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Alejandra Castro Rioseco, la filántropa chilena que hizo en Dubái un museo virtual solo con obras de artistas mujeres

Feminista de nacimiento, la coleccionista que impulsa a mujeres artistas asegura que en Chile las altas esferas le cerraron las puertas: “La discriminación que sufrí, que fue muy fuerte, me motivó a irme”, dice en conversación con The Clinic.

Viajera por vocación, a los 22 años Alejandra Castro Rioseco empezó a recorrer el mundo por su cuenta. Primero se licenció en Ingeniería Civil, carrera que estudió por presiones familiares. Hoy, a sus 43 años, vive en Dubái con su hija y esposo, aunque en todo un año solamente pasa dos meses en el lugar. Su proyecto de carácter internacional, además de los cargos que posee en recintos artísticos, la obligan a que la mayor parte del tiempo esté en ciudades como Nueva York, Londres y Madrid.

La llegada de la pandemia no puso frenos al constante movimiento de Alejandra. Como  miembro del directorio del Museo del Barrio y del comité de adquisiciones de arte del Guggenheim, ambos en Nueva York, asiste a algunas de las ferias de arte más importantes a nivel global. Además, se preocupa de visitar y conocer personalmente a las artistas que impulsa en MIA Art Collection, su colección de obras de arte de mujeres donde cuenta con más de 900 piezas provenientes de diversas partes del mundo. 

En marzo de 2020 lanzó MIA Anywhere, museo virtual que, casualmente, coincidió con la pandemia del Covid-19. Fue la instancia perfecta para exponer parte de su colección con piezas de mujeres procedentes de Egipto, Irán, India, Francia, México, Perú y Chile, donde participó la artista visual Pilar Elgueta. Semana a semana, el equipo de MIA Art Collection, liderado por Alejandra, se encarga de renovar la exposición. A la fecha ya llevan más de 70 exposiciones. De acceso gratuito, el museo virtual busca otorgar un primer espacio a aquellas artistas que no han tenido la oportunidad de exponer sus obras con anterioridad.

“Toda esa invisibilidad la hemos transformado, usando este museo virtual para que las mujeres tengan esa visibilidad y vean sus obras. Entendemos que después hay otro trabajo, que es de exposiciones reales, de vender las piezas de arte, pero por lo menos estamos haciendo una primera parte para ayudar a estas mujeres. Les ayuda mucho, porque además les pedimos los portafolios, entonces tienen que hacer también un trabajo ejecutivo y eso las motiva mucho”, dice Alejandra desde España, donde actualmente se encuentra de vacaciones. 

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Nacida en el sur de Chile, cuando era niña se subía a un bus repleto de gallinas para ir a visitar a su tía en lo más recóndito de Santa Bárbara, viendo cómo la desigualdad de oportunidades afectaba a las personas a su alrededor. Es esa la sensibilidad que la caracteriza hasta el presente: ve la realidad tal como es y no le gusta disfrazarla. “Haber crecido en el sur me permitió entender que hay mucha gente que sigue siendo pobre, no porque no sea inteligente, sino porque no tiene las oportunidades. En Chile, muchas veces escucho el discurso de ‘Emprendamos proyectos, el que quiere, puede’, pero conozco gente que quiere, quiere y no puede”, dice la filántropa.

“Les ayuda mucho, porque además les pedimos los portafolios, entonces tienen que hacer también un trabajo ejecutivo y eso las motiva mucho”.

La mirada “radical”

Diecisiete años atrás, las inquietudes de Alejandra se materializaron en un fuerte interés por impulsar transformaciones en temáticas de género: “El gran cambio que yo hago como persona tiene que ver cuando soy madre y me empiezo a enfrentar a una sociedad muy discriminadora, no solo por el hecho de ser mujer, sino que por ser inteligente y por el hecho de no ser tan fea. Todas esas cosas que en cualquier lugar del mundo son una ventaja, en Chile son una desventaja”, dice con respecto a las brechas que vivió en carne propia al ser madre.

Estando en Chile, en 2008 fundó Mujer Opina, una de las primeras organizaciones que surgieron en el país con el objetivo de fomentar la igualdad de género. Alejandra fue también una de las primeras figuras en apoyar el proyecto de aborto en tres causales, junto con la creación del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género, el que no existía en ese tiempo. Fue el feminismo y su pensamiento más liberal el que causó el rechazo de las altas esferas con las que se relacionaba una vez que surgió su interés por el arte. Todo ello le planteó múltiples desafíos, los que finalmente gatillaron la decisión de abandonar el país. 

