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Opinión

16 de febrero de 2022

Columna de Rafael Gumucio: Mi bandera

La imagen muestra a Rafael Gumucio frente a la bandera de Chile Agencia Uno

Es la bandera roja de los socialistas y los comunistas, y la azul de UDI (y la DC) y la blanca de los piden que acaben los disparos de lado a lado cuando estos parecen imparables. Una bandera en que ningún partido gana del todo, en que todos son parte de una misma armonía, cada uno en su rincón del espacio.

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Mientras la Convención da por hecho de que Chile es un país plurinacional, la bandera chilena flota en todo Iquique pidiendo no menos sino más estado central. Se podría alegar que esas banderas las flamean sólo “los fachos”, que la izquierda tiene muchas banderas, que justamente eso te hace de izquierda hoy, preferir cualquier bandera menos esa que usan sin piedad los bots de ultraderecha en las redes.

Esa bandera, que le están regalando a la derecha, es la que los exiliados poníamos en los muros de Estocolmo, Caracas o Toronto. Es la bandera detrás de los escenarios de nuestros actos de solidaridad con Chile. Es la bandera por la que murieron fusilados, y torturados demasiados chilenos. Es la bandera también de los que torturaron y los que mataron. Eso le da mayor valor aún: cuando militantes y militares contrarios se reconocen en un mismo símbolo, ese símbolo se convierte en algo más que la suma de sus partes. Es la bandera roja de los socialistas y los comunistas, y la azul de UDI (y la DC) y la blanca de los piden que acaben los disparos de lado a lado cuando estos parecen imparables. Una bandera en que ningún partido gana del todo, en que todos son parte de una misma armonía, cada uno en su rincón del espacio.

Lo que salvó a chile de la guerra civil fue justamente la elección consciente de la izquierda chilena de no inventarse una bandera propia, de insistir que su lugar estaba en la bandera tricolor de todos. La “estrella de la esperanza”, cantaba Víctor Jara, “seguirá siendo nuestra”. Podría haber con facilidad haber detestado la bandera de los victimarios, pero supo que si se elegía una bandera de víctima nunca podría dejar de ser eso, una víctima eterna, algo cómodo y adolescente, pero finalmente cobarde.

Esa bandera, que le están regalando a la derecha, es la que los exiliados poníamos en los muros de Estocolmo, Caracas o Toronto.

Un país no es un “paper” como parece pensar los Bassa y los Daza de este mundo. Un país es una historia. Una historia no de veinte o treinta años, sino de nada menos que doscientos años de vida independiente. Llama la atención lo poco o nada que se habla de historia entre nuestros más iluminados convencionales. Lo poco o nada que clásicos como Alberto Edwards Vives o Joaquín Edward Bello o Andrés Bello o Fernando Vives importan en sus reflexiones. Es cierto que tantos emparentados apellidos de la vieja elite pueden sonar sospechosos hoy, pero cualquiera que haya leído a esos autores descubriría en ellos la posibilidad de pensar en el otro, en pensar desde el otro y no representar de manera mecánica la localidad, la etnia o la familia de la que vienes.

¿De donde vienes? La gracia de la bandera es que no te pregunta de donde vienes. No es plurinacional, justamente porque es pluralista. El plurinacionalismo multiplica los problemas de nacionalismo, convenciéndote que todos somos nacionalistas en el fondo. El pluralismo está convencido que ninguno, a la hora de la razón, lo es finalmente. En la bandera nacional está la sangre, nos enseñaron de niño, y la cordillera y el cielo y la estrella de Arauco, único pueblo, el mapuche, al que se le reconoce un lugar en la bandera. Se podría pensar que le falta el amarillo del desierto, el verde de la Patagonia. Pero la gracia está justamente en que sus colores no son una transposición de los colores del país sino un símbolo de la idea bajo la cual este país se construyó. El blanco, el rojo, y el azul son los mismos colores de la bandera de los Estados Unidos (que los sacó de la del Reino Unido), pero son sobre todo los colores de la Revolución Francesa, es decir del liberalismo, el de “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. La bandera chilena está dividida como el Parlamento en Chile, en tres tercios. Los rojos, los blancos y los azules. La estrella solitaria es un símbolo de respeto a los pueblos originarios y a la idea de que somos un país unitario y no federal, que ha sido también la clave de lo que somos. O la clave de lo que no somos, para empezar nuestros vecinos, Argentina, Argentina, Bolivia o Perú, países de los que se puede envidiar todo, menos su política. Nuestra política con todas sus corruptelas y oligarquías vergonzosas, libre al menos de Peronismo, Aprismo, Priismo y otras cuevas de ladrones terminada en ismo.

Es cierto que tantos emparentados apellidos de la vieja elite pueden sonar sospechosos hoy, pero cualquiera que haya leído a esos autores descubriría en ellos la posibilidad de pensar en el otro, en pensar desde el otro y no representar de manera mecánica la localidad, la etnia o la familia de la que vienes.

Los venezolanos en las fronteras lo saben mucho mejor que los chilenos que usan la bandera para intentar expulsarlos. Saben que el que tengamos una sola estrella en la bandera, es decir un solo sistema de salud, de justicia, de educación, es lo que nos permite mirar todos hacia el mismo lado, aunque nos separen kilómetros de distancia. Sin esa única estrella este territorio en todo disgregable no tiene otra que disgregarse del todo. Lo países son lo que son y no lo que quieren ser, Chile es esa estrella de Arauco, a la que se le pueden agregar puntas pero que está destinada a ser solitaria, en una esquina de la nieve, sobre el mar renovado de sangre, en lo poco de azul que logró salvar para seguir brillando.

*Rafael Gumucio es escritor.

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