La escritora Nona Fernández mira a Chile: “La Convención es como una célula que metaboliza lo mejor y lo peor de nuestra sociedad”

Finalista del National Book Awards, la actriz y guionista chilena conversa con The Clinic sobre la literatura, la dramaturgia, el feminismo y la actualidad política. “Chile aún no es paritario, no es plurinacional, no da presencia justa a los pueblos originarios, no da espacio a las minorías, no establece los diálogos que se están dando allá dentro (de la Convención). Pero el hecho de que por lo menos esté ocurriendo ahí es una perspectiva de futuro”, sostiene.

“Los reconocimientos siempre dan alegría”, dice la escritora chilena Nona Fernández, cuyo trabajo ha estado marcado por ahondar en cómo el horror coexistió con la vida durante la dictadura militar.

Ayer, 5 de octubre, la también actriz y guionista se enteró de que su libro “La dimensión desconocida” (The twilight zone), que se queda en medio camino entre el periodismo, la literatura, la memoria personal es uno de los finalistas del National Book Awards 2021 en la categoría “Literatura traducida”. La acompañan el escritor chileno Benjamín Labatut, la franco-coreana Elisa Shua Dusapin, el chino Ge Fei y la siria Samar Yazbek. Los ganadores serán anunciados el 17 de noviembre.

Contenta por la nominación de la obra -que ya obtuvo en 2017 el Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz-, Nona Fernández puntualiza que “no se escribe para o por” los reconocimientos: “es un camino azaroso el que toman los libros en su propia vida, uno no tiene mucho que ver con esos caminos. Pero si en ellos llegan reconocimientos, supongo que evidencian que el trabajo hace sentido a alguien, que está cumpliendo su objetivo de tomar un espacio como ventana expresiva”.

Sello: Literatura Random House
Número de Páginas: 238
Precio: $14.000

Sí que su trabajo hace sentido a las personas. A sus 50 años, Nona Fernández es cada día más internacional: este viernes viajará a Francia a estrenar la versión teatral de su obra célebre, “Space Invaders”, en el Festival Sens Interdits (las funciones en Chile serán en enero). Y sus libros se están publicando en varios países de la región y de Europa.

Pese a ello, la escritora tiene la mirada puesta en Chile: está a la espera de la segunda temporada de “Paren la Música”, una obra de Alejandro Sieveking cuya dramaturgia, dice, le fue “soplada al oído desde el más allá”; y celebra la reimpresión este año de “Avenida 10 de julio” (Editorial Alquimia), un libro particularmente crítico con la transición democrática chilena. “Reeditar el libro hoy me ha permitido evidenciar que las movilizaciones sociales son la única herramienta para empujar los cambios que necesitamos”, comenta Nona Fernández en esta entrevista con The Clinic, en la que comenta sobre el feminismo, la literatura y la actualidad política nacional.

-¿Cómo ha sido para usted ser escritora en Chile? ¿Cómo ve el mundo de la literatura en Chile y, en particular, el mundo de las mujeres escritoras, considerando que tan pocas han ganado el Premio Nacional de Literatura, por ejemplo?

-La escritura sigue siendo una zona incómoda. Aún escribimos reclamando visibilidad, exigiendo que no se nos catalogue, que no se nos rotule, que no se nos deje fuera de los grandes temas, de las grandes discusiones, de los grandes anaqueles, que no se nos tome como parte de una parcela de la literatura. Aún debemos pelear porque que se nos pague lo mismo que a nuestros colegas escritores en una charla, en una antología, en una publicación. Aún seguimos cazando fantasmas, buscando a nuestras antecesoras, desempolvando sus libros, sus nombres, sus escritos, para darles un espacio en la historia. Aún se nos castiga por las ausencias que cometemos en el territorio doméstico y familiar cuando escribimos. Aún seguimos ejerciendo la letra empeñadas en ampliar el espacio literario y volverlo realmente democrático, un territorio sin género donde las autorías encuentren su lugar a partir de la calidad de sus propuestas.

-¿A quiénes está leyendo o considera que hay que leer en esta época?

-Si hay que recomendar alguna lectura, voy a nombrar a Cristina Rivera Garza, recientemente galardonada en Chile con el Premio José Donoso. Una autora fundamental a la hora de pensar nuestras escrituras en estos tiempos tan convulsionados, donde la letra no queda fuera de los grandes cuestionamientos y transformaciones. Hay dos libros que han llegado hace muy poco y que recomiendo con entusiasmo: La autobiografía del algodón y El invencible verano de Liliana, sus dos últimas novelas. Dos joyas. Pueden complementar estas lecturas con Los Muertos Indóciles, una serie de ensayos de Cristina publicados aquí en Chile por Libros de la Mujer Rota. O con la compilación poética que hizo Ediciones del Cardo: La Fractura exacta.

