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22 de febrero de 2022

José Luis Vásquez Chogue: la voz Selk´nam nunca se ha apagado

La imagen muestra a José Luis Vásquez, Selk´nam

En poco más de tres años la vida de José Luis y la de sus seis hermanos, fue revolucionada completamente. Un secreto familiar hundido bajo una verdad oficial que los había enterrado desde que tienen memoria, emergía indesmentible: en sus venas corre sangre selk´nam. Desde entonces comenzó un profundo trabajo para reconstruir su identidad, formó parte de organizaciones reivindicativas de sus derechos ancestrales y dio un discurso ante la Convención Constituyente que se transformó en un viral de internet. La semilla selk´nam, después de un siglo, sobrevivió al genocidio patagónico.

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Apenas iniciamos la grabación, José Luis Vásquez Chogue (47), saluda en lengua selk´nam. Esa misma de las que los libros de historia sindican como “ona”, de la que cuentan no hay más hablantes y que todos sus integrantes, cuyo territorio era la Tierra del Fuego, fueron extintos. Me dice: “significa hola ¿cómo estás?”, y su voz se entrecorta. Un nudo en la garganta silencia su habla de manera profunda y por largos segundos, hasta que las lágrimas desbordan su mirada.

“Me emociona poder hablar mi lengua”, susurra. “Mi nombre es Xauqe Chokèn y significa Arpón de Fuego. Soy secretario de la corporación indígena Selk´nam de Chile y hermano de la comunidad indígena Covadonga Ona”.

Casado hace 23 años y padre de 4 hijas, José Luis es el menor entre siete hermanos de la única hija de Carmelo Chogue, selk´nam sobreviviente de la misión salesiana que estuvo en la isla Dawson hasta 1911. El origen de su abuelo, que terminó su azarosa vida en Santiago y a pocas cuadras de la Quinta Normal, fue una especie de secreto familiar, pero también una pesada y larga sensación de estar incompletos que nunca dejó de estar presente y que José Luis terminó exorcizando el 12 de agosto del 2021.

Ese día fue cuando miles de chilenos pudieron ver como este ingeniero en Prevención de Riesgos, vestido con un koschel –sombrero selk´nam- hablaba con emoción ante el pleno de la Convención Constituyente, y le contaba al país que su pueblo no estaba muerto. “Es difícil decir quién soy porque el Estado no me reconoce”, dijo entonces.

Crédito: Jorge López Orozco

Después de su intervención sintió que lo dicho iba a formar revuelo y que iba a explota. “Ver hasta dónde ha llegado todo, es lo que emociona y me da orgullo ver que he podido hacer algo por mi pueblo. Por la sangre de mi abuelo… porque esto no lo hago por mí, sino que por la honra de mi pueblo selk´nam y para que nuestros hijos no sigan escuchando que estamos muertos”.

La viralización del discurso hizo que Karla Rubilar, la ministra de Desarrollo Social y Familia, tomara contacto con la agrupación y que pocas semanas después, en el Centro Cultural La Moneda, les diera la noticia de que el Gobierno financiaría los estudios antropológicos para reconstruir parte de su historia.

“Nos dio alegría y emoción de seguir avanzando y de que el gobierno tenga la voluntad de querer y subsanar todo este daño que ha pasado en nuestro pueblo. Creo que es un momento histórico y social muy importante el que hoy estamos viviendo”, cuenta José Luis. Los recursos entregados para hacer la investigación fueron 25 millones de pesos, que fueron licitados y adjudicados a las universidades Silva Henríquez y de Magallanes.

A finales de febrero serán entregados los resultados de una investigación basada en los relatos de los familiares selk´nam e investigación de campo en Punta Arenas y Tierra del Fuego. El objetivo es saber acerca de la continuidad del pueblo selk´nam tanto en Patagonia como en otros lugares de Chile, luego de que fueron casi totalmente exterminados a inicios del siglo XX, tanto por parte de estancieros que asesinaron a muchos y las enfermedades occidentales que diezmaron a los que sobrevivieron y estaban recluidos en misiones salesianas. Desde ese entonces se supo poco y nada.

Para la historia oficial, “la escrita por los vencedores” como la califica José Luis, los selk´nam habían desparecido del planeta.

Carmelo y una memoria fragmentada

En la casa de su madre Orfa, en la comuna de San Miguel, José Luis recuerda acerca de ese sentimiento de estar incompleto que lo acompañó durante casi 44 años. Una especie de altar con figuras mitológicas de esta cultura fueguina acompaña la conversación, mientras en el interior del hogar y junto al comedor hay colgados retratos de toda su familia.  Lugar central tienen unas antiguas fotografías en blanco y negro en las que aparece su abuelo Carmelo.

