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Opinión

10 de Marzo de 2022

Columna de Rodrigo Mayorga: Adiós carnaval, adiós Sebastián

La imagen muestra a Rodrigo Mayorga frente a una fotografía de Sebastián Piñera Agencia Uno

No soy de los que creen que el gobierno de Sebastián Piñera fue una dictadura, pero este viernes sí voy a gritar “Adiós Sebastián” con la misma fuerza con que lo habría hecho de joven en un concierto de Sol y Lluvia. Porque este gobierno nos ha hecho mal como país y como democracia y ello ha sido, en gran medida, a causa de un mandatario convencido de que reconocer errores es perder, y dispuesto a lo que sea por hacerlos pasar por victorias.

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Desde el eclipse que en Chile no esperábamos un evento con tanta ansiedad como el cambio de mando de este viernes 11 de marzo. O incluso antes: desde el último capítulo de Amores de Mercado o la final de Protagonistas de la Fama. Y es que, aunque muchos no estén contentos con quien recibirá la banda presidencial, la gran mayoría del país sí está feliz por quien la entrega. El segundo gobierno de Sebastián Piñera finaliza con la mayor desaprobación desde el retorno a la democracia y, la verdad, no es ése un dato que sorprenda. Lo que sí intriga es cómo un presidente que llegó a obtener casi cuatro millones de votos en las urnas termina con ese nivel de desprestigio. La respuesta a esto se compone, al menos, de tres razones.

La primera son las expectativas no cumplidas. Sebastián Piñera llegó por segunda vez a La Moneda prometiendo “tiempos mejores”. A fines del 2018, mientras el Banco Central contradecía el optimismo de su gobierno, Piñera insistía con la frase como si fuera su nuevo papelito de los mineros. Luego vino el estallido social, la pandemia y de más está decir que los tiempos mejores nunca llegaron.

Sebastián Piñera llegó por segunda vez a La Moneda prometiendo “tiempos mejores”. A fines del 2018, mientras el Banco Central contradecía el optimismo de su gobierno, Piñera insistía con la frase como si fuera su nuevo papelito de los mineros.

El problema no fue ése: nadie ignora que los dos últimos años de su mandato fueron excepcionales y muchos le habrían perdonado no cumplir sus promesas en ese contexto. Pero los miembros del gobierno fueron incapaces de comprender esto y asumir la imposibilidad de cumplir. Por el contrario, siguieron buscando convencernos de que lo hacían excelente y que les debíamos reverencias, pues gracias a ellos éramos el mejor país del mundo (alerta de spoiler: ni nos alcanzaba para ser “el mejor país de Chile”).

Incluso en estos últimos días, con el apoyo a la presidencia en la misma parte del suelo donde quedó J Balvin tras la última canción de Residente, los ministros repiten y repiten que en el futuro “la evaluación y el recuerdo de este gobierno va a ser muy positiva” y que Piñera cumplió el 60% de sus promesas de programa – a pesar de que estudios independientes señalen que la cifra real no llegó siquiera al 20%.

La segunda razón fue la horrible conducción política que ejerció Piñera como mandatario. Primero, más preocupado de su “liderazgo internacional” que de lo que ocurría dentro del país y, tras el 18 de octubre de 2019, renunciando casi absolutamente a seguir gobernando. El estallido social destruyó la imagen del “Chile-Oasis” que el presidente había querido instalar y ante ello el gobierno optó por taparse las orejas y gritar fuerte como única estrategia. Otros actores políticos mostraron mayor proactividad – los municipios, la ciudadanía organizada e incluso el mismo Congreso – y el Ejecutivo pareció desvanecerse, anulado e incapaz de dar respuestas.

El estallido social destruyó la imagen del “Chile-Oasis” que el presidente había querido instalar y ante ello el gobierno optó por taparse las orejas y gritar fuerte como única estrategia.

La desaparición fue tal que Piñera no pudo siquiera capitalizar a su favor las políticas de vacunación – una de las pocas medidas destacables de su administración –, las que terminaron siendo asociadas más al ministro Paris y la subsecretaria Daza que a su persona. No sólo eso: esta ausencia terminó afectando también a su propia coalición, la que, debilitada y sin liderazgo, alcanzó apenas el cuarto lugar en las dos elecciones más importantes de 2021 – la gobernación de la Región Metropolitana y la presidencia de Chile – y debió doblegarse más de una vez ante la emergente derecha radical; aceptando la imposición de candidatos/as para la elección de convencionales y convirtiéndose en el equipo de campaña de José Antonio Kast durante la segunda vuelta presidencial (en ambos casos, sin resultados positivos).

Pero es la tercera razón lo central en esta respuesta: la persona del presidente mismo. Miguel Juan Sebastián Piñera Echenique. El hombre que lo tenía todo y un día despertó y decidió que lo que le faltaba era ser presidente de la República. Que no contento con ello, decidió que quería serlo dos veces, convertirse en líder internacional e iniciar un largo período de gobiernos liderados por su coalición. Eso pasa cuando de niño no te leen las fábulas de Esopo: no te enteras que la ambición es mala consejera. Porque el principal pecado de este gobierno fue ése: la ambición desmedida de una persona acostumbrada a ganar y más preocupada de sus intereses e imagen que del bienestar de la ciudadanía.

Fue esa persona la que, como ex presidente, hizo campaña acusando a su predecesora de nepotismo, pero luego ni pestañeó al intentar nombrar embajador a su hermano e incluir a sus hijos en giras presidenciales. Esa misma persona le declaró la guerra a sus gobernados y, meses después y en medio de la pandemia, pasó por alto las normas sanitarias para sacarse fotos en el monumento a Baquedano, como queriendo decir “estoy acá y ustedes no, así que al final gané yo, leru leru”. Esa persona convirtió a sus ministros en sus relacionadores públicos personales, lanzándolos ante las cámaras para justificarle cualquier falta, desde el ir a comer pizza mientras Santiago ardía hasta opacas transacciones económicas familiares reveladas en documentos internacionales. Y todo lo anterior, cumpliendo “cien por ciento con la ley” –como el mismo gustaba decir en sus tiempos de candidato–, como si ello reflejara la “pureza” de su persona y no las limitaciones de nuestra legislación.

Eso pasa cuando de niño no te leen las fábulas de Esopo: no te enteras que la ambición es mala consejera. Porque el principal pecado de este gobierno fue ése: la ambición desmedida de una persona acostumbrada a ganar y más preocupada de sus intereses e imagen que del bienestar de la ciudadanía.

No soy de los que creen que el gobierno de Sebastián Piñera fue una dictadura, pero este viernes sí voy a gritar “Adiós Sebastián” con la misma fuerza con que lo habría hecho de joven en un concierto de Sol y Lluvia. Porque este gobierno nos ha hecho mal como país y como democracia y ello ha sido, en gran medida, a causa de un mandatario convencido de que reconocer errores es perder, y dispuesto a lo que sea por hacerlos pasar por victorias.

Irónicamente, su castigo será el mismo de gobernantes como Pedro Montt o Carlos Ibáñez del Campo: que su nombre quede en los libros de historia y en la memoria del país, atado para siempre a esas faltas y bajezas que no supo encarar mientras pudo. Dicen que Chile es país de poetas. Parece que la justicia no es la excepción.

*Rodrigo Mayorga es profesor, historiador, antropólogo educacional, autor de “Relatos de un chileno en Nueva York” (con el seudónimo de Roberto Romero) y director de la fundación Momento Constituyente (http://www.momentoconstituyente.cl)

También puedes leer: EXTRACTO. “El feminismo made in Chile”, de Yanira Zúñiga


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