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Columna de María José Navia: Sin pestañear

Probablemente leer sea algo parecido a eso: entregar nuestro tiempo a las palabras de otro, de manera generosa. Sin embargo, la literatura también ha ido incorporando esas interrupciones que forman parte de nuestra vida diaria y conectada, a veces con gran belleza.

Edgar Allan Poe escribió alguna vez que, lo que caracterizaba a los cuentos, era que podían leerse “de una sentada”. Si bien la idea detrás de esto era que se trataba de textos cortos que no requerían mucho tiempo de lectura, siempre he pensado en ese concepto de “en una sentada” como un momento sin interrupciones, algo que cada vez existe menos. Cada vez es más difícil prestarle nuestra atención exclusiva a algo. La vida conectada y, sobre todo, la vida conectada en pandemia ha hecho que estemos muy pendientes de llamadas y notificaciones. Es más, probablemente, mientras usted lee éste u otros artículos, mira a cada tanto el celular, cambia de canción, algo le avisa que ha recibido un correo o un mensaje de WhatsApp.

Y tal vez lo contesta.

Y luego sigue leyendo.

O quizás no.

Cuando Virginia Woolf hablaba sobre la necesidad de un cuarto propio para aquellas mujeres que quisieran dedicarse a la escritura, no estaba pensando solamente en la importancia de un espacio (es decir, tener un lugar propio, en el cual sentarse a escribir) sino que en la urgencia de defender el tiempo. Por eso, también, la segunda parte de su mandato, que es tener libertad económica: otra forma de protegerse, de poner barreras a las interrupciones. Porque las interrupciones son dañinas, violentas. O así lo veía Woolf quien no solo lo escribió en su célebre ensayo, sino que lo incluyó en la mayoría de sus ficciones.

Busquen cualquier escena en la que una mujer es interrumpida en su obra, miren qué pasa. En Fin de viaje, por poner un ejemplo, la protagonista – una muchacha tímida e inexperta que viaja al Amazonas junto a un grupo de aristócratas para aprender de la vida, entre ellos, Clarissa y Richard Dalloway en una aparición muy problemática – se encierra en su habitación cada vez que puede para tocar el piano (que es lo que la hace verdaderamente feliz). Cuando alguien entra allí y la interrumpe, ella siente cómo la música que está tocando, y que va conformando toda una arquitectura, cae al suelo y se hace pedazos.

Siempre he pensado en ese concepto de “en una sentada” como un momento sin interrupciones, algo que cada vez existe menos.

O, en La señora Dalloway, novela tan pertinente de leer hoy en que nos vamos asomando a la vida luego de un periodo bastante difícil y oscuro, una mujer decide dar una fiesta, una ofrenda o regalo para la comunidad adolorida luego de la Primera Guerra Mundial. Ella sale temprano a comprar las flores ella misma (como indica la famosísima primera línea de la novela) y luego de pasear por un Londres que vuelve a la vida, si bien cargado de fantasmas, regresa a su casa a encargarse de los preparativos. Allí, la interrumpe la llegada sin aviso de un amor de su pasado: Peter Walsh. La manera en que Woolf describe la escena es genial: mientras se dirigen el uno al otro con gran cortesía, Peter juega con un cuchillo de bolsillo que se dedica a abrir y cerrar mientras hablan. Clarissa, por su parte, está cosiendo (en la obra de Woolf las mujeres suelen dedicarse a reparar, enmendar y conectar, y las vemos así remendando calcetines, como en Al faro, o cosiendo o bordando, mientras los personajes masculinos son asociados con objetos cortantes, cuchillos y tijeras). 

Toda interrupción es, o puede ser, violenta. Puede, intuye Woolf, desarmar un mundo. Y entonces Clarissa también se defiende y saca – sí, ella misma — una tijera. La conversación sigue cortés, ambos piensan y reflexionan sobre un pasado doloroso, mientras juguetean con objetos afilados.

“La atención es la forma más pura de la generosidad”, dijo también famosamente la gran escritora Simone Weil. Y probablemente leer sea algo parecido a eso: entregar nuestro tiempo a las palabras de otro, de manera generosa. Sin embargo, la literatura también ha ido incorporando esas interrupciones que forman parte de nuestra vida diaria y conectada, a veces con gran belleza.

Es lo que hace, por ejemplo, la gran escritora mexicana Margo Glantz en su libro Y por mirarlo todo, nada veía (versos de otra grande: Sor Juana Inés de la Cruz). En él, Glantz representa la abundancia de información que nos llega por todas partes. Dijo ella en alguna entrevista que esto lo había inspirado Twitter (ella es muy activa –y brillante– en esta red social): cómo al zambullirnos allí nos encontramos con noticias terribles (incendios, asesinatos, desapariciones), seguidas de una encuesta frívola o un meme chistoso. Al interactuar con el mundo, interactuamos con esa mezcla aparentemente sin jerarquías.

