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14 de mayo de 2022

Paleontóloga Judith Pardo-Pérez tras recuperar al primer ictiosaurio completo en Chile: “Tenemos otra hembra que está preñada”

La paleontóloga Judith Pardo-Pérez, agachada. muestra parte de los fósiles del ictiosaurio que extrajeron desde la Patagonia chilena. Alejandra Zúñiga

Se contagió hace 18 años de la “fiebre del ictiosaurio” y nunca más se le quitó. Recién hace un mes, la doctora Judith Pardo-Pérez y su expedición lograron rescatar al primer ictiosaurio completo de Chile desde el Glaciar Tyndall. Tras años investigando a estos animales, los denomina como los ornitorrincos de su época y habla de ellos con un amor impresionante. Y es que la paleontóloga magallánica, como dice, siempre supo que le gustaban los huesos.

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Mientras se movía rápidamente por el terreno del Glaciar Tyndall en 2009, Judith Pardo-Pérez no miraba sólo hacia el frente. Lo hacía también hacia abajo, a lo que estaba a sus pies. Ni siquiera el frío intenso o los vientos huracanados la detenían.

A lo lejos, una mancha enorme en el piso llamó su atención y la adrenalina le corrió por las venas. Eso era un ictiosaurio, de los adultos. Su niña interior, esa que de pequeña recogía palos, insectos y huesos en el cerro, estallaba de felicidad. Ese sí que era un descubrimiento.

“Cuando llego al lugar, veo el esqueleto entero, de cabeza a cola. En ese lugar tú caminas como en un museo, pero en vez de mirar las paredes, miras el suelo”, cuenta. Pero Judith ese día sólo pudo tomar unas fotos de su hallazgo, que años más tarde llamarían Fiona.

La expedición al glaciar terminaba ese mismo día y ella ya se encontraba sola en los altos del Tyndall. Todo el resto del equipo estaba en el campamento base, en el valle, y estaban prontos a partir. Y ella tenía que volver al continente con ellos.

Sin embargo, algo ya se había encendido dentro de ella. La fiebre del ictiosaurio, como dicen los paleontólogos, la iba a acompañar por el resto de su vida. No por nada estudió Biología en la Universidad de Magallanes (UMAG), hizo su doctorado en Ciencias en la Universidad de Heidelberg y su postdoctorado en Museo de Historia Natural de Stuttgart. Hoy es investigadora en su Alma Máter en la Patagonia, como parte del Centro de Investigación GAIA Antártica de la Universidad de Magallanes.

“Todos los que van al Tyndall van a encontrar ictiosaurios, porque hay muchos. El problema es cuando encuentras uno, quieres encontrar más y más, y te obsesionas”, asegura la magallánica.

Estos reptiles marinos poblaban nuestro planeta en la era del Mesozoico, entre 250 a 90 millones de años atrás. Con una fisonomía parecida a la de los atunes de nuestra época, tenían dos aletas anteriores, dos posteriores, una aleta caudal y una dorsal. Sin embargo, poseían pulmones, como los delfines, y daban a luz a sus crías en el agua, no ponían huevos.

En 2010 volvió, y descubrió que Fiona no era sólo una hembra: estaba preñada. Fue recién en 2022, durante los meses de marzo y abril, que pudo regresar con una expedición completa para recuperarla, literalmente, del piso. Tras una intensa expedición, donde participaron expertos de Chile, Alemania, Argentina. España e Inglaterra, este equipo internacional logró excavar al primer ictiosaurio completo en Chile.

Este espécimen hembra, que Judith halló hace 13 años, tiene cuatro metros de largo y sus embriones intactos. Este material fue llevado al laboratorio de paleontología del Museo de Historia Natural de Río Seco, en Punta Arenas, para su estudio y preservación.

Pero la historia de Judith y Fiona partió mucho antes. La misma paleontóloga cuenta que viene investigando esto desde el 2004, con su primera campaña al lugar. “El 2003 yo me inicié en este estudio y el 2004 fue el primer terreno que hice. Tenía 21 años. Desde entonces he estado yendo al glaciar Tyndall todos los años, a excepción de los años que viví en Alemania”.

El desafío de rescatar a Fiona

¿Cómo fue esta aventura en la que encontraste a Fiona?

