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Opinión

29 de Marzo de 2022

Columna de Aïcha Liviana Messina: Lapidación

La imagen muestra a la autora de la columna frente a una imagen de lapidación en Ucrania Agencia EFE

Contra la lapidación solo existe el armamento de las mujeres. La belleza y la potencia de esto es que para armarse contra la lapidación (física, moral y social) no se requieren armas de fuego ni jerarquías militares. Se requiere, al contrario, una lucha común contra toda forma de sumisión y de perniciosa dominación.

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Durante 2021, cuando Afganistán cayó bajo el control de los talibanes, circuló por redes sociales un video en el que se presenciaba la lapidación de una mujer. Personalmente no pude tolerar verlo, pero quien me lo mandó dijo que se trataba de una lapidación a muerte. Se presenció la vida y la muerte de una mujer. Su muerte social, su muerte física, su desamparo y dolor. El dolor físico y moral que condujo a la interrupción de su actividad vital. No sabemos dónde ocurrió esta escena. La circulación de este video tenía por objeto resaltar el peligro que constituía, para las mujeres, el cambio político que estaba ocurriendo en Afganistán. El hecho de que no se pudiera localizar la escena implicaba no solamente que las lapidaciones siguen ocurriendo, sino que ocurren en múltiples lugares y de múltiples formas. Esta violencia extrema no ha sido superada.

La singularidad de una lapidación es la siguiente: la mujer lapidada es condenada sin juicio. Lo que la condena es su condición de mujer, que implica una forma de sumisión absoluta. La forma que toma su condena es la mirada de quien lapida y la de quien asiste a la lapidación, miradas en las cuales hay una certeza inalterable. En una condena por lapidación, no se puede hablar, clamar justicia. El individuo lapidado es simplemente anulado en su condición de individuo. Al ser condenada sin juicio, la mujer lapidada nunca estará en el lugar de la verdad. Socialmente, la lapidación hace entonces efectivo y manifiesto un orden en el cual la mujer solo puede vivir sometida. En tal sociedad, por supuesto, ningún individuo es libre y los hombres que lapidan son los primeros sumisos.

Hoy no nos enfrentamos a imágenes de lapidación sino de guerra: la destrucción operada por armamento. Se muestra una nación transformada en su tecnología de guerra. Estas imágenes indican lo que tienen algunos y lo que les falta a otros. Vemos por cierto refugiados/as/es, desamparo y angustia, crímenes insostenibles. Pero lo que impresiona es que se le ha dado todo el poder a las armas. El sujeto de estas imágenes son las armas y su poder de destrucción. La realidad que subyace a estas imágenes es que la única salida a la guerra es la guerra. La negociación misma, si es que ocurre, implica que esta será de forma concomitante con el armamento de Ucrania y la guerra económica declarada por varias naciones.

La singularidad de una lapidación es la siguiente: la mujer lapidada es condenada sin juicio. Lo que la condena es su condición de mujer, que implica una forma de sumisión absoluta.

En una lapidación la mujer queda desarmada. Por eso esta escena es tan insostenible: hace manifiesto y hace efectivo que la mujer no tiene nada. No tiene ni siquiera la intimidad de la muerte, la posibilidad de morir de forma privada y protegida. Su muerte es a imagen y semejanza de la ideología que sustenta su ser: “Mujer, no tienes nada más que un marido que has de servir y niños/as/es que criarás, pero que no estarán vinculados ni a tu apellido, ni a tu hogar (porque no es tuyo), ni a tus raíces (porque tu vida no puede anclarse en ningún lugar, la tuya es una vida que pertenece a otro, a un hombre)”. La lapidación exhibe el despojo de la mujer, lo reitera como ley, como ordenamiento social indiscutible. Por esto, para vencer a una mujer basta con lanzarle piedras, insultarla en la calle, denigrarla en público -o en privado, frente, por ejemplo a sus hijo/a/es. Esta dimensión tan elemental de la piedra o de la denigración significa: tú no tienes nada. No tendrás nada. No significa que la mujer no es nada. Al contrario, significa “eres desarmada”, “eres la sumisión desde el inicio hasta el final”. La lapidación es un lenguaje; es la semántica de una ley y su fuerza. Pues el modo en que se violenta, de forma activa o pasiva, es siempre la traducción de un sistema de vida, de una organización social, de un modo de constituirse.

