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Aracely Burguete Cal y Mayor y los pueblos originarios: “El derecho madre es el de la libre determinación”.

Mientras Chile realiza un proceso constituyente donde es central la discusión sobre los derechos de los pueblos originarios, es pertinente escuchar a la académica mexicana Aracely Burguete Cal y Mayor, del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS). Lleva una carrera trabajando el tema. Dice que esos derechos deben quedar expresados tal cual en la Constitución, “porque luego cuando uno ya los ven en el papel se hacen más pequeñitos, porque uno siembra dinosaurios y al final cosecha hormigas. Entonces hay que tratar de sembrar dinosaurios aún cuando la tierra tiemble”. Estas son sus reflexiones en conversación con The Clinic.

La académica mexicana Aracely Burguete Cal y Mayor tiene experiencia en relación a los temas de Autodeterminación. Ha participado en procesos de discusión en México donde el concepto de Autonomía ha sido crucial. Tuvo cercanías y diferencias con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y un rol destacado en los Acuerdos de San Andrés, en 1996, que esbozaron un cambio de relación entre el Estado y el pueblo maya.

Dialogar con ella es un privilegio. Todo lo relacionado a su trayectoria de vida lo ha teorizado con su quehacer público. “Acuerpa” en su historia ser hija de madre soltera, aunque hace “una reivindicación: somos hijos e hijas abandonadas por los padres, de tal forma que yo viví toda mi vida en una familia de mujeres”. Con los años, se percató de que era recurrente su historia con muchas y muchos de su misma generación: padres que simplemente se esfumaron. Ello se tradujo en el incremento del trabajo sobre su madre, a quien recuerda trabajando extensas horas como profesora normalista.

En la década del 60, la modernidad capitalista en México devino en el autoritarismo del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Fue una reacción a la Revolución Cubana, una manera de evitar su influencia en el continente. La madre de Aracely fue reclutada por el gobierno, como a un número significativo de jóvenes campesinos, para transformarlos en docentes y, de ese modo, extender la alfabetización a las zonas rurales y evitar la inserción de la izquierda en esas áreas. Sin su madre, su crianza fue depositada en su abuela Carmen Cal y Mayor, originaria del pueblo Tzoque, una de las múltiples corrientes que conforman la civilización maya; aunque ésta, en específico, desciende directamente de la civilización Olmeca de Mesoamérica.

Mientras su madre y tías eran “reclutadas para dirigirse de manera temprana al magisterio”, su abuela hablante de Tzoque, en vez de enseñarle el idioma, optó por lo contrario: “Tuve una ruptura de desindianización. Eso significó una ruptura ideológica, porque fue un abandono a sus raíces propias étnicas y una capitación de modo de vida nacional, de tal forma que yo crecí entre los dos, en este cruce entre lo que mi abuela me enseñaba y mi mamá también me enseñaba. Mi abuela lo que era una mujer campesina, indígena; con ella yo me formé en términos de ser una niña a la que mandaba a vender pan y tortilla que ella misma elaboraba”.

En el territorio en que se crió, el istmo Oaxaqueño, “las mujeres tenemos una formación de no dependencia, algunos hablan de matriarcado y tal, pero las mujeres somos persona semi-dependientes, somos creadas de una manera con mucho empoderamiento”. Recuerda los collares de oro, los ahogadores, encadenamiento de monedas de oro que ellas elaboraban como forma de ir dejando testimonio de la propia historia de vida. Cada moneda significa un momento de su historia. “Un día -recuerda- mi abuelita Carmen me puso en la mano una moneda y me dijo: ‘nunca le pidas dinero a un hombre, porque con esa mano te va a pegar’. Ella me estaba diciendo: trabaja, porque así vas a poder tener tu vida independiente. Esa fue, digamos, mi primera lección feminista, ahora teorizada, que me hizo a mí una mujer independiente desde muy joven”.

Esta vivencia la teje con las lecturas de su madre y de sus tías, quienes charlaban en el comedor de lucha de clases, de profesores en huelgas y ferrocarrileros alzados. Rememora: “Las luchas sociales las vivía en mi casa”. Eso transcurrió a pocas cuadras del Zócalo, en la Ciudad de México, cuando estalló el gran movimiento de estudiantes de 1968. “Fue un golpe de movimiento social en mi nariz” dice, subrayando que da inicio al ascenso de los movimientos sociales.

Crédito: gobierno de México.