—Los alemanes, que me invitaron a hacer un doctorado allá, obtuvimos fondos del Gobierno alemán. Bajo ese proyecto de investigación vinimos a excavar a Chile en 2009 y 2010. Ahí se hicieron las primeras excavaciones paleontológicas acá en el glaciar Tyndall, en conjunto con la universidad de Heidelberg, que era donde me estaba doctorando, y con el Instituto Antártico Chileno y el Museo Estatal de Historia Natural de Karlsruhe.

“Ese hallazgo el 2009 fue el último día de campaña. Al otro día teníamos que regresar, así que no alcancé a tomar muchos datos. Yo siempre llevo una lona plástica transparente que pongo sobre los fósiles para dibujarlos a escala, me llevo un material de dibujo del animal completo. El 2010, dibujando el ictiosaurio, vi que tenía restitos de columna vertebral de un bebé adentro”.

¿Cómo supiste que eran huesos distintos a los del fósil grande?

—Yo ya había conocido cómo eran los bebés de ictiosaurio, los embriones, en Alemania. El Museo de Historia Natural de Stuttgart está lleno de ictiosaurios y hay muchas hembras preñadas que estaban en gestación cuando murieron.

“Pero ese material es más antiguo que el del Tyndall. Es del Jurásico, acá estamos en el Cretácico. Estaba maravillada de que se hubiese conservado eso, sabía que iba a ser muy importante”.

¿Qué te llevó a volver a Alemania?

—Yo hice un postdoctorado cuando terminé mi doctorado, me quedé trabajando allá en el Museo de Historia Natural de Stuttgart. Eso es otra cosa que nunca pensé que me iba a pasar, que iba a terminar trabajando en ese museo del que yo leía desde que era chica, con esos ictiosaurios maravillosos. Tienen una colección de más de 500 especímenes.

¿Y cómo fue que volviste?

—Regresé a Chile para el 2019, justo antes de la pandemia, en pleno estallido social. Me contrataron en la Universidad de Magallanes y empecé a postular a fondos el 2020. Afortunadamente obtuve el fondo de la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo del Ministerio de Ciencia, que financia este proyecto de investigación en el Glaciar Tyndall.

“Esta investigación es la primera excavación financiada por fondos chilenos, que era lo que yo quería. Yo decía, ‘esta investigación es de Chile, tiene que hacerse en Chile, que se financie por Chile’”.

“Es la segunda campaña que realizamos al lugar bajo el proyecto. El año pasado hicimos otra en octubre, que fue para evaluar cuál ictiosaurio se iba a excavar, y llevé al excavador Héctor Ortiz a probar las herramientas y a que él vea el terreno, en realidad. Porque él nunca había estado en la localidad, entonces tenía que ver lo complicado que iba a ser”.

La paleontóloga Judith Pardo Pérez posa al lado del fósil del Fiona, el ictiosaurio recuperado en la Patagonia.
La paleontóloga Judith Pardo-Pérez posa junto al fósil del ictiosaurio Fiona en el Glaciar Tyndall. // Universidad de Magallanes

Una expedición no exenta de problemas

Una de las cosas que se supo fueron los problemas que tuvieron con el material donde se fosilizó este grupo de ictiosaurios…

—Es que la roca es durísima, tiene un grado de dureza muy alta y por lo mismo no se puede excavar sólo con la brocha, como se da en las películas. Aquí hay que ser torpe, ni con el martillo lo puedes romper, porque pones el martillo y el cincel, y las puntas del cincel van saltando porque se quiebra.

“Tienes que usar herramientas de corte con disco diamantado, todas las herramientas tienen que tener disco de diamante, con eso se puede cortar. Hay que cortar una zanja alrededor y así taladrar por debajo para poder ir levantando los bloques después”. 

O sea, fue un proceso complicado…

—El proceso de excavación, como yo sabía que iba a ser complejo y largo, decidí que la campaña tenía que ser larga también, por las condiciones climáticas. Viste que acá la Patagonia es muy fría y complicada, y más al lado de un glaciar. Como ya habíamos estado antes excavando y sabía lo complicado que era hacerlo al aire libre, compré un hangar que pusimos sobre la ictiosaura para trabajar protegidos durante los días de lluvia o de más viento y nieve.

¿Y quiénes estuvieron a cargo de excavar a Fiona?

—Este trabajo se llevó principalmente por estos dos excavadores: Héctor Ortiz, que es un biólogo y paleontólogo chileno, y Jonatan Kuluza, un paleontólogo argentino. Ellos dos tienen un montón de experiencia, han trabajado harto acá en Chile, en la localidad Cerro Guido, y Jonatan ha trabajado en varias excavaciones en otros lados del planeta.

