

-¿Se siente cansada?

-No…

-¿Va en declive?

-¡No!

-¿Se siente vital?

-Bueno- piensa- siento que es la última oportunidad para hacer cosas que siempre he querido hacer.

-¿Hará cosas locas?

-Haré lo que quiero.

-¿Qué ha soñado? ¿Sueña con un viaje, por ejemplo?

-La verdad es que siempre he estado obsesionada con Mongolia…

-Un país extraordinario- confiesa sin argumentos el reportero.

-Admiro a los nómades- agrega ella, mística.

«La verdad es que siempre he estado obsesionada con Mongolia… Admiro a los nómades».

En ese instante, en mitad de Mongolia, se produce un silencio pertinente. Amaya Forch, 50 años llevados con paz, vaga en símbolos por un valle mongol. Y cumple un anhelo en la mitad de su vida. 

-Esta es la edad en que atinas o después ya no te puedes quejar…- sentencia.

A los cincuenta las decisiones se tienen que tomar más rápido, advierte. A los cincuenta se vive como en una pandemia, es decir, condenada a observarte, revela. A los cincuenta nada se posterga. 

Y ella, reconoce, no se posterga. Vive tranquila. Quiere retomar la guitarra, algún día tocará el violín. Teje y pinta gorros que dibujan niños vulnerables y se los regala (el instagram se llama A MÍ PINTA GORROS). Ha sacado los tres retiros. En su velador hay dos libros: uno de Hanif Kureishi, que lee con lentitud; y otro, cuyo título no recuerda, que usa como posavasos. En el cajón de su velador hay cremas, unos antinflamatorios, unos teléfonos antiguos ya fallecidos, su Tarot  y también unos condones. Allí, en ese cajón, está condensado su mundo.

-¿A los cincuenta el sexo es más salvaje?

-Mm…yo creo que eso empieza a los cuarenta.

-¿A los cincuenta hay sexo?

-A los cincuenta una tiene permiso para que nadie te joda. Es como que alguien me venga a cuestionar y una diga: “¡Y qué me vas a decir tú a mí, por favor!”. Es el momento de no estar reprimida.

-¿Pero le interesa el sexo?

-Mucho. La verdad es que yo, como tantas personas, necesito el sexo. El sexo me hace bien.

-¿Lo tiene?

-Mm- balbucea misteriosa. Y agrega:

-Mira, es mejor que el sexo sobre a que falte.

«La verdad es que yo, como tantas personas, necesito el sexo. El sexo me hace bien«.

A los cincuenta teje para esos niños y confiesa lo reconfortante que es ver una sonrisa, cocina platos sanos, no sube de peso, se estira con yoga. A los cincuenta puede fumar un pito de vez en cuando, perder el control con algún chocolate o tomarse un Campari. Y a los cincuenta se lesiona por dar una pirueta esforzada para un programa de televisión.

-Al menos quedé contenta de haberme atrevido a hacer esos bailes.

-¿Pero es verdad que para estos programas de baile reclutan a gente con sed de pantalla?

-Puede ser. 

Y se queda pensando. O tal vez se queda en la luna.

Según parece, a los cincuenta la televisión no es tan importante.

Voz plena

-Mira- dice- estos son programas que te hacen estar vigente. Y son programas de competencia y eso es complicado.  

El reportero imagina que los competidores se esconden las ropas en los camarines. Le echan un sedante al vaso del contrincante. Una jauría en pos de la gloria y una portada en la prensa.

-¿Hay mucho ego?

-Yo creo que al contrario. Este tipo de programas son un desafío para el propio ego. Quedas expuesta. Te van a criticar. Tal vez no vas a ganar todo lo que quieres ganar. Es un tremendo desafío. Y, además, haga lo que una haga, siempre te van a chaquetear.

-¿Hay críticas que la bajonean? 

-Mm. 

-¿Qué le han dicho?

-Que soy floja.

-¿Es floja?

-Noo…

«Este tipo de programas son un desafío para el propio ego. Quedas expuesta. Te van a criticar. Tal vez no vas a ganar todo lo que quieres ganar. Es un tremendo desafío. Y, además, haga lo que una haga, siempre te van a chaquetear«.

Trabaja la voz para entonar los boleros el 23 de abril en su recital en el Teatro Nescafé de las Artes junto a otros artistas. Y, como con sus cincuenta años está liberada de trancas, está desvergonzada, desprovista de complejos, revela que ella y el Tío Valentín tienen un incesante coqueteo artístico en escena. 

-Como un juego musical…

Juntos han recorrido todo el país cantando asuntos sentimentales. Amaya, 50 años; Valentín, 88 años. Él un día se le acercó en un estudio de televisión y le dijo con elegancia:

-Perdone que la interrumpa, pero tengo entendido que usted canta boleros.

-Así es, señor Trujillo- respondió Amaya.

-¿Le importaría?- Y Valentín apuntó hacia un piano y un micrófono.

Y ahí empezaron a cantar para siempre.

-Y ahora, con toda esa vida, ¿cuál es la frase que la define en la actualidad?

Demora un rato. De pronto se le ilumina la cara. 

-Ama Ya. Ama-ya. 

-Es como parte de un bolero…

-Sí.

-Y el papá de sus hijos también tiene nombre de bolero…

-Ni me digas. En su momento éramos Amar O Ama Ya (Amar-o/Ama-ya). Pero eso ya fue.

-¿Siente que ha alcanzado la plenitud?- pregunta con filosofía la prensa.

Ella responde sin prejuicios, en sus cincuenta liberados, sin tener que dar explicaciones.

Y se queda riendo libremente. 

-Uf. Yo siento que muchas veces he alcanzado la plenitud

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