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Libros

11 de febrero de 2022

Columna de Montserrat Martorell: La muerte de los otros

La muerte está en la literatura. Por eso hacen tan bien los libros. Porque las historias que leemos nos ayudan a encontrar a veces un camino, diez respuestas, veinte preguntas. Y cuando estamos ahí, medios derrumbados, leer te confronta con esos viejos espíritus que conocen lo que te pasa.

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Desde que era chica, muy chica, sufría pensando en qué pasaría cuando mis padres ya no estuvieran conmigo. Lloraba en la noche metida en mi cama, con diez años en el cuerpo, angustiada por esa pérdida que no había vivido y que sin embargo me atormentaba. Me acuerdo de que los abrazaba, de que les pedía perdón, de que les decía que por favor supieran que los quería y que los quería mucho.

Mirando para atrás pienso que la razón de que esa idea fuera una posibilidad se hizo de alguna manera presente porque mi hermano mayor había muerto. He tratado toda la vida de intentar entender ese vacío, esa relación que no viví y que sin embargo me ha acompañado con mucha fuerza y con mucha luz porque como leí alguna vez “la muerte es algo tan vieja y sin embargo cuando nos sucede siempre nos parece nueva”.

Envejecer es un ejercicio de despedida. Con los años vamos viendo cómo nuestros seres queridos y no tan queridos se nos adelantan hacia ese otro lugar del que no sabemos mucho, pero que está lleno de significados, de sensaciones, de misterios, de recuerdos, de dolor. Julio Cortázar lo dice en Rayuela de una manera muy bonita: “cada vez iré sintiendo menos y recordando más”. ¿Y acaso no vivimos un poco así? ¿Entre obsesiones, pantanos, gestos que inventamos, últimas sonrisas? ¿Acaso no estamos siempre resignificando? ¿Volviendo al mismo escenario, a las mismas conversaciones, a las mismas culpas una y otra vez? Y todo ahí. En medio de la vida, en medio de una muerte que está rozándonos, contemplando la posibilidad, espiando nuestros cruces y recovecos, obligándonos a sumergirnos en ella una, dos y hasta cinco veces. Y los libros nos guiñan el ojo porque nos escriben la vida. La vida que vivimos. Este párrafo tiene que ver con esto:

La vida cambia deprisa.

La vida cambia en un instante.

Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba.

La cuestión de la autocompasión.

Así comienza El año del pensamiento mágico. Lo escribió la periodista norteamericana Joan Didion hace casi veinte años. La primera vez que lo leí me asaltó el corazón. Era un registro personal, íntimo y que termina siendo un poco nuestro por esa máxima tolstiana de narra tu aldea y serás universal. La trama no es original: a Didion se le murió el marido. Lo interesante es cómo ella explora ese universo ausente con mucha valentía, con mucha desesperación, con mucho tiempo (en un mundo donde apresuramos los duelos, donde nadie quiere quedarse quieto, donde las pastillas adormecen nuestras penas, nuestras rabias, nuestros desasosiegos, nuestros insomnios).

«La trama no es original: a Didion se le murió el marido. Lo interesante es cómo ella explora ese universo ausente con mucha valentía, con mucha desesperación, con mucho tiempo (en un mundo donde apresuramos los duelos, donde nadie quiere quedarse quieto, donde las pastillas adormecen nuestras penas, nuestras rabias, nuestros desasosiegos, nuestros insomnios)».

Siempre, cuando me enfrento a temas que han sido muy tratados narrativamente, pienso qué difícil es lograr que tu experiencia, aquello que viviste, vaya más allá de ti y termine siendo de otros. Ahí influyen tus técnicas narrativas, tu capacidad de plasmar nuevos y viejos mundos, saber ponerle nombres a la poesía, a los espacios, rebautizar los adjetivos, crear y recrear atmósferas, traspasar eso que crees no puedes compartir con nadie. Y quemar, aunque parezca una odisea, los clichés, los lugares comunes, los paisajes a destiempo.

¿Qué hace entonces que esta historia tenga tanto fuego? Quizás su melancolía, su sentido de la tristeza, su resiliencia, su autenticidad, su verdad, su capacidad de hablar de aquello que nos parece siempre tan extraño: la muerte de la gente que queremos. Y Didion entra y sale de la sala de estar donde su marido, John, fallece, y repasa con ojo agudo cómo las circunstancias que nos van rodeando en medio de las tragedias están llenas de detalles nimios, circunstancias “anodinas en las que ha tenido lugar lo impensable”.