-¿Y qué pasa con el teatro? Me parece que la dramaturgia es una parte de la literatura que cuenta con poco reconocimiento...

-En Chile la dramaturgia prácticamente no es considerada un género literario. Se publica poco, se enseña poco, se lee poco. Se le piensa y valora únicamente desde el espacio del trabajo teatral y es un gran error porque venimos de una tradición dramática muy poderosa. Antonio Acevedo Hernández, Germán Luco Cruchaga, Isidora Aguirre, María Asunción Requena, Jorge Díaz, Egon Wolf, Juan Radrigán, Alejandro Sieveking, por mencionar algunos pocos próceres. Y si observamos la dramaturgia nacional contemporánea, yo diría que parte de las mejores y más expresivas letras de la literatura actual están ahí, solo que no son consideradas por el mundo y la crítica literaria. Carla Zúñiga y Pablo Manzi, por ejemplo, son dos nombres fundamentales que ningún recuento literario debiera dejar afuera. Autorías que están pensando constantemente el escenario de Chile desde una mirada amplia, lejos del universo selfie tan ensimismado y tan recurrente en gran parte de la literatura nacional.

La escritura sigue siendo una zona incómoda.

-¿Cómo ha sido para usted volver a la dramaturgia con “Paren la Música”?

Asumir la escritura de ese texto fue un regalo. En el último tiempo Alejandro estuvo bien obsesivo con que esta, la tercera obra de su trilogía pudiese escribirse y montarse, pese a su estado de salud. En el hospital fantaseamos con la idea de que, al salir, cuando estuviese más tranquilo en su casa, me iba a dictar escenas, ideas, textos y yo los traspasaría a un Word para facilitarle el trabajo, porque él no estaba pudiendo escribir. Le faltaba energía para eso. Desgraciadamente no pudimos concretar esas sesiones. Poco tiempo después de que lo despidiéramos, la Paulina Moyano, productora histórica de Alejandro y la Bélgica, su hija teatral, junto al Teatro Nacional, me propusieron asumir la escritura de la obra. Pese a que no sé escribir teatro por encargo, ni me gusta, este era un mandato al que no me podía negar. Trabajamos con el equipo entero, indagando en las pocas pistas que Alejandro nos dejó. Hicimos un poco de médiums, convocamos al fantasma para que nos ayudara y por supuesto lo hizo. Fue un gran proceso colectivo. Y lo que me guardo, además del cariño y la alegría de lo que hicimos, es la evidencia de entendernos como la hebra de un gran tejido que se viene tejiendo hace mucho tiempo por nuestros maestros y maestras. Continuamos el trabajo. Somos una posta. No hay mucha originalidad en lo que hacemos, contenemos sus autorías y las pasamos por nosotras, y las devolvemos al mundo para que otras y otros hagan lo mismo. La escritura es entonces, me parece, una gran obra colectiva.

-En sus novelas, como Chilean electric, Space Invaders o La dimensión desconocida, usted se hace preguntas sobre las huellas de la dictadura en la sociedad chilena y en usted misma. ¿Qué reflexiones saca de este período mirándolo con los ojos del 2021?

-He escrito obsesivamente sobre ese periodo histórico como una manera de intentar entender. Una especie de investigación en la que he tratado de darme respuestas que no he terminado de encontrar. Durante años, en esta democracia extraña que hemos habitado, creí que no teníamos salida, que la jaula del laboratorio estaba completamente sellada y que, como ratitas, no nos quedaba más que girar en banda encerradas hasta el fin de los tiempos. La dictadura nos había atrapado en una Constitución y en un modelo imposibles de desbaratar. Lo único que nos quedaba era el reclamo, y en mi caso, la escritura. Pero la revuelta social cambió el paradigma. Una grieta se trazó en los barrotes de la jaula y ahí estamos ahora, en medio de este proceso constituyente, intentando dejar atrás, por fin, la dictadura. Siento que este gran paréntesis en el que hemos estado desde el 73 hasta ahora comienza a desarmarse y que el tiempo cíclico en el que hemos vivido encerradas, ese tiempo que se pisa la cola, por fin tiene la posibilidad de comenzar a fluir, a pasar, a sanar, a caminar hacia un nuevo escenario. Esa posibilidad, hay que defenderla.

En Chile la dramaturgia prácticamente no es considerada un género literario. Se publica poco, se enseña poco, se lee poco. Se le piensa y valora únicamente desde el espacio del trabajo teatral y es un gran error porque venimos de una tradición dramática muy poderosa.

-Varias de las críticas sobre su obra han planteado que “la luz del pasado ilumina el presente”. ¿Lo ve así usted?