Iones Koscpay, el nombre selk´nam de Carmelo Chogue, tuvo una vida azarosa. Junto a otros 25 sobrevivientes de su pueblo,  el año 1912 y con solo 11 años de edad, tuvo que cerrar por fuera la misión San Rafael de la isla Dawson. Abandonaban el lugar sin éxito y con un cementerio con más de 800 tumbas de habitantes originarios. La mayor parte de los curas e indígenas “rescatados” se iban hacia Argentina, pero Carmelo se quedó en Chile bajo el cuidado de una familia franco-chilena. Fue separado de su madre Carmen Flaca y de sus hermanos Camilo y Julio, de los que nunca más supo. 

Carmelo Chogue García, pasó a llamarse. Integró el ejército, luego carabineros y terminó trabajando para la Empresa de Transportes de Chile. Con su estampa fornida y una sonrisa que lo caracterizó desde niño, viajó por muchas partes del país, pero nunca volvió a Patagonia.

 “Viví con mi abuelo hasta los 10 años en la comuna de Quinta Normal, en Brasil con Andes. Era una casa esquina muy grande en la que mi abuelo tenía un restaurant. Salíamos a todas partes, nos llevaba a los 7 nietos a todos lados: al cine, a la plaza, le gustaba darnos lo mejor, pero lo que más recuerdo es que nos íbamos a cortar el pelo juntos a la calle San Pablo. Lo acompañaba a cobrar su pensión y él me daba plata para comprar dulces, se quedaba cuidándome cuando jugaba a la pelota fuera de su casa. Pero lo que más recuerdo es que él siempre hablaba de las estrellas. La casa de él, su puerta, daba hacia el sur y mi abuelo se paraba en el portal y nos contaba acerca de las estrellas, siempre mirando hacia el sur”, habla José Luis.

Crédito: Jorge López Orozco

Cuenta que sus hermanos –los nietos mayores de Carmelo- relatan que a veces lo veían triste y en otras ocasiones llorando. “Era cuando se acordaba de su tierra, de su gente, de su pueblo. Yo soy uno de los que más conservan sus rasgos. Como el que más se parece a él”. El dolor vuelve a su rostro de José Luis y sus ojos se hunden en un pasado que solo en los últimos años ha ido oxigenándose y dándole un sentido a su vida.

Recuerda la primera vez que su abuelo lo llevó al museo de Historia Natural. En una de las vitrinas encontró guanacos y maniquís vestidos como selk´nam. Algo en su interior se remeció. “Desde que supe que había una relación familiar con ellos, me nació ir cada vez que tenía un tiempo. Una vez un funcionario del museo me preguntó porque estaba siempre ahí y yo le dije que mi abuelo era un selk´nam. Le conté que era su nieto, que él estaba vivo y que vivía cerca. No me creyó. Me generó un poco de rabia el que no me hubieran creído o que no me hayan tomado en serio. Si esas personas hubieran visitado a mi abuelo tal vez habrían rescatado muchas cosas importantes para nuestro país e historia”.

La pena lo embarga. Su historia está mutilada: “Me hubiera gustado poder saber más de nuestra familia, pero no sabemos dónde están”.

También recuerda con tristeza lo que le pasaba en la escuela. “Los profesores me llamaban y preguntaban de dónde era mi apellido Chogue, si acaso era indígena. Yo les decía que mi abuelo era ona y ellos no me creían. Desde primero básico te empiezan a enseñar que estaban extintos. Yo sentía que me faltaba algo, que tenía un vacío y que no era de aquí… que este lugar no era el mío”, confiesa.

La semilla sigue viva

El giro para José Luis y la familia Vásquez Chogue sucedió solo hace tres años y medio. Gracias a las redes sociales, la polola de su hermano Héctor, encontró una publicación de la comunidad indígena Covadonga-Ona donde convocaban a una actividad en el Centro Cultural de Providencia en la que asistirían descendientes selk´nam.

“Se nos prendieron las luces con esto. Mi hermano Héctor me llamó y fuimos para saber qué pasaba. Llevamos documentación de mi abuelo, muchas fotografías de distintas edades en las que claramente se le identifica como selk´nam. Las ves y no hay ninguna duda”, cuenta.  

Durante la cita se mostraron filmaciones en pantalla grande. Los hermanos miraban esos rostros reflejados en el telón y se comenzaron a reconocer en esas personas grabadas un siglo atrás. Los hermanos quedaron en shock. “Estábamos confirmando que era nuestra sangre… cuando ellos terminaron, levanté la mano y me identifiqué como selk´nam…  ahí quedó la escoba, las 200 personas que estaban en ese momento nos miraban. Yo les mostraba la foto de mi abuelo, nos hicieron pasar adelante, nos abrazamos y, al final, estábamos todos llorando”, rememora acerca de esa primera vez que pudieron decir en público que habían encontrado su origen.

Desde ese momento los acontecimientos se aceleraron e intensificaron. Encontraron en los registros digitalizados de las misiones salesianas, el ingreso de su bisabuela Carmen Flaca y de Carmelo. Además, pudieron identificar en fotografías de la época al pequeño Carmelo sonriente y envuelto en pieles, gracias a un antropólogo francés que los ayudó con un software de reconocimiento facial.  