Infarto, cáncer, suicidio, fallas orgánicas, accidentes. La manera en cómo los otros dejan este mundo, este mundo donde fueron felices e infelices, es siempre algo que no termina por encajarnos, algo que nos cuesta asimilar, algo que nos sigue acompañando mucho tiempo después de que la persona ya no está físicamente. Porque cuando las personas mueren, las personas que quisimos mueren, el tiempo se detiene. Y hay una incomprensión en uno de que las cosas tengan que seguir igual a pesar de todo. Porque el sistema te obliga a seguir, a andar en movimiento, a impedir que te quedes atorado en la tristeza.   

Creo que uno muere muchas veces en esta vida, pero renace. Eso aprendes con el tiempo. Y al final te das cuenta de que uno puede lidiar con todas esas vidas que vivimos y que dejamos de vivir por hacer lo que creíamos correcto, lo que era mejor, lo que era menos difícil, lo que parecía más sano, lo que no dependía de nosotros. Lo terrible, lo implacable, es la muerte de los demás que siempre termina siendo muy definitiva. Y ahí está lo complejo: el asumir que la historia que se vivió con el otro fue la que fue y que no hay manera de remediarla.

Lo terrible, lo implacable, es la muerte de los demás que siempre termina siendo muy definitiva. Y ahí está lo complejo: el asumir que la historia que se vivió con el otro fue la que fue y que no hay manera de remediarla.

Por eso lo que más nos queda cuando perdemos a un ser querido es su silencio. Didion lo señala de una manera desgarradora: “Recuerdo que pensé que tenía que hablar de aquello con John. No había nada de lo que yo no hablara con John”. La voz de su marido. La voz del compañero. El miedo por ese olvido que comienza con la muerte. Y la muerte está en la literatura. Por eso hacen tan bien los libros. Porque las historias que leemos nos ayudan a encontrar a veces un camino, diez respuestas, veinte preguntas. Y cuando estamos ahí, medios derrumbados, leer te confronta con esos viejos espíritus que conocen lo que te pasa.

 ¿Me dejas recomendarte algunos para estos momentos? Apunta: Sobre el duelo de Chimamanda Ngozi Adichie, Esto también pasará de Milena Busquets, Lo que no tiene nombre de Piedad Bonnett y La ridícula idea de no volver a verte de Rosa Montero, que en su primera página establece una verdad: “Como no he tenido hijos, lo más importante que me ha sucedido en la vida son mis muertos”. Una frase rotunda que abre dos historias: la muerte del periodista Pablo Lizcano, marido de Rosa por más de veinte años, y la de Pierre Curie, científico francés, que falleció atropellado a los 47. Las historias de ambas viudas, Montero y Marie Curie, quien fue también la primera persona en recibir dos premios Nobel (física y química) caminan en distintas épocas narrando su propio duelo, su propia pérdida y profundizan en la muerte lenta, en la muerte intempestiva.

Siempre que veo alguien lidiando con el dolor del duelo, de cualquier duelo, recomiendo leer para transitar las tinieblas, para transformar la oscuridad, de a poquito, en destellos de luz. Es lo que dice el poeta Rainer Maria Rilke: “Temo que si me quitan mis demonios, se puedan morir mis ángeles”.  Y en estas páginas hay también eso. Porque las escritoras que hoy menciono en esta columna saben contar historias, situar a los personajes, conmover a los lectores. Escrituras del corazón, brutalmente honestas, que nos angustian, nos duelen y nos llevan a sumergirnos en los vaivenes de lo inevitable.

«¿Me dejas recomendarte algunos para estos momentos? Apunta: Sobre el duelo de Chimamanda Ngozi Adichie, Esto también pasará de Milena Busquets, Lo que no tiene nombre de Piedad Bonnett y La ridícula idea de no volver a verte de Rosa Montero»

“Solo en los nacimientos y en las muertes se sale uno del tiempo; la tierra detiene su rotación y las trivialidades en las que malgastamos las horas caen sobre el suelo como polvo de purpurina. Cuando un niño nace o una persona muere, el presente se parte por la mitad y te deja atisbar por un instante la grieta de lo verdadero: monumental, ardiente e impasible”. Eso escribe Montero. Eso recitamos en voz alta. Eso pensamos cuando nos damos cuenta de que la muerte del otro nos enfrenta a nuestra propia vida, a dejar ir aquello que se fue con el otro, que se quedó para siempre en nosotros. Quizás en ese conocimiento está el remedio del dolor. O quizás no. Quizás sea el tiempo nuestro único consuelo, nuestra única posibilidad, nuestra pequeña esperanza.  

*Montserrat Martorell es periodista y escritora, Máster en Escritura Creativa y Candidata a Doctora en Literatura Hispanoamericana. Es profesora universitaria y hace talleres literarios. Autora de las novelas “La última ceniza”, “Antes del después” y “Empezar a olvidarte”. Actualmente escribe su cuarto libro.

Lee también: Columna de Montserrat Martorell: Moriré de poesía


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