“A pesar de la experiencia, me decían que esta fue la excavación más difícil de su vida, que nunca se habían enfrentado a una roca con esa dureza, y Jonatan decía nunca había estado en un lugar con tanto frío. Yo admiro un montón esa pasión que tienen ellos. Ellos lo hacen de corazón, porque el sacarlo para ellos es tremendo. El aportar a través de esta excavación, en lo que va a contribuir en la ciencia este material, es algo que a ellos les apasiona, sobre todo habiendo vivido en carpas al lado de la excavación”.

Jonatan Kaluza probando herramientas en el zona del Glaciar Tyndall, antes de iniciar las labores de extracción del ictiosaurio.
Jonatan Kaluza, paleontólogo argentino, utilizando las herramientas diamantadas para extraer una muestra para su posterior análisis // Universidad de Magallanes

¿Y el resto del equipo, dónde estaba?

—Nosotros tuvimos dos campamentos, uno en el valle, que le llamábamos campamento Hawái porque hace más calor, hay verde, hay un río, hay frutitos que son de los arbustos; y los chicos estaban en el campamento Altos del Tyndall. 

“Ellos dos se quedaron arriba, donde había que anclar las carpas a las rocas, y aguantar ahí con el viento intenso que les llegaba directo. En un principio mi idea era quedarnos todos, que acampáramos arriba en el sitio de excavación, donde se iba a realizar el trabajo, pero duranta la organización de la campaña el grupo empezó a crecer mucho”.

O sea, se complicaba la cosa…

—Se fueron acumulando muchas personas. Entonces, en el tema de contención y seguridad, arriba en las rocas iba a ser muy difícil. Y decidí hacerlo a la antigua, como siempre lo habíamos hecho, acampando en el valle, que es seguro, y dejar a los pobres excavadores arriba. Todos los días les subíamos comida con las mochilas y combustible para el generador. Una tremenda excavación.

Una anécdota difícil de olvidar

Todos, creo, tenemos una duda. ¿Por qué le pusieron Fiona?

Una risa contagiosa de la doctora en Ciencias antecede a su respuesta.

—Antes de excavar, había que protegerla con el consolidante (para evitar que se quiebre). La preparadora de Stuttgart, con mucha calma, ponía líquido, y yo me acerco y le digo ‘¡¿pero por qué está verde?! ¡Se puso verde!’.

“Es porque había musgos y líquenes entre los huesos. Los huesos de los ictiosaurios son bien esponjosos y tienen espacios entre medio, entonces todas estas algas, que no se veían externamente, subieron porque se llenaron de líquido y quedaron ahí. Una vez que lo limpiamos, se fue ese verde. Fue el momento de pánico, lo primero que pensé fue ‘me eché al primer ictiosaurio completo de Chile, ahora es verde’.

O sea, el nombre nace por esa anécdota, entiendo…

—Después, riéndonos, dijimos «hay que ponerle un nombre». Pensamos que podría ser Hulk, pero dijimos «es hembra». Y la doctora Erin Maxwell dijo «Fiona», y de ahí quedó por Fiona.

¿Cuál fue la sensación de ser responsable de este descubrimiento?

—Tú piensas en seguida ‘esto es tremendo’, porque sabía que el registro de ictiosaurio de esa edad (paleontológica) precisa en la que estábamos, era escaso o, incluso, no existía. No hay ictiosaurias preñadas de esta edad, de 139 a 129 millones de años, que es de edad Valanginiana – Hauteriviana.

“Hay cretácicos, pero de otras eras. Hay en Canadá y en Australia ictiosaurias preñadas, y que están muy bien conservadas, pero son más jóvenes que los del Tyndall. Precisamente, en ese rango, no hay. Es súper importante, por lo que nos puede aportar, porque no hay pero, además, porque está muy bien conservado”.

¿Es la única de su tipo en Chile, entonces?

—Tenemos otra hembra que está preñada y que tiene unos embriones más grandes. Esta hembra correspondería a la misma especie que Fiona, entonces eso nos permite comparar directamente a sus embriones y establecer estadios del desarrollo. Eso no se ha hecho en paleontología porque nunca tienes la suerte de encontrar tantas hembras preñadas, a excepción del material de Stuttgart, pero eso es más antiguo. 