La guerra no tiene fin por muchas razones: miedo a perder legitimidad, dominio, soberbia, continuidad histórica; por la necesidad de regirse bajo nuevas reglas o porque los acuerdos no han sido respetados. La guerra roza con la ley. Es asesina; está reglamentada y es soberana. La guerra tiene fuerza de ley. La lapidación en cambio nunca ha comenzado. Nunca se ha hablado de las mujeres lapidadas, aunque el dolor de una lapidación se transmite secretamente, se experimenta a veces ante experiencias reiteradas de denigración, de desarme. Para que haya comienzo, continuación, retorno o historia (es decir trasformación), deben haber armas. La guerra se declara a otro Estado, que está armado. La violencia de la lapidación no se declara, se instituye. Es la violencia hecha ley.

La guerra es un continuum de producción de fuerzas, pero también de organización de estas fuerzas. El mundo hoy en día está redefiniendo sus líneas de fuerza y cuáles serán las naciones predominantes. El no-conflicto (que no es la paz) exige un equilibrio de fuerzas, y por ende un armamento general. El aparente fin de una guerra es simplemente una reorganización de la fuerza. A veces escuchar un disparo es escuchar una ley y un ordenamiento territorial. La situación de desarme de las mujeres lapidadas, con piedras y a veces con un sistema de denigración (social, familiar, profesional) muy potente y pernicioso, mantiene por supuesto la fuerza de un solo lado. Por eso no se puede mediatizar una lapidación. No existen en los archivos de la humanidad. El dolor mortal de una lapidación no se ha constituido en rostro de lo humano. Lo que se mediatiza es la destrucción por la fuerza y en un campo de fuerzas. Del desarme no hay mediatización posible.

La guerra roza con la ley. Es asesina; está reglamentada y es soberana. La guerra tiene fuerza de ley. La lapidación en cambio nunca ha comenzado. Nunca se ha hablado de las mujeres lapidadas, aunque el dolor de una lapidación se transmite secretamente, se experimenta a veces ante experiencias reiteradas de denigración, de desarme.

Contra la lapidación (con piedras, con las múltiples formas de aislamiento social, familiar, profesional que todavía perduran incluso en nuestras sociedades y en nuestros núcleos familiares, con la banalización de la denigración) solo existe el armamento de las mujeres. La belleza y la potencia de esto es que para armarse contra la lapidación (física, moral y social) no se requieren armas de fuego ni jerarquías militares. Se requiere, al contrario, una lucha común contra toda forma de sumisión y de perniciosa dominación. Se requiere, por lo tanto, la capacidad de desearse libres de los ordenamientos sociales (lo que no significa eximirse de ellos). Se requiere una redistribución del poder y un cambio en la semántica que lo sustenta, en silencio. No se requiere solo una redistribución de la fuerza que somete a los individuos cuando están involucrados en el engranaje de la guerra, sino una fuerza de trasformación de estos mecanismos de los que, desde febrero de 2022, somos testigos pasivos, aterrados, y finalmente impotentes. La guerra es nuestra impotencia. La lapidación que perdura sin imágenes requiere actuar en el lugar de la potencia.

*Aïcha Liviana Messina es directora del Instituto de Filosofía de la Universidad Diego Portales. Doctora en Filosofía por la Université de Strasbourg (Francia). Entre sus libros recientes están “Feminismo y revolución. Crónica de una inquietud” seguido por “Santiago 2019. Fragmentos de una paz insólita” (2020); “Una falla en la lógica del universo. Cartas desde la cornisa” (2020, en coautoría con Constanza Michelson) y “La anarquía de la paz. Levinas y la filosofía política” (2021).

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