Activismo y defensa indígena

Tan decisiva en su vida fue la explosión social de 1968, que optó por inscribirse en la carrera de Sociología. Se vinculó a las y los intelectuales de los 60, en específico a uno de los pensadores claves del pensamiento autonomista del continente: Pablo González Casanova, quien contribuyó con innumerables ensayos, libros y conferencias a los debates intelectuales en América Latina. Entre las distintas obras, podemos mencionar: Explotación, colonialismo y lucha por la democracia en América Latina; El Estado en América Latina: teoría y práctica; La democracia en México, una Utopía de América, Imperialismo y Liberación. Su contribución fue reconocida por el mismo Ejército Zapatista de Liberación Nacional, el grupo armado que se levantó en armas a principios de 1994. Hacia 2018 esta organización lo nombró Comandante del Comité Clandestino Revolucionario Indígena Comandancia General.

“Un día -recuerda- mi abuelita Carmen me puso en la mano una moneda y me dijo: ‘nunca le pidas dinero a un hombre, porque con esa mano te va a pegar’. Ella me estaba diciendo: trabaja, porque así vas a poder tener tu vida independiente. Esa fue, digamos, mi primera lección feminista, ahora teorizada, que me hizo a mí una mujer independiente desde muy joven”.

En esas “travesías de la vida”, asumió como profesora en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), impartiendo la cátedra Sociología de las Culturas Indígenas, inserta “en medio de la cultura indígena de las mujeres zapotecas, de las mujeres tzoque”. Así pudo unir su activismo, en esos años, a la defensa de las luchas indígenas en Guatemala. Un conflicto armado, que en relación con los pueblos mayas es considerado como un acto de genocidio, perpetrado sobre su población y en específico sobre las mujeres. Así se consigna en la “Comisión para el Esclarecimiento Histórico de las violaciones a los Derechos Humanos y los hechos de violencia que han causado sufrimiento a la población guatemalteca” (1996) y el documental 500 años de resistencia (2017).

La conmemoración del Quinto Centenario (1992) fue una fecha esperada por los movimientos indígenas en América Latina. Hacia fines de 1993, la movilización del Ejército Zapatista de Liberación Nacional concluyó con una insurrección y toma de distintos municipios del Estado de Chiapas. Burguete Cal y Mayor subraya que EZLN no tenía en ese entonces una agenda indígena sino hasta 1996, cuando se da inicio a los Acuerdos de San Andrés que esperaban descender la conflictividad y encausarla dentro de la institucionalidad mexicana.

Recién ese año dice que el Subcomandante Marcos -líder zapatista- esboza su acercamiento al mundo indígena: “No era simpatizante de las luchas indígenas, nunca lo había sido en lo personal, pero hablando del movimiento lo percibieron los liderazgos que provenían de los movimientos indígenas continentales de Chiapas”. ¿Cuál es la relevancia entonces del zapatismo?, le consulto; y la profesora plantea la articulación de esta organización con la sociedad civil, el respeto que genera sobre el resto de los movimientos y “su integridad moral; es decir, nadie duda de la integridad moral del EZLN”.

La demora en la práctica de los Acuerdos de San Andrés llevaron al EZLN a iniciar una marcha en 2001 para hacer cumplir lo pactado. El zapatismo la llamó “marcha del color de la tierra”. Cruzaron desde el Estado de Chiapas a la capital de México, percatándose de la adhesión indígena. Burguete Cal y Mayor dice que en ese momento el zapatismo se da cuenta de la importancia de los derechos indígenas y toman la decisión de incorporarlos: “Fue el momento más importante de articulación entre el EZLN y el movimiento indígena que condujo en un cambio de gobierno después de la elección a que se reformara el artículo segundo constitucional cuya primera línea dice que México se reconoce como un país Pluriétnico y que los pueblos indígenas tienen el derecho a libre determinación. Y eso no se hubiera logrado sin el levantamiento armado, sin la fuerza del EZLN, sin articulación con el movimiento indígena. El EZLN hizo posible colocar un entramado para que los derechos indígenas encontrarán cause. Ese es su mérito”.

Los avances más sustantivos respecto a la práctica zapatista, fueron en relación al ejercicio de los derechos a las mujeres. Dice la académica: “Nosotras tenemos gravísimos problemas de violencia, pero en los territorios indígenas no hemos tenido noticias de ningún feminicidio”. Dice que hay una práctica moral, hay una ética moral en las autonomías zapatistas, lo cual ha derivado en la ausencia de casos de violencia sobre las mujeres. Por ejemplo, en las comunidades se prohibió la venta de alcohol, “porque estaba relacionado con los derechos de las mujeres. El alcohol traía la violencia”.

Recién ese año dice que el Subcomandante Marcos -líder zapatista- esboza su acercamiento al mundo indígena: “No era simpatizante de las luchas indígenas, nunca lo había sido en lo personal, pero hablando del movimiento lo percibieron los liderazgos que provenían de los movimientos indígenas continentales de Chiapas”.

Crédito: gobierno de México.

