Ayer bordaba garabatos, hoy amores rotos: El arte disruptivo de Carolina Pareja

La bordadora, quien acaba de lanzar su libro "El club de bordado", habla de la importancia de ir contra la corriente y de ser fiel a uno mismo. "Creo que lo disruptivo hoy son las personas que, en verdad hay como una en un millón, que logran expresar su mundo interior de una forma completamente original en el bordado", comenta.

En 2011, Carolina Pareja estaba con muchas dudas vocacionales. Sentía que la carrera que había estudiado, Estética, no le hacía feliz. Quería reencontrarse consigo misma y, a modo de hobby, tomó un taller de bordado. De inmediato sintió afinidad con el oficio, que terminó transformándose en el centro de su vida.

“Al bordar me di cuenta de que era buena haciéndolo, a diferencia de otras actividades como la pintura, por ejemplo, y el darme cuenta de que se me daba fácil me motivó a continuar”, cuenta. “Además, sentía que podía expresarme, pero sin pensar tanto en lo que estaba haciendo. Simplemente dejaba fluir lo que sentía”, agrega.  

Tras aprender la técnica, eligió qué temáticas quería bordar. Su idea era hacer algo no convencional. Y tomó la decisión de protestar: principalmente, contra la idea de que los garabatos solo están permitidos para los hombres. Contra ese estereotipo de que las mujeres “se ven feas” cuando dicen groserías.

Así, su primer bordado fue con la palabra “culiao” en negro sobre un delicado fondo de flores rojas.

Pronto, el coleccionista de arte y socialité Juan Yarur se contactó con Carolina y le dijo que quería un bordado con la palabra “pico” y que ella también bordara algunas de las frases que publicaba en su Twitter. De ahí surgieron “maraca”, “pico”, “fleto” y uno que dice: “recuerda que esa cocaína que te vas a meter por la nariz salió del poto de un narco”.

“Para mí fue un puntapié importante, porque yo me sentí, en ese momento, validada. Sentí que lo que yo hacía valía la pena… Pero ahora, tras 10 años haciendo esto, me da un poco de vergüenza, pero siento que cuando Juan Yarur se fijó en mis bordados, estos carecían de una técnica buena”, dice, riéndose.  

Aun así, Carolina reconoce que en ese momento su propuesta era diferente, disruptiva. “En ese  momento, efectivamente fue contracultural bordar cosas que las mamás o las abuelas jamás habrían bordado”, comenta.  Sin embargo, añade: “lo que yo proponía en ese tiempo ya dejó de ser novedoso. Siento que ahora es… lo estándar”.

Por eso, Carolina tomó otro(s) rumbo(s).

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Desde hace años, dicta talleres en los que enseña técnicas para que las personas puedan bordar la idea que tienen en mente.

“Ese tipo de actividades ha sido muy valioso, porque creo que al tener una instancia semanal al que le dedicas tiempo de forma disciplinada a algo, las personas logran cumplir su objetivo”, afirma, añadiendo que bordar con otras personas “hace que la experiencia sea más satisfactoria porque hay otros haciendo lo mismo que tú”.

Actualmente da tres talleres de bordado constantes a tres grupos distintos, los lunes, martes y el jueves. “La gracia que tienen mis talleres es que tú vas trabajando de acuerdo con tu propio ritmo y de acuerdo al proyecto que tú quieres sacar adelante. Entonces tú me dices: ‘ay, no sé, quiero bordar un cookie master’, y acá en el taller lo sacamos adelante y da lo mismo si te demoras un mes, dos meses. No hay problema con el tiempo. Y cuando se termina un proyecto, los alumnos empiezan otro y así sucesivamente”, relata.  

Para ella, esas instancias, además de ser un ambiente de aprendizaje, son espacios donde se forman amistades y donde las personas pueden desahogarse. A la fecha, casi 100 personas han participado de dichas actividades.

“Es lindo porque formamos lazos y las personas pueden ser testigos de cómo tú vas progresando. Terminar un proyecto se transforma en algo más satisfactorio porque todo el mundo presenció cómo fue tu proceso y aumentando tu autoestima, pienso, como de las cosas que uno puede lograr y entre todos también apoyarse”, dice Carolina, quien acaba de lanzar el libro “El club de bordado” (Libros de Mentira Editorial), en el que relata las historias de los talleres.  

La bordadora destaca a una serie de bordados que han hecho las personas en su club, como proyectos asociados al plebiscito por una Nueva Constitución y los homenajes a las personas que han fallecido. “Es bien bonito ver cómo, de una forma artística, las personas pueden expresas sus ganas de cambiar el país, o sus heridas emocionales”, comenta. Entre los proyectos bordados también hay mucho humor, sexo, abstracciones, personajes de la cultura pop y memes.

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10 años después de aquellos bordados garabateros, Carolina reconoce que cuando recién empezó en el oficio “era mas divertido, porque era un hobby, entonces no tenía presión”. Pero ahora que el bordado es su trabajo, siente el deber de cumplir, de ser disciplinada, etc.

“No deja de encantarme la actividad, solo que ahora tiene reglas, a diferencia de hace 10 años que era solo diversión”, comenta.

Para la bordadora, lo más importante es tratar de ir contra la corriente, contra la moda. Hoy, sostiene, “todo el mundo” hace bordados selváticos y “muchísima gente” borda garabatos o frases, como las que ella hacía en 2011.  

“Creo que lo disruptivo hoy son las personas que, en verdad hay como una en un millón, que logran expresar su mundo interior de una forma completamente original en el bordado”, plantea, agregando que “es importante ponerse desafíos que te saquen de tu zona de confort”.

En esa línea, desde hace tres años está en un proyecto en el que lo que más fluye es el desahogo: “el mantel de los corazones rotos”. Ahí ha bordado junto a varios de sus talleristas y se lee, entre otros mensajes, “cacas: siempre te voy a querer, pero nunca vamos a volver. Besitos”. O “Cristián, se te acabó el amor y a mí el placer, bye”.

“Quiero probar cosas nuevas y conocer a nuevos talleristas. Quiero bordar cosas bobas. Quiero seguir creciendo”, dice Carolina quien, a través de garabatos o de corazones rotos, en el fondo solo quiere una cosa: que su arte sea disruptivo.

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