“Esto nos abre una puerta para estudiar el desarrollo y la evolución de los ictiosaurios en ese período del tiempo, comparándolos con el resto del mundo”.

O sea, un importante logro para la ciencia

—Lo otro interesante es que la mayoría de los ictiosaurios en esta localidad son bebés y juveniles pequeños, más que adultos. Eso también nos habla de la posibilidad de que esta localidad haya sido un refugio para el desarrollo y la crianza de los bebés.

“Tal como ocurre en las ballenas, que hacen migraciones estacionales en épocas más cálidas, donde van a dar luz y se quedan a desarrollar las crías, tal vez los ictiosaurios hicieron lo mismo y este haya sido su refugio. No hemos encontrado nada más que ictiosaurios en este lugar y eso es súper sorprendente. Sería el único lugar de crianza de ictiosaurios hasta el momento”.

Fósiles como patrimonio

¿En qué estado están los fósiles en el Glaciar Tyndall?

—La conservación en general es buena, porque se encuentran articulados. Tú ves los especímenes, los esqueletos están unidos. La mayoría de ellos están completos. 

“Yo he tenido la fortuna de trabajar con material de Colombia, que también es cretácico pero es más joven que el de acá. Yo he visto en colecciones paleontológicas de otros museos también del cretácico, la conservación no es la misma que acá, acá están maravillosamente conservados completos”. 

¿Consideras que hay que protegerlos más, entonces?

—La erosión a la que están siendo afectados es tremenda. Es muy triste, porque una vez que el glaciar se retira, arrastra una capa de hueso del ictiosaurio, entonces hay una capa fina que se pierde.

“Cuando se pierde la masa de hielo, queda la morrena, que es una mezcla de sedimento y roca, que con el paso del tiempo va siendo barrida por el viento de acá de la Patagonia. El viento es fuerte, 90 kilómetros por hora o más, y una vez que ya se barre todo el sedimento suave y queda la roca dura, consolidada, donde están los ictiosaurios, es cuando empieza inmediatamente el proceso de erosión al estar expuestos”.

“Además, en las rocas hay fracturas naturales que quedaron del peso del glaciar y del retroceso. Esas fracturas cortan los bloques hasta abajo, y ahí se mete agua que se congela, y esta roca se va partiendo, incluidos los huesos de ictiosaurio. Estos fragmentos van siendo barridos por el viento todos los días. Es impresionante ver cómo se están perdiendo los ictiosaurios en esta localidad”.

Se está perdiendo patrimonio, según lo que cuentas…

—Yo creo que nosotros nunca, al menos en mi vida, vamos a ser capaces de excavarlos todos. Tenemos cerca de 100. Hay que seleccionar los que nos van a aportar más datos científicos y en cuanto a la evolución de estos animales, que tiene una importancia mundial.

“Yo caminaba allá en el Tyndall y pensaba ‘lo afortunada que me siento de poder trabajar aquí y lo triste que la gente no lo pueda ver’. La gente tiene que conocerlo, esto es de todos. Tiene que quedar resguardado en un depósito, en un museo, que cumpla con las condiciones establecidas por el Consejo de Monumentos Nacionales, en el que todos puedan tener acceso”.

¿Te refieres a la comunidad de la Patagonia?

—Sean niños, adultos mayores, personas con discapacidad y movilidad reducida, todos tienen que tener acceso a eso. Es impresionante cómo los adultos mayores se maravillan con este tipo de información y ayuda a generar identidad en las comunidades, a valorizar el patrimonio, a entusiasmar especialmente a niños y jóvenes para desarrollar ciencia en torno a esto.

“Necesitamos más científicos jóvenes, sobre todo en la Región de Magallanes. Acá somos contados con una mano los que trabajamos en paleontología”.

Los ornitorrincos de su época

Uno sabía que los dinosaurios tenían a sus crías por huevos, pero por lo que se ve, los ictiosaurios daban a luz crías vivas siendo reptiles. ¿Cómo funcionaba eso?

—Los reptiles ponen huevos, pero los ictiosaurios alcanzaron un grado de evolución y adaptación a su medio marino tremendo. Ellos venían de la tierra, transformaron sus miembros en aletas para poder adaptarse al medio y su forma a lo largo de toda la evolución fue cambiando a una forma más fusiforme, como la de los delfines.

“El grado de adaptación fue tal que ellos pudieron desarrollarse para dar a luz a las crías vivas en el agua y no tener que ir a la costa a desovar y arriesgarse a que un depredador los cazara”.

