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Columna de Constanza Michelson: El 1×5 es una droga dura (la vida se me hace lenta)

Estos días caí en algo que rápidamente supe que se me podía volver un vicio: la reproducción a velocidad rápida de los audios de WhatsApp. Un amigo dijo: el 1x5 es una droga dura, ahora la vida se me hace más lenta. Tiene sentido. Como un experimento perverso, escucho en versión “semi ardilla” mensajes laborales, cosas fomes, pero también a la gente que quiero.

Era tarde, estaba cansada y me tocaba dar una clase a la que fui invitada. Lo peor que podía pasarme era que las cámaras estuvieran apagadas y que nadie participara; un monólogo a esa hora podía significarme una somnolencia sin retorno. Tenía un par de argumentos pensados hace algún tiempo, pero quizá fue sobre todo para obligar a quienes participaban a estar presentes (realmente necesitaba presencia humana), que entonces se me ocurrió pedir que no se grabara la clase. Se generó una pequeña polémica. La verdad, se transformó en el tema del encuentro. Y que sin buscarlo, tenía que ver, pero de un modo mucho más interesante, con lo que tenía preparado (seguramente dormitivo para el horario). Mi tema era: lo inconsciente y la política. Y lo que irrumpió fue algo inconsciente, una conversación que parece teníamos pendiente, y que nos despertó esa tarde. Creo que lo mismo ocurrió cuando lo publiqué en mis redes sociales. Nadie sabe lo que tener sueño puede hacer por nosotros.

Seguramente si trabajara en una universidad no podría haber tomado esa decisión. Entiendo que en varias universidades los docentes están obligados a grabar y subir las clases a algún lugar, así se puede disponer de ellas cuando se quiera. Un amigo profesor me contaba que desde hace algunos años estaba angustiado con la idea de que los académicos se vieran obligados convertirse en Youtubers. Luego vino la pandemia y se hizo inevitable, decía que al principio dieron la pelea para que las clases no fueran grabadas, pero por reglamento se estableció lo contrario, además de que no se exigiera a los estudiantes prender la cámara. Tiene sentido, no se puede exigir por asuntos técnicos de capacidad de Internet, y, por otra parte, para resguardar la intimidad de los estudiantes. Lo cierto es que la cámara es una intrusión a ese pedacito de inconsciente llamado casa. De todas maneras, ese beneficio no pueden tomarlo los profesores, o quienes dirigen una reunión. Alguien tiene que prender la cámara y poner el cuerpo en esto.

Pero más allá de esas razones, la cámara apagada pasó, en el nuevo pacto de las cosas zoom, a ser una forma aceptable de estar: estar sin estar. En la discusión en redes sociales, algunas personas argumentaron que los estudiantes están agobiados, que hay profesores -seguramente igual de agobiados- que tampoco hacen clases estimulantes. Estudiantes aburridos de las clases, profesores aburridos de los estudiantes, en ese escenario hay quienes han optado por grabar a modo de soliloquio, o bien como manual informativo, que luego se entrega a los alumnos con un material más. Quizá, como muchos afirman, la universidad está crisis hace un buen rato; la transmisión del saber como algo que tiene relación con eros, es decir al deseo de saber, se hace difícil dada la mercantilización de la educación.  Pero lo cierto es que existen los refractarios a las prácticas de su tiempo: docentes y estudiantes que sí hacen de la clase algo inspirador.

Entiendo que en varias universidades los docentes están obligados a grabar y subir las clases a algún lugar, así se puede disponer de ellas cuando se quiera. Un amigo profesor me contaba que desde hace algunos años estaba angustiado con la idea de que los académicos se vieran obligados convertirse en Youtubers. Luego vino la pandemia y se hizo inevitable, decía que al principio dieron la pelea para que las clases no fueran grabadas, pero por reglamento se estableció lo contrario, además de que no se exigiera a los estudiantes prender la cámara.

No digo que no se pueda estar presente aún con la cámara apagada, pero la posibilidad que se va instalando, de estar sin el esfuerzo que requiere la presencia, sentarse, mirar de frente, escuchar o hacer como que escuchas (que igual es un gesto de respeto), atenta contra el entusiasmo, la cortesía y el amor a las cosas y situaciones que habitamos. Freud decía que quien no ama, enferma; básicamente porque es el amor, lo que nos hace renunciar a cuotas de egoísmo: la presencia del otro nos obliga a ser menos estúpidos.

Y también ocurre que las cosas a las que prestamos atención (me gusta que la expresión sea algo que se presta, algo que se da), son capaces de volverse un asunto que nos concierne, algo a lo cual, luego, le debemos una responsabilidad. Lo que se hace sin atención se nos hace indiferente, y por supuesto, por economía psíquica, más vale que haya varios asuntos que se automaticen; quizá las reuniones informativas, o tantos asuntos, que, en primer lugar, nunca requirieron presencia. Pero la cosa se complica cuando es aquello que elegimos, a lo que damos el tratamiento de una cosa cualquiera; sin atención se pierde algo del sentimiento de vida. Una amiga académica dice que a veces hay más cámaras apagadas que prendidas en la clase, y no sabe a quien hablarle, no sabe cómo gesticular, no sabe si está haciendo el ridículo; es una situación angustiante, me cuenta.

