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Entrevista Canalla

2 de Septiembre de 2022

José Martínez, actor y emprendedor: “¡Por primera vez estoy recibiendo plata todos los meses!”

Actor, comediante, músico, skater. Próximamente vuelve a las tablas con un musical dedicado a su padre. Aquí habla de su madurez. De su vida como emprendedor hotelero. De su nueva estabilidad. Y habla de su papá, de los pitos que fumaba su papá, de su juventud, de la soledad, de ser payaso, de la melancolía y de Chile.

Por

Estamos frente a un hombre equilibrado que, tiempo atrás, solía ser un curioso payaso. Este señor se llama José Martínez, tiene 47 años, es actor titulado, y hoy luce la camisa dentro del pantalón, se le perciben dos ojeras de papá y dirige con seriedad su hotel. 

-Hago de todo ahí- describe con la voz parca de un dueño de hotel, el Gaspar Inn, A Friendly Host, cuatro habitaciones con cocina, a metros del Zoológico Metropolitano y de la Clínica Indisa, atendido por su dueño.

-¿Qué hace en el hotel?

-Hago las piezas en la mañana. Lavo las sábanas. Organizo todo-  describe con agilidad.

Este hombre es una máquina de oficios. El Jose Martínez, sin acento en Jose, como le dicen en los circuitos del espectáculo, fue malabarista de semáforo, importó desde Alemania insumos para el malabarismo; hizo la llamada Casa Payaso, un emprendimiento que impulsó el asombro y la carcajada; junto a Claudia Celedón, Cuti Aste y Ramón Llao fundó Hermanos Martínez Internacional, una absurda compañía de humor circense; también protagonizó el comercial de un chocolate, participó en películas y varias series. Es músico, skater, es un adulto joven con tres hijos, o bien un joven para siempre, y luce un pasado amoroso deslumbrante: amó a dos Javieras, a dos estrellas, a Javiera Contador y Javiera Acevedo. Es como si, en formato Hollywood, este ciudadano de perfil aguileño y caracterizado por la espontaneidad se hubiese emparejado con Natalie Portman y, al poco tiempo, con Scarlett Johansson. Un Jack Tripper cualquiera, un galán común y efervescente. De manera que el Jose alcanzó, sin querer, un trozo de gloria. Lo persiguieron los fotógrafos, sus quiebres amorosos se registraron casi en directo, los paparazzi bordearon su jardín, hacían clic justo en la lágrima, y allí, tal vez, El Jose, escapaba de la farándula adherido a la tabla, al skate pegado a la Converse. Era el joven con alas, el hippie implorando libertad. 

Y empezó a actuar en sus propias obras, se tornó un dramaturgo en vías de expansión. Y empezó a hacer negocios.

-Tuve un bar. Tuve una fábrica de churros.  

-Lo felicito…¿cómo le fue?

-Como las huevas.

Una quiebra tras otra. Era un actor en búsqueda de un salario.

-Yo nunca pude tener estabilidad económica. He hecho muchos negocios, en algunos me fue más o menos y en otros me fue como la callampa- desliza, nostálgico, revisando a prisa su vida.

-¿Y ahora?

Y la cara, al fin, se le prende.

-¡Ahora parece que sí! 

-¿Qué pasa?

-¡Por primera vez estoy recibiendo plata todos los meses!- admite eufórico. Lo que pasa es que hoy es, en definitiva, un dueño de casas.

-¿Cómo es la estabilidad?

-Buena, sí- sintetiza, aturdido.   

-¿Le incomoda hacer las camas de los desconocidos que alojan aquí?

-Ya me acostumbré. Lo que me cuesta son los pelos…los pelos de otras personas son un atado.

-¿Qué le ocurre con los pelos ajenos?

-Me cuestan- y da la sensación que le tiembla el pómulo.