Comenta que varios de sus proyectos aún son bloqueados en el país, principalmente por el carácter conservador de los grupos que manejan la cultura. Acusa que “en Chile, la educación no vale nada si no tienes el pituto. Y eso no nos ha llevado a ninguna parte, solo a nuestra autodestrucción. Esos comentarios que yo hago, fueron los que en cierta medida hicieron que no me transformara en una persona querida por la alta sociedad. Y ahí fui tratada de activista, porque como yo era de izquierda era activista”. 

Para la coleccionista, los desafíos que enfrenta el arte chileno serían un reflejo de lo que ocurre en el ámbito social, político y económico. “Yo creo que Chile tiene una clase alta completamente enferma, destructiva. Si pueden destruir cualquier cosa, lo hacen. Y lo ves en lo político, lo ves en todo. Solo les importa su propio beneficio, su propio bolsillo, se creen los dueños de la historia y en el mundo ni siquiera saben quiénes son, no les interesan”, dice al recordar cómo en sus encuentros con amigos en la Costa Azul de Francia, varios de ellos ni siquiera lograban ubicar a Chile en el mapa. 

Colección personal, obra de Christel Vega

Sin embargo, hace hincapié en que el primer paso para avanzar en la materia está en manos del Gobierno. “La cultura tiene que ser, primero que nada, algo que manejan los gobiernos. Deben tener gente que sepa de cultura, contar con académicos y honrar a sus artistas. No puede ser que en Chile haya artistas que se mueren de hambre. Conozco a mujeres que postulan una y otra vez y no se ganan ninguna beca, porque ya están todas tomadas por nombres súper ominosos para exponer en el extranjero”, dice Alejandra.

“En Chile, la educación no vale nada si no tienes el pituto. Y eso no nos ha llevado a ninguna parte, solo a nuestra autodestrucción”.

Salir en busca de oportunidades

Desde joven, Alejandra buscó su independencia viajando sola. “Es como aprender a andar en bicicleta, te cuesta al principio pero ya después te tiras”, dice. Aprender otros idiomas, conocer otras culturas y tener una familia extranjera le han permitido ver el mundo más allá de lo que había escuchado en su niñez.

Su experiencia viviendo en otros países por largo tiempo influyó en que su posición frente a Chile fuese aún más crítica que antes: “Te empiezas a dar cuenta que en otros países a nadie le importa cuál es tu apellido, ni a qué colegio fuiste. A la gente le importa quien tú eres como persona, tu inteligencia, lo que eres capaz de hacer y capaz de dar”, reflexiona. Su estadía en Dubái, una ciudad con amplias restricciones y dirigida por un rey, le ha demostrado que incluso en un lugar como ese puede encontrar mayores libertades que en el país donde nació. 

Consultada sobre la situación actual del arte y la cultura en Chile, Alejandra demuestra su molestia al señalar el poco apoyo que reciben los artistas nacionales: “El mundo del arte en Chile es cruel con sus artistas. Los discriminan y se lo refriegan en la cara. Entender el arte es, primero, la igualdad. Ninguna persona que se quiere abanderar con el arte puede ser discriminadora. Ninguna, porque el arte es entender la cultura, la educación. Y donde hay cultura y educación no hay diferencia social”, dice. 

En este sentido, la ingeniera no teme en hacer un llamado a que los chilenos dejen el país para tener un mejor futuro. En el caso de los jóvenes, cree que la mejor opción para ellos sería salir de Chile mientras se presente la oportunidad. “Hay mucho sufrimiento en ser alguien en Chile. Si no naces en una familia que tiene un apellido, si no naces ahí estás liquidada o liquidado. Cuando voy afuera veo que no puede ser así. Voy a mí manera y lo he hecho a mí manera, y me ha funcionado bien”.

