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Columna de Rafael Gumucio: La muerte del crítico

Lo cierto es que los gustos y empeños y descuidos de cada crítico en parte no menor determinan los de la literatura que se hace en su tiempo. Porque, nos guste o no admitirlo, los escritores escribimos en parte para los críticos. O más bien escribimos para que nos lean; y el único lector profesional, el que no es (o debería ser) ni amigo ni enemigo nuestro, el que le pagan por leernos, es el crítico.

La muerte de Juan Manuel Vial ha llevado a una pequeña reflexión sobre el papel de la crítica en la literatura nacional. Juan Manuel no era un crítico tierno ni siempre justo. Pero era un crítico que involucraba el placer, el de leer y el de ser leído en su trabajo. La sociología, la sicología, le parecían sólo mala literatura y trataba a los libros como libros y no como “fenómenos”. En ese sentido, la suya era una crítica elitista, porque no todos estamos entrenados para el placer del texto. Pero era al mismo tiempo era una crítica anti elitista, porque su lugar no era el claustro, o las revistas literarias, sino el periodismo de todos los días.

Por cierto, no todos los buenos críticos tienen que ser así. La literatura rusa del siglo XIX le debe casi todo a la figura de Visarion Belinsky, un crítico que leía los libros desde el punto de vista de las transformaciones sociales y económicas que creía urgente para Rusia. Otros críticos como Walter Benjamin o Susan Sontag usaban cada reseña de libros como parte de una teoría histórica, filosófica o sociológica mayor. Otros más, como Truffaut, a través de sus críticas a obras ajenas, iban construyendo brillantemente un público para sus propias futuras películas (es lo que hicieron Zambra y Bisama en Chile).

Lo cierto es que los gustos y empeños y descuidos de cada crítico en parte no menor determinan los de la literatura que se hace en su tiempo. Porque, nos guste o no admitirlo, los escritores escribimos en parte para los críticos. O más bien escribimos para que nos lean, y el único lector profesional, el que no es (o debería ser) ni amigo ni enemigo nuestro, el que le pagan por leernos, es el crítico. El académico por cierto (y Lorena Amaro, por ejemplo, ejerce esto con talento), pero sobre todo el que también lee tu mamá, tus amigos y tus enemigos, sobre todo. Algunos o algunas (en el caso específicamente chileno, Patricia Espinoza) usan ese poder para humillar un rato al que no se puede defender. Pero incluso en el peor de los casos (el suyo) la existencia de otro validado por un medio, es decir leído por editores, constituye para el escritor una pérdida necesaria de la virginidad.

Lo mismo se podría decir de los políticos o cualquiera que esté sometido a la opinión pública. El articulista de opinión y sus juicios son una prueba esencial por la que tiene que pasar el que quiere llegar a ese fantasma de mil cabezas que se llama opinión pública. Por cierto, a nadie le cae bien ese señor o señora que dice “eso sí” o “eso no”. Por cierto, nada envejece más rápido que ese tipo de opinión que la realidad contradice tantas veces. Quizás por eso hay que pagarles y bien, porque es arriesgado y es ingrato, y porque entre muchas opiniones banales a veces el opinador profesional le dice al emperador que está desnudo o encuentra, en una sirvienta olvidada, la Cenicienta que calza con la zapatilla de cristal.

Algunos o algunas (en el caso específicamente chileno, Patricia Espinoza) usan ese poder para humillar un rato al que no se puede defender. Pero incluso en el peor de los casos (el suyo) la existencia de otro validado por un medio, es decir leído por editores, constituye para el escritor una pérdida necesaria de la virginidad.

Desde que los medios tradicionales no tienen cómo pagar a sus opinadores profesionales, muchos han empezado a hacer ese trabajo gratis o casi gratis. Otros los hacen en nuevos medios electrónicos que sobreviven porque no suelen pagar esas colaboraciones. En cierto sentido, nunca ha habido más crítica y más periodismo de opinión que hoy. Esta democracia no la debemos al fin de la autoridad patriarcal, sino a la multiplicación de las redes sociales que nos obligan todos a opinar para llenar de contenidos sus plataformas (y ganar un dinero que no le pagan a los que opinamos gratis ahí). En esa multiplicidad sin fin de opiniones, lo único que distingue una de otra es el número de likes que consigue. Magia perfecta del capitalismo tardío, todo lo cualitativo se convierte en cuantitativo.

Vivimos en un mundo en que mucho es igual a bueno. Es cierto, los grandes medios no pautean la opinión como lo hacían antes, pero eso no evita que muchos de los que escriben gratis lo hacen financiados por fundaciones, grupos de presión, editoriales, e industrias varias. El viejo crítico y sus amarguras ha sido reemplazado por el mar de los bots que se dirigen desde algunos computadores perfectamente interesados. La llegada de Trump y compañía al poder probó hasta que punto el periodismo profesional, el que los periodistas hacen por un sueldo, puede salvarnos del que se hace por algo más que dinero, sin editores, sin correctores de estilo, sin reunión de pauta; es decir, sin que esa opinión sea revisada por los pares.

Desde que los medios tradicionales no tienen cómo pagar a sus opinadores profesionales, muchos han empezado a hacer ese trabajo gratis o casi gratis. Otros los hacen en nuevos medios electrónicos que sobreviven porque no suelen pagar esas colaboraciones. En cierto sentido, nunca ha habido más crítica y más periodismo de opinión que hoy.

Es cierto la independencia del crítico siempre fue un mito, como la democracia, la igualdad ante la ley o la república. Pero es mejor creer en esas ficciones que vivir en la intemperie en que todos tienen la razón y todos están equivocados, porque a nadie se le ha dado el ingrato trabajo de decir “eso no es lo que parece” y “eso que parece igual es distinto” y “eso que es distinto, es igual”.

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