Sobre la Autodeterminación

Desde la década de los 80, los pueblos originarios disputaron el escenario internacional para lograr insertar sus derechos colectivos. Importantes fueron dirigentas como Rigoberta Menchú de Guatemala, Myrna Cunningham de Nicaragua, Ana Llao en el caso mapuche y Héctor Díaz Polanco de México. “Allí hubo liderazgos que propiciaban el indigenismo, es decir que los Estados formularan políticas de reconocimiento antes que de derechos, pero otros ya propiciábamos las ideas debatidas en Barbados”, dice Aracely.

Se refiere a la Segunda Reunión de Barbados, que ocurrió en 1977. Ahí se esbozaron las discusiones en relación a los derechos de pueblos originarios y pueblos afrodescendientes. Desde ese momento se impulsó la Autodeterminación. “Esta línea de Barbados fue poco a poco construyendo un concepto de Autonomía, que hablaba de reconocimiento del derecho de libre determinación popular en sus propias instituciones en base a sus propias realidades sin que el propósito fuera el reconocimiento”. ¿Cuáles es la diferencia?, pregunto. “La diferencia es que la segunda plantea la transformación del Estado en base al reconocimiento y esas políticas de reconocimiento devienen en multiculturalismo. En cambio, la primera es el ejercicio de autogobernarse. Sin embargo, en ese momento, la lucha pasaba por las políticas de reconocimiento y transformación del Estado para constituirse como un Estado Plurinacional. Un diseño que permitiría un reconocimiento de las territorialidades autónomas”, responde.

En el caso de México, esa disyuntiva se presentó en los Acuerdos de San Andrés, el intento del gobierno por descender el conflicto dialogando con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional en 1996. “Fueron largas discusiones entre el planteamiento de si era necesario que las autonomías se reconocieran en los territorios de manera demarcadas, de maneras territoriales o bastaba con una cobija, con un paraguas de derechos autonómicos, y que los pueblos fueran construyendo allí, materializando, como dirían los zapatistas, ‘su autonomía a su modo’”, recuerda. Quedó establecida la segunda.

Prosigue Aracely: “No hubo demarcaciones autonómicas al estilo de Nicaragua, sino quedó un paraguas de derechos en el artículo segundo constitucional en donde dice los pueblos indígenas de México, primero el Estado Pluricultural, primera declaración del Estado: somos un Estado en donde estamos construidos por una diversidad de pueblos y por lo tanto nos reconocemos como tales. Segundo, los pueblos indígenas tienen derechos a la libre determinación y a la autonomía. Tercero los pueblos indígenas tienen el derecho a elegir a sus autoridades mediante sus propios sistemas normativos, los pueblos indígenas tienen derecho a impartir justicia en el marco de sus propias normativas de justicia comunitaria”.

Lo discutido en los Acuerdos de San Andrés no logró prosperar debido a las trabas impuestas por sectores conservadores e incluso el mismo gobierno. “Eran unas hormiguitas los resultados de lo que quedó en la Constitución, era muy pequeño en relación con todo lo que en teoría habíamos ganado, lo que habíamos participado en los acuerdos”, explica. No obstante, dice que se fue tejiendo la construcción de un “sujeto autonómico hasta el infinito”. Y da un consejo a los constituyentes de los pueblos originarios en la Convención chilena: “Deben buscar nuestra propia creatividad. Deben basarse en su propio contexto cultural y trabajar por garantizar sus derechos colectivos”. Algo de ello podemos observar en el nombramiento de Elisa Loncon como presidenta de la Convención Constituyente: un acto simbólico de repación y político porque une en ella, parafraseando a Angela Davis, clase, raza y género.

-¿Qué es entonces la Autonomía?

-Es un marco jurídico; es decir, tiene una aspiración de reconocimiento de parte del Estado para que se pueda reconocer. Otra es la de las luchas sociales que se proclaman autonómicas porque rechazan el Estado; puede coincidir con una conceptualización de movimiento social que rechaza al Estado, pero también puede buscar el reconocimiento del Estado. Por eso la polisemia del concepto, cada sujeto le da el significado que quiera dar.

Y lo explica: “El derecho madre es la libre determinación de los pueblos, eso significa el derecho que cada pueblo tiene a Autodeterminarse y ahí viene el segundo concepto que es el concepto de Autodeterminación y luego el tercer concepto que es de Autonomía. Esos tres niveles dan cuenta de, llamémosle, libertad”.

En el caso mapuche, reflexiona: “Ustedes han ido perdiendo la Autonomía desde las reformas de Pinochet, pero previamente a ustedes le aplastaron la Autodeterminación, les negaron el derecho de libre determinarse con lo ocurrido con la colonización de su territorio con la Ocupación de La Araucanía. Esa relación de colonización fue la que aplastó la Autodeterminación de su pueblo y hoy apelan a la categoría jurídica de Autonomía para poder obtener un reconocimiento”.