-Wenu Mapu le dice el pueblo mapuche al firmamento. La tierra de arriba, el lugar donde viven los espíritus de nuestros antepasados. Todos aquellos que alguna vez pisaron el mundo y que ahora, desde allá arriba, nos protegen. Para el pueblo mapuche los muertos son los poseedores de la sabiduría, los ubican arriba porque ahí la perspectiva es amplia y se ve mucho mejor. El pasado está por encima, protegiendo y entregando luz en un ejercicio activo. Me gusta esta imagen estelar para explicar la presencia constante que tiene el pasado en nuestras vidas. Somos contenedores de pasado, somos lo que hemos hecho, las experiencias que nos han cruzado y las que nos han heredado. El presente es muy breve y el futuro no existe. Sólo podemos observar el pasado y con ese material intentar pensarnos y proyectar un mañana. Los pastores en los campos, en las zonas donde la contaminación aún no ha llegado por completo, conducen sus rebaños dejándose guiar por las estrellas. Marcan sus rutas mirando luces lejanas que no son más que destellos de cuerpos astrales que ocurrieron hace millones de años. Según la distancia de cada estrella, podemos hablar incluso de miles de millones de años atrás. Reflejos de astros que pueden haber muerto o desaparecido. La noticia de eso no nos llega aún y lo que vemos es el brillo de una vida que quizá se extinguió sin que lo sepamos. El brillo de ese pasado es parte de nuestro presente. Está ahí, sobre nuestras cabezas. Y, así como lo piensa el pueblo mapuche, ilumina como un faro nuestro futuro.

-Este año también se reimprimió “Avenida 10 de julio”, un libro suyo bastante crítico con el período de la transición democrática chilena y que fue escrito incluso antes de la revolución pingüina. Ahora, en momentos en que Chile ya pasó por una serie de manifestaciones, el estallido social y estamos ante la Convención Constituyente, ¿qué opina de que se vuelva a leer este libro en el presente?

-Hace más de quince años entré en la escritura de este libro movilizada por una gran incomodidad. Comenzaban los 2.000, la democracia chilena llevaba más de diez años ejerciendo y ya era evidente que estábamos profundizando el patrón de inequidad, injusticia e impunidad en que la dictadura nos había dejado. Una de las cosas que echaba de menos eran las movilizaciones, no entendía cómo nadie se quejaba de lo que ya era tan claro. La novela intenta narrar la energía de los movimientos secundarios ochenteros, y expresa el anhelo de repetir esa experiencia. Lo sabemos, siempre la juventud es más lúcida y arrojada. Cerré la escritura cuando la primera revuelta pingüina aún no ocurría, se estaba gestando en las aulas, sin que yo lo supiera. Pero años después (me costó publicar este libro), fue muy emblemático lanzarlo al mundo cuando ya las y los jóvenes se estaban manifestando en lo que, considero, fue el primer antecedente de la revuelta de octubre de 2019. Reeditar el libro hoy me ha permitido observar ese trayecto y evidenciar que las movilizaciones sociales son la única herramienta para empujar los cambios que necesitamos. Estamos viviendo este proceso constituyente gracias a esa energía popular. Y no puedo dejar de subrayar que quienes saltaron los torniquetes, fueron las secundarias del hoy. Nuestras jóvenes. Un ciclo virtuoso que enreda realidad y letra se cierra en relación a la escritura de Av. 10 de julio para mí. Aquel malestar que empujó la escritura no era solo mío y quince años después, en la suma de malestares y energías, estamos intentando un cambio importante como sociedad. Somos seres incompletos, y así como ocurre en el tráfico de piezas de Av. 10 de julio, requerimos de los retazos de los otros, de la energía de los otros, para funcionar. Nos armamos unas con las piezas de los otros, y juntas y juntos movilizamos la máquina, el motor.

He escrito obsesivamente sobre ese periodo histórico como una manera de intentar entender. Una especie de investigación en la que he tratado de darme respuestas que no he terminado de encontrar.

Mirada al presente

-¿Cuál es su opinión de la Convención Constituyente? ¿Tiene esperanza en ese proceso? Muchas de las reflexiones de “Preguntas frecuentes” me hicieron pensar en las demandas del estallido social y en muchos aspectos que se deberían abordar al interior de la Convención…  