Crédito: Jorge López Orozco

Los Vásquez Chogue rápidamente se unieron a la comunidad Covadonga-Ona y a la corporación Selk´nam –brazo político y jurídico-, donde José Luis es secretario de la directiva y Héctor, el vice-presidente: “Llegamos a trabajar para proteger a nuestro pueblo ante el Congreso y el Estado”, enfatiza.

Su primer objetivo fue bloquear una iniciativa nacida en el Congreso para crear dos monumentos: “Querían poner una lápida sobre nosotros, los sobrevivientes, para decir que estábamos muertos”. Meses después interpusieron una demanda en la ONU, ante la comisión de DDHH, para lograr que se instale en la cámara de diputados un proyecto para que los incorpore a la Ley Indígena, reconociéndolos como el undécimo pueblo originario de Chile.

A pesar de que no existen según la historia oficial, en el Censo del 2017 cerca de 1500 chilenos se reconocieron como selk´nam: “Nos llamó mucho la atención de que esas personas vivían en ciudades portuarias de Chile, especialmente de Valparaíso, con más de 500. Si vamos a la historiografía de nuestro pueblo, ellos fueron entregados a la marina mercante, entonces dentro de los sobrevivientes algunos pudieron haber formado familias en otras partes de Chile o fuera del país”.

El regreso del hijo del viento

Antes de saberse selk´nam, José Luis nunca había ido a Patagonia. En este último año ha podido ir dos veces. A Tierra del Fuego le dice “territorio” y confiesa que allá pudo entender mejor su esencia, el arraigo con su pueblo y la mística que logró experimentar en el lazo con la naturaleza.

En octubre del 2021 fue su primera vez. Viajaron un total de 18 personas entre descendientes, antropólogos y sicólogos de la Universidad Silva Henríquez. Hicieron actividades comunitarias en Punta Arenas con la Universidad de Magallanes y se juntaron con familiares kawéskar, yaganes y huilliches, los otros pueblos originarios del austro.

“Fue bonito compartir con ellos, nos dieron la fuerza para hacer el cruce en el Estrecho y también estaban muy emocionados por el reencuentro con nuestra tierra. Esa amistad se mantiene y nos estamos comunicando siempre por Facebook o Messenger, estamos más unión y hay confianza”, dice José Luis. 

Crédito: Jorge López Orozco

Su voz se vuelve a emocionar cuando se acuerda de la llegada a Porvenir, Tierra del Fuego, en la barcaza que une a este poblado con Punta Arenas: “Lo primero que hice al bajar fue irme a la orilla de la bahía y agarrar mi tierra. Tomar un puñado de mi tierra y apretarlo fuerte. Fuerte, fuerte. Empecé a sentir la energía, a sentir una fuerza que estaba entrando en mí y después esa tierra la guardé en mi bolsillo hasta que volví a Santiago. Anduve durante siete días con mi tierra en el bolsillo”.

El destino final era el parque Karukinka, que en selk´nam significa ‘Nuestra Tierra’. Fueron recibidos por la ONG Wildlife Conservation Society (WCS), que custodia 300 mil hectáreas de suelos fueguinos.  “Cuando andaba en el territorio me preguntaba ¿por qué los mataron? Tierra del Fuego es una de las islas más grandes en el mundo y alcanzaba para todos”. Las preguntas sin respuesta siguieron cuando tocó la nieve: “¿Cómo resistían con pieles o grasa de foca en la piel este frío? ¿Cómo una mujer podía parir con -25 °C?” se cuestiona asombrado de la destreza de su estirpe.   

La segunda vez que fue a Patagonia fue como invitado de una serie documental para un canal nacional. “Hubo cosas maravillosas que viví. Andaba solo y siento que mis ancestros se quisieron manifestar”. José Luis cuenta que pudo recrear un sonido para llamar a los guanacos frente a todo el equipo de grabación.  Los camélidos, a un costado de la ruta en vez de arrancar, quedaron curiosos mirando a José Luis:  “Se mantuvieron en una fila y ninguno se fue. Yo creo que ellos sintieron que era su hermano”.

Crédito: Jorge López Orozco

Más profundo fue lo que le pasó cuando estaban grabando en el lago Blanco de Tierra del Fuego y cada vez que levantaba las manos hacia el viento, éste se desataba con más fuerza. “Yo le decía en lengua selk´nam ‘somos los hijos del viento’. Había un camarógrafo extranjero que me pidió hacerlo de nuevo. Yo no estaba seguro de que resultara, pero lo hice y funcionó. El camarógrafo no lo podía creer y gritaba: ¡él puede invocar el viento!”.

A José Luis Vásquez Chogue, la naturaleza patagónica lo conmovió. Volvió con trozos de lenga, la misma madera con la que sus antepasados “hacían arcos”, se llevó agua pura en una botella plástica que conserva como tesoro y se trajo medio contrabandeado en la maleta un junco que mantiene milagrosamente en su jardín a pesar del verano. “Y esto cualquiera no lo hace. Yo sé por qué se mantiene con vida… y es porque está conmigo”, dice.

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