Para sostenerla -y de ahí que subraya que es un concepto polisémico-, “cada realidad social se va apropiando de esta paquetería conceptual, pero toda esa paquetería conceptual entra en una caja que se llama descolonización. La descolonización o mejor dicho al revés el derecho a libre determinación significa la descolonización, recuperar la Autodeterminación mediante procedimientos autonómicos y ante reglas autonómicas, mediante acuerdos con el Estado, que reconozca la Autonomía de un sujeto”.

Da un consejo a los constituyentes de los pueblos originarios en la Convención chilena: “Deben buscar nuestra propia creatividad. Deben basarse en su propio contexto cultural y trabajar por garantizar sus derechos colectivos”.

Desde abajo

El Ejército Zapatista de Liberación Nacional ha desarrollado una política de Autodeterminación propia; la han llamado Caracoles. Fue una evolución de su experiencia de autogobierno, conocida con el nombre de Juntas de Buen Gobierno, que surgieron de las bases de colaboración del zapatismo previo a la insurrección de 1994. Era un trabajo complementario dice Burguete Cal y Mayor: “Llegaban las acciones de gobierno, todas, desde agua potable a cosas más complejas, de tal forma que se resolvían su vida y eso llevó a las Juntas del Buen Gobierno que transita a lo que se llama hoy Caracoles”.

La Autonomía “desde abajo”, plantea, son los espacios que lograron sobrevivir a la colonización. Lo explica de la siguiente manera, muy en las analogías poéticas del zapatismo: “Antes de la invasión europea existía un queso que fue coloreándose con los colores de la invasión y que, al paso de la vida y de los años, lo que queda hoy es una suerte de queso gruyere. Esos hoyitos son los espacios autodeterminados, por eso hablamos de intersticios autonómicos, de prácticas autonómicas, del modo de ser del pueblo. A eso se llama Autonomía desde abajo, son esas prácticas sociales que están allí, son las formas de cómo la sociedad se relaciona: su propio idioma, sus propias instituciones, sus propias prácticas, sus propias formas de impartir justicia, sus propias formas de cómo distribuyen y usan las tierras, sus propias formas de cómo se organiza la familia y se relacionan con el Estado”.

En el caso mexicano, explica, hoy conviven dos autoridades e instituciones: la del gobierno mexicano y la del zapatismo. Con el tiempo, no existen conflicto entre ambas institucionalidades; dice Aracely: “Se ha dado lugar a que si bien hay dos cuerpos de gobierno, que tiene sus propios adherentes donde el EZLN forma parte ya de ese tejido social, o dicho al revés: las y los gobiernistas trabajan de manera articulada y en paz con los zapatistas y han podido articular un tejido social, sin conflicto”.

Crédito: gobierno de México.

Esto último parece ser uno de los sellos de los movimientos indígenas: “Si han podido coexistir, ha sido por una creatividad, no es algo que estuviera guiado por un guion”. Hace otra recomendación para los constituyentes de los pueblos originarios en Chile: “El derecho de libre determinación es el derecho más importante, porque tiene inserto el concepto de descolonización y luego decanta en el derecho a Autodeterminarse. La Autonomía es un derecho de menor rango. Es muy importante que el concepto de libre determinación quede dicho en la Constitución que van a redactar en Chile. Son dos categorías diferentes y a la hora de cómo se aplican, un pueblo puede decir que solamente quiere autodeterminarse. En cambio, la Autonomía es que deseo que me reconozcas mi territorio y se da una mezcla de conceptos que cada uno tiene su propia particularidad. Todas ellas deben quedar dentro de la Constitución”.

La Autonomía “desde abajo”, plantea, son los espacios que lograron sobrevivir a la colonización. Lo explica de la siguiente manera, muy en las analogías poéticas del zapatismo: “Antes de la invasión europea existía un queso que fue coloreándose con los colores de la invasión y que, al paso de la vida y de los años, lo que queda hoy es una suerte de queso gruyere. Esos hoyitos son los espacios autodeterminados, por eso hablamos de intersticios autonómicos, de prácticas autonómicas, del modo de ser del pueblo.

Lo relevante es que deben quedar expresados los derechos. “Ustedes están buscando derechos -dice en alusión a los mapuche-, y como tales deben de quedar dicho tal cual, porque luego cuando uno ya los ven en el papel se hacen más pequeñitos, porque uno siembra dinosaurios, y al final cosecha hormigas. Entonces hay que tratar de sembrar dinosaurios aún cuando la tierra tiemble”.

*Fernando Pairican es Doctor en Historia, posdoctorante del Centro de Estudios Interculturales e Indígenas (CIIR) y académico de la Universidad de Santiago.

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