-La Convención es una posibilidad de futuro. Sabemos que el país no funciona como ocurre ahí. Chile aún no es paritario, no es plurinacional, no da presencia justa a los pueblos originarios, no da espacio a las minorías, no establece los diálogos que se están dando allá dentro. Pero el hecho de que por lo menos esté ocurriendo ahí es una perspectiva de futuro. La Convención es como una célula que metaboliza lo mejor y lo peor de nuestra sociedad, ahí se están enfrentando los problemas que no hemos querido asumir por décadas. La impunidad, la invisibilización, la inequidad, la falta de diálogo, la segregación, el racismo, todos esos temas que constituyen la médula de este país, hoy se están enfrentando por fin en la Convención. La imprudente presencia de Arancibia en la Comisión de DDHH, el escándalo de Rojas Vade, las conmovedoras jornadas de relatos históricos de los pueblos originarios, por poner un par de ejemplos, son el espejo de temas instalados en nuestra sociedad que ahí dentro se han tenido que enfrentar sin posibilidad de hacerle el quite. Eso es interesantísimo. Y sobre ese ejercicio de reflexión, diálogo y confrontación de los problemas, se escribirá la nueva Constitución que es el gran mandato popular que les convencionales tienen. Yo quiero ser optimista con este proceso, porque no nos queda otra salida. Hay que defender desde afuera el trabajo de la Convención, empujar las grandes transformaciones que este país requiere. Y ese trabajo es de la ciudadanía entera.  

Para el pueblo mapuche los muertos son los poseedores de la sabiduría, los ubican arriba porque ahí la perspectiva es amplia y se ve mucho mejor. El pasado está por encima, protegiendo y entregando luz en un ejercicio activo. Me gusta esta imagen estelar para explicar la presencia constante que tiene el pasado en nuestras vidas.

-¿Cuál es su opinión sobre los candidatos presidenciales? En particular, como feminista, ¿qué le parece que después de una Convención paritaria y un claro auge de las mujeres en distintos puestos políticos, solo tengamos a una mujer candidata?

-Es lamentable y habla de lo fuerte que sigue siendo el machismo en los partidos políticos que, muchas veces hablan de empujar las transformaciones feministas, pero a la hora de dar espacio a sus mujeres, prefieren hacer otras apuestas. Para las feministas no es fácil el trabajo partidista, vimos en la carrera constituyente lo que pasó a la hora de inscribir candidaturas, cómo nombres de feministas históricas fueron bajados a última hora. Otro ejemplo que se me viene a la cabeza es el de Carmen Hertz. No se entiende que no sea ella, la carta más brillante, la gran apuesta senatorial del PC. Y así podríamos seguir enumerando casos. Las dirigencias de los partidos, más que las bases, que normalmente son mucho más abiertas y progresistas, debieran hacer una gran revisión a este tema porque se están quedando muy atrás.

-¿Qué aspectos considera imprescindibles tanto en la Constitución como en las políticas públicas de Chile en términos de desarrollo cultural de Chile? Usted ha dicho que hoy el Estado no tiene políticas públicas culturales, salvo los fondos concursables…

-Lo primero es cambiar la comprensión de lo que se entiende por cultura. Quienes nos dedicamos al trabajo artístico somos sólo un área de la cultura, pero tienden a asociar los temas culturales sólo a temas gremiales y eso reduce mucho el diálogo. La gran demanda que tenemos como artistas es ser considerados trabajadores y eso es de completa urgencia, sin duda, pero es sólo una parte del problema. En la política pública se suele hablar de acceso, de cartelera cultural, de llevar arte a la población, como si la cultura estuviera aparte de las vidas de las personas y no nos enredara a unas y otros. Muy por el contrario, la cultura es el ejercicio del ser de una comunidad. Nos pertenece a todas y todos. Es inherente al ser humano. Todas las personas y comunidades que habitamos un territorio somos sujetxs culturales, producimos cultura; tenemos derechos culturales y participamos del desarrollo cultural de nuestra comunidad. Privarnos de nuestros Derechos Culturales, que son Derechos Humanos, es privarnos del goce de ser realmente las personas que queremos ser, es clausurar nuestra identidad comunitaria. Por lo tanto, lo primero que debe hacer la política pública es generar las estrategias y procedimientos necesarios para reconocer el tejido cultural existente. Dialogar con los territorios y comunidades para generar políticas públicas en relación a la diversidad de necesidades, propuestas y realidades, respetando los quehaceres, los ecosistemas, y potenciándolos. Dejar atrás la lógica centralizada, uniforme, y abrirse a pensar sobre y con la diversidad. Y, por, sobre todo, como en todas las áreas de funcionamiento social, dejar atrás el concepto de Estado Subsidiario, para tener un Estado garante de nuestro libre ejercicio cultural. Un Estado que vele por el desarrollo de nuestros Derechos Culturales que, insisto, son derechos humanos.  

-Finalmente, ¿cómo ve el futuro de Chile? 

-Feminista.

La imprudente presencia de Arancibia en la Comisión de DDHH, el escándalo de Rojas Vade, las conmovedoras jornadas de relatos históricos de los pueblos originarios, por poner un par de ejemplos, son el espejo de temas instalados en nuestra sociedad que ahí dentro se han tenido que enfrentar sin posibilidad de hacerle el quite. Eso es interesantísimo.

También puedes leer: Gastón Soublette: Lo íntimo, lo marginal y lo público


Volver al Home

Comentarios