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Columna de Rafael Gumucio: El invunche

Quizás sea otra tradición la que esconde nuestro amor por la novedad: no es que nos apasionen la ternura de los recién nacidos sino el placer de hacer con ellos invunche, esa legendaria costumbre originaria que consistía en tapar todos los agujeros de un niño y romperle una pierna para cocerla en su espalda. El reglamento de la Convención es exactamente eso.

Un amigo se encontró en el medio una extraña conversación interminable. Él trataba, a propósito de la Constitución, de explicar que los países o son monarquías o son repúblicas. Su contradictora le decía que lo que se estaba haciendo en Chile era “otra cosa”. O sea que siglos de teorías constitucionales, de doctrina legal, iba en Chile y sólo en Chile a ser contradicho por otra cosa que por supuesto no se debe perder el tiempo en definir qué es porque sólo se sabe qué no es: cualquier cosa que ya existe.

Tuve la misma conversación con una octubrista un asado del dieciocho. Le decía que una revolución sin líderes, sin manifiesto, sin partidos, sin sindicatos, sin estrategia, no tiene cómo tomar el poder. Y al no tomar el poder, no tiene cómo conseguir los cambios que quiere lograr. “¿Cómo la constituyente?”, me respondió; aunque su ejemplo sólo confirmaba mi punto. Ahí hubo partidos políticos, manifiestos, prioridades, “cocina”, “traición”. Pero fuera de eso, el gobierno sigue siendo el mismo, las pensiones son peores, el costo de la vida inalcanzable, la economía más neoliberal que nunca aunque teñida de una buena onda tipo Tío Wom, el único líder incólume del movimiento.

“No entiendes nada, esto es otra cosa”, dejó zanjado el tema. Yo me di cuenta de que no se podía ir más allá. La idea de que en Chile y sólo en Chile podemos hacer y deshacer lo que nadie ha logrado en el mundo está alojada en el alma nacional. Gracias a ellas tuvimos a Allende y el socialismo con empanada y vino tinto. Gracias también a esa inclinación ciega por la novedad también tuvimos a Huidobro y la antipoesía, la pintura de Matta y el cine de Ruiz, aunque todos ellos no dejaban de beber en la tradición, la chilota, la chillaneja, y también la francesa, o la inglesa.

Somos presos de un instinto de novedad desesperado que explica quizás nuestra adoración sin sentido por los estudiantes, como si no estar corrompidos con el conocimiento de sus profesores los hiciera más puros. En general solemos pensar en la experiencia como una forma de corrupción, quizás porque los que hacen las cosas una vez fracasan muchas veces para hacerlo y nuestro amor a la juventud es quizás más bien una alergia a ese fracaso que modera las expectativa y nos recuerda que una república no es lo mismo que una monarquía, que democracia representativa no es lo mismo que una directa y que mezclar papas fritas con helado, pollo y chocolate al mismo tiempo es un sueño de niño que ningún paladar puede aguantar.

O quizás sea otra tradición la que esconde este amor por la novedad: no es que nos apasionen la ternura de los recién nacidos sino el placer de hacer con ellos invunche, esa legendaria costumbre originaria que consistía en tapar todos los agujeros de un niño y romperle una pierna para cocerla en su espalda. El reglamento de la Convención es exactamente eso, un recién nacido con todos sus agujeros cerrados (gracias a sus absurdas leyes antinegacionistas) que admite la regla de los 2/3 pero la subvierte con los plebiscitos dirimentes. Es decir, una figura ritual, lista para el sacrificio en que cada uno ha ejercido su sagrado derecho de deformar la creatura con cualquier concepto mal aprendido en malas, aunque prestigiosas, universidades anglosajonas.

La idea de que en Chile y sólo en Chile podemos hacer y deshacer lo que nadie ha logrado en el mundo está alojada en el alma nacional. Gracias a ellas tuvimos a Allende y el socialismo con empanada y vino tinto. Gracias también a esa inclinación ciega por la novedad también tuvimos a Huidobro y la antipoesía, la pintura de Matta y el cine de Ruiz.

Aunque quizás la explicación es mucho más simple y menos ritual. Al fin del mundo, el rigor intelectual es algo que no se exige demasiado. En un país siempre nuevo, que todo lo que tiene más de cien años se cae, tampoco la idea de que la historia se hace en capas que se alimenta del limo y… del pasado no existe. Y claro, lo que está pasando en Chile es nuevo, nuevo para Chile y nuevo para el mundo.

Y claro lo que esta pasando en Chile es nuevo, nuevo para Chile y nuevo para el mundo, pero tiene todo claro de precedentes que sería largo y angosto revisar. Pero el estudio del pasado exige muchas lecturas y en Chile no somos ni estudiosos, ni rigurosos. Aquí decretan que eres inteligente una vez y ya no tienes que hacer nada más para probarlo. El estallido, por ejemplo, fue parte de una ola mundial de protestas de distintos signos políticos, que compartían una tecnología, el teléfono móvil y la falta de cabeza visible y programa concreto. Una ola de protesta que puso en jaque todos los gobiernos que trataron de controlarlos, sin botar a casi ninguno.

O quizás sea otra tradición la que esconde este amor por la novedad: no es que nos apasionen la ternura de los recién nacidos sino el placer de hacer con ellos invunche, esa legendaria costumbre originaria que consistía en tapar todos los agujeros de un niño y romperle una pierna para cocerla en su espalda

Olas parecidas hubo en 1968 y en 1848, profundos cambios culturales que parecían irreversibles, que terminaron la llegada al poder de gobiernos de populistas de derecha, Napoleón III en la Francia de 1848 (un militar oportunista) o Nixon en Estados Unidos de 1969 (un civil oportunista). Así, si no pensáramos tanto que somos otra cosa que el resto del mundo, no nos sorprendería que Kast se haya hecho con el liderazgo de la derecha y vaya subiendo en todas las mediciones. Si no pensáramos que somos únicos, también sabríamos que ni Trump ni Bolsonaro habrían llegado donde llegaron sin la torpeza de la centro izquierda que sigue siendo en Brasil como en Estados Unidos, como en Chile, mayoría.

Si tuviéramos la humildad de no ser únicos, quizás sabríamos que todo lo que nos sucede no es una fatalidad a la que estamos condenados y que podemos entre todos salvarnos.

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