El medio es el mensaje (y el masaje). Cada nuevo juguete humano acomoda formas de existencia. Por supuesto que es posible escuchar una clase grabada mientras nos lavamos los dientes, y tener una experiencia o una inspiración, pero a la vez es cierto, que esta medida puede estandarizarlas. La grabación trae el fantasma, muy real, de la funa, por lo tanto, se habla como si se hablara a un tribunal virtual; además de que se arriesga que un encuentro pierda la cualidad de situación única e irrepetible: lo que pasó en la clase, quedó en la clase.

La vida zoom acentúa, creo, nuestro ser cliente, o como escribió Calasso, “turista”: voraces, desatentos (en sus dos sentidos: sin atención y sin cortesía). Hay profesores que temen hacer clases, porque el cliente siempre tiene la razón. La razón del cliente es la razón indignada; la indignación se ha vuelto una forma de tener la razón: me indigno, entonces ubico lo malo y lo bueno, los malos y los buenos. El cliente, el indignado es un ser tautológico: tiene la razón porque tiene la razón. Y onomatopéyico: no dice, grita, es su propio eco.

Una amiga académica dice que a veces hay más cámaras apagadas que prendidas en la clase, y no sabe a quien hablarle, no sabe cómo gesticular, no sabe si está haciendo el ridículo; es una situación angustiante, me cuenta.

Hay otras tentaciones que también ofrecen ahorrase prestar atención, o al menos, se puede prestar menos: racionalidad de economía política. Estos días caí en algo que rápidamente supe que se me podía volver un vicio: la reproducción a velocidad rápida de los audios de WhatsApp. Un amigo dijo: “el 1×5 es una droga dura, ahora la vida se me hace más lenta”. Tiene sentido. Confieso que logró embaucarme más que la cámara apagada. Aún no lo quito, y como un experimento perverso, escucho en versión “semi ardilla” mensajes laborales, cosa fomes, pero también a la gente que quiero. Escuché a mi mamá en rápido, sentí culpa de tragedia griega, como la peor de las traiciones. Pensé: ahora puedo estar sin estar, puedo condensar a las personas, reducir su espacio de existencia en las ondas acústicas. Pensé: está indignidad posiblemente se vuelva costumbre. Es siempre más fácil la consigna, la teoría crítica, pero es inmensamente más difícil estar presente, poner el cuerpo, o atreverse a decir no, y asumir los costos de no estar ahí donde no estás disponible a estar.

Avital Ronell en Crack Wars, dice que Madame Bovary es la profecía de la sociedad adicta. No sólo porque considera que el héroe de la novela es el boticario que vende el veneno a la protagonista, sino también porque la señora B, antes que asumir sus deudas y la vergüenza por éstas, prefiere la muerte. Se envenena como una “usuaria”, escribe Ronell. La droga no es una sustancia dice, sino una lógica. Una forma de estar sin estar, es el ahorro del momento ético, es decir, de poner el cuerpo, y decir qué diablos vas a hacer con tu vida, con tu lío, con tu puta clase.

Leí en alguna parte que en Roma la figura del adicto era la de quien, por no pagar su deuda, quedaba esclavo de los acreedores. Figura que le queda bien al cliente: cuando no pagamos la deuda simbólica, la de pertenecer a un lenguaje compartido, a la responsabilidad sobre un mundo común, caemos esclavos de nuestro grito, de los impulsos que queman por dentro. O bien, quedamos a merced del sueño como fatiga existencial.

Escuché a mi mamá en rápido, sentí culpa de tragedia griega, como la peor de las traiciones. Pensé: ahora puedo estar sin estar, puedo condensar a las personas, reducir su espacio de existencia en las ondas acústicas. Pensé: está indignidad posiblemente se vuelva costumbre.

Es ingenuo hacer una diatriba contra la tecnología. Pero ahorrarse la pregunta respecto de qué hacer con ella, también. ¿Somos capaces de asumir una responsabilidad proporcional a nuestro poder técnico? Francamente creo que no, lo que no significa que haya que dejar de resistirse y hacer algo. Como escribe Mercedes Bunz en su libro “Cómo no dejarnos gobernar por nuestras tecnologías digitales (Ed. Laurel en colaboración con Fundación Futuro y Goethe Institute): nuestra tarea es implicarnos críticamente en la nueva forma de subyugación digital.

*Constanza Michelson es psicoanalista y escritora. Su último libro es “Hasta que valga la pena vivir”.

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