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Opinión

2 de febrero de 2022

Columna de Diana Aurenque: La muerte desigual

La muerte, podríamos pensar como dice mi padre, es casi siempre una “falta de respeto”. Para la filosofía, sin embargo, constituye uno de los fenómenos más pensados porque es uno de los más significativos para el ser humano.

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Hace unos pocos días nos enteramos del suicidio que cometió un matrimonio, de aproximadamente 60 años cada uno, mediante la ingesta de cianuro. En la carta que dejaron a sus deudos, señalaron que decidieron morir porque no querían ser una carga para sus hijos y familiares cercanos a raíz de las enfermedades crónicas que padecían ¿No les parece esta justificación algo en extremo dramático? ¿Por qué la muerte en este caso parece ser tan injusta?

La muerte, podríamos pensar como dice mi padre, es casi siempre una “falta de respeto”.  Para la filosofía, sin embargo, constituye uno de los fenómenos más pensados porque es uno de los más significativos para el ser humano. La muerte no sólo nos afecta por cuestiones evidentes, por implicar el fin de la propia existencia o de la descendencia genética, sino también en cuanto somos seres socio afectivos.

El duelo y la tristeza que nos agobia por la partida de nuestros seres queridos nos duele porque esa pérdida se nos queda; no se va nunca e incluso se arraiga en nosotros, los vivos, como una carencia permanente.

La muerte no sólo nos afecta por cuestiones evidentes, por implicar el fin de la propia existencia o de la descendencia genética, sino también en cuanto somos seres socio afectivos.

Pero la muerte la vivimos también de otra forma; una más comprensiva. Porque se caracteriza por trascender nuestras singularidades y nos demuestra como iguales: todos, un día o una noche, hemos de morir. No importa qué tan buenos o malos, sabios o necios, ricos o pobres, nacionales o inmigrantes, hombres o mujeres; somos todos igual de finitos e impotentes ante la muerte.

A causa de su tremendo significado antropológico, se explica que la muerte haya sido un tema muy atendido por la filosofía. Martín Heidegger fue uno de los que más atención le dedicó al fenómeno y enfatizó su función existencial: la muerte es la única “certeza de la existencia”, pero paradójicamente la única certeza de la que ignoramos su arribo.

Pero existe, sin embargo, una forma en la que el ser humano le tuerce la mano al azar o al destino, y toma por su propia mano la decisión de adelantarla: el suicidio. También por esa extraña arremetida contra la arbitrariedad de la muerte, puede el ser humano renunciar a la vida: sea por la pérdida del sentido de la vida, por el dolor y el trauma, por la carencia económica o incluso, por razones políticas (como el suicidio de algunas fracciones islámicas radicales). Tal como hizo el matrimonio del relato inicial.

A causa de su tremendo significado antropológico, se explica que la muerte haya sido un tema muy atendido por la filosofía. Martín Heidegger fue uno de los que más atención le dedicó al fenómeno y enfatizó su función existencial: la muerte es la única “certeza de la existencia”, pero paradójicamente la única certeza de la que ignoramos su arribo.

No cabe duda de que, desde la modernidad, el suicidio no es más considerado un pecado. En ese mismo sentido cada vez se observa una mayor necesidad de que las legislaciones modernas y pluralistas permitan formas de asistencia médica al suicido (como en nuestro país, que busca aprobar la ley que permita la eutanasia en casos de enfermedades terminales, degenerativas o de un sufrimiento psíquico insostenible).

Sin embargo, la legitimidad del suicidio, también en el contexto médico, requiere de mucha reflexión ética y debate. Porque aún cuando ya no se trate de prohibir el suicidio con bases religiosas o por obligación estatal, no cabe duda de que querer morir, o, no querer vivir, es un deseo que debe al menos resultarnos inquietante.

Sobre todo en Chile. ¿Porqué nuestro país tiene altas tasas de suicidio en comparación con el resto de la región? ¿Quiénes son las personas o grupos más afectos a esta decisión radical? ¿Se trata realmente de decisiones autónomas? o ¿no son más bien opciones desesperadas ante dramas socioeconómicos y/o de salud mental?

La evidencia nos muestra algo espantoso: en Chile, la muerte es desigual.

¿Porqué nuestro país tiene altas tasas de suicidio en comparación con el resto de la región? ¿Quiénes son las personas o grupos más afectos a esta decisión radical?

Contrario a la tesis heideggeriana planteada antes, notamos que en Chile las personas que se suicidan muchas veces provienen de grupos o segmentos vulnerados: jóvenes, adultos mayores y personas de la comunidad LGBI+ son mucho más proclives a considerar terminar con su vida.

Esta situación merece más que la atención filosófica: requiere que se implementen mecanismos estructurales para la prevención del suicidio. Por un lado, demanda una política pública que entienda la salud mental como tema prioritario; tarea que gracias a las promesas del nuevo gobierno de Gabriel Boric parece encontrará al fin la debida atención.

Pero, por otro lado, requiere de cambios respecto de la calidad de vida de todas las personas en el territorio, especialmente de los que han sido olvidados por tanto tiempo: los jóvenes, adultos mayores y la comunidad LGBTI. De esto también tendrá que hacerse cargo el nuevo gobierno, pero también nosotros para evitar más la muerte “desigual”.

*Diana Aurenque es filósofa. Directora del Departamento de Filosofía, USACH.

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