A veces arregla los techos, los baños: es un jefe de obra, un chasquillas full time. En momentos de ocio, se mete a buscar tutoriales que facilitan su maestría: Cómo Arreglar El Water En Quince Minutos/Cómo Hacer Una Cama Sin Agacharse/Aprenda A Barrer Dando Pasos De Baile. Y el Jose, hasta hace poco, se vestía con una ropa de maestro, el overol ideal para mancharlo. “Ahora no”, dice, “usa la ropa que sea, se mancha entero”. Es el maestro con las manos en la masa. Y, con pose religiosa, murmura: 

-Yo debería dar la gracias a Youtube por tanto tutorial concedido…

Entonces viene el dilema del artista: ¿Acaso la estabilidad frena la inspiración? ¿Un creativo que alcanza la estabilidad, que recibe ingresos de forma continua, podrá seguir siendo un creativo? ¿En qué momento la mente de un artista da lugar a la mente de un comerciante?

El Jose Martínez no demora en responder todo eso en una sola frase.

El Jose respira y resume todo:

-Todo lo que hago con el hotel es para poder seguir siendo actor.

-¿Qué?

-Todo lo hago para ser actor.

Y el actual dueño del Hotel Gaspar Inn agrega:

-Siempre estoy pensando en obras de teatro.

A tal punto que, en unas semanas, en mitad de octubre, el Jose Martínez volverá a dar funciones de su obra, el show musical Confesiones A Mi Padre (la obra estuvo en escena en el ICTUS durante agosto).

El hombre multiuso -el empresario, el gásfiter, el señor que atiende en recepción, el emprendedor que se asquea con los pelos- volverá a pisar las tablas.

Esta vez de la mano del señor Martínez, su padre.

Payaso melancólico

Cuando el Jose tenía 17 años su mamá se fue a vivir a Alemania con sus hermanos. Él se quedó con su papá. Y, de alguna manera, el Jose quedó a cargo de sí mismo, pues su papá era un díscolo, un extravagante que no encajaba en el sistema. 

-¿Cómo fueron esos años?

-Uff- y se le inflama una ojera.

Fue la etapa de la locura. El Jose recibía a los amigos, no había autoridad. Era la casa de las fiestas, el epicentro de los brindis. Allí, podemos especular, se perdían seres humanos, pernoctaban bohemios sin nombre, aparecían zapatos de mujer bajo la cama. Y en medio de eso estaba el señor Martínez. Ese señor con el que el Jose Martínez, el hijo, no se podía comunicar.

-Mi papá era loco. O sea, no loco diagnosticado. Pero se ponía por momentos bien loco.

-¿En qué momentos se ponía loco?

-Mi papá se ponía loco cuando fumaba pitos.

-Entiendo…- el reportero permanece inmutable- ¿pero no es eso usual?

-¿Qué?

-¿Ponerse loco al fumar pitos?

-No, no. Mi papá se ponía a gritar cuando fumaba pitos. Y le daba una especie de esquizofrenia.

-¿Qué gritaba?

-Se ponía muy alegre. Y gritaba…

El Jose Martínez ahora procede a personificar e imitar a su papá, en los momentos en que solía gritar, dado que se hallaba bajo los efectos de la cannabis:

-¡Puta qué miran! ¡¡Hay que estar alegres!! ¡¡Alégrense huevones!! ¡Es una orden! ¡¡¡Jajaja yo debería estar en la televisión!!!

El reportero lo mira estupefacto.

El Jose Martínez, a los segundos, vuelve a ser el Jose Martínez.

-¿Usted fumaba pitos con su papá?

-No, no. Es que se ponía intratable.

Su papá murió hace cinco años. En los últimos años, se produjo un acercamiento. 

Parece que, en los últimos años, en los momentos de la fragilidad, se dijeron cosas.

Parece que se despidieron en paz.

La obra, entonces, es el reencuentro dramatúrgico entre un padre y un hijo. El abrazo póstumo de dos volados. Uno que volaba por frecuentar la yerba, el otro que volaba por ser simplemente un soñador.

-Y todo con música. Es un musical. Hicimos las canciones junto a Martín Benavides…¿conoces a Martín Benavides?

-No…¿es alguien del espectáculo?

-La está llevando actualmente. Y con él hicimos diez canciones. Y nos ha ido bastante bien. 

