Más que un cambio de nombre: Sergio Parra se convierte en Sergio Larraín

El creador de Metales Pesados, editor y poeta personifica al mítico fotógrafo chileno en Sergio Larraín, el instante eterno, documental dirigido por Sebastián Moreno que indaga en aspectos desconocidos de su vida y obra, y que debuta el viernes 4 de junio. Parra repasa este debut en la pantalla y su conexión con el personaje. Habla por primera vez además del tumor que tuvo en la mandíbula y del infarto al corazón que sufrió hace dos semanas: “Fue muy horroroso y cinematográfico, porque estaba solo”, cuenta.

Hay una anécdota que nunca pudo comprobar, y que hoy no hace más que alimentar el mito.

Se la contó la poeta Verónica Zondek. “A fines de los 80 hubo un encuentro cultural en la Recoleta de Buenos Aires y viajó una delegación chilena de artistas, escritores y músicos. Iban los Electrodomésticos y poetas como Malú Urriola, Andrés Morales y yo. Según ella, yo siempre llegaba todas las noches borracho al hotel, donde dormíamos dos por pieza, y la persona que me sacaba el cigarro de la boca y lo apagaba cuando ya me había quedado dormido era Sergio Larraín”, cuenta Sergio Parra (1963) en un café del barrio Bellas Artes, a pasos de su librería Metales Pesados.

“Nunca lo he podido comprobar, porque no conviví con la otra persona que había en la pieza. Nunca la vi. Yo puro llegaba a dormir y cuando despertaba al mediodía, ya no estaba en la pieza. Solo veía su cama hecha. Yo andaba de carrete con amigos poetas, estábamos en otra, muy arriba de la ginebra, entonces cuando llegaba a dormir seguramente prendía un cigarro y me quedaba raja. Bueno, ese pudo haber sido Larraín y me parece increíble. Después supe que esa vez él no quiso exponer ni nada, en realidad. Salió a recorrer la ciudad solo”, agrega el librero, editor y poeta. 

Casi 30 años después, una productora se dejó caer en su librería con una propuesta: el director Sebastián Moreno (La ciudad de los fotógrafos) estaba grabando un nuevo documental centrado de la figura y obra del fotógrafo chileno, y querían que él lo personificara. “Ya me habían dicho que me parecía a Larraín, sobre todo en sus últimos años”, comenta Parra. “Habían probado ya con otros actores y ninguno enganchaba con el personaje, así que ese día le dije que me dejara pensarlo. Mentalmente dije que sí inmediatamente, por mi admiración por Larraín, pero sabía que el proyecto no era cualquier cosa. Al poco tiempo volvimos a conversar y acepté”. 

En enero de 2019 dejó encargada su librería y partió durante una semana a Tulahuén, cerquita de Ovalle. Se sacó su habitual traje negro y anduvo por las calles y cerros vistiendo un jeans gastado y desteñido, una camisa blanca arremangada y hasta los mismos zapatos que permanecían intactos en el closet de la casa donde el fotógrafo chileno vivió aislado del mundo y retirado de la fotografía hasta su muerte, en 2012. La cámara de Moreno seguía cada uno de sus pasos. Parra lo recuerda así: 

“Grabamos una semana en la casa de Larraín. Estaban sus cuadros, las fotografías, sus libros subrayados, negativos, fotos originales y álbumes. Revisamos mucho su material, me vestí con la ropa de él que aún está ahí, toda muy bien doblada y limpia. Dormí también en su cama, una cama muy humilde. Él era muy limpio y ordenado, muy aséptico, pero no en una volada oriental, era más bien una cosa de campo muy limpia. Los que hemos vivido en el campo sabemos de lo que hablo, y se nota que había algo muy de crianza en él; la cama siempre hecha, y la panera sobre la mesa. Me regalaron un pijama suyo: es rayadito, azul celestino y a franela, antiguo, como de los 80. Fue impresionante para mí estar en su casa, porque hay una presencia suya ahí. Yo no soy esotérico para nada, pero había algo de él ahí”. 