Ilustración de cómo se habría visto un ictiosaurio de la especie de Fiona, con un cuerpo parecido al de un atún aunque con aletas extra justo antes de la cola.
Reconstrucción de un Ictiosaurio de la especie de Fiona. // Ilustrador Nikolay Zverkov.

No fueron como las tortugas marinas, entonces. ¿A qué se parecían?

—El ictiosaurio es como un ornitorrinco, porque tiene cosas de todos. Tiene cosas de reptil, forma de pez, da luz a crías como los mamíferos, tenía un ojo parecido al de las aves, con anillos escleróticos. Toda una mezcla de diferentes animales para adaptarse a un medio marino.

“Todavía no sabemos cómo fue el desarrollo embrionario de los bebés de ictiosaurio. Eso es tremendo, porque quizás esto acá nos pueda dar la respuesta, adelantando un poco la investigación que se viene. También es sorprendente y curioso el cómo un animal que se adaptó y que, históricamente, ha sido el animal que mejor se ha adaptado al medio marino, se pudo haber extinguido y no hubo ninguna descendencia”. 

Desenterrando el pasado

Judith, ya en tu vida personal, nos encantaría saber cómo nació en ti la inquietud de estudiar los fósiles

—Pienso que se inició cuando yo vivía en Porvenir, después de ver la película de Jurasic Park. Como todo niño, yo quedé impactada con el tema de los dinosaurios. Jurassic Park llegó allá como dos años después del estreno. Te hablo de los 90. Yo quería tener el álbum y a Porvenir no llegaban esas cosas. 

“Yo siempre tuve el amor a la naturaleza y a hacer caminatas largas porque mis papás me sacaban todos los fines de semana a caminar al cerro. Teníamos nuestras mini expediciones, y siempre recolecté de todo: palos, hojas, huesos, insectos. Entonces siempre tuve ese amor por la naturaleza”.

¿Y cómo se tradujo eso a tu trabajo, ya de adulta?

—En enseñanza media participé en un taller, el primer campamento científico de Explora, que se hizo en Punta Arenas, me metí al taller de Biología y ahí ya me enamoré de la cosa.

“En la Universidad tuve un ramo de ‘paleontología y geología’ y ahí supe que lo que más me gustaba eran los huesos bien viejos. Sabía que me gustaban los huesos, pero ahí descubrí que eran los huesos más viejos. Así empecé, a investigar sola en realidad. Cuando estaba en la universidad encontré libros de paleontología y empecé a leer, ahí descubrí que en Stuttgart estaban los ictiosaurios”.

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¿Fue en la universidad, entonces, donde te enamoraste de los ictiosaurios?

—Yo no los conocía. Un compañero de universidad participó en una expedición con los glaciólogos que hacían trabajo en el Glaciar Tyndall. Y él, caminando por las rocas, encontró dos ictiosaurios junto al montañista.

“Sacó una foto y me la mostró, porque ya todos sabían que yo estaba loca con la paleontología. Y enseguida empezamos a investigar, ‘parece que es un ictiosaurio», decíamos. Investigamos en internet, en esos años que casi había que llamar por teléfono para conectarte”.

“Y participamos en el primer Congreso de Iniciación de Estudiantes de la UMAG, presentamos un póster de un probable ictiosaurio en las Torres del Paine. Luego pasó que estos investigadores me llamaron a mí para llevarme al terreno y que yo trabajara allá, iniciando esta investigación. Ahí empecé”.

“Hice mi tesis de pregrado, postulé a un fondo del Gobierno regional, me lo gané, armé mi primera expedición a los 21 años. Me fui como jefa de expedición con mis compañeros al Tyndall, y desde entonces ha sido así”.

El amor nació gracias a un compañero y a los investigadores que te invitaron, entonces. ¿Te gustaría hacer algo así? ¿Invitar estudiantes a las investigaciones para que se enamoren de algo?

—Siempre invitaban a algún estudiante a unirse a sus investigaciones. Qué importante es eso, que tú invites a jóvenes estudiantes a que se te unan, porque les abre los ojos. El compartir con investigadores en un sitio de investigación, con conversaciones diferentes a las de la universidad, te abre la mente. Es una tremenda oportunidad.

“Yo, precisamente, lo estoy haciendo de nuevo, me llevó a estudiantes. Independiente de que no tengan tema, la idea es que desarrollen alguna investigación o que se les abra el pensamiento”.

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