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Columna de Crisóstomo Pizarro: La racionalidad capitalista es irreconciliable con la vida justa y buena

La mercantilización de todas las cosas ha sido institucionalizada como un fin en sí mismo, trayendo consigo una concentración de la riqueza y la eventual destrucción del planeta.

La racionalidad en que se funda la sociedad capitalista, esto es, la acumulación de capital para seguir acumulando capital ha presionado al mercado para la producción de mercancías, independientemente de una sobria apreciación de la cantidad y calidad de los bienes de uso y consumo que serían necesarios para la preservación de las condiciones materiales para la existencia de la vida humana, flora y fauna. La mercantilización de todas las cosas ha sido institucionalizada como un fin en sí mismo, trayendo consigo una concentración de la riqueza y la eventual destrucción del planeta. Esto se puede apreciar en los siguientes indicadores de sostenibilidad medioambiental: el aumento de las emisiones globales de CO2 y sus efectos en el calentamiento global y el cambio climático, el avance de la deforestación, la depredación de recursos pesqueros, la extinción de especies y la drástica reducción de las fuentes renovables de recursos hídricos.

Los defensores fundamentalistas del sistema, especialmente en su versión neoliberal, se han encargado de socializar con mucho éxito las expectativas y conductas congruentes con la reproducción del capitalismo, expresadas típicamente en las orientaciones de distintos grupos socioeconómicos hacia el consumo, hasta convencerlos de que su logro consiste en el auténtico fin de la vida y la perfecta medida del “éxito” al cual todos deberíamos aspirar y tendríamos la posibilidad de acceder, dada la igualdad de oportunidades que el sistema ha prometido garantizar universalmente.

La orientación hacia el consumo es una de las dimensiones de lo que puede llamarse el privatismo individual y familiar, y su correlato en el privatismo civil, manifiesto en el escaso interés en participar en la esfera pública y la vida política y sólo esperar pasivamente los outputs del sistema económico y político. Estas formas de privatismo están profundamente arraigadas en la conciencia tecnocrática y en las teorías elitistas del poder. Los defensores del actual sistema también han sabido usar pródigamente sus recursos intelectuales y técnicos articulados en poderosos think tanks, medios de comunicación,  poder económico, financiero y político dirigidos a desacreditar, penalizar y desbaratar las propuestas, movimientos y partidos alternativos. Estos también han fracasado debido a sus divisiones con respecto a las estrategias y tácticas, luchas internas por el poder y privilegios e ilusa pretensión de poder instaurar un nuevo orden en un solo país o zona geográfica, sin cambiar el orden político global. Todo esto es observable en el diagnóstico y las propuestas hasta ayer hegemónicas de lo que ha estado ocurriendo en Chile, especialmente a partir del 18-O.

Sin embargo, la percepción de la desigual distribución de oportunidades para alcanzar el presunto éxito -y para algunos, la “felicidad”-, la desmotivación de algunos grupos para conformarse con las recompensas materiales que el sistema podría otorgarles, la rutinización del trabajo sin sentido para el pleno desarrollo de una moral ilustrada y solidaria de dimensiones cosmopolitas, han empezado también a crear las condiciones actitudinales y conductuales para promover un posible cambio del sistema, cuyas promesas de bienestar material y resultante libertad se revelan cada más vacías.

Los defensores del actual sistema también han sabido usar pródigamente sus recursos intelectuales y técnicos articulados en poderosos think tanks, medios de comunicación,  poder económico, financiero y político dirigidos a desacreditar, penalizar y desbaratar las propuestas, movimientos y partidos alternativos.

Las consideraciones anteriores son ciertamente el resultado del contraste entre la percepción de la cruda realidad del capitalismo histórico con nuestra visión ideal de la sociedad justa y buena, la cual es expresión de una preferencia por un nuevo orden moral identificado con una idea de justicia y de democracia comprometida con el avance de la libertad e igualdad. Esas consideraciones son también el resultado de la constatación de las aberrantes desigualdades analizadas y demostradas por la investigación empírica y los estudios de la macroeconomía y la macrosociología histórica de larga duración, procedentes de la academia, ONGs y Naciones Unidas.

En consecuencia, no estamos condenados a aceptar el actual “orden-desorden”. Queremos, podemos y debemos imaginar otra manera de vivir y pensar más acorde con nuestras más apreciadas intuiciones acerca de lo que podríamos convenir en denominar como una sociedad justa y buena y, en consecuencia, no sometida a la racionalidad capitalista, menos desigual y más democrática. Para unos pocos, el sistema capitalista es el mejor de todos, un juicio que difícilmente podría ser compartido por los grupos menos aventajados.

Queremos, podemos y debemos imaginar otra manera de vivir y pensar más acorde con nuestras más apreciadas intuiciones acerca de lo que podríamos convenir en denominar como una sociedad justa y buena y, en consecuencia, no sometida a la racionalidad capitalista.

* Crisóstomo Pizarro Contador es abogado, MA en Sociología, Universidad de Columbia y PhD en Ciencia Política, Universidad de Glasgow. Es autor del libro “¿Existen alternativas a la racionalidad capitalista?” (Ediciones Universitarias de Valparaíso, 2020).

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