Larraín

Así, algo irreconocible e innegablemente parecido al fotógrafo chileno más famoso y único en formar parte de la prestigiosa agencia Magnum de Henri Cartier Bresson, Sergio Parra se luce con singular naturalidad y hace su debut en la actuación y en la pantalla en Sergio Larraín, el instante eterno, el documental dirigido Moreno que tendrá su estreno en Chile por streaming los próximos viernes 4, sábado 5 y domingo 6 de junio. Luego, la película recorrerá una ruta de festivales internacionales, mientras se define la fecha de su estreno en televisión como una miniserie de cuatro episodios. 

Un Sergio desaparece para hacer aparecer al otro en pantalla: vemos a Parra de espaldas, con una cámara al cuello y sobre un bote en la bahía de Valparaíso; encerrado y trabajando solo en el cuarto oscuro, rodeado de fotografías, y dando largos paseos por los cerros, cuesta arriba, donde Larraín podía pasarse días meditando. Parra desde luego conocía y admiraba la obra de Larraín, pero supo más de él a través de otros: “Siempre se me aparecía. Soy amigo de la Cecilia Puga, que es su sobrina; conocí y supe mucho más de él también por Juan Pablo Langlois, que era mi gran amigo y con quien había vivido en Valparaíso, cuando estudiaba Arquitectura; y también por Paz Errázuriz”, comenta. 

“Conocía toda su fotografía por supuesto, y aparte de los lugares comunes que podría decir, creo que cuando uno es creador y ha publicado algo que ha marcado una línea, siempre está la idea de escapar, de irse, de ser medio Rimbaud. Uno no quiere ver la decadencia ni el final de su obra, y en Larraín, para mí, en lo personal, ocurre eso también. Renunció a todo, incluso al reconocimiento. Me identifico con el Sergio Larraín desertor. Eso fue lo que me atrajo de hacer este documental”.

“Siempre se me aparecía. Soy amigo de la Cecilia Puga, que es su sobrina; conocí y supe mucho más de él también por Juan Pablo Langlois, que era mi gran amigo y con quien había vivido en Valparaíso, cuando estudiaba Arquitectura; y también por Paz Errázuriz”, comenta. 

-¿Habías actuado antes?

-No, nunca. 

-¿Qué te pasó al verte después en la pantalla?

-Vi el documental y los cuatro cortos de la serie, y te juro que a ratos no me reconocí. La genialidad de Moreno no es hacerme actuar, sino hacerme aparecer. Yo evoco a alguien, no lo interpreto. Era un ejercicio entre ficticio y real, y alguien que no conoce a Sergio Larraín podría pensar que se trata de él. Fue muy bonito y emocionante ver hacia dónde fue cuando escapó a la pregunta de por qué no seguía haciendo fotografías. Un poco lo que le pasó a Nicanor Parra: andaba siempre con un cuaderno, pero no escribía nada. O sea, anotaba cosas que escuchaba y que le podían interesar, pero no eran poemas. El hombre imaginario fue su último poema, después yo creo que ya no hubo más poesía. 

Revisando entre sus libros de fotografía en Tulahuén, Parra encontró una carta que Sergio Larraín recibió de parte de Cartier-Bresson. “Le decía: ‘No me mandes más poemas, mándame fotos’, pero Larraín ya no volvía a hacer fotos. No habitaba esa mirada en su interior, esa ingenuidad, esa sorpresa, esa belleza. Las había perdido. Es difícil para el artista volver a la creación del primer gesto, Valparaíso en su caso. Volver a ese gesto era imposible”, dice Parra. 

Larraín

Hay un mundo que para él se acaba. Se le acaba un país y un universo poético también, una mirada. El mundo se transformó y él no podía entrar en esa transformación. Ahí deja la fotografía y se va. En la creación pasa mucho eso. La reconversión es muy difícil en la creación. A veces termina en el alcoholismo, en la huida, en el quiebre de un matrimonio. Hay un punto de fuga, evidentemente, y yo enganché muchísimo con esas ganas de huir. Aparte de las crisis personales, me interesaba la figura del creador al que se le acaba el mundo, el blanco y negro, en el caso de Larraín. Ya no puede ver más en blanco y negro; entra a la escritura, muy mínima, de sus haiku, y sus fotografías son cada vez más instantes, unos satoris. Larraín escribió poesía en un lenguaje muy mínimo, intentando igualar a la fotografía y no puede. Las fotos que hizo a color después son espantosas”. 

El mundo se transformó y él no podía entrar en esa transformación. Ahí deja la fotografía y se va. En la creación pasa mucho eso. La reconversión es muy difícil en la creación. A veces termina en el alcoholismo, en la huida, en el quiebre de un matrimonio”.

-¿Cómo lees la figura del desertor que hay en Larraín y otros artistas?

-Quienes han marcado una línea, una tendencia, a veces terminan arrancando de las preguntas. Uno huye de las respuestas. Juan Dávila, por ejemplo, siempre se molesta cuando le preguntan por sus pinturas de los 80. A muchos los buscan por esas obras que hicieron en otra época y no pescan su trabajo actual, y la inseguridad que te produce eso es muy brutal. A Larraín pudo haberle pasado. No es que él deje de pensar que es un buen fotógrafo, sabe que lo es, pero no quiere dar respuestas ni verse fracasado. Ese punto de fuga es parte de construir también el mito: cuando sabe que no puede ni quiere volver a repetirse, se va. A eso súmale que cuando abandonas el lugar del reconocimiento, por la razón que sea, empiezas a construir un mito alrededor tuyo. 

Sergio Parra ha publicado un par de libros. En las primeras páginas de la reedición de su libro La manoseada (Pequeño Dios, 2015), se lee que el mismo título fue publicado originalmente en 1987, y que le seguirían Poemas de Paco Bazán (1993) y Mandar al diablo al infierno (1998). 

-Dejaste de publicar poesía hace varios años y te preguntan constantemente por qué. ¿Has sentido también esa presión del medio que sintió Larraín?

-Con toda la distancia, sí, también la he sentido. Nosotros publicamos un libro suyo en Metales Pesados (Sergio Larraín. Biografía/estética/fotografía de Gonzalo Leiva, en 2012), y trabajando en eso pensé que estaba haciendo un libro que él no quería, de fotografías póstumas. Él murió al mes siguiente. Cuando me surgió la idea de actuar en el documental me cuestionaba lo mismo. Yo me fui de la poesía, me fui de los poetas, abandoné el mundo de la poesía. Perdí a muchos amigos, me quedé con Paz Errázuriz y la Malú Urriola, pero nunca más volví a sentarme en una mesa con poetas ni a leer poesía en público. Nunca más llegué a publicar, hasta que Pequeños Dios reeditó La manoseada (2015) y no he querido volver a publicar. Cambió el mundo, la sociedad y yo no me iba a subir a administrar la poesía. Administrar lo que has hecho funciona para algunos, pero no para mí. Y bueno, así como Sergio Larraín se fue a Tulahuén, yo me fui a Metales Pesados, a vivir mi propio exilio.

Larraín

Salvado por Siri (y otras ficciones)

Una madrugada, a comienzos de mayo, despertó con un fuerte dolor en el pecho.  

“Era un desgarro muy profundo. Rápidamente traté de traducir qué me estaba ocurriendo, el shock era muy fuerte, y en la tontera no sabía si era ataque de colon o algo más, y agarré el celular, activé el micrófono, me habló una mujer, ¿cómo se llama, Siri?, y empecé a gritar: ¡ATAQUE CARDÍACO! Siri me respondió y enumeró cada uno de los síntomas de un ataque cardíaco, y ahí dije: concha tu madre, estoy teniendo un ataque”, cuenta Parra. 

Llamó inmediatamente a Patricio Alarcón, un amigo taxista, le contó lo que le estaba pasando y quedó en pasarlo a buscar. 

“Cambió el mundo, la sociedad y yo no me iba a subir a administrar la poesía. Administrar lo que has hecho funciona para algunos, pero no para mí. Y bueno, así como Sergio Larraín se fue a Tulahuén, yo me fui a Metales Pesados, a vivir mi propio exilio”.

“Me vestí completamente, con mucho dolor y todo, me puse el abrigo, de ahí me caí al suelo, me arrastré literalmente hasta el ascensor, lo tomé, llegué al hall, me vio el conserje y obviamente quedó asustado. Me ayudó a pararme, me puso en el muro y me hizo presión en el pecho para que el corazón no se detuviera. Llegó el taxi y me fui a la clínica Santa María haciendo ejercicios abdominales. Los médicos me estaban esperando en urgencia, me pusieron en la camilla, oxígeno, y me dijeron que tenía un paro cardíaco. Estaba mojado entero, como si me hubieran metido dentro de una bañera. Fue muy horroroso y cinematográfico, porque estaba solo. Después no más llegó la Paula, mi socia, pero no quise contarle a nadie más. Si no es por el teléfono, no habría sido qué tenía. Siri me salvó la vida”. 

Lo operaron ese mismo día, a las 7 de la mañana. Le dieron 20 días de licencia y debe seguir controlándose, cuenta: “Lo más divertido es que después el doctor Andrés Fantuzzi llega al mediodía del domingo. Me conoce, ha estado en la librería y todo, y me dice que los médicos y enfermeros que me recibieron en la madrugada se preguntaban dónde había estado yo la noche anterior, porque llegué tan bien vestido. Yo andaba con mi camisa blanca, los zapatos y el abrigo de siempre, pero no tenían por qué saber que siempre me visto así. Y creo que fue la única forma de sobrevivir; vestirme y saber que tenía el control de la situación. Yo he superado el alcoholismo, el cáncer incluso, pero en un infarto el dolor te anula”. 

“Los médicos me estaban esperando en urgencia, me pusieron en la camilla, oxígeno, y me dijeron que tenía un paro cardíaco. Estaba mojado entero, como si me hubieran metido dentro de una bañera. Fue muy horroroso y cinematográfico, porque estaba solo”. 

Un mes antes del infarto, del que ya han transcurrido tres semanas, Sergio Parra se operó también de un tumor que tenía desde 2019. Por vanidad, cuenta, se quería arreglar los dientes durante ese año y el médico le pidió un escáner para decidir qué piezas cambiar. En los resultados aparecía un tumor que había estado alojado silenciosamente en su mandíbula. 

“Se había comido gran parte del mentón y había dejado muy poco hueso como para operarme. Habrían tenido que sacarme el mentón y haberme puesto una prótesis de titanio. Habría quedado como casco de moto”, cuenta entre risas. “Mi doctor propuso un tratamiento durante dos años, me pusieron unas protesis a las que tenía que inyectar un líquido tres veces al día y eso afortunadamente generó un hueso. Hace un mes y medio salió la opción de operarme, sacaron el tumor y resultó bien la operación. Me estoy cuidando harto, pero sigo fumando igual, un cigarrito o dos al día. En pandemia las cantidades aumentaron en todo, de la neurosis a las comidas, pero el cigarrillo ya lo tenía controlado”. 

Alejandro Zambra lo retrató en un rincón y con “su característico traje negro y su anillo en forma de delfín en el anular derecho”. En su más reciente novela, Poeta chileno, el escritor chileno describe una escena en que uno de sus personajes, Pru, dice que Sergio Parra tiene “un aire a Bob Dylan, pero un poeta-crítico la escucha y se entromete para decir que se parece más al cantante mexicano Emmanuel en su celular. Pru mira fotos de Emmanuel en su celular y no está de acuerdo y se queda conversando sobre el look de Sergio Parra”. 

-¿Te sientes o tienes consciencia de ser un personaje?

-Cuando leí la novela de Zambra me reí mucho, y me identifiqué también: yo tiendo a confundir las palabras, los nombres, y todo el mundo lo sabe, entonces me reí a carcajadas con el personaje. Fue muy cariñoso, Alejandro. Uno se transforma en un personaje por los afectos que otros tienen hacia ti. Uno empieza a aparecer en cuentos, en novelas y es porque uno habita en el imaginario de alguien, y más allá de cómo te retraten, estás ahí considerado y eso es puro afecto. No sé si me veo como un personaje, pero las veces que me han tomado como uno lo tomo con mucho cariño. Soy el Parrita, el Parra, y siento más cariño que admiración ante algo así. Y lo prefiero, porque si sintieran más admiración que cariño por mí, me daría pudor”. 

Cuando leí la novela de Zambra me reí mucho, y me identifiqué también: yo tiendo a confundir las palabras, los nombres, y todo el mundo lo sabe, entonces me reí a carcajadas con el personaje. Fue muy cariñoso, Alejandro. Uno se transforma en un personaje por los afectos que otros tienen hacia ti.

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