Colección personal, obra de Marina Núñez

Al residir en Dubái, una ciudad perteneciente a los Emiratos Árabes Unidos, donde casi el 80% de la población son inmigrantes, se derribaron sus prejuicios sobre la migración. Cuenta cómo es necesario obedecer las reglas para poder seguir viviendo en la ciudad y la responsabilidad que ello implica: “Todos los que llegamos allá conocemos las reglas, entonces tú te preguntas: ¿No será mejor conocer las reglas? A mí me encantaría conocer las reglas de Chile. Nunca las sabrás, porque dicen una cosa y hacen otra. En un país como Dubái dicen lo que hacen. Si robas, te echan. Si no trabajas, no tienes visa”. 

“Hay mucho sufrimiento en ser alguien en Chile. Si no naces en una familia que tiene un apellido, si no naces ahí estás liquidada o liquidado. Cuando voy afuera veo que no puede ser así. Voy a mí manera y lo he hecho a mí manera, y me ha funcionado bien”

Un museo de mujeres

Pese al rechazo que Alejandra siente haber experimentado en Chile por parte de los grupos de poder, su trabajo en el país nunca se ha detenido. En el equipo de MIA Art Collection trabaja con chilenos, mientras que constantemente impulsa el trabajo de artistas nacionales que aún no tienen la oportunidad de exhibir sus obras. Tampoco está ajena a la importancia de rescatar el arte precolombino, ya que hace un tiempo creó el proyecto “Las últimas mujeres”, donde busca reconocer la cultura de mujeres indígenas. 

Sus artistas chilenas favoritas son Paz Errázuriz y Cecilia Vicuña. Cuenta cómo se llena de orgullo al encontrarse con sus obras en exposiciones alrededor del mundo. El año pasado, mientras estaba en México, vio en primera persona las telas rojas de Vicuña,  en la muestra del Museo Universitario de Arte Contemporáneo. Destaca también el trabajo de Voluspa Jarpa y el de Christel Vega, quien próximamente viajará a Turquía gracias a las gestiones de MIA Art Collection. 

La coleccionista guarda en su corazón uno de sus más grandes y queridos proyectos: un museo compuesto únicamente por obras de arte femeninas, hecho por y para las mujeres. Sobre el proyecto, cree que “el modo de hacer las cosas de las mujeres es muy distinto. Los museos hoy en día son todos muy estructurados, serios, aburridos. Pero cuando pienso en un museo, no pienso en algo así. Pienso en un lugar entretenido, didáctico, como una casa que te da la bienvenida, que te muestra cosas que no conoces. Que te hace sentir parte de un proyecto. Eso sería algo que me encantaría”. 

Eso sí, su construcción todavía tendrá que esperar. La experiencia que ha tenido en directorios de museos le ha demostrado que no es un camino fácil de tomar, mientras que también es necesario escoger “un lugar evolucionado, donde la gente entienda de qué se trata y que sea para un mundo social. Que sea un museo gratuito y que entienda el concepto de lo que es realmente la cultura”, dice. Siente que es la persona indicada para hacerlo, pero también cree que es importante esperar a que todo se de en el momento adecuado.

Archivo personal

Alejandra confiesa que no le llaman la atención los artistas masculinos. Aunque afirma que Roberto Matta es uno de los grandes maestros y cuenta incluso con obras de su autoría en su colección de obras de arte, asegura que es tiempo de reconocer el trabajo que las mujeres llevan haciendo a lo largo de la historia. 

“Las mujeres contamos la historia de forma distinta. No contamos las guerras, sino que otros tipos de cambios que hoy son los más importantes: los cambios en la sociedad, en la familia, los cambios emocionales. Los grandes movimientos sociales han sido impulsados por mujeres. No olvidemos que el gran movimiento social que hubo en Chile parte con estas marchas feministas, con este grupo de feministas que armaron esta canción que se hizo más famosa acá afuera que en Chile”, dice la filántropa recordando el impacto de “Un violador en tu camino” de Las Tesis. 

Sin embargo, todavía queda un largo camino por recorrer. Afirma que sus privilegios la obligan a hacer cosas importantes. No quiere quedarse sentada en su casa, y aunque la tarea que se impuso no es fácil, las recompensas que le ha traído son impagables. Conseguir la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres en el mundo del arte es su gran misión, sobre todo en un país como Chile, donde acusa que el reconocimiento sigue dándose en base a los apellidos y los recursos de por medio. “¿Dónde está la Juanita Pérez?”, se pregunta día a día Alejandra Castro.

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