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Opinión

17 de enero de 2022

Columna de Catalina Gómez: El desafío de la comunicación científica en crisis

La llegada de Ómicron impone un desafío gigante: generar una comunicación científica y de riesgo efectiva para una población agotada.

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La pandemia del Covid-19 impulsó al límite la capacidad científica mundial de colaborar y generar conocimiento útil para la toma de decisiones. El número de artículos científicos publicados sufrió una explosión: se publicaron más de 100.000 durante 2020 y los artículos sobre medicina y salud enviados a revistas de la editorial Elsevier casi se duplicaron entre febrero y mayo de 2020, comparado con el mismo periodo en 2019.

Esta acelerada carrera contra el SARS-CoV-2 ha tenido frutos. El tiempo para desarrollar y aprobar una vacuna rompió récords: el 2 de diciembre de 2020, a menos de un año de comenzada la crisis, el Reino Unido anunciaba la aprobación de la vacuna de Pfizer/BioNTech en base a los resultados de eficacia y seguridad en ensayos clínicos a gran escala. Al mismo tiempo, varios laboratorios anunciaban excelentes o prometedores resultados de sus vacunas. El desarrollo más rápido hasta entonces (parotiditis o paperas) había tomado cuatro años desde la toma de muestras virales hasta su aprobación, a fines de los 60s. A la fecha, 19 vacunas han sido aprobadas para su uso de emergencia y 9 aprobadas totalmente. Hemos aprendido además sobre modos de transmisión, efectividad de estrategias nofarmacéuticas de mitigación (cuarentenas, distanciamiento, ventilación, mascarillas), test de diagnóstico, factores de riesgo, síntomas, cuidados, desigualdad.  El impresionante flujo de descubrimientos científicos ha tenido efectos casi inmediatos en nuestras vidas. Hoy vivimos esa vorágine con Ómicron, a medida que nos enteramos sobre antecedentes de su contagiosidad, letalidad y capacidad de sortear parcialmente la inmunidad generada por las vacunas o una infección previa. 

Sin embargo, la ciencia a veces avanzó más rápido que nuestras percepciones, ya que hay una gran diferencia entre la forma en que los científicos generan conocimiento e información y la forma en que el público en general la interpreta. Por ejemplo, al principio de la pandemia algunos estudios mostraron que los coronavirus podían sobrevivir horas o incluso días en las superficies en condiciones experimentales. Este aterrador hallazgo, y nuestra interpretación de él, nos llevó a aumentar nuestros esfuerzos de higiene: desinfectar las compras del supermercado y nuestros zapatos al entrar a la casa fueron algunas de las medidas que muchas personas adoptamos. Ya en marzo de 2020 algunas científicas sugerían que el virus se transmitía por aerosoles y con el avance de la pandemia la evidencia que apoyaba este hecho fue creciendo, explicando, entre otras cosas, la mayor prevalencia de contagios en interiores versus exteriores. A pesar de que hoy existe consenso de que las superficies no representan un riesgo mayor, se continúan destinando recursos excesivos a su desinfección, lo que ha sido llamado “teatro de la higiene”. Sin considerar el potencial riesgo a la salud de la resistencia antimicrobiana por el uso masivo de desinfectantes químicos. Como los humanos somos tomadores de decisiones imperfectos, puede hacernos mucho más sentido protegernos del Covid-19 limpiando nuestros los zapatos, porque vemos que están sucios, que preocuparnos de estar en un lugar ventilado.

«La ciencia a veces avanzó más rápido que nuestras percepciones, ya que hay una gran diferencia entre la forma en que los científicos generan conocimiento e información y la forma en que el público en general la interpreta«.

Como este hay otros ejemplos donde la ciencia no llegó siempre como debía. Comunicar la efectividad de las vacunas ha sido todo un desafío; afortunadamente Chile ha tenido una baja reticencia a la vacunación y actualmente el 84% de la población está vacunada, pero en otros países ha sido un dolor de cabeza para las autoridades.

La “comunicación científica” tiene el rol de transmitir la evidencia emergente a la población general de forma efectiva, para desplegar todo el potencial que tiene la ciencia para inducir mejores decisiones. ¿Qué determina la rapidez con que autoridades y ciudadanos internalizamos los nuevos descubrimientos científicos y su incertidumbre? ¿Cómo resolvemos las aparentes incongruencias entre descubrimientos para que la población cambie su modo de actuar? ¿Cómo convencer de hechos demostrados científicamente que suenan contraintuitivos para la población?

«La “comunicación científica” tiene el rol de transmitir la evidencia emergente a la población general de forma efectiva, para desplegar todo el potencial que tiene la ciencia para inducir mejores decisiones».

En primer lugar, hay que entender lo que la comunidad científica conoce muy bien: la ciencia es un proceso iterativo y autocorrectivo, y como tal está sujeta a incertidumbre, cuestionamientos y a la revisión de pares científicos. Lo complejo es que con la pandemia este proceso llegó a nuestra vida cotidiana. Pudimos ser testigos, en tiempo real a través de los medios, de cómo la ciencia evolucionó en torno al Covid-19. Así, nos expusimos a un exceso de información, noticias que parecían contradecirse entre sí, o descubrimientos que refutaban a investigaciones anteriores. Ese proceso no lineal, con incertidumbre, que es normal en ciencia, puede ser abrumador y generar recelo en la población si no se conoce cómo funciona el proceso científico.

Para acortar la brecha entre ciencia y comunicación científica y de riesgo, las autoridades cumplen un rol fundamental. Baruch Fischhoff, especialista en comunicación científica y de riesgo quien dio una charla magistral en el seminario de Espacio Público “¿Qué hemos aprendido de la pandemia hasta ahora?”, afirma que muchas veces, aunque las autoridades toman decisiones acertadas fallan a la hora de explicar su razonamiento a la ciudadanía. Darse el tiempo de aclarar sus fundamentos da legitimidad a la decisión tomada y hace más fácil explicar cuándo y porqué se toma una nueva medida distinta a la anterior (los fundamentos pueden haber cambiado debido a nuevos descubrimientos, por ejemplo). La autoridad tiene el desafío de comunicar correctamente las incertidumbres que prevalecen. Los científicos no lo saben todo, pero en general son conscientes de las limitaciones del conocimiento, esto incluye al SARS-CoV-2. Generar confianza en la ciencia requiere dar a conocer sus limitaciones y asumir que se está actuando con información aún incompleta.

«Hay que entender lo que la comunidad científica conoce muy bien: la ciencia es un proceso iterativo y autocorrectivo, y como tal está sujeta a incertidumbre, cuestionamientos y a la revisión de pares científicos. Lo complejo es que con la pandemia este proceso llegó a nuestra vida cotidiana».

Así como las autoridades son un eslabón esencial en el control de la pandemia, crisis como estas no se resuelven solo con ellas, sino que se necesita el trabajo (individual y conjunto) de epidemiólogas, sicólogas, economistas, políticos, actores de la sociedad civil, entre muchos otros incluyendo a los científicos de la comunicación.  

¿Estamos haciendo lo mejor que podemos con lo mejor que tenemos? La llegada de Ómicron impone un desafío gigante: generar una comunicación científica y de riesgo efectiva para una población agotada. La propuesta es escuchar a los y las especialistas, en particular a los del mundo de la comunicación, para diseñar mensajes efectivos que le hablen a la ciudadanía y que cumplan con los objetivos que se decidan.

*Catalina Gómez es investigadora de Espacio Público y coautora de los reportes COVID del centro de estudios.

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