Toda interrupción es, o puede ser, violenta.

Joshua Cohen (de quien les recomiendo muchísmo su libro Cuatro mensajes nuevos) escribió también sobre nuestras distracciones en Attention: Dispatches from a Land of Distraction. Yo pienso a veces, ¿cómo lee este lector ditraído? ¿cuánto se gana –¿se gana algo?– y cuánto se pierde?

La escritora británica Zadie Smith, por ejemplo, veía algo bueno en esta distracción tecnológica. En una entrevista comentó que ella, cuando escribía, pensaba siempre que su lector era un cyborg. Es decir, alguien continuamente conectado a una máquina, al computador o teléfono. Así ella sabía que podía incluir en sus obras cualquier referencia porque luego el lector podría –y, seguramente, lo haría– ir a Google a buscarla.

Por su parte, Remedios Zafra (de quien les recomiendo todo, aunque muy especialmente El entusiasmo, sobre cultura y precariedad, entre otras cosas) intuye posibilidades de comunidad en la conexión. Así, escribe en Un cuarto propio conectado: (Ciber)espacio y (auto)gestión del yo: “…si la circulación por determinados espacios físicos permite crear lazos de pertenencia, cabría pensar si la circulación por espacios virtuales también nos permite crear estos vínculos y hacerlos lugares propios (un perfil de una red social sería tal vez el caso más evidente). Y también: “En el cuarto propio conectado la ventana por excelencia es la pantalla. Allí, cuando nos conectamos a Internet, el cuarto propio oscila entre la doble dimensión de espacio y de lugar.”

La escritora británica Zadie Smith, por ejemplo, veía algo bueno en esta distracción tecnológica. En una entrevista comentó que ella, cuando escribía, pensaba siempre que su lector era un cyborg. Es decir, alguien continuamente conectado a una máquina, al computador o teléfono.

He leído también otros experimentos geniales e inquietantes en el último tiempo y que nos muestran que la distracción hace que dejemos pasar cosas. Tal vez muchas cosas. Es lo que pone en juego Rebecca Watson con su primera novela Little Scratch en la que asistimos a la vida muy corriente de una mujer joven. Lo interesante es que nos muestra las constantes interrupciones a las que está sometida: cómo, por ejemplo, recibe llamadas y mensajes mientras camina, mientras trabaja. Todo eso lo vemos sobre la página (querido lector cyborg: distrágase y busque en internet una imagen de esto), que la autora utiliza de forma muy astuta: el texto de la vida interrumpido e invadido por los costados por mensajes y notificaciones. Así leemos (y, parece decirnos la autora, así vivimos). Lo brutal es que luego de un primer momento de desorientación (de alguna manera debemos aprender cómo navegar esas páginas, ¿qué se lee primero? ¿qué después?), nos acostumbramos a estas interrupciones. Y entonces la novela destapa el horror. Porque entre tanta información y cosas que reclaman nuestra atención aparece la violencia. Que estaba ahí, que siempre estuvo ahí.

Las conexiones que marcan la desconexión (familiar, laboral) se ven también en tres libros relativamente recientes: Likes de Sarah Shun-Lien Bynum, un libro de cuentos en los que lo tecnológico y lo fantástico se tocan y en los cuales la distancia con una hija puede acortarse (quizás) a través de las redes sociales (es lo que sucede en el cuento que le da el nombre a la colección), la novela Several People Are Typing, que está escrita a la manera de un chatde los trabajadores de una compañía (como si tuviésemos acceso al grupo de WhatsApp de los personajes de la serie The Office) y la brillante No One is Talking About This, de Patricia Lockwood, probablemente la mejor novela que he leído sobre internet en mucho tiempo.

He leído también otros experimentos geniales e inquietantes en el último tiempo y que nos muestran que la distracción hace que dejemos pasar cosas. Tal vez muchas cosas.

El juego con la interrupción puede ser también un deambular creativo y, sí, un libro fascinante. Es lo que pasa con It Chooses You (traducido al español como Te elige) de la escritora (y directora y actriz) Miranda July. En él, July, quien se encuentra en el proceso de escribir el guión de su segunda película, se distrae o procrastina de forma casi profesional. Comienza a leer una revista, Pennysaver, en la que distintas personas venden sus cosas. Así, en vez de preocuparse de su película, July comienza a visitar a estos vendedores, a entrevistarlos, y registrar con imágenes sus objetos. Cada encuentro revela a una persona y su mundo. Lo que pasa mientras no pasa nada (lo productivo que sería hacer la película, dedicarse a su obra) trae a veces su propia forma de belleza.

Y uno mira, sí, quizás, sin pestañear.

*María José Navia es escritora y académica en la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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