Y en la obra, finalmente, el hijo le cuenta al papá su vida. Retazos de la vida del Jose Martínez, anécdotas, luz y sombras del heredero. Del inestable. 

-Incluso en la obra- añade el Jose- mostramos imágenes del velorio de mi papá. 

-¿Eso le habrá gustado a su papá?

-Puf. Él toda la vida quiso ser un artista. Y, bueno, a fin de cuentas, lo logró. 

Y el Jose Martínez, aliviado, sonríe. 

Y aunque el reportero jamás vio al señor Martínez, al padre, no le cabe duda que en ese preciso momento, en esa sonrisa, el Jose Martínez se parecía a él.

Payaso animado

-Qué vida ha tenido usted, Jose- comenta con franqueza el reportero.

-Sí. Es que uno tiene una sola vida no más…

-¿Y dónde quedó el payaso que fue usted en los noventa?

-Uno siempre es un payaso- confiesa con firmeza.

-…como esos payasos que ríen en público…- inicia el reportero.

-…y lloran en la oscuridad…- complementa el artista.

-¿Es usted de esos payasos con dos caras?

-Sí, sí, hay de eso. Yo soy muy melancólico, me gusta. Lo mío es la melancolía. Por eso fui a la sicóloga, porque me faltaba algo, siempre me ha faltado algo…de ahí la melancolía…

-¿Y descubrió cuál era la causa de su melancolía?

-Sí…

-¿Qué era?

El Jose no titubea.

-El abandono.

La mamá en Alemania. Sin celulares, sin Internet, a doce mil kilómetros de distancia. El papá por acá, enloqueciendo. Y el hijo a solas, en la pubertad, con todas las preguntas.

Y el Jose agrega:

-El abandono me marcó. Incluso marcó mi piel. 

A el Jose Martínez le dio vitiligo, se le destiñó la piel por la soledad.

Y, a estas alturas, ya aparece el axioma: todos los payasos siempre tienen dos caras. Todo payaso es Krusty (de Los Simpson), una mezcolanza de éxtasis y bajón. 

Pero un día su mamá volvió de Alemania. Otro día él hizo las paces con su papá. Y luego el Jose Martínez tuvo sus propios hijos. Tiene uno grande y dos chicos.

Señoras y señores, el Jose Martínez se ha estabilizado en todos los ámbitos.

-Puta, sí…- reconoce.

-¿Y la pandemia?

-Ahí, duro. La verdad es que encuentro ideal que no me haya ido bien en la televisión o si no ahora estaría para la cagada.

Y ríe.

-Se hizo empresario justo a tiempo…

-Justo. Pero ha sido penca para mucha gente.

-¿Y qué me dice de Chile?

-Uf. Yo no sé. Hay cosas que me llegan a dar risa. Que la bandera en el poto. Que el combo del otro. Chile es como un reality show.

Revela que, como es insomne, todas las noches se informa de lo que ocurre con el país. Todas las noches, en fin, se mete a Chile por las orejas. Y con un auricular pegado al tímpano, se pone a escuchar todos los programas políticos. Se inyecta la realidad. Así, con realismo, se queda dormido. 

-Y entonces cacho todo lo que está pasando. Todo está muy mal. Hace poco me subieron la Isapre sin ninguna justificación.

-¿Y qué hizo?

-Me fui inmediatamente a Fonasa.

Y ríe.

-¿Y qué viene con el teatro?

-¡Tengo muchas ideas!

-¿Y qué viene con el hotel Gaspar Inn?

-¡Tengo mucho trabajo!

Si un payaso tiene dos caras, un emprendedor también. El Jose Martínez es el emprendedor del teatro, el emprendedor del turismo. Acaba, además, de fabricar dos hijos chicos, de tres y un año. Se suman al joven de 26 años. El Jose ya tiene los pies en la tierra.

Y también en las tablas.

-Tengo que hacer muchas cosas…- Jose mira el reloj. Hay que lavar las sábanas. Hay que barrer la entrada. Y limpiar los pelos. Gaspar Inn a su servicio.

-Por el teatro. 

Y así se va en paz, finalmente estabilizado.

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