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Columna de Martín Tironi: Ciudades en transición en un mundo en crisis

La crisis sanitaria ha dado pie a otro debate aún más profundo, uno que gira en torno a la necesidad de repensar los modos en que, en las últimas décadas, lo urbano ha sido conceptualizado y planificado.

Las ciudades de todo el mundo se han transformado en escenarios de debates en torno a los mecanismos de diseño más adecuados para detener la propagación del coronavirus. La crisis sanitaria no solamente ha obligado a transformar la noción de hogar, reacomodándola para dar cuenta de las nuevas actividades y usos que acoge (de oficina, aprendizaje, deportiva, recreativa., etcétera), sino que también aceleró las dinámicas de adaptación urbana para responder a las necesidades que impuso la irrupción del virus. Existe consenso en que la crisis ha puesto en evidencia la importancia de fomentar una “ciudad de proximidad” —la ville d’un quart d’heure, como la popularizó la alcaldesa de París— que favorezca viajes más cortos y modos más sustentables de movilidad, mejorando la cohesión y disminuyendo los niveles de contaminación. Diversas metrópolis se han atrevido a experimentar con intervenciones destinadas a aumentar los espacios para peatones y ciclistas, recuperar infraestructuras ocupados por el automóvil y expandir los espacios públicos.

La crisis no solo ha mostrado el alcance de las desigualdades sociales que definen a nuestras sociedades y ciudades; al mismo tiempo, nos ha permitido constatar la necesidad de explorar nuevos enfoques y modalidades de hacer y habitar la ciudad. La crisis sanitaria ha dado pie a otro debate aún más profundo, uno que gira en torno a la necesidad de repensar los modos en que, en las últimas décadas, lo urbano ha sido conceptualizado y planificado.

Me parece que uno de los desafíos más interesantes tiene relación con cómo proyectar ciudades desde su condición experimental, situada y pedagógica y no exclusivamente desde las altas esferas de la planificación.

Pareciera ser que la concepción misma de urbanismo —esto es, aquel saber que traza, regula, anticipa, planifica y programa la ciudad “desde arriba”— está entrando en un punto de inflexión disciplinar, en cuanto a su incapacidad para generar por sí misma adhesión a las prácticas, significados y usos, cambiantes y muchas veces imprevisibles, que las personas y otros agentes despliegan activamente en la ciudad.De la misma manera que el coronavirus ha gatillado un proceso de crítica al tipo de sociedad que hemos construido, surge con fuerza necesidad de revisar las premisas de la planificación moderna, considerando la disrupción de escenarios cada vez más inciertos.

“Me parece que uno de los desafíos más interesantes tiene relación con cómo proyectar ciudades desde su condición experimental, situada y pedagógica y no exclusivamente desde las altas esferas de la planificación”.

Sin ir más lejos, las diferentes intervenciones de urgencia y creativas que hemos visto surgir durante la pandemia (peatonalización de espacios, la transformación de avenidas en “slow streets”, creación de carriles para bicis, transformación del estacionamientos en terrazas temporales, el auge de microcompostaje en balcones o patios, ampliación de aceras para permitir la distancia física, etc.) son ejemplos no solo de cómo podría ser un futuro urbano más sustentable, sino que también son una clara demostración del carácter vital y en constante recomposición, aprendizaje y experimentación del tejido urbano. Las diversas acciones que se han desplegado y testeado para convivir con el virus han puesto de manifiesto una extraordinaria capacidad de flexibilidad y permeabilidad de los equipamientos e infraestructuras urbanas, que se han abierto a nuevos usos y cuestionado, de paso, la tradicional rigidez y homogeneidad de los equipamientos de la ciudad.  Estas acciones reflejan la necesidad ir más allá de los modos establecidos de relacionarnos con el espacio, pero también la necesidad de poner la experimentación como parte constitutiva del derecho a la ciudad.

Si bien muchos expertos concebirán estas acciones temporales y frugales como la expresión de una “acupuntura” urbana, desvinculada de la auténtica “ciencia de la ciudad”; lo cierto es que tales intervenciones están mostrando la necesidad de reimaginar y potenciar las capacidades de nuestras ciudades, y revelan una de las condiciones primordiales de la condición urbana: su carácter experimental. Tal como ha quedado reflejado en este tiempo, lo urbano, lejos de ser algo estático y terminado, se va entretejiendo en la coexistencia de diferentes agentes, infraestructuras y significados en permanente tensión.

“Las diferentes intervenciones de urgencia y creativas que hemos visto surgir durante la pandemia (…) son ejemplos no solo de cómo podría ser un futuro urbano más sustentable, sino que también son una clara demostración del carácter vital y en constante recomposición, aprendizaje y experimentación del tejido urbano”.

Ocurre, sin embargo, que esta condición de experimentalidad que la planificación hiperjerarquizada y racionalista suele no atender, corre el riesgo de volverse un simple hallazgo propio de una situación de crisis, si no somos capaces de desarrollar diseños que permitan acoger, escuchar y potenciar la imprevisibilidad y vitalidad de la vida urbana. La respuesta a las amenazas que instaura el virus representa un momento decisivo para comenzar a practicar un urbanismo “desde abajo”, donde el “derecho a la ciudad” —tomando prestada la expresión de Lefebvre— no sea solamente lo que se otorga desde arriba en términos de servicios a los ciudadanos, sino lo que las personas hacen, rediseñan y resignifican, de manera muchas veces impensadas e inventivas, en el entramado urbano. Esta idea invita reformular la separación entre consumidor y productor de lo urbano, para más bien proyectar la ciudad desde la hibridación; esto es, aquella situación en que conocimientos expertos y legos se retroalimentan, y los problemas e infraestructuras son definidos tanto por los habitantes como por los tomadores de decisión.

No parece sostenible seguir pensando la ciudad y su planificación exclusivamente desde la lógica de los reguladores y inmobiliarias que proyectan el entramado urbano, y urge comenzar a reconocer la multiplicad de “planes” y capas que conviven en un territorio. La crisis, en este sentido, puede dar paso a la posibilidad de profundizar y reimaginar estas formas de coproducción de lo urbano, donde las formas hegemónicas y preexistente de urbanismo sean reensambladas a partir de las prácticas creativas y conocimientos situados que los propios afectados y habitantes tienen a su disposición sobre los asuntos que les afectan, generando formas de colaboración que mejoran la ecología, vitalidad y adaptación de la ciudad. Lo que esta en juego, es cómo repensar el diseño urbano ya no como una operación de exclusiva atribución de técnicos sentados en una oficina gubernamental o inmobiliaria, sino como el resultado de una multiplicidad de experiencias, intervenciones y saberes que generan la ciudad.

“No parece sostenible seguir pensando la ciudad y su planificación exclusivamente desde la lógica de los reguladores y inmobiliarias que proyectan el entramado urbano, y urge comenzar a reconocer la multiplicad de “planes” y capas que conviven en un territorio”.

La actual crisis ha abierto un período de reinvención de nuestras formas de relación con el espacio, obligando a revisar estándares, significados, atributos y usos tradicionalmente adosados a la ciudad. Es necesario proyectar diseños que permitan acompañar y orientar estos procesos emergentes, y abandonar la presunción de una planificación “desde arriba”, que tiende a someter la vitalidad y narrativas múltiples que conforman los espacios. No parece aconsejable arrogarse soluciones definitivas, irreversibles y cerradas frente escenarios inciertos, y más bien el desafío está en comenzar a proyectar infraestructuras abiertas que permita potenciar el carácter vital y experimental de la ciudad, y avanzar hacia diseños que favorezcan las transiciones hacia mundos más equitativos y sustentables.  

Esta es la primera columna sobre ciudades de una trilogía que será publicada semanalmente en The Clinic.

*Martín Tironi es profesor asociado de la Escuela de Diseño de la Pontificia Universidad Católica de Chile e investigador asociado del Centro de Desarrollo Urbano Sustentable (CEDEUS). Es investigador responsable del proyecto Fondecyt sobre diseño de futuros en la era de la inteligencia